MALA HIERBA


CAPITULO I

Todo empezó una tarde de sábado. Llovía a cántaros y el frío otoñal anunciaba la llegada del invierno oscuro y lóbrego. Era uno de esos aburridos sábados en los que miras por la ventana y deseas estar en otro planeta. Yo deseaba estar en otro planeta. O en este planeta, pero en cualquier otra parte. Habíamos quedado los tres de siempre. Lucas, Luis y yo. Los tres que siempre nos veíamos cuando no teníamos nadie más a quien ver. Cuando estábamos tan faltos de dinero o de ganas de todo que cualquier compañía menos estúpida nos parecería como estar fuera de casa.


Estábamos en casa de Luis, como siempre. Miré hacia la habitación dejando caer la cortina de la ventana y vi de nuevo la misma escena de tantos sábados como aquél. Las botellas sobre la mesa, desparramadas las que ya estaban vacías, de pie pidiendo a gritos bébeme las que aún estaban medio llenas… o medio vacías. Aquella tarde todo estaba medio vacío. Mi vida estaba medio vacía, la vida de Lucas estaba medio vacía, la vida de Luis estaba medio vacía. ¿Hay algo en el mundo que esté medio lleno esta tarde?, pensé para mis adentros.


Mira a Luis, un tipo que lo tiene todo. Cuando nació, su padre ya le había comprado su primer coche. Pero no un coche cualquiera: un descapotable último modelo de la época. Una época pasada de moda para cuando él tuvo edad de conducirlo. Se lo tiró a su padre a la cara a los quince años por una pequeña discusión. Su padre simplemente intentaba que hiciera algo de provecho, algo como dejar de faltar al colegio más de dos veces por semana.


Un tipo blando, sin aspiraciones. Claro que, si yo tuviera un padre con tanto dinero como el suyo, no creo que hubiera hecho una vida muy diferente. En cualquier caso, en mi vida había conocido a una persona tan indolente como él. Nada le importaba. Ni siquiera el dinero. Cuando lo tenía, cosa que sólo ocurría cuando conseguía convencer a su madre de que esta vez cambiaría, lo gastaba con generosidad con sus amigos. Sus únicos dos amigos en el mundo: Lucas y yo. Creo que si Luis no hubiera sido un niño rico, jamás habría tenido un solo amigo.


En esos momentos apuraba una cerveza a morro, como a los chicos nos gustaba. ¿Hay alguna forma de beber la cerveza que no sea a morro sin que sepa a orín de beata de convento? La música del estéreo sonaba de fondo tocando no se qué de Frank Sinatra, un fulano que no se sabe bien por qué, encantaba a Luis al mismo tiempo que era insoportable para su padre. Creo que era esa fobia paterna la razón por la que Luis tenía toda sus grabaciones.  La televisión estaba encendida, pero sin voz. Un partido de entre los miles que ponen a diario mostraba un montón de estúpidos idiotas corriendo detrás de una pelota que parecía estar viva y deseando que la dejaran en paz. Siempre me he preguntado por qué los futbolistas, esos tipos que ganan tanto dinero por correr medio desnudos, no se compran una pelota para cada uno.


Las gafas de Luis le colgaban sobre su afilada nariz, amenazando con caer al suelo, aunque sin conseguirlo nunca. Le miraba como siempre, aunque siempre era el mismo y nunca descubría nada nuevo ni interesante en él. Creo que si Luis desapareciera de pronto, nadie se daría cuenta. ¿Qué es lo que tenemos en común Luis y yo, me pregunto? A parte de su hermana, quiero decir. Su hermana se llama Guillermina o alguna tontería semejante, aunque todo el mundo tiene la decencia de llamarla Willy, para no herirla. Guillermina, un nombre muy apropiado… para doscientos años antes de su época. Es mona, es cierto, pero me he acostado tantas veces con ella que ha empezado a perder esa magia que nos unió en la primera época.


Colegas… eso debe ser. Uno tiene un montón de conocidos, pero solo unos pocos colegas. Luis y yo nos hicimos colegas en los últimos años del Instituto. Un Instituto público, lo que es muy normal para mí, pues mis padres nunca han tenido un duro para ciertos lujos, pero en el caso de Luis es diferente. Su padre decidió que si iba a perder el tiempo, no quería poner su dinero en uno de esos supercolegios donde los hijos de los ricos empiezan a los diecisiete a hacer planes para seguir haciendo más dinero y ser aún más ricos que sus progenitores. Todos los hijos, menos Luis.


Lucas, en cambio, había sido siempre diferente. Un tipo inteligente, brillante diría yo. A los trece años estaba en un curso en el que los chicos de quince sudaban para poder llegar al aprobado mínimo. Él lo tenía fácil. Matrícula en todo. Demasiado fácil. Por ello se aburrió antes de llegar a la Universidad. Su coeficiente intelectual era tan alto que nunca fue comprendido por nadie. Los compañeros de clase le odiaban, los profesores le envidiaban y sus padres se frotaban las manos pensando que algún día llegaría a ser algo. Aquella tarde de sábado hacía dos semanas que había cumplido los veinte y a lo que había llegado era a servir copas hoy aquí, mañana allí, sólo trabajando cuando no tenía unos cuantos billetes con los que arreglarse el próximo mes. Sus padres ya habían desistido de decirle que tenía que pensar en su futuro. Futuro… El futuro para Lucas eran un par de chicas guapas y una cama en cualquier apartamento que algún amigo ocasional le prestara.


Lucas el guapo, le apodaban las chicas. Inteligente y guapo. Como le envidiábamos los colegas. Todos dábamos por hecho que con su aspecto y su cerebro terminaría dando un braguetazo y casándose con cualquier chica fea y rica de familia. Con cualquiera menos con Willy. Ella era cosa mía y Lucas lo respetaba. Un buen amigo, con principios. Tú no te metes con mis chicas, yo no me meto con las tuyas. Admiro ese talante en él porque no es cosa habitual entre la gente que frecuentamos. En más de una ocasión me birlaron una chica y tuve que pegarme con algún gallito por ello. Y en más de una ocasión me partieron la cara por hacerle algo similar a algún otro.


Ese soy yo. Carlos el peleas. No hay nada que más me guste que una buena zurra. No importa quién gane o quien pierda. Es en el momento de mayor calor, en medio del lío, cuando la adrenalina llena mi sangre y siento que puedo tocar el cielo con las manos. Bueno, eso era antes. Desde que me detuvieron por segunda vez, he cambiado. Ahora me limito a bombear adrenalina en los conciertos de rock duro. Es excitante, cierro los ojos y salto y grito. Es como una buena escaramuza contra dos o tres, pero no creo que vuelva a deleitarme con semejantes veleidades. Al cumplir los dieciocho tuve un pequeño altercado en un bar. Juro que no fui yo quien empezó. Aunque estaba tan borracho que no estoy seguro de nada. Cuando pude saber que estaba en una comisaría de la sagrada policía, ya era demasiado tarde. Me pegaron. Mucho. Con algo que no sé lo que era pero dolía. No dejaron huellas, pero dolía. Y no dejaron que me defendiera. Me sujetaban tres y me pegaban dos. No creo que vuelva a meterme en semejantes líos. Ahora tengo veintiuno, trabajo por las mañanas de repartidor de cualquier cosa. Pero no, no soy un mensajero corriente. Tengo un coche en lugar de una vulgar moto del tres al cuarto y libertad para escaparme a tomar unas cervezas con los amigos cuando mi jefe no puede controlarme. No es mucho dinero lo que gano, pero soy libre. Y cualquier día me casaré con Willy.


O eso es lo que siempre he planeado. Aunque también he sabido siempre que de vez en cuando me la pega con un tipo duro, portero de un garito de moda, de esos que no te dejan entrar si no eres amigo de alguien. No importa. Lo mío nunca ha sido amor, o no del todo. Y ella siempre ha vuelto a mí cuando las cosas no le van bien. Una niña bien. Mona y bien. Y si algún día fuera mía, creo que sabría qué hacer con el dinero de su padre. Tengo mis planes. Más planes que el blandengue de Luis.


* * * * * * *


Pero aquella tarde no iba a ser igual que las demás, sino el comienzo de algo que no debió suceder jamás.


Estaba bostezando al tiempo que echaba un trago cuando vi por el rabillo del ojo entrar a Willy en el salón. Venía de la calle y el pelo le chorreaba agua. Nos echó un vistazo durante unos segundos como quien ve la basura de un estercolero y teme pringarse con sólo mirarla. Arrojó el abrigo sobre una silla y se sentó en el brazo del sillón donde me encontraba. Me robó un cigarrillo y lo encendió con parsimonia, deleitándose en la primera calada, la buena, como suele decirse. Sus ojos tenían destellos vidriosos, tal vez un par de copas de más o alguna pastilla de colores, pensé.


—Vaya pandilla de muertos de asco, ¿no tenéis otra cosa que hacer que perder el tiempo mirándoos los unos a los otros? –Su voz también denotaba algún exceso en sustancias no precisamente legales.


—Hola Willy, yo también te quiero… –Lucas fue el único en saludar justo en el momento en que un gol atraía la mirada de Luis hacia la televisión- ¿Por qué no nos haces un streap-tease y así rompemos la monotonía?


Eché una mirada asesina a Lucas, aunque me abstuve de hacer ningún comentario. Me incorporé en mi asiento para depositar un beso en la mejilla de mi chica, pero ella se escabulló como una anguila y levantándose se dirigió hacia el estéreo.


—Tranquilo Carlitos –hizo una mueca mientras rebuscaba entre los CDs de la estantería– si crees que vas a arreglarte la tarde echándome un polvo, te equivocas –Le dio otra calada al cigarro y paró la música del equipo– Buuff… vaya mierda de música, vamos a poner un poco de marcha…


Luis hizo un gesto de repulsa, pero antes de que llegara a quejarse, la música de Pink Floyd empezó a salir por los altavoces y eso le hizo relajarse de nuevo en su postura desmadejada sobre el sillón. Pink no era Frank, pero tampoco le hacía ascos a un buen sólo de guitarra eléctrica.


—Si eres tan lista, ¿por qué no nos haces un plan para pasar la tarde? –Lucas volvió a hablar, mientras mi mirada volvía a posarse sobre él, advirtiendo que no toleraría que se pasara de la raya con bromas relacionadas con el sexo.


—Pues… -Willy miraba al techo mientras hacía aros con el humo y fingía buscar ideas geniales sobre como pasar el resto del sábado– Una forma de que el aburrimiento no os mate a vosotros podría consistir en que vosotros os cargárais a alguien en su lugar.


Ninguno de los tres hizo el mínimo gesto. Las tonterías de Willy cuando estaba pasada de vueltas ya no nos sorprendían. Sonreí al pensar que liquidar a su amigo el matón de discoteca, quien seguramente la habría cabreado aquella tarde, no sería tarea fácil. Aunque nunca se sabe…


—Si no tenéis ningún candidato, yo podría daros alguna idea –Soltó una sonora carcajada mientras seguía con su particular alucinación– El profe de matemáticas me ha vuelto a suspender… Me quedo sin fin de semana de esquí, ¡el muy cabrón…!


Aquello podría haber terminado allí. Lo habitual es que las elucubraciones rocambolescas de cualquiera de nosotros desaparecieran justo en el momento en que alguna otra estúpida idea surgiera de la boca de algún otro miembro del grupo. No era la primera vez que alguien había propuesto dar un aviso de bomba en el aeropuerto de Barajas, habiendo terminado la broma con un simple chapuzón en la Cibeles en pelota picada. Pero ya he dicho que aquél día no era uno más. La siguiente intervención, en este caso la de Luis, quien empezaba a denotar efectos de borrachera embrionaria, fue el primer ladrillo de una pared que debería haberse caído antes de empezar a construirse.


—Vale –dijo como despertando de un letargo con renovada energía– pero tiene que ser un crimen perfecto. Y la víctima tiene que ser elegida al azar…


—Creo que habéis visto demasiadas películas –Me oí decir sin mucho interés, aunque empezando a sentir un hormigueo de atracción en el estómago.


La tarde era propicia para cualquier locura y aquella locura empezaba a tomar forma en unas mentes que habían jugado a demasiados videojuegos como para tomarse en serio una muerte más. La idea nació y creció como una pequeña planta que no necesita que la rieguen para convertirse en un árbol por sí misma.




CAPITULO II


Por fin había dejado de gritar. Miré a la chica desde la bruma del alcohol y sólo pude intuir un cuerpo de muñeca rota. Estaba tirada sobre la alfombra del salón, sus piernas en una postura imposible, las manos detrás de la espalda y la cabeza vuelta hacia la alfombra. La cara estaba casi tapada por su pelo oscuro, tan bonito hacía una horas y tan sucio de sangre en estos momentos. Del agujero de su cabeza manaba sangre más lentamente ahora, después de haber salido como a borbotones en los primeros momentos. Estaba seguro de que estaba muerta, no necesité acercarme para comprobarlo. Todos lo estábamos, por eso nos quedamos allí, incrédulos, mirándola sin decir nada.


Miré el cenicero sobre la mesa manchado de sangre y restos de cabello y piel. Me pregunté quién de nosotros había asestado el golpe mortal. No estaba seguro de nada, mi mente había borrado los últimos minutos, como con una neblina folletinesca.


Luis estaba sentado en el suelo, apoyado en el mueble bar con los brazos alrededor de las piernas. Lloraba quedamente, sin sollozos. Lucas estaba sentado en el sofá y se tiraba de los pelos como preguntándose cómo había podido ocurrir. Miraba fijamente el cuerpo roto de ella y de vez en cuando hacía gestos de desconcierto.


Willy no estaba allí en aquél momento y me pregunté donde habría ido. Hacía tan sólo unos segundos estaba de pie, junto a mí. Me cogía de la mano, apretando, como queriendo que la sacara de aquella estampa de película de terror. La oí vomitar a lo lejos y recordé que tras unos momentos de total parálisis había salido  corriendo hacia el baño del pasillo.


Me puse de rodillas y me quedé quieto, absorto en la escena a mi alrededor. Miraba a la chica, a Luis, a Lucas y volvía a empezar con ella. ¿Quién había cogido el cenicero para golpearla? ¿Había sido yo mismo? No tenía ni idea y, por mucho que me esforzara, no conseguía recordar lo que había pasado en los minutos precedentes, sólo que ella gritaba como poseída. Decía que la dejáramos irse a su casa, pero la empujábamos de uno a otro y reíamos a carcajadas.


En el estéreo Serrat cantaba quedamente: “De vez en cuando la vida te besa en la boca y a colores se despliega como un atlas…”. Qué ironía, pensé, a aquella pobre chica había sido la muerte quien la había besado aquella noche de sábado. Puse la mente en blanco e intenté aclarar mis ideas, obligándome a recapitular los hechos desde el principio.


* * * * * * *


Después de darle vueltas y reír las ocurrencias de unos y otros, finalmente aceptamos las locas proposiciones de Willy. Al fin y al cabo la idea había sido suya. ¿Queríamos una víctima?, no problem, ella conseguiría tres amigas de la facultad. Bueno, mejor que amigas, conocidas de lejos. Queríamos un crimen perfecto, ¿no?, pues entonces había que descartar vínculos cercanos con la elegida. ¿Queríamos azar?, no problem, haríamos que la suerte, buena o mala, fuera la que eligiera. Echaríamos alguna droga en la bebida, tal vez un somnífero,  y la barajearíamos entre las tres invitadas para que actuara como una ruleta rusa. La que fuera premiada sería la nominada para abandonar la casa. ¿Queríamos un lugar, un momento?, no problem, aquella misma noche, en su misma casa. ¿Cuándo si no? “Las cosas hay que cogerlas al vuelo, ¿no?”, Willy lanzaba una carcajada con cada comentario.


Reímos de buena gana con ella, sin pensar en lo que ocurriría en las próximas horas, seguros de que mañana lo comentaríamos a los amigos del barrio y haríamos unas risas mientras le dábamos sorbos a unas cervezas en algún garito de moda.


Era todo una estupidez, por supuesto, y había cabos sueltos como para pillarnos a la media hora del crimen. Pero qué diablos, estábamos medio borrachos, todo era una broma y se trataba de arreglar una aburrida tarde de sábado. Todos dábamos por supuesto que las cosas no llegarían tan lejos... ¿O no?


 ¿Hubo alguien que pensara en aquello en serio? Tal vez…


* * * * * * *


Dicho y hecho. Willy sacó su agenda del bolso y empezó a llamar a todas sus conocidas de forma secuencial. Cuando alguna de ellas respondía al teléfono, les comentaba que estábamos montando una fiesta de cumpleaños y que nos lo pasaríamos en grande. Como se trataba de llamar a las menos allegadas, la mayoría se disculpaban o simplemente la mandaban a paseo.


Finalmente, tras casi una hora de llamadas inútiles, consiguió las tres candidatas y les comunicó la dirección de la casa donde se estaba celebrando la curiosa fiesta. Mientras ella hacía las llamadas, Luis y Lucas bajaron a comprar comida y bebida en abundancia, de modo que aquello pareciera una fiesta de verdad, no un aquelarre de viejos borrachos y aburridos.


Tras un tiempo de espera, las invitadas fueron llegando. Todas parecieron bastante sorprendidas al ver tan poca gente en una fiesta de cumpleaños, pero la excusa de Willy era que todo el mundo había sido llamado de sopetón y que irían llegando poco a poco.


Pusimos música a todo trapo y empezamos a bailar de manera alocada para animar el cotarro y que la fiesta pareciera real, no fuera a ser que las invitadas se nos fueran marchando aburridas, contagiadas por el mismo muermo que nos invadiera a nosotros durante toda de la tarde.


Willy encontró algún tipo de somnífero en la habitación de sus padres, redujo a polvo dos o tres pastillas y vació el resultado en uno de los vasos que fueron servidos a las candidatas. Cuando las tres cogieron las bebidas, todos la miramos por saber cuál de ellas había sido la elegida. Willy disimuló una sonrisa felina y se encogió de hombros, como diciendo “no tengo ni idea”. Hubo un momento en que lo dudé, pero ahora estoy seguro de que así fue. Conociendo a Willy, estaría emocionada porque el azar fuera el que hiciera las veces de seleccionador de la mejor candidata. “¡Tú sí que vales!”, se me ocurrió que sería la frase de algún programa de moda para dar paso a la afortunada ganadora.


* * * * * * *


El tiempo fue pasando y ningún invitado más llegaba. Hubo un momento en que una de las chicas pareció hartarse, tal vez mosqueada, y amenazó con irse. Miré a Willy para buscar alguna última excusa. Me sonrió al tiempo que guiñaba un ojo. Entendí el mensaje, la elegida ya estaba a buen recaudo en algún lugar de la casa y si ésta imbécil se quería marchar, “a enemigo que huye, puente de plata”.


Justo cuando se estaba poniendo el abrigo, la segunda no-elegida apareció a grandes zancadas en el salón. Iba a medio vestir y corría cogiendo prendas y bolso dirigiéndose hacia la salida de la casa. Detrás de ella, un Lucas también a medio vestir, la seguía pidiéndole excusas por alguna grosería que hubiera dicho (o hecho) unos momentos antes en alguna habitación de la casa. Ponía cara de arrepentido y le pedía a gritos que le perdonase, al tiempo que nos miraba con sonrisa socarrona y hacía un gesto soez con la lengua.


Parecía que el destino nos ponía el asunto en bandeja. En unos segundos, la casa se había quedado vacía, sin contarnos a los cuatro killers, y nuestra víctima que al parecer se hallaba durmiendo plácidamente en la habitación de Luis. Hice mención a la palabra killers para hacer un chiste, consiguiendo que Willy casi se atragantara de la risa. “Eso suena más a grupo de rock que a chicos malos a punto de hacer una trastada”, siguió riendo mientras se dirigía a la habitación.


Trajimos a la chica al salón, la desnudamos y la acostamos encima de la alfombra, que Willy había tenido la precaución de cubrir con un gran plástico. "Es el plástico  que usan mis padres para tapar las sillas del balcón para que el invierno no las arruine", comentó al ver mi mirada inquisidora. “Aquí va a haber sangre y la alfombra vale un güevo”, dijo mientras la colocaba. La miré intentando adivinar una vez más qué tipo de pastillas de colores podría estar tomando para tener tantas ocurrencias. Nunca se las había visto, pero apunté mentalmente que tenía que registrar su bolso un día de estos para desvelar el secreto.


* * * * * * *


El resto pasó como en una película a cámara rápida. Pintarrajeamos a la chica para que se llevara un buen susto al despertarse y le arrojamos un vaso de agua fría a la cara para que empezara a despertar. Las pastillas habían hecho su efecto, por lo que no era tarea fácil. Comenzamos a darle bofetadas en la cara, al principio suaves y poco a poco con fuerza y saña. Con cada golpe, reíamos a carcajadas y hacíamos algún chiste. Lucas intentó bajarse los pantalones para, según dijo,  “terminar lo que había empezado con la chica huida”, pero Willy le asesto un puñetazo entre las piernas y le dijo que pusiera a descansar a su soldadito. Más risas y bromas del grupo, mientras Lucas se retorcía de dolor y soltaba algunas palabrotas difícilmente reproducibles en un entorno educado.


Pusimos a la chica en pie, empezamos a zarandearla para que bailara. Le hicimos beber de uno de los vasos abandonados sobre la mesa hasta que se atragantó y empezó a toser y vomitar. Por fin estaba casi despierta del todo, aunque le costaba mantenerse en pie. La empezamos a dar empujones, pasándonosla de unos a otros. Cuando estaba en manos de cualquiera, éste hacía una grosería tocando alguna parte de su cuerpo desnudo y le arreaba un cachete. Los cachetes iban aumentando de nivel y al poco los golpes eran increíblemente crueles.


Todo lo que ocurría fomentaba nuestro divertimento, era como una paranoia. No estábamos jugando con una persona, era todo un videojuego y el color de la sangre, cuando ésta surgía, elevaba el nivel de nuestra borrachera de vampiros aficionados.


Y entonces, como despertando de un sueño, la chica empezó a gritar. Al principio, de una forma queda y entre gemidos. Pero poco a poco el tono de sus chillidos eran tremendamente agudos, como los de un cerdo al que están sacrificando. Intentamos callarla, primero con algún golpe adicional, después con algún pañuelo sobre la boca, pero todo fue inútil. El nivel de histerismo del grupo fue creciendo hasta niveles insoportables, los gritos eran tan altos que a buen seguro algún vecino de la casa los estaría oyendo.


De pronto, el silencio se hizo de nuevo. Sólo lo rompía la música en el estéreo tocando alguna canción de forma automática. La chica estaba en el suelo perdiendo la vida por segundos, el cenicero en el suelo en postura culpable y todos mirándonos los unos a los otros preguntándonos quién había sido el que había asestado el golpe final.


—No es posible… –oí murmurar a Willy a mis espaldas– Era sólo un juego… ¿No está muerta, verdad?

Todos la miramos sin entender muy bien si hasta ahora había estado loca o si era justo ahora cuando estaba perdiendo la cabeza.


* * * * * * *


Estábamos conmocionados, pero no era momento de dudar. Habíamos cometido algo inconfesable, pero había que repararlo de la manera más rápida para que nuestras vidas volvieran  a la habitual monotonía. Necesitábamos un líder y esta vez, de forma increíble, Luis se alzó de forma voluntaria al ver que no podíamos contar con Willy.


Vestimos a la chica y la envolvimos en el plástico que habíamos puesto sobre la alfombra. Limpiamos hasta la última gota de sangre del salón. Esperamos hasta altas horas de la madrugada y sacamos el cuerpo de la forma más discreta posible. Tomamos prestado uno de los coches del padre de Luis y Willy y lo trasladamos hasta un lugar alejado de modo que nadie pudiera encontrarlo. En caso de que lo fuera, nunca debería ser relacionado con nosotros. Diríamos que la chica había salido a continuación de las otras dos y que no habíamos sabido nada más de ella.


Hicimos un pacto entre los cuatro, pacto endeble a la luz de los acontecimientos, pero no era momento de desconfiar de los demás. El pánico se había adueñado de nosotros, ya no por el horror que habíamos cometido, sino por lo que pudiera ocurrirnos si todo se descubriera. “Si mis padres se enteran, me van a matar…”, imaginé que estaría Luis pensando en aquellos fatídicos momentos.


* * * * * * *


La policía no es tonta, suele decirse. En realidad lo habría sido si hubieran tardado en cogernos un solo día más de lo que lo hicieron. Una denuncia de desaparición de los padres, una charla con las chicas que la acompañaron a la fiesta, una revisión de las últimas llamadas en su móvil… Las pruebas de que la desaparición de la chica era cosa nuestra eran de primero de Policía General Básica.


La verdad es que nuestro crimen perfecto había sido la mayor chapuza de la historia. “¿Qué pensaría Agatha Christie si se enterara de esto?”, pensaba en algunas ocasiones como para alejar mi pensamiento de la realidad, simulando que todo se trataba de una trama de novela. Pero no lo era, desgraciadamente, sobre todo para la víctima. 


Nuestros padres se volvieron casi locos al conocer lo sucedido. La prensa empezó a dar bombo al asunto y la opinión pública empezó a mostrar su “opinión”, dando muestras de su absoluto horror hacia lo sucedido. “Mírales”, pensé alguna vez mirando a la televisión, “gritan y muestran caras de indignación, y no saben reconocer que están encantados de tener carnaza en la que cebarse para olvidar sus miserables vidas”.


Los interrogatorios empezaron de forma inmediata en las instalaciones de la policía, unas veces por separado y otras en careos entre dos o varios de los integrantes del grupo. Yo repetí de forma obsesiva la versión que habíamos planeado, mientras esperaba que todos los demás hicieran lo mismo. Tanto la repetí, que había momentos en que creía ciegamente en ella. En esos momentos estaba totalmente convencido de que la chica se había marchado con las otras dos, no entendía por qué la prensa y la gente podía ensañarse tanto con unos pobres muchachos que sólo tenían ganas de divertirse y de tomar unas cervezas de vez en cuando.


Es evidente que alguien confesó la verdad finalmente. Hice cálculos mentales por adivinar quién se habría derrumbado primero. Finalmente las quinielas me señalaron a Luis, aunque días más tarde supe que había sido Willy. Lo había confesado todo, o casi todo, para conseguir indulgencia  de la justicia al señalarnos a los tres chicos como los únicos culpables.


Se nombraron abogados para nuestra defensa. De pago, y de los caros, para Luis y Willy. De oficio para Lucas y para mí. El que me tocó, estaba empeñado en hacer cantidades ingentes de sesiones para preparar el juicio. Sesiones que llevaron horas y horas, “había que hacer las cosas bien”, según decía constantemente. Evidentemente, pensaba a menudo, el objetivo no era probar nuestra inocencia. Estoy seguro que no creía en ella. Se trataba simplemente de ganar el caso. Mejor dicho, de ganar su caso. La publicidad que el hacerlo le podría acarrear y el beneficio para su carrera eran demasiado tentadores como para permitir que se perdiera.


* * * * * * *


Hoy es el día de la primera vista del juicio. Estoy preparado. Me han vestido con un traje y me han cortado el pelo y afeitado a conciencia para darme un aspecto de niño bueno. Son elementos clave para convencer al juez y al jurado, me ha comentado Juan, mi abogado de oficio.


Pero hay un mensaje que ha repetido de forma obsesiva, casi llegando a la paranoia, “para evitar que el caso pase de un simple homicidio a un asesinato en primer grado”. Mientras veo pasar las casas desde el coche en que me llevan al juzgado, me repito ese mensaje hasta la saciedad: Pase lo que pase y se diga lo que se diga, el cuerpo no debe aparecer. De ninguna de las maneras  debo confesar el lugar donde se encuentra enterrado el cuerpo de Marta.



Dedicado a la otra Marta, la auténtica, cuyo mayor error fue elegir a los amigos equivocados.



Pozuelo de Alarcón, 2 de Marzo de 2012



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