SHIRLEY'S CAFE




Aquella noche tocaba el Shirley’s Café, garito miserable que debía su nombre a una actriz porno pasada de moda, quien en tiempos mejores había invertido todos sus ahorros en un ambicioso proyecto que pretendía ser referencia en la ciudad, pero que había terminado siendo un refugio de las sombras de personajes con nombre y apellidos que seguramente nadie recordaría jamás.

Al llegar observé que se había congregado un considerable número de trasnochados colegas, atraídos por la llamada de que se serviría whisky, algo que era casi un milagro encontrar en aquellos tiempos. Una orquesta de jazz tocaba al fondo una música queda, como sin querer molestar. La semioscuridad y el humo de los cigarrillos creaban una atmósfera de película antigua en blanco y negro. Había buen ambiente y en todas las mesas se oían animadas conversaciones o tenues cuchicheos, quizá alguna noticia de última hora que alguien intentaba corroborar.

Me senté al lado de Johnny, meritorio del Times que apuraba su tercer whisky. Johnny era el alma de todas las fiestas. Se agradecía estar cerca de él porque te hacía olvidar las miserias de alrededor al menos por unos minutos. Pedí un Jack Daniel’s con un gesto. Probé aquél brebaje con ansia, hacía más de un mes que lo más fuerte que había pasado por mi garganta era una cerveza aguada de marca desconocida. No se podía decir que el licor fuera original, pero lo acepté como un drogadicto agradece su dosis después de un largo periodo de abstinencia.

Pedí un segundo whisky y al girar la cabeza vi como del baño surgían las figuras de Paul y Lucy. Él, oscuro reportero del Globe, las manos en los bolsillos y la sonrisa pícara, aseguraba haber estado una vez a punto de ganar el Pulitzer. O al menos de ello se jactaba cuando de ligarse a alguna pelirroja nueva en el ruedo se trataba. Ella, redactora del Chronical, ajustándose vestido y peinado e intentando aparentar un “no ha pasado nada!”, era conocida en nuestro mundillo por haberse levantado las faldas en los servicios de caballeros de todos los locales mugrientos de la ciudad. No siempre había sido una mujer sin brillo y vulgar, yo había visto alguna de las fotos de su boda con Mario, cronista del Herald, y su encanto traspasaba el papel, siendo el negro de sus ojos un potente imán que la hacían ser ese tipo de mujer a la que desearías invitar a tu suite algo más que una sola noche.

Justamente eché de menos a su marido, Mario, pero con un rápido vistazo alrededor del local lo encontré en un rincón bailando con una bonita joven desconocida (apunté mentalmente investigar quien era ella), mientras soportaba su cornamenta con estilo. Extraña pareja ambos, Marío y Lucy, que sin embargo durante el día aparentaban ser un matrimonio normal. Sólo era llegada la noche cuando se les veía buscar la pareja ocasional de cada día en una soledad aceptada por las dos partes.

Por fin a medianoche apareció Susan, empezaba a echarla de menos. Volvieron a estremecerme sus profundos ojos azules velados por un largo día sobre la máquina de escribir. Sólo la imagen de mi mujer y mis dos hijos sobre la mesilla de mi habitación había conseguido refrenar hasta la fecha mi deseo de insinuarme abiertamente. Se sentó en nuestra mesa y me besó en ambas mejillas mientras estrechaba la mano de Johnny. Pidió su habitual Martíni y me sonrió. En un arrebato de atrevimiento, acaricié su rodilla bajo la mesa, pero ella me rechazó suavemente, mientras su mirada se endurecía y sin hablar me decía que no volviera a hacerlo. Me sentí como un imbécil por haberlo intentado a destiempo. Sólo un viejo chiste de Johnny que la hizo reír a carcajadas pudo salvar el momento.

En las siguientes horas compartimos historias y coincidimos en el tópico, “mierda de vida, cualquier día lo dejo...”. Todos afirmábamos tener una oportunidad de cambiar nuestro destino, aunque todos sabíamos que se trataba de mentiras piadosas que nos hacíamos a nosotros mismos. La oscuridad de aquél antro sólo era comparable a la de nuestro futuro, viajando de uno a otro rincón del planeta para contar historias que quizá a nadie interesaban, quien sabe.

Bromeamos sobre la borrachera que se iba apoderando por momentos de Johnny, el mozalbete, apodo que le había puesto Susan la misma semana en que llegó a la ciudad por ser el más joven del grupo. El tono verde de sus chistes iba aumentando con cada sorbo del whisky de su vaso, haciendo sonrojar no sólo a las chicas allí presentes, sino a muchos de los hombres curtidos que le rodeábamos. En el fondo todos teníamos la esperanza puesta en él, ya que aún tenía tiempo de salvarse de aquella vida en nombre de todos nosotros, y le animábamos como si de un hijo se tratara a buscar nuevos rumbos.

Esa noche no sabíamos que Johnny moriría por fuego aliado sólo tres días después.

Sobre las dos decidí volver al hotel. No quería llegar muy tarde, sabía que en pocas horas los ruidos de las bombas volverían a resonar en toda la ciudad y los francotiradores empezarían una nueva jornada en su caza de muerte. En la calle fui recibido por un tibio viento de otoño mientras una joven pintarrajeada, casi una niña, me ofrecía compañía por unas monedas y algo de comer. Apreté un billete de veinte dólares en su mano derecha mientras reprimía una lágrima y la empujé a volver a casa con los suyos, antes de que el amanecer la convirtiera en un cadáver más arrojado sobre el asfalto.

Comencé a andar por la calle solitaria. Avanzaba a tientas, reconociendo los lugares en la absoluta oscuridad sólo por la familiaridad que nos crean los objetos por la convivencia con ellos día tras día. Las luces no se encendían desde que habían comenzado los bombardeos nocturnos unos meses atrás.

Cuando la mano se posó en mi hombro, supe que era la de Susan por su perfume, antes de ver el rostro y los ojos que hacía sólo unos minutos me habían reprochado con dureza. Esta vez, sin embargo, sus palabras no contenían ningún reproche. “¿Estás solo esta noche? -dijo casi en un susurro- Yo estoy sola y la habitación de mi hotel es demasiado fría”.

La sirena lejana de una ambulancia dejó una queja musical en la noche sin estrellas. Presentí una nueva tragedia en algún rincón de aquella ciudad sin nombre, pero esta vez no me importó. Aquella noche las estrellas habían salido para mí y sólo me importaría la suavidad del calor de Susan en mi almohada.


Pozuelo de Alarcón, 27 de Enero de 2012

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