EL SECRETO DE SARAH



Permitidme que me presente. Mi nombre es Paul. Solía vivir en un pueblecito de Austria con mi querida esposa Sarah. Un tranquilo lugar al pie de los Alpes, uno de esos pueblos que suelen mostrarse en postales por su belleza. Blanco como sólo la nieve pura es capaz de serlo.

No me culpéis por no mencionar su nombre, ya que si no lo hago es por miedo. Miedo a que toda la historia que voy a contaros se repita. Miedo a esos hombres y a quien los envía.

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Corrían los años 40. Sarah y yo éramos relativamente felices con nuestra vida. Sólo una sombra se alzaba sobre nosotros: nuestro hijo Joseph había muerto unos años atrás en un accidente de tráfico. Joseph estaba a punto de cumplir los 18 años por aquél entonces y era un gran amante de las motocicletas, pasión que acabó con su vida antes casi de que empezara. Apenas habíamos conseguido reponernos del duro golpe y mi esposa era quien lo llevaba peor de los dos, cayendo en intermitentes crisis de profunda depresión.

Regentábamos un pequeño bar de nuestra propiedad, que era a su vez, nuestro hogar. La parte delantera del  local era el bar propiamente dicho y la parte de atrás estaba habilitada como una humilde, aunque acogedora vivienda. De esta manera, entre recuerdos y alguna bronca con borrachines del lugar, discurría nuestra vida.

Durante una de las crisis de Sarah, tomamos la decisión de que ésta pasara una estancia en una residencia de descanso en Suiza, en las afueras de una ciudad cercana igualmente a los Alpes. El médico de nuestro pueblo nos había recomendado personalmente el lugar, y aseguró que unas semanas de descanso serían la mejor medicina que Sarah podría recibir.

La estancia de Sarah se me hizo increiblemente larga, a pesar de haber durado tan solo 2 meses. Comprendí que mi vida sin ella no tenía sentido. Cuando por fin regresó, sentí que la alegría volvía a casa y me hice la promesa de que haría lo imposible por hacer que sus días transcurrieran de la manera más feliz a mi alcance.

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A principio todo fue como antes de su partida. Fue varias semanas después de su vuelta cuando empecé a notar que algo no iba bien. A veces veía con estupor que realizaba cosas que eran impropias de ella, pero que cuando le preguntaba decía no recordar o, si lo recordaba, no sabía explicar como había sucedido. Por ejemplo, varias veces la oí conversar con clientes sobre temas complejos como una persona altamente cultivada, cuando apenas si tenía unos estudios básicos.

Mucho más extraño me resultó observar anotaciones en su cuaderno personal sobre los libros que había leído en la biblioteca en algunas tardes en las que me dejaba sólo en el bar para pasarlas con sus amigas del pueblo. La lectura de libros no me hubiera sorprendido, aunque Sarah jamás había sentido interés por la lectura, a no ser porque aquellos libros estaban escritos en idiomas que Sarah desconocía totalmente.

Callé todas estas excentricidades por no perturbarla, pero mi inquietud se acrecentaba día tras día.

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Una noche de verano, cerca de las doce, me disponía a cerrar el bar cuando unos borrachos se acercaron a la puerta pugnando por entrar, a pesar de que les informé de que mi jornada había terminado. Estábamos en plena disputa cuando al final de la calle, a la sombra que algunos árboles esparcían entre la luz tenue de las farolas, observé a varios hombres de aspecto extraño que miraban hacia todos los lados de la calle como si estuvieran buscando algo. Seguramente se trata de forasteros, pensé sin darle mayor importancia.

Sin embargo, una vez cerrado el bar y con las luces apagadas, la curiosidad me hizo espiarles escondido tras la cortina de un ventanal. Los hombres vestían de forma muy parecida entre sí y se movían de una forma coordinada. “Se mueven como militares, aunque no llevan uniformes”, esta vez el pensamiento sí me inquietó.

Un leve temor sin razón aparente se adueñó de mí por lo que me apresuré a bajar las persianas y a cobijarme en el interior del local. Tomé un trago de mi whisky preferido para calmar mis sentidos y me dirigí hacia la habitación donde Sarah ya me esperaba leyendo a la luz de una lamparita de noche. Varias veces estuve tentado de comentarle la presencia de aquellos hombres, pero finalmente opté por no preocuparla y decidí no hacerlo.

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Habían pasado unos días y el incidente había ido desapareciendo de mi memoria, aunque inconscientemente me obligaba a estar alerta, especialmente por las noches a la hora de cerrar el bar.

La mañana del primer día de angustia, Sarah había salido a hacer la compra a la plaza del pueblo, donde el mercadillo semanal había desplegado sus ofertas multicolores de alimentos y baratijas, haciendo surgir la vida y el ir y venir de las gentes que acudían de otros pueblos de los alrededores.

Fumaba un cigarrillo apoyado en la puerta del local mientras observaba a Sarah introducirse entre el enjambre de vendedores y compradores que discutían a voz en grito para obtener el mejor precio. Súbitamente, un enorme perro negro se abalanzó sobre ella, haciéndola caer al suelo. El perro se comportaba como si sólo quisiera detenerla, ya que parecía no querer provocar más daño mientras Sarah se mantenía caída sobre las losas de la plaza.

Un escalofrío de terror me recorrió de punta a punta. No lo pensé dos veces y cogiendo la escopeta de caza que siempre había guardado detrás del mostrador para presumir entre mis clientes y amigos, salí corriendo hacia la plaza para acabar con el perro si fuera necesario.

Fue quizá la sorpresa o tal vez un dejá vue de la situación lo que me hizo mirar hacia el otro lado de la plaza mientras corría e intentaba colocar dos cartuchos dentro del arma. Dos hombres vestidos de negro corrían desde allí a grandes zancadas. Estos hombres eran sin duda parte del grupo que había observado merodeando por los alrededores del bar unas noches atrás.

Llegué hasta Sarah, la levanté de un fuerte tirón y la ayudé a volver con grandes prisas al bar, no sin antes tener que golpear al gran perro negro con la culata del arma. Toda la escena se me antojó que ocurriera a cámara lenta, aunque el miedo me hizo acelerar el paso y calculo que no me llevó más de unos pocos segundos.

Sin embargo, fue la fortuna la que propició que aquellos hombres no llegaran hasta nosotros antes de poder entrar en nuestra casa. Al mirar por la ventana observé que los hombres se habían detenido al ver rondar por la zona un coche de policía.

Pasamos el resto del día con el bar cerrado y las luces apagadas, únicamente mirando por la ventana a través de las rendijas de las persianas. Los hombres no se habían marchado, sino que pasaron el día merodeando por los alrededores.

No sabíamos qué hacer ni a quién acudir. No podíamos salir a la calle, pero tampoco esperar a la noche, ya que estábamos seguros de que las puertas no serían un obstáculo para aquellos extraños. Finalmente, unos minutos antes del anochecer, tomamos la decisión de irnos a casa de un familiar en las cercanías del pueblo.

Intentamos coger la vieja furgoneta que dormía en el garaje, apenas usada para las batidas de caza por las montañas con mis compañeros de aventura. Fue un inútil intento, ya que uno de los hombres se encontraba haciendo guardia a su lado. En un alarde de entereza, salimos por una de las puertas traseras de las que afortunadamente el local disponía y tras escondernos entre las sombras del atardecer, conseguimos huir a pie por un callejón intransitado.

* * * * * *

A partir de aquel momento nuestra vida se convirtió en un infierno continuo. La huida empezó de pueblo en pueblo, primero, y a través de las montañas después. Avanzábamos durante el día y nos recogíamos a descansar durante la noche. En todo momento, sin embargo, encontrábamos huellas palpables de que aquellos hombres seguían nuestro rastro sin descanso.

Afortunadamente había tomado la precaución de coger todos los ahorros que guardaba en el desván de la casa y pudimos pasar las noches en pequeñas pensiones que encontrábamos por los lugares por donde pasábamos. Cuando no había pensiones donde trasnochar, lo hacíamos en pequeños refugios de montaña. Más de una vez, alguna cueva nos permitió guarecernos, a pesar de las frías noches de las montañas alpinas.

Huir a pie no era siempre una opción, ya que nos permitía avanzar muy poco cada jornada, aunque era la que nos permitía dejar menos pistas a nuestros perseguidores. Siempre que podíamos, lo hacíamos en medios de transporte improvisados: autostop, autobús, tren.

Habíamos tomado la determinación de viajar hacia el sur de España, a una pequeña localidad de la costa del sol donde habíamos pasado temporadas con una hermana de Sarah en épocas pasadas. Aquello, sin embargo, nos obligaría a cruzar a través de Europa, viajando siempre hacia el sur, intentando cruzar las fronteras de una forma ilegal por no disponer de pasaportes.

* * * * * *

La huida ya había durado varias semanas. A veces nos encontrábamos más calmados y nos relajábamos más de una noche en alguna de las pensiones del camino en las que nos alojábamos. Era en esos momentos que nos parábamos a reflexionar e intentar entender qué estaba pasando, por qué aquellos hombres misteriosos perseguían a Sarah. En algunos momentos Sarah parecía hablar con unos matices desconocidos para mí, llegando a pensar que estaba hablando con una desconocida. Callaba esta sensación, sin embargo, para evitar acrecentar los temores de ella y los míos propios.

Aquella noche me encontraba desvelado mientras Sarah dormía.  Había estado fumando un cigarrillo tras otro en el balcón del hotel, al abrigo de unas plantas que me protegían de la vista desde la calle y los edificios de alrededor.

Cuando decidí  volver a la cama, mi sorpresa llegó a extremos de puro terror. Sarah estaba hablando en sueños en un idioma extranjero, pero que yo era capaz de comprender. Fue en ese momento cuando descubrí la gran verdad que me había estado rondando durante las últimas semanas, pero a la que no conseguía dar forma: Los hombres no perseguían a Sarah, sino a otra persona que vivía dentro de ella. Aquella noche no conseguí dormir, llegando a sentir la tentación de huir y dejarla allí sola, tal era el miedo que se apoderó de mí.

No lo hice, sin embargo, aquello me pareció una canallada sin sentido. Tampoco me atreví a comentarle mis sospechas a Sarah y guardé el secreto una vez más, sintiendo que poco a poco mis fuerzas y valor iban mermando con el paso del tiempo.

Sólo habían pasado tres o cuatro días desde aquel amargo descubrimiento, cuando una noche mientras cenábamos en un pequeño restaurante de un pueblecito de la campiña francesa, un hombre de avanzada edad se acercó a nuestra mesa con la intención de establecer una conversación con nosotros. La primera impresión fue de desconfianza y de necesidad de alejarnos lo más aprisa posible de aquél hombre. A lo largo de los minutos siguientes, sin embargo,  nos relajamos ante la alegre conversación del extraño. Finalmente pasamos una velada hablando de cosas sin importancia, felices de poder hablar con alguien tras el silencio forzado de las largas semanas precedentes.

* * * * * *

El hombre se llamaba Jean y vivía por la zona. Después de largas peroratas de sobremesa en noches posteriores a la primera cena –las comidas las solíamos hacer encerrados en la habitación de la pensión-, nos convenció para que nos quedáramos un tiempo en el pueblo. Nos llegó a invitar a pasar unos días en su casa, invitación que rechazamos amablemente, pero aceptando de buen grado su compañía como guía para recorrer los bellos parajes del lugar.

Aunque eran tiempos para desconfiar de todo el mundo, con el paso de los días Jean se fue ganando nuestra confianza y empezamos a pasar largas jornadas en su compañía.

Una noche, después de cenar en el jardín de su pequeña casa, Jean se decidió a hablarnos francamente. Casi lo habíamos estado esperando, pero no por ello la sorpresa fue menor. Nuestra primera intención fue huir de nuevo para alejarnos de él a toda prisa, quizá era uno de ellos, pero consiguió tranquilizarnos y que esperáramos a escuchar lo que tenía que decirnos.

Empezó a hablar sobre nuestro caso, incluyendo nuestra huida, sabía casi todo sobre nosotros. Finalmente, nos descubrió sin tapujos el secreto que yo tanto temía: “Sarah lleva otra persona dentro”, dijo con mirada vidriosa. “Es una mujer que le ha sido inoculada durante su estancia en la casa de reposo suiza en la que pasó un tiempo hace unos meses. Le han introducido en su cerebro la memoria de esa mujer y las características de su personalidad poco antes de morir. Ahora Sarah no está sola, esa mujer vive dentro de ella”.

La mujer se llamaba Irina, nos dijo, y era una doctora en psiquiatría al servicio de la URSS que poseía información altamente sensible. Tanto, que quizá podría llegar a cambiar la vida humana tal y como la conocemos. “Los hombres que os persiguen son mercenarios a sueldo y la buscan para obtener dicha información y a continuación deshacerse de todos los testigos posibles”, sus palabras sonaron como un epitafio.

Día tras día, a partir de aquella primera declaración, Jean nos fue contando la historia al completo. Irina había sido su amante. Se habían conocido en el hospital suizo y habían convivido felizmente durante dos décadas sin que Jean sospechara nada. Irina, junto a un equipo de investigadores,  trabajaba con varios de los pacientes del hospital de reposo en proyectos secretos con los que intentaban conseguir la vida eterna.

El proceso consistía en extraer lo que llamaban alma de la persona que iba a morir, que no era sino la memoria y la personalidad del donante, e inocularla en el receptor. De esta manera, conseguirían hacer que la persona elegida viviera de forma infinita en diferentes cuerpos, siendo trasplantada de uno a otro de forma continua.

Al principio lo normal era que ambos, donante y receptor, murieran durante el traspaso. Tras años de investigación, fue Irina quien llegó a conseguir hacer seguro este proceso. Pero, ante el temor de lo que semejante tecnología podría suponer para la perdurabilidad de los tiranos de los países como aquél al que servía, había decidido destruir toda la documentación sobre el proyecto.

No pudiendo soportar la presión de sus anteriores benefactores, lo había confesado todo a Jean. Finalmente, la angustia pudo con ella y había intentado suicidarse, aunque un antiguo colaborador suyo había conseguido inocularla dentro del cuerpo de Sarah antes de que su cuerpo muriera. El proceso había resultado una chapuza por lo que, a pesar de haber sobrevivido, Irina y Sarah vivían actualmente en el mismo cuerpo, tomando el control del mismo de forma alternativa y aleatoria.

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Aquella increíble historia nos dejó atónitos, era imposible creerla y al mismo tiempo las pruebas eran irrefutables. Nos encontrábamos en un dilema sobre que debíamos hacer, pero las circunstancias una vez más fueron las qué tomaron la decisión por nosotros.

Una tarde, después de dos días de no tener noticias de Jean, nos acercamos por su casa. La puerta de entrada se encontraba entreabierta y al empujarla con un agudo quejido, la imagen que se nos mostró revivió los temores que habían marcado nuestro destino desde un tiempo atrás que ahora parecía muy lejano. Jean se encontraba caído en el suelo sobre un gran charco de sangre y detrás de él nos esperaban un grupo de hombres armados que nos miraban con cara de cansancio y odio por la larga persecución.

Los días que siguieron fueron realmente aterradores. Nos encerraron en una mansión en una ciudad cercana y nos sometieron a todo tipo de interrogatorios y pruebas médicas. Aunque era evidente que el objeto de sus pesquisas era Sarah, no por ello fui librado de todo aquél horror. Nos mantenían separados en zonas diferentes de la casa y no supimos el uno del otro durante todo el tiempo que estuvimos allí.

La mañana del diez de mayo de 1948, la luz del sol parecía más brillante que otros días. Desperté sobresaltado y al abrir los ojos vi a Sarah que me miraba desde la puerta de la habitación, cerrada herméticamente hasta aquél momento por los hombres que nos mantenían secuestrados. Vestía un camisón verde de hospital y lloraba de forma inconsolable.

Salté hacia ella y la abracé. Pregunté qué estaba pasando y a duras penas pudo confesarme: “Irina se ha suicidado”.

* * * * * *

Los acontecimientos que prosiguieron fueron una carrera sin cuartel. Revisamos la casa donde nos mantenían apresados y vimos que había sido totalmente abandonada. Corrimos sin parar y tomamos los medios de locomoción que nos alejaban a mayor velocidad de aquél fatídico lugar.

No forcé a Sarah para que me comentara lo que había pasado. Esperé pacientemente y, tan pronto como creí que estaba preparada, fui sonsacando a retazos toda la información de los días en que había estado aislado del mundo y de ella.

“Irina estaba dentro de mí, ahora estoy segura porque llegué a hablar con ella”, me dijo. Aquellos hombres habían intentado sonsacarle los datos del proyecto, pero Irina se había escondido detrás de Sarah mientras pudo. Finalmente fingió acceder a sus pretensiones y les fue explicando toda la información que sólo estaba en su cabeza. El día anterior a nuestra liberación había pedido que le suministraran unos compuestos químicos que permitirían acabar con Sarah, de modo que Irina tomaría pleno control de su cuerpo y podría volver a trabajar para ellos.

“Me hizo tomarlo y todo sucedió en pocos minutos. La sentí morir dentro de mí mientras me deseaba una vida larga y feliz a tu lado. Me confesó que había llegado a sentir un gran afecto por ti, casi amor”, sollozó desconsolada. “Acabó con su vida para protegerme”.

* * * * * *

Hoy todo aquello parece un sueño. Vivimos en un lugar pequeño y tranquilo de la costa azul. Disculpad si no os doy más datos al respecto. Seguro que comprenderéis que las circunstancias me  lo impiden.

Pero una cosa no cambiará el resto de mi vida: cada noche, antes de ir a dormir, miro por la ventana por si veo de nuevo a los hombres de negro.


Pozuelo de Alarcón, 17 de Febrero de 2012


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