LA ULTIMA LAGRIMA


PROLOGO

No puedo creerlo, pero es así, he conseguido hacerlo. Mi corazón debe latir a doscientas pulsaciones, en parte por la tensión del momento, en parte por la gran carrera que he tenido que hacer para huir, y amenaza con salírseme por la boca. No creo haber corrido tanto desde que era un adolescente. Me apoyo contra un árbol y vomito toda la cena. Pero ha valido la pena. Lo he hecho una vez, pero volvería a hacerlo diez, cien, mil veces, si fuera necesario. El artefacto me quema en las manos y lo tiro al suelo con sensación de pánico. Ahora que ha cumplido su misión ya no sirve para nada.

Espero que Sandra pueda entenderlo y mi acción pueda servir para unirnos por fin y para siempre.


CAPITULO I

Conocí a Sandra a los trece años. Fue en el colegio. Empezaba un nuevo curso y ella apareció de repente. Sandra era una repetidora y tenía casi quince años la primera vez que reparé en ella. La colocaron en nuestra clase, a pesar de que el colegio era grande y había cuatro clases por curso, de la A a la D. Nos organizaban por apellidos y yo pertenecía a la D. Ella, según supe tiempo después, hubiera pertenecido a la C de forma natural, pero ésta estaba abarrotada y los desbordamientos los hicieron sobre la D, que estaba sólo a poco más de la mitad. Agradecí durante todo el año escolar que esto hubiera sido así.

Es curioso, pero no había reparado en ella hasta entonces. Era una tía buena de las mayores, como decíamos por aquel entonces, y se suponía que las teníamos fichadas a todas. Tal vez no perteneciera a ese grupo, me pregunté muchas veces con el paso del tiempo, quizá lo que me enamoró de Sandra era algo que no estaba a la vista, cosa rara entre los chavales de mi edad, todo hormonas y escaso cerebro.

Los primeros días del curso no recuerdo haberla visto. Yo estaba sentado en la parte de atrás con los chicos malos de la clase, a pesar de que yo pertenecía al gremio de los empollones. Este grupo me atraía menos por ser más aburrido y había decidido cambiar de bando. Sandra había ido a caer en una de las primeras filas. Desde la perspectiva en que podía verla creí que se trataba de una antigua conocida, hija de una de las profesoras del colegio. Un día me tocó salir a la pizarra y entonces la vi de frente por primera vez, comprobando que no era quien yo creía. Fue como un flechazo directo, atraído por una sonrisa magnética de dientes desalineados y unos ojos que expresaban casi más que las palabras. Y ella me miró a mí también en exclusiva. Algo debió pasarle por dentro al mismo tiempo que a mí porque la clase desapareció y nos quedamos embobados, como si no hubiera nadie más alrededor.

Unos días después la casualidad acudió en nuestra ayuda. El profesor de mates decidió romper los grupitos naturales que se habían formado, para evitar corrillos generadores de distracciones, y tuvo la idea de organizarnos por sorteo. A Sandra le tocó sentarse en la primera fila; a mí en la segunda… pero justo detrás de ella. De inmediato se formó una asociación simbiótica entre los dos. Ella era mala estudiante y necesitaba de alguien que la ayudara a salir a flote en casi todas las asignaturas. Y allí estaba yo para ofrecerle mi ayuda, de modo que la asociación funcionara. Y funcionó.

Nos convertimos en una pareja inseparable. Yo tenía la sensación de que me había adoptado. Sandra cumplió los quince años mientras yo seguía con mis trece y ni siquiera el acné juvenil había empezado a asomar a mi rostro. Éramos en realidad una extraña pareja. Una pareja que sólo funcionaba dentro del colegio. Al salir de clase jamás coincidíamos, tan distintos debían ser nuestros mundos. Todos decían que tenía un novio de dieciocho, aunque en el fondo nunca me importó si era cierto o no. Ella era mía en las horas lectivas, el resto del tiempo no me preocupaba a quién perteneciera. Sobre todo cuando en clases de estudio, en momentos en que el profesor no nos veía, se volvía en su pupitre hacia el mío y se me quedaba mirando fijamente durante minutos, la cabeza apoyada sobre las manos, con aquellos ojos que aún hoy me producen escalofríos al recordarlos.

—¿Sabes por qué te miro? —recuerdo que me dijo una vez con su sonrisa desigual y una picardía de niña traviesa—. Porque me gustan tus ojitos… y tus manos. Tienes manitas de cerdito… —Soltaba una carcajada y seguía mirándome como si fuera lo único importante que hacer en todo el día.

Esa era Sandra: alocada, un auténtico ciclón como solía decirle yo, pero tierna. Posiblemente esa locura era lo que a la vez me desquiciaba y enamoraba día tras día. La quería realmente como sólo un niño de trece años puede querer.

Y así pasó el curso. Sin duda el mejor de mi vida. Pero todo termina, y aquel curso no iba a ser menos. Nos separamos con un ligero beso en la  mejilla y sin ninguna palabra de más que predijera lo que sería de nosotros en el futuro. Quizá porque lo normal era que el curso siguiente todo volviera a empezar. En esos tiempos no nos dábamos cuenta de que el mundo va hacia adelante y que todo cambia.

Y así ocurrió al año siguiente: todo había cambiado, por supuesto. Sandra y yo ya no estábamos en la misma clase. Apenas coincidíamos y cuando lo hacíamos era para hablar de cosas sin importancia. Luego ella se fue del colegio sin avisar a  mitad de curso. Al principio la extrañé largamente, pero con el paso del tiempo fui perdiendo los recuerdos de lo que habíamos compartido alguna vez y empecé a reparar en otras chicas.

Ya se sabe, a rey muerto, rey puesto. Y las hormonas de los quince años no esperan…

* * * * *

Volvimos a vernos a mis dieciocho años, cuando Sandra no debía estar muy lejos de cumplir los veinte. Había olvidado casi su cara y al pasar junto a ella a la salida de una discoteca no la reconocí. Me llamó a grandes voces y enseguida entablamos una conversación como si nos hubiéramos separado la semana anterior. Sandra había quedado con una amiga que le había dado plantón y yo iba solo, a la búsqueda de una aventura de ocasión, pero los planes de ambos se truncaron aquella tarde para unirnos de nuevo por unos meses.

Recordamos los viejos días de aquel curso de ensueño. Yo le confesé que había estado enamorado de ella hasta las trancas y ella admitió que era su pequeño preferido. Reímos a lo grande y tuve que hacerle un tercer grado para que confesara que efectivamente ella "había sentido un gran cariño por mí, algo cercano al amor, aunque no tanto…".

—Date cuenta de la situación —comentó entre risas—, tú eras un pequeñajo. Yo estaba en una pandilla donde había chicos que me sacaban tres o cuatro años. Si me hubieran visto contigo habrían pensado que eras mi hermano pequeño o quizá que estaba haciendo de canguro…

La risa alocada de Sandra era la misma que recordaba y aquella tarde sentí que su calor despertaba en mi interior algo que llevaba dormido varios años, pero que nunca había conseguido morir del todo.

Empezamos a salir de forma intermitente. Cuando ella no había quedado con sus amigas y yo estaba harto de mis amigos, nos dábamos un telefonazo y nos encontrábamos en cualquier lugar, a cualquier hora, y pasábamos largas tardes hablando de casi todo y de casi nada. Realmente daba igual de lo que habláramos, lo importante era estar juntos. La intimidad fue en aumento y en pocas semanas entablamos una relación que podría llamarse formal. Empecé a entrar en su casa y ella en la mía. Aprovechábamos los momentos en que nuestros padres desaparecían durante algún fin de semana para dormir juntos todo el tiempo que nos dejaran.

Todo era como un cuento de hadas, pero también a los dieciocho solemos pensar que las cosas son para siempre. Y de nuevo la vida nos sorprende, poniéndonos frente a la realidad para que despertemos.

La tarde en que mi sueño se truncó era lluviosa. Habíamos quedado en un bar de moda y tuve que esperarla durante una hora hasta que llegó. Me extrañó que se retrasara, había llegado a pensar que algo la hubiera pasado, no era de esas chicas que hacen esperar a los chicos para hacerse las interesantes. Fueron sus palabras, sin embargo, las que me hicieron despertar a la realidad.

—Tenemos que dejar de vernos —comentó muy seria mientras su mirada huidiza se movía hacia todas partes para evitar la mía—. Ya sé que no podrás perdonarme, pero hay alguien de quien no te he hablado…

Intentó no entrar en muchos detalles, pero mi insistencia fue en aumento y hubo momentos en que mi voz sobresalió tanto de los murmullos generales que las personas de las mesas de alrededor empezaron a mirarnos y a murmurar. Finalmente se avino a contarme lo que estaba pasando, en parte por evitar el espectáculo, en parte porque me lo debía.

—¿Recuerdas a Lucas, el chico de la última fila de nuestra clase?

—Lucas… ¿el macarra?

Cómo podía haber olvidado a aquel imbécil… Tuve bastantes líos con él durante la época escolar. En algunos momentos me había tomado como centro de sus bromas y fueron muchas veces las que tuve que correr para evitar sus puñetazos. No siempre lo había conseguido, todo hay que decirlo, y desde luego no había dejado en mí un recuerdo afectuoso, a pesar de que en el último año del colegio nos hicimos medio amigos dentro de la pandilla del barrio.

—Sí, es a ese Lucas a quien me refiero… —hizo una pausa, pero mi mirada la obligó a seguir— Estuvimos saliendo durante una año, antes de que nos volviéramos a encontrar tu y yo.

—¿Cómo pudiste salir con semejante capullo, no puedo entenderlo? —la rabia que me invadía era solo comparable al asombro que aquella revelación me estaba produciendo— Sois completamente diferentes. Además, ¿qué tiene que ver él con que quieras terminar lo nuestro?

—Verás… Es todo muy complicado —su mirada seguía siendo huidiza, lo cual no me daba muchas garantías de que la situación pudiera recomponerse para bien. De pronto se arrancó sin freno y toda la verdad salió a flote—. Rompimos, es verdad, pero yo nunca le he olvidado. La causa de nuestra ruptura fue su carácter violento. Yo no podía soportarlo y le dejé… Pero hemos vuelto a encontrarnos. Fue casualidad, te lo prometo. Empezamos a hablar de lo que pasó. Me pidió perdón… Sé que es sincero y… no puedo evitar lo que siento por él.

—Vas a volver con él, es eso entonces… —el susurro que salió de mi boca tenía regusto a derrota.

Sabía que no había vuelta atrás, pero aún así estuvimos discutiendo casi dos horas. Le recordé que Lucas había tenido problemas con la policía. Le habían arrestado en varias ocasiones por pequeños robos. Tenía, además, una relación con las drogas algo más que preocupante. Pero ella le sacaba la cara ante cualquier comentario que yo hiciera. Todo eso era pasado, él ya no era así. En sus palabras noté una mezcla de las palabras que Lucas le hubiera dicho en su reencuentro con sus propios deseos de que aquellas fueran ciertas.

Y volvimos a separarnos. Ella desapareció de mi vida como el agua de un río que se pierde al entrar en el mar. Tuve la sensación de que encontrar a Sandra y perderla era un sino habitual para mí, como lo es el de perder pacientes en el quirófano para un cirujano del corazón.

* * * * *

Después de aquello salí con otras chicas, pero ninguna relación fructificó. Siempre sabía que la culpa era sólo mía. Sandra había dejado en mí una huella difícil de borrar, a pesar de que dicen que una mora limpia la mancha que deja otra mora. En mi caso esto nunca funcionó.

Terminé mis estudios en la universidad y empecé a trabajar en una multinacional americana. El trabajo me absorbió totalmente y los viajes continuos me empezaron a alejar de la zona en que siempre había vivido, al igual que de los amigos de la infancia. Durante muchos años viví en un avión, como solía bromear a veces. Luego me instalé en Barcelona. Finalmente pasé largas temporadas en Londres. Pero el mal tiempo terminó por desanimarme y decidí que un cambio de aires no me vendría nada mal. Así que cambié de empresa y me volví a Madrid. Me instalé en casa de mis padres, aunque me hicieron prometer que era algo temporal, “no vaya a ser que los cuidados de mamá te hagan perezoso y te quieras asentar aquí para siempre”, reímos al unísono las ocurrencias de mi padre.

Tenía veintiocho años y ningún recuerdo de Sandra. Sin embargo, poco a poco los lugares donde habíamos pasado tan gratos momentos empezaron a evocarla en mi memoria. Pensé que verla alguna vez no tenía por qué ser malo y decidí buscarla. Pregunté a los amigos, pero nadie supo darme señales de lo que había sido de ella. Decidí rondar por los bares donde habíamos pasado tardes inolvidables, al abrigo de la lluvia en invierno, o al frescor del aire acondicionado en tardes de verano insoportables por el calor. No tuve éxito durante unos meses y al final desistí.

Y, cuando ya había abandonado la búsqueda, de nuevo la casualidad nos cruzó en el camino. Era una mañana de verano tórrida, pero nublada y oscura, como amenazando tormenta. Había tomado unos días de vacaciones y los estaba utilizando para buscar un apartamento de alquiler que me permitiera asentarme en Madrid de forma definitiva. Entré en la sucursal bancaria donde pensaba pedir un aval exigido por el propietario del apartamento, cuando vi a una mujer joven que salía atropelladamente por la puerta, casi empujándome al pasar a mi lado. Llevaba grandes gafas de sol, extraño para un día nublado como aquél, y miraba al suelo como intentando pasar inadvertida.

Tropezó conmigo y tuve que cogerla del brazo para que no cayera al suelo. Fue entonces cuando me percaté de que su cara me era familiar. La miré intentando recordar de qué la conocía, admito que no soy buen fisonomista, pero estaba seguro de que no se trataba de una desconocida.

—¡Sandra! —exclamé de pronto al darme cuenta de que se trataba de ella— ¡Qué alegría, cuánto tiempo sin verte…!

—¡Marcos! Eres tú…—su voz sonaba alegre, aunque noté que su sonrisa era forzada.

Nos saludamos efusivamente, pero noté que ella intentaba dar por zanjado nuestro encuentro con un par de buenas palabras y un hasta luego. Yo, sin embargo, me negaba a perderla en unos segundos después de haberla buscado durante largo tiempo. Le dije que me gustaría charlar con ella y la invité a tomar una coca-cola en un bar cercano al banco y a mi nuevo apartamento.

Conseguí convencerla y de nuevo nos encontramos frente a frente en un bar y con unas copas acompañadas de un aperitivo, “como en los viejos tiempos”, bromeé. La conversación empezó a fluir tranquila y sosegada, después de un inicio un tanto azorado por su parte. Recordamos los primeros tiempos del colegio. Todo era rosáceo como en una película moña. Luego hablamos sobre nuestra corta relación, esta vez con menos sonrisas y pasando sobre el tema como de soslayo. Finalmente empezamos a hablar de nuestro presente. Yo le hablé de mis andanzas por esos mundos y ella me comentó que había abierto una peluquería con una amiga y que les iba bastante bien, aunque había unos meses mejores que otros.

La conversación era la que se puede esperar de dos amigos de toda la vida. Pero había algo que no terminaba de convencerme. Sandra no se había quitado las grandes gafas de sol durante todo el tiempo y no conseguía adivinar la expresión de sus ojos detrás de aquellos gruesos cristales. Le insistí en que se las quitara, adulando el bonito color de sus pupilas y su mirada risueña, pero ella pareció violentarse y se negó de forma rotunda y un tanto seca. Aquello empezó a desagradarme, notaba que faltaba un cierto grado de confianza entre los dos, quizá el paso del tiempo había sido más devastador de lo que yo había sospechado. Decidí abandonar el tema. Si había de compartir sólo unos minutos más la vida de Sandra, no quería que nos separáramos con un sabor amargo por una discusión tonta y sin sentido. Pero de pronto fue ella la que decidió acabar la discusión, como por un pequeño gesto de amistad. Agachó la cabeza, se quitó las gafas con las dos manos y volvió a levantarla apartándose el pelo de la cara con una de ellas.

La sorpresa fue grande, aunque no tanto como la indignación que me invadió al ver las bolsas moradas debajo de sus ojos. Estas eran amplias en ambos, pero especialmente en el izquierdo se veía que el hematoma era muy reciente, por lo que sentí en mi propia piel el dolor que transmitía la mirada de Sandra durante unos segundos, antes de bajar la cabeza avergonzada. La tomé de la barbilla y levanté su cabeza con un gesto que quería hacerla entender que ella no era la culpable de aquello, sino la víctima. Sentí que la violencia del momento aconsejaba que las gafas de sol volvieran a su posición inicial y yo mismo se las puse en las manos para que se las colocara. El resto de la tarde transcurrió en una monografía sobre el origen de las marcas de su cara, pero también, y en mayor profundidad, de su alma.

Sandra me confesó todos sus problemas entre sollozos. Yo me encontraba muy alterado y le ofrecí mi ayuda incondicional para solventarlos. Ella, sin embargo, tras una larga discusión me hizo prometer que no me entrometería en sus asuntos, estos eran muy delicados y complejos, y mi intervención sólo podría empeorarlos. Así lo hice, aunque con desgana, y unos minutos después nos despedimos sin ningún plan concreto para volver a vernos. 


CAPITULO II

Desperté súbitamente y me incorporé sobre la cama. Me sentía desorientado, no tenía muy claro donde me encontraba. Poco a poco fui comprendiendo que estaba en mi nuevo apartamento y que soñaba. En mi sueño oía un timbre sonar de forma insistente, como una señal de socorro. El sueño había sido tan real que me había sobresaltado y mi corazón latía a toda prisa. Me recosté de nuevo en la cama y me di la vuelta sobre el lado izquierdo esperando coger el sueño lo antes posible, ya que al día siguiente me esperaba una larga jornada de trabajo. Pero antes de hacer el gesto de taparme con la sábana, el timbre volvió a sonar. Esta vez comprendí que no era un sueño, sino el timbre real de la puerta de la casa.

Me levanté de la cama y me puse una camisa de dormir sobre los pantalones del pijama, no parecía una buena idea abrir la puerta a dios sabe quién medio desnudo a aquellas horas de la noche. Al abrir la puerta la imagen de la desventura se me mostró de forma súbita. Una Sandra a medio vestir, con una zapatilla de diferente color en cada pie, una pequeña bolsa de deporte cargada hasta los topes y el pelo totalmente revuelto, me miraba con una mirada tan triste que se me encogió el alma. Pensé que estaba llorando, pero sus ojos estaban secos, demasiado secos tal vez. Imaginé que ya no quedaban lágrimas en ellos por todo lo que había llorado en los últimos tiempos.


La historia que había oído de sus labios el día que estuvimos hablando de nuestras vidas en la cafetería pasó por mi mente como el flash de una cámara fotográfica. Una historia de horror y violencia.


           * * * * *


Recordé mi estupefacción al ver las bolsas moradas bajo sus ojos, fruto con total seguridad de golpes en la cara y la cabeza. Mucho más evidente lo eran, al estar aquéllas escondidas por Sandra bajo las gafas de sol para evitar ser preguntada por sus conocidos o, quien sabe, para evitar despertar compasión. De lo poco que conocía a Sandra en realidad, el hecho de ser una mujer orgullosa era uno de las características que no había olvidado.


Mi silencio en los primeros momentos dio paso posteriormente a un sin fin de preguntas atropelladas, intentando confirmar mis sospechas en relación a quien era el origen de aquellas contusiones. Pero no hizo falta empujar a Sandra a dar explicaciones, ella misma se lanzó en una confesión sin freno, al tiempo que las lágrimas empezaban a escapar inundando su rostro como un torrente sin control.


Me comentó que después de separarnos diez años atrás, volvió a unirse a Lucas. Estuvieron saliendo durante unos cuatro años y las cosas iban de maravilla. Él había cambiado verdaderamente, ya no tenía relación alguna con el alcohol y las drogas y la única nube en su vida era la mala suerte con el trabajo. Encontraba algunos trabajos de forma temporal, pero no solían durarle demasiado. Lucas explicaba siempre que la culpa era del entorno, los jefes, los compañeros, o quien fuera. Nunca suya. Sandra le quería y creía todo lo que él decía al respecto.


Un buen día le propuso irse a vivir juntos y ella aceptó de corazón. Las cosas iban bien entre ellos, aunque era Sandra quien mantenía económicamente sus vidas en un piso de alquiler que compartían con otra pareja de amigos. Estuvieron en esta situación durante dos años, pero las diferencias entre ambas parejas empezaron a agrandarse cuando Sandra y Lucas se retrasaban en los pagos de los gastos comunes. Hubo una gran pelea una noche de verano después de una fiesta en la que todos habían ingerido más alcohol de lo normal y decidieron irse de la casa en busca de nuevos rumbos.


Lucas tuvo una idea sensacional. Le propuso que aprovecharan la ocasión para cambiar de vida de forma total, empezando por casarse. ¡Casarse! Cielos, aquello le pareció a Sandra la mejor proposición de su vida. Y dicho y hecho, en el plazo de tres meses ya estaban casados y viviendo en un pequeño piso de una tía de Lucas. La tía había fallecido y había dejado a su madre la casa en herencia. La madre, a su vez, se la había dejado a ellos para que vivieran juntos sin el agobio de tener que pagar un alquiler.


Todo parecía ir viento en popa. Por aquella misma época, Sandra había vuelto a encontrarse con una antigua amiga del colegio. Era Lucy, yo la recordaba bien, una chica realmente encantadora. Hicieron planes y tuvieron la feliz idea de montar una peluquería entre las dos, aprovechando que Lucy estaba titulada en esa profesión y que Sandra siempre se había dado muy buena mano en el peinado de todas las amigas y familiares desde que era niña. Pusieron en marcha el negocio con la ayuda de los padres de ambas y la cosa empezó a ir avanzando poco a poco, siempre de forma positiva.


Lucas, mientras tanto, había dejado prácticamente de buscar trabajo y se dedicaba a estar todo el día con los amigos, tomando cervezas en el bar, coreando a su equipo en el campo de futbol, o haciendo cualquier otra actividad en un círculo al que  le vedó la entrada a Sandra. Ella siempre le perdonaba lo que llamaba sus travesuras. La peluquería iba cada vez mejor y los ingresos entraban de forma holgada en su casa, añadiéndose a que los gastos habían bajado al no tener que pagar el alquiler. De esta manera, los excesos de Lucas quedaban siempre cubiertos sin problemas.


Al año de casados, las travesuras de Lucas empezaron a subir de tono. De pronto pasaba dos o más días sin aparecer por casa y cuando volvía lo hacía bebido o con un aspecto parecido a la resaca de las drogas. Sandra intentó reconvenirle con buenas palabras al principio y aguantó todo lo que pudo. Pero cuando le dijeron que le habían visto con varias chicas en lugares poco recomendables y esnifando cocaína, toda su calma se convirtió en ira. Una mañana cuando se disponía a salir de casa al trabajo, él apareció con gesto de sueño y la empujó para que se apartara cuando le preguntó de dónde venía en ese estado. La bronca empezó a subir de tono y fue entonces cuando Lucas pegó a Sandra por primera vez. Ella cayó al suelo al tiempo que sangraba por la comisura de los labios, partidos estos por el puñetazo recibido. La sangre pareció hacer despertar del letargo a Lucas y, llorando y pidiendo perdón, la cogió en brazos y la llevó a un centro médico.


Aquella primera vez pareció una señal para que la vida volviera a la normalidad. Lucas se mostró seriamente arrepentido por lo sucedido y cambió de forma completa… durante unos meses. Al cabo de ese tiempo volvió a las andadas y el infierno se instaló en la casa de ambos para siempre. Lucas llegaba bebido o bajo el efecto de las drogas y le pedía a Sandra dinero de forma constante. Cuando Sandra se lo negaba, él la pegaba hasta dejarla tirada en el suelo y después le robaba lo que encontrara en el bolso, en algún abrigo o en cualquier cajón de la casa.


La pregunta por mi parte fue obvia, ¿por qué no lo había abandonado? Su respuesta también lo fue: nunca se lo había permitido. Lo intentó en varias ocasiones. En algunas de ellas se quedó a dormir en la peluquería, aprovechando la pequeña trastienda de que disponían, donde habían ubicado un pequeño sofá para pasar las tardes ausentes de clientela. Una noche de aquéllas había llegado totalmente borracho y la había golpeado con saña, llevándola de vuelta a casa cogida por el pelo. Todo había sido en vano, ni siquiera tenía fuerza de denunciarle, en numerosas ocasiones la había jurado que la mataría  si se le ocurría ponerle una denuncia. “Y el miedo es mal consejero, Marcos…”, me confesó con los ojos bañados en lágrimas.


Cuando terminó su relato, le había ofrecido mi ayuda. Le dije que haría lo que fuera para que aquello no volviera a pasar, pero ella negó todo ofrecimiento, aunque agradeció mi interés. Nos separamos al cabo de dos horas sin que ninguno de los dos mencionara una próxima cita, pero el regusto amargo de la impotencia quedó impregnado en mi boca durante las tres semanas que pasaron hasta que volví a verla aquella noche plantada en la puerta de mi casa.


           * * * * *


La hice entrar y cerré la puerta con rapidez, casi temiendo ver aparecer a Lucas subiendo a la carrera por las escaleras. Conocía a aquél tipo desde nuestros tiempos jóvenes y sabía que podría acabar conmigo con apenas una bofetada.


Se instaló en la habitación de los invitados, aunque el nombre era un simple eufemismo. Se trataba de un cuarto vacio, el segundo y último de mi apartamento, donde tenía un montón de cajas aun pendientes de ordenar desde la mudanza, los aparejos de planchado y, afortunadamente, un pequeño sillón convertible en cama. Acordamos de forma tácita que ella viviría en mi casa hasta que no tuviéramos clara una solución definitiva para su situación.


Lo primero que decidimos fue que no saldría del apartamento por ninguna circunstancia hasta saber cuál era la situación en el lado de Lucas. Sandra llamó a su amiga y socia y esta comprendió la solución, ofreciéndose a gestionar la peluquería ella sola durante el tiempo que fuera necesario. Hablamos largamente de las opciones en los días siguientes, sobre todo por las noches, después de que yo volvía del trabajo. Veía día a día como el estado de Sandra mejoraba, a medida que las cicatrices de los golpes de su marido iban desapareciendo de su rostro, aunque intuía que en el resto de su cuerpo el daño era mayor de lo que confesaba, especialmente en los momentos en los que la veía hacer gestos de dolor cuando pensaba que no la estaba mirando.


Al cabo de una semana, decidimos que la primera opción era hacer una denuncia de lo que había pasado. Cualquier tipo de ayuda que pudiéramos precisar del entorno social tendría que empezar por aquél trámite, en caso contrario todo sería tratado como conjeturas. Hablé con un amigo abogado y quedamos en que iríamos a verle el miércoles de la semana siguiente. Teníamos cinco días de plazo y me pareció perfecto, ya que eso permitiría a Sandra ganar en confianza y en ir sanando mentalmente en alguna medida.


Supimos por conocidos del barrio que Lucas había estado preguntando por ella, pero nadie le dio indicaciones de donde se hallaba, en parte porque casi nadie lo sabía, en parte porque quienes lo sabían eran sólo muy pocos e íntimos amigos de Sandra y estaban avisados del problema.


           * * * * *


Los días pasaron y aquél miércoles llegó. Bajé yo solo en primer lugar a la calle. Lo hice por dos razones. La primera para otear el horizonte y confirmar que no había moros, especialmente si se llamaban Lucas, en la costa. La segunda, para coger el coche que había aparcado frente al portal de la casa la noche anterior y llevarlo hasta la puerta de la casa. No era cuestión de que apareciera el malnacido mientras paseábamos hasta el lugar donde se encontraba el vehículo.  Lamenté no disponer de una plaza de garaje en el edificio, pero se trataba de una casa antigua y con muy pocas plazas, por lo que no había conseguido alquilar ninguna aún.


Subí al piso y tranquilizando a Sandra con un tierno apretón en uno de sus brazos, bajamos juntos las escaleras hasta el portal. No solía utilizar el ascensor ya que vivía en un segundo piso, pero en aquella ocasión con más razón todavía, ya que lo veía como una ratonera sin salida en caso de problemas. Al ver en el portal que todo iba bien, salimos a la calle, yo delante y Sandra detrás, teniéndome de mí como única protección.


Pero la mala suerte parecía querer acompañarnos aquél día, aunque el aspecto general parecía ser el de un día luminoso de verano que invitaba a salir a la calle y disfrutar de la vida. Lucas se encontraba esperándonos a la puerta, apoyado en el capó de mi coche. No dio tiempo para un intercambio de palabras. Al vernos salir, escupió con rabia el cigarrillo que colgaba de sus labios, y a grandes zancadas se dirigió hacia nosotros. Su vista estaba fija en Sandra, a mí parecía no verme. Tal vez simplemente me ignoraba, pensando que no era más que una mosca a la que podría apartar de un sopapo. Pasó a mi lado y me dio un fuerte empujón para intentar apartarme, de modo que pudiera tener vía libre hacia Sandra. No contaba, sin embargo, con la rabia contenida que había ido acumulando e  hice un pequeño gesto que le hizo fallar en su intento de quitarme de en medio. Vi a Sandra retroceder hacia el portal y aproveché la distracción de Lucas al correr tras ella. Me interpuse en su camino y le di un empujón en el pecho con las manos abiertas, como la provocación de un niño bravucón que está buscando pelea.


No fui consciente de cómo llegó el puñetazo de Lucas, pero el golpe en mi oreja izquierda provocó un dolor indescriptible, al tiempo que me nublaba la vista y me hacía caer al suelo. Cuando caía sólo pensaba en una cosa: “no debe tocar a Sandra, no debe tocar a Sandra…”. Creo que esto fue lo que me dio fuerzas para levantarme de forma inmediata, resuelto a enfrentarme a aquél matón con lo que fuera… Y lo que fuera resultó ser un teléfono móvil de última generación, justo el que acababan de entregarme en la oficina para mi trabajo. Se trataba de un móvil de esos grandes que permiten hacer casi de todo menos hablar por él, y pesaba como un demonio. Lo sentí entre las manos y asiéndolo como si se tratara de un hacha de piedra de un cromagnon moderno, me lancé hacia Lucas justo en el momento que agarraba a Sandra de la manga de la chaqueta que llevaba sobre los hombros.


La sorpresa fue mi mayor aliada y el golpe que le di fue a parar sobre su sien derecha con tan buena suerte que, al resbalar el teléfono sobre la cara, éste impactó sobre la nariz con un ruido sordo. El grito de dolor del malnacido confirmó mis primeras sospechas: la nariz de Lucas se había roto y un río de sangre empezaba a manar por ella. Cayó al suelo retorciéndose de dolor, momento que aproveché para coger a Sandra del brazo y llevármela corriendo de allí. Cogimos el coche y arranqué a toda velocidad hacia nuestro destino.


Aquél suceso en el portal de mi casa, sin embargo, la había cambiado de forma casi irreversible.


           * * * * *


Sandra quedó muy tocada. A pesar de que hicimos las oportunas denuncias y pusimos todo el asunto en manos de mi amigo el abogado, ella empezó a entrar en una depresión sin freno y la vi apagarse día a día.


Siguió viviendo conmigo, ya que sus padres habían muerto tiempo atrás y no tenía donde ir. Pero se negó a salir de casa bajo ninguna circunstancia. Abandonó totalmente el trabajo. Hablé con su compañera y socia quien, aunque comprendía la situación, empezaba a sufrir los efectos de regentar el negocio en soledad. Iba perdiendo clientela por no poder atenderla en condiciones y veía como el esfuerzo de muchos años empezaba a verse en peligro. La intenté convencer de que resistiera hasta que Sandra se recuperara y al verla insistir en que no era posible, decidí un atajo para poder ayudarla a aguantar. Contraté a una chica del barrio y la pagué de mi bolsillo para que ayudara a Lucy. Aquella solución pareció satisfacerla y todo volvió a la normalidad por el momento.


Pero el frente principal no mejoraba. Sandra estaba absolutamente aterrorizada. Repetía constantemente que Lucas iba a matarla fuera como fuera. No creía en que la policía, la justicia o yo mismo pudiéramos protegerla. Estaba convencida de que Lucas conseguiría su objetivo tarde o temprano. En aquella época solo una cosa me sorprendía: A pesar del estado de terror de Sandra, nunca la vi derramar ni una sola lágrima.


         * * * * *


El odio hacia aquél hijo de puta empezó a crecer en mí sin barreras. Cada día le odiaba más que el anterior, pero menos que el siguiente. No podía soportar ver a Sandra en aquél estado catatónico. Ella había sido una niña feliz, risueña y con unas ganas de vivir increíbles. Mi pequeño ciclón¸ como la había llamado en los tiempos sin preocupaciones del colegio. Tenía que hacer algo para que su vida cambiara y volviera a ser la de antes. Y así fue como empecé a fraguar el plan.


Creo que he visto muchas películas de policías y ladrones, tal vez demasiadas, y siempre pensé que aquello no era bueno. En esas películas se enseña a hacer el mal a cualquier hijo de vecino. Pero en este caso lo agradecí, porque el hijo de vecino era yo. Y yo era el bueno de la película. El bueno tiene que acabar con el malo, ¿no?, me decía para animarme en momentos de duda.


Decidido, una vez forjado el plan no había vuelta atrás. Lo primero era conseguir el arma. Inmediatamente pensé en Internet. Pero tuve un pequeño presagio de que algo podía ir mal. En contra de lo que la gente piensa, estamos totalmente controlados. Todo lo que sale y entra desde y hacia nuestro ordenador es susceptible de ser interceptado, por lo que aquello no parecía una buena idea. Pero, espera, no tenía por qué hacerlo desde casa, ¿por qué no hacerlo desde un lugar anónimo? En efecto, la respuesta la tenía a mano. Busqué por el centro de Madrid y elegí el locutorio más cutre y oscuro que encontré. Me ponía una ropa de malo de película a la salida del trabajo y buscaba en Internet mediante un pequeño ordenador, a punto de morir de viejo, de aquél locutorio. La búsqueda duró casi un mes.


Finalmente encontré lo que buscaba. Alguien vendía revólveres en buen estado y limpios desde el punto de vista de la policía. No tenía ni idea de donde podía sacar aquellas armas y tampoco se me ocurrió preguntarle a aquél ser oscuro que me lo vendió una madrugada en un edificio abandonado a las afueras de Madrid. Me aseguró que el número de serie había sido borrado y que un pequeño ajuste en el gatillo hacía que el arma fuera irreconocible por los expertos de balística de la policía. “Lo único que tienes que asegurarte es de librarte de él, chaval. Una vez que lo hayas utilizado, no lo guardes cerca de ti, no seas capullo…”, me dijo aquél hombre con el cigarrillo a punto de quemarle los labios. Cuando me dijo que me cobraría el doble de lo pactado, lo que ya era una auténtica barbaridad, pensé en mandarle a la mierda y salir corriendo de aquel tétrico lugar, pero tuve una punzada de miedo y decidí pagar lo que me pidió. “Un arma limpia vale su peso en oro”, aseguró. Me fui con el rabo entre las piernas y, tras una visita a un cajero, volví al punto de encuentro con más miedo que antes, pero con la convicción de que estaba haciendo lo correcto.


Y lo conseguí, aquél tipo me entregó el revólver junto con una docena de balas y lo probó delante de mí para que viera que no me estaba engañando. Curiosamente, el ruido de aquél arma estaba muy amortiguado y sonaba poco más que un petardo de Navidad. “La calidad es la calidad…”, sonrió con sorna el tiparraco del cigarrillo infinito.


           * * * * *


Planeé el golpe y para ello seguí a Lucas varias noches en sus andanzas. Frecuentaba una zona de mala muerte y furcias baratas por el centro de la capital. Era un blanco fácil, especialmente cuando volvía a casa, nunca antes de las tres o las cuatro de la madrugada.


Estaba seguro de que no fallaría, pero el día en que decidí pasar a la acción tuve la precaución de tomar una de las muchas pastillas que usaba Sandra para la depresión. De esta manera quería asegurarme de que los nervios no me traicionarían. Llevaba seis balas en la recámara de la pistola y otras seis en los bolsillos. Mientras esperaba en el coche a que Lucas apareciera las tocaba una y otra vez para infundirme valor.


Finalmente él apareció. Salía de un garito oscuro y mugriento y enfiló por una calle estrecha y llena de vehículos aparcados a los dos lados. Salí de mi coche sin hacer ruido y  tras mirar a todas partes para estar seguro de que no había nadie más, le seguí durante varios minutos a la espera del lugar adecuado.  Cuando creí que lo había encontrado, me acerqué a él a grandes y silenciosas zancadas. Me situé a menos de tres metros de su espalda y le llamé en voz baja.


—Lucas… —pronuncié su nombre en un susurro sin un mínimo atisbo de inquietud


El se volvió deprisa como temiendo que algo malo estaba a punto de pasar. Cuando vio el revólver a un metro de su cara, aprisionado entre mis dos manos para  evitar que se me callera con el retroceso de los disparos, comprendió que su vida había empezado a huir de él en la tibia noche sin luna.


El primer disparo le alcanzó en el cuello y le hizo retroceder unos pasos hacia atrás, al tiempo que se echaba las manos a la garganta. Vi un hilo de sangre salir por entre los dedos y disparé de nuevo. Esta vez la bala le alcanzó en el pecho. El agujero no parecía muy grande, pero el chorro de sangre que manaba de él me dio la certeza de que Lucas se moría. “Estás jodido, hijo de puta…”, le dije mientras me acercaba a él al tiempo en que caía hacia atrás y se sentaba en el suelo apoyándose en un coche.


Me sentí inundado por una sensación de fortaleza. En aquél momento yo era un gigante y Lucas una hormiga. Podía con todo. En mis manos tenía la magia que me infundía un gran poder. Y la embriaguez de sangre me llevó a apretar de nuevo el gatillo. Disparé de golpe todas las balas que quedaban en la recámara como enloquecido, sintiendo un alfilerazo de placer con cada impacto en el cuerpo desmadejado de quien en otro tiempo fuera un tal Lucas. El se quedó mirándome con los ojos abiertos, como no creyendo lo que estaba sucediendo. “Esto es por Sandra”, dije al apretar por última vez el gatillo.


Después el silencio. La noche quedó callada como unos momentos antes. Me quedé mirándole durante varios minutos sin poder moverme del sitio. Estaba inmovilizado por el orgullo de haber sido capaz de hacerlo, pero aterrorizado al mismo tiempo por la escena macabra que yo mismo había provocado. De pronto volví en mí y recordé que estaba en una calle del centro de Madrid y que cualquiera podría haberme visto. Salí corriendo y pensé coger el coche para huir lo antes posible. Un rayo de lucidez me sugirió que lo dejara en el sitio donde lo había dejado aparcado. Si alguien había oído los disparos y veía salir un coche de aquella calle, no tendría más que apuntar la matrícula y todo el plan se habría ido a la mierda.


Así que corrí, corrí, corrí…  No paré de correr hasta llegar a un solitario parque al borde del río Manzanares. No sé cuanto tardé en llegar allí, pero se me hizo una eternidad. Me sentí fatal, el corazón se me salía por la boca. El arma me quemaba en las manos y la arrojé lejos como queriendo olvidarla. Me apoyé en un árbol y vomité toda la cena.


Finalmente, me armé de valor y destrocé el arma con una gran piedra que encontré en los alrededores, antes de tirarla al río.


           * * * * *


Durante varios días estuve vigilando la sección de sucesos de todos los periódicos de que fui capaz. La noticia apareció en dos o tres de ellos. Se hicieron eco de varios rumores sobre aquél crimen y al cabo de pocos días sentenciaron que la policía había cerrado el caso, seguros de que se trataba de un ajuste de cuentas. Sonreí al pensar que la mala vida de Lucas me había ayudado a cerrar aquél último fleco.


Callé el incidente ante Sandra, consiguiendo que la noticia le llegara a través de otros conocidos. Al principio pareció disgustada por lo sucedido, pero pronto empezó a cambiar. Volvió a sonreír, tímidamente al principio. A reír a carcajadas después, con algún chiste verde de los que solía contar Lucy, cuando ésta nos visitaba. 

Finalmente una mañana la vi de nuevo como la había visto en el pasado. Parecía una flor a la que hubieran empezado a regar de nuevo, después de varios años de sequía...


           * * * * *


Hoy, después de tres años, he decidido contarle a Sandra la verdad. Ella ha aceptado mi propuesta de que nos casemos, después de todo llevamos conviviendo como amantes desde hace ya un año. Pero no quiero que nuestra nueva vida se cimente sobre una mentira. Sé que lo comprenderá, o al menos eso espero. Quizá al principio de sus ojos brote alguna lágrima, pero estoy dispuesto a conseguir que ésa sea la última lágrima.




Este relato está dedicado a todas ellas, las que sufren en silencio su particular horror. TOLERANCIA CERO a la violencia machista.


Pozuelo de Alarcón, 30 de Marzo de 2012



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