SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERAMO


Acabábamos de terminar las clases del instituto y el aire olía a verano, libertad y ganas de vivir. Habíamos pasado toda la semana preparando el guateque que íbamos a montar en el chalé de Luis para celebrar sus 17 añazos recién cumplidos. Sus padres iban a salir durante el fin de semana a pasar unos días en la casa de la sierra y la ocasión la pintaban calva para pasar una tarde de esas memorables que se recuerdan toda una vida.

Teníamos de todo: bebida, comida, la mejor música y las chicas más impresionantes del barrio, mejorando lo presente. El culebra, andaluz con guasa donde los hubiera, aportó el nuevo tocata de su padre. No se lo había pedido prestado, para variar, sino que le había dado el cambiazo por una caja de zapatos, ¡para partirse!. “Total no pasa nada -nos dijo hartándose de reir-  no lo usa nunca y lo tiene cubierto con una toalla para que no se llene de polvo, qué más da lo que haya debajo…”.

La tarde no pudo comenzar mejor. Antes de las seis de aquél sábado inolvidable, los padres de Luis se habían marchado y la casa era toda nuestra. Nos lanzamos a toque de zafarrancho y a las siete ya teníamos montado el escenario, después de apartar muebles, mover sillas a las habitaciones y quitar la tele de en medio para evitar males mayores.

Empezamos a probar el tocata antes de que llegara el resto de la pandilla. Habíamos conseguido de lo bueno lo mejor: Para mover las piernas a tope, el buen rock de Deep Purple o los Rolling; lo último del pop para alimentar el espíritu del verano, como Formula V, los Diablos o los Chichos. Y que no faltara la música lenta de Dani Daniel o Lorenzo Santamaría para intentar aprovechar las opciones que se presentaran con las chicas después de colocarles un par de copas con más ginebra de la necesaria.

Pasé las primeras dos horas pinchando música y sacando humo de los discos que me fueron pasando los colegas a medida que llegaban. Los vasos se iban vaciando de cubata a mayor velocidad de la que se llenaban. Todo iba sobre ruedas y yo me sentía en el paraíso de la marcha. Bailamos, cantamos, saltamos y tuvimos que aguantar alguna que otra queja de los vecinos de enfrente que no parecían estar de acuerdo con nuestras ganas de pasar una tarde de guateque de las que marcan época.

Sobre las diez y media, cuando la noche había caído, empezó a sonar la música lenta y las parejitas se empezaron a formar, los ánimos hasta ese momento sobresaltados se calmaron y la dulzura acaramelada se apoderó del ambiente.

Fue entonces cuando reparé en ella. No la conocía de nada, aunque bien es verdad que tampoco conocía de primera mano a todos los invitados a la fiesta. Me extrañó, sin embargo, cómo una chica tan increíble podría habérseme pasado  por alto durante toda la tarde. La casa de Luis no era pequeña exactamente, pero tampoco tan grande para no haberla visto antes.

La miré durante unos minutos, estaba sola, apoyada en el marco de la puerta del jardín mirando al cielo mientras sostenía con ambas manos un vaso con algo que parecía cocacola con o sin algo más. Me pareció raro que nadie estuviera con ella, así que decidí que no podíamos dejar sola ni un minuto más a semejante bombón y me acerqué a ella lentamente, emulando alguna escena de James Dean o de algún otro actor de moda. El abordaje fue realmente sencillo y sin mucho preámbulo me encontré bailando con ella canciones que, habiéndome parecido vulgares hasta ese momento, empezaron a parecerme las baladas más dulces jamás escuchadas.

Alguien intentó cambiar el ritmo y volver a la música marchosa, pero desistió tras un fuerte abucheo de las parejas más acarameladas y especialmente después de que un zapato le acertara en la cabeza al muy mastuerzo. El punto de no retorno había llegado y la noche prometía romanticismo y acaramelamiento sin fin.

Pasadas las doce, aproveché para preparar dos cubatas más y la invité a salir al jardín. Paseamos mientras intentaba encontrar el momento ideal para besarla. Nos sentamos en los columpios y eché mano a toda mi inventiva para contar los chistes más graciosos, y a poder ser menos groseros, de mi repertorio. Reímos durante mucho rato y en el momento que entendí el adecuado, intenté abrazarla sin pensar en las posibles consecuencias. Ella se escurrió como un pez y con una amplia sonrisa dijo que era tarde y tenía que marcharse. La historia típica de sus padres y el tener que llegar pronto a casa, bla, bla, bla. Vaya fastidio.

Le pedí al menos que me dijera su nombre, tema que había estado esquivando toda la noche, porque necesitaba volver a verla como fuera. Ella sonrió de nuevo y acercó sus labios a mi oído susurrando una frase que creo que no olvidaré mientras viva: “Lo averiguarás por ti mismo. Felices sueños”.

Y simplemente se marchó. Me dejó allí plantado como alguno de los sauces del jardín de Luis, con el corazón medio roto y sin saber si de verdad todo aquello había pasado o lo había imaginado.

Desanimado, decidí irme a casa, no tenía más ganas de juerga por aquella noche. No me despedí de nadie, no quería verme obligado a dar explicaciones de mi repentino cambio de humor. Difícilmente habría sabido dar una excusa convincente y que me tacharan de moña ya era demasiado como colofón del día. Sobre las dos de la madrugada abrí despacio la puerta de mi casa y con los zapatos en la mano para que mi padre no me oyera entrar y me montara una escena de las suyas, me dirigí a mi habitación, cerré la puerta y me acosté pensando en ella.

Creo que no fue durante mucho tiempo porque los efluvios del alcohol me introdujeron en un sueño rápido y pesado casi apenas unos segundos después de arroparme con las sábanas recién planchadas por mi madre, la única que me entendía en aquella casa.

* * * * * * *

Desperté sobresaltado. Había estado soñando algo que no podía recordar claramente. Pero de lo que sí estaba seguro es de que era algo terrorífico. Tanto, que aún unos minutos después de recobrar la conciencia que me robara el sueño, mi piel era de gallina y un sudor frío y pegajoso inundaba mi cuerpo.

Sentí un ligero escalofrío y pensé reprochándome: “Qué estúpido soy, sólo ha sido un sueño.”. Pero había sido tan real…

Traté de tranquilizarme escrudiñando la habitación para así convencerme de que ya había terminado la pesadilla y estaba en mi cama sin que nada ocurriera a mi alrededor.

Como era verano tenía la ventana abierta, permitiendo así entrar la luz pálida de la luna. Una luna llena y deslumbrante en un cielo oscuro salpicado de puntitos de luz desperdigados. Pero, aunque esa luz iluminaba casi en su totalidad la habitación, un ángulo de ésta permanecía en total penumbra.

Mi obsesión se concentró en ese punto. Mi intranquilidad aumentó cuando, a pesar de forzar al máximo mi vista, no conseguí ver absolutamente nada a través de aquella oscuridad virgen.

De pronto creí ver como si algo se hubiese movido en aquél rincón. Traté de levantar la cabeza para esforzarme aún más en ver algo. Una marcada punzada de pánico me obligó a bajar la cabeza cuando un aliento caliente recorrió mi cara. En un primer momento creí que sería una corriente de aire que tal vez entrara por la ventana, pero no pude contener mi terror cuando me di cuenta de que la ventana estaba a mis espaldas por lo que eso era imposible.

Recordé que había cerrado la puerta como era costumbre y ahora lo maldije para mis adentros. El silencio taladraba mis oídos. Traté de pellizcarme porque necesitaba comprobar que aquello era un sueño, pero mis manos no se movieron siquiera.

Sin saber cómo, vi trasladarse algo hacia la zona iluminada proviniendo de aquél oscuro rincón. ¡Ahora sí pude ver nítidamente “aquello”! Era una sombra con aspecto humano, pero de formas alargadas y extrañas. En el centro de lo que debía ser su cabeza había una especie de ojo brillante fijo en mí.

Aquello se mantuvo un instante en el claro reflejo de la ventana. Mi terror era total. Quería moverme, pero mis miembros no me obedecían. Quería gritar, pero mis mandíbulas se apretaban hasta hacerme daño. El sudor que invadía mi cuerpo me pegaba totalmente a la cama.

Después de unos segundos que me parecieron siglos, la sombra comenzó a moverse hacia mí. Mis ojos se abrían tanto por el pánico que temí que se salieran de las cuencas. Me aferraba con las uñas a las sábanas como queriendo hallar un modo de escapar.

Finalmente la sombra llegó hasta mí, levantó una mano y diciendo algo ininteligible me toco la frente. El roce de la mano era abrasador y me produjo un dolor tal que sentí que el corazón se me paralizaba. Un millón de escenas como de una película a alta velocidad pasaron por mis ojos mientras aquél dedo se mantuvo en mi frente hasta que, no resistiendo la tensión producida por el terror, perdí el conocimiento.

* * * * * * *

Abrí los ojos lentamente con un ligero temor, sin atreverme a mirar a mi alrededor. El día era espléndido y una luz radiante inundaba toda la habitación.

En un segundo se me pasó por la mente todo lo vivido aquella madrugada. Sonreí benévolamente por aquella pesadilla estúpida que me había aterrorizado. “La de tonterías que se pueden soñar…”, dije para mis adentros. Recordaba claramente la fiesta del día anterior y la cuantiosa ingesta de alcohol que había sido, sin lugar a dudas, la causante de aquella noche tormentosa.

Me levanté perezosamente y me dirigí hacia el baño. Me apoyé en el lavabo y bostecé de forma exagerada, cerrando los ojos. Al abrirlos me encontré mirando directamente al espejo.

Un grito terrorífico surgió de mi garganta al tiempo que un escalofrío me recorría todo el cuerpo partiendo de la punta de mis pies. La persona reflejada en el espejo no era yo, sino un viejo de edad incalculable que me miraba con ojos de asombro como intentando comprender lo que estaba pasando. No podía ser, cerré los ojos durante un largo minuto y los volví a abrir. Pero aquél viejo seguía mirándome. Lentamente empecé a comprender que aquel hombre no era otro sino yo, pero, ¿cómo podía ser?. Me había acostado siendo apenas un adolescente y me había levantado siendo un…la palabra no quería salir de mis labios…¡un anciano!

“Por favor, abuelo, ¿vas a estar todo el día ahí o vas a dejarme pasar?, mira que me hago pipí y mamá se va a enfadar”. La voz me sobresaltó y miré hacia la puerta del baño. Se trataba de una niña de unos cuatro o cinco años. La miré con más asombro del que creí que podría volver a sentir en mi vida y sin decir una palabra salí del baño, volviendo a mi habitación para poder reflexionar sobre todo lo que me estaba pasando.

* * * * * * *

Quisiera poderos decir que todo aquello acabó bien, que no fue más que la continuación de la pesadilla nocturna, ¿fue una pesadilla realmente?, pero me temo que no puedo daros ese placer.

En los siguientes meses intenté adaptarme a mi nueva vida. Lo veía todo con ojos nuevos como los de un niño. No recordaba nada de mi familia actual, de mi vida en los últimos años y el mundo me parecía un entorno de locos donde la vida era difícil a pesar de las máquinas tan avanzadas que descubría cada día en casa de mis hijos o por las calles.

Me llevaron a muchos doctores y finalmente me diagnosticaron Alzheimer, única enfermedad que parecía hacer encajar todas las piezas de los síntomas que presentaba y lo que parecía una pérdida total de memoria.

Pero yo sé que no es así, no padezco ninguna enfermedad. Fue ella, aquella chica que conocí en la fiesta. Ella provocó en mí esta extraña maldición que absorbió toda mi vida para convertirme en un anciano en una sola noche. He buscado en toda la documentación que he podido encontrar a mi alcance e, incluso, he aprendido a utilizar una cosa que llaman Internet y donde puedo obtener toda la información del mundo con unos pequeños gestos en una cosa parecida a una máquina de escribir. Ella, ahora estoy seguro, es lo que llaman un vampiro de vida. Pueden adoptar muchas formas para atraerte, como la de aquella bella adolescente de la fiesta, pero su forma real es la que apareció en mi pesadilla. Te atraen para absorberte el fluido del que se alimentan: tu tiempo vital.

* * * * * * *

Si os cruzáis conmigo por la calle y no os digo nada, no penséis que soy un antipático y que me niego a saludaros. Es simplemente que, aunque vosotros me hayáis conocido a lo largo de muchos años, yo no os puedo recordar porque no he vivido esos años. Mi vida me la robaron en una fiesta de adolescentes una noche de verano.


Pozuelo de Alarcón, 10 de Febrero de 2012


Comentarios

  1. Curiosa explicación del alzheimer.
    ;) Me ha encantado la historia. Iré leyendo poco a poco.

    Un beso enorme.

    Patricia Efe

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