LA BELLA SERENA


PROLOGO

Noté el calor de aquél órgano palpitante sobre mi mano. La sangre caía a través de mis dedos de forma constante, como queriendo escapar de mí en un intento vano de dilatar la vida que hasta hacía un momento alimentaba. Un ruido metálico me sacó del ensimismamiento en que me hallaba. Giré la cabeza y comprobé que se trataba del cuchillo que había resbalado de mi mano y había ido a chocar contra la acera, al lado del cuerpo al que acababa de mutilar.

Miré hacia los dos lados de la calle y sentí el vacío del silencio de la madrugada, sólo roto por los ronroneos lejanos de vehículos que dejaban un murmullo de realidad en el aire.


CAPITULO I

Siempre me he considerado un chico normal. Ni alto, ni bajo. Ni gordo, ni flaco. Ni feo, ni guapo. «Del montón…»  —recordé las palabras de una antigua novia, que me había dejado por un atleta olímpico todo músculos de los pies a la cabeza — «pero sólo porque me vuelven loca sus conocimientos de historia, te lo juro…». Eso sí, siempre presumí de tener un piquito de oro, única arma secreta que me permitía ligar de vez en cuando, sin poder afirmar que esto ocurriera demasiado a menudo para mi gusto.

Es por eso que alucinaba mientras aquél bellezón me soltaba un par de besos húmedos, uno por mejilla, mientras anunciaba su nombre con sonrisa abierta.

—Soy Serena —fueron sus primeras palabras mientras depositaba sus dos generosos ósculos sobre mis sonrojados mofletes— Encantada de conocerte…

Había llegado a mí sin avisar. Simplemente me había mirado desde el fondo de la barra y había sonreído, más con los ojos que con los labios, mientras apuraba un coctel burbujeante en una copa achatada. Después de mirar a izquierda y derecha y estar seguro de que era a mí y no a ningún otro a quien sonreía, como estaba seguro que tenía que ser por fuerza, decidí invitarla a acercarse con un movimiento de cabeza.

Así que allí estaba ella junto a mí, todo acaramelamiento y empalago, cubriendo el entorno con su embriagador perfume. Intentaba a toda costa forzar mi cerebro para articular una respuesta acorde a la situación generada por la cercanía de aquél pedazo de monumento. Pero lo primero que tuve fue un flash-back sobre cómo había llegado a este momento inverosímil, en el que lamentaba estar sólo, ya que mis amigos se habían declarado en retirada tan sólo un par de copas antes. «Si ellos me vieran ahora… », pensé con un toque de soberbia mezclada con aflicción.

* * * * *

La noche había empezado sobre las once, con las primeras cervezas en el bar que había debajo del apartamento de Luis. Nos habíamos juntado los cuatro amigos de correrías de la época de la universidad. Luis, el boliche, era el que cumplía años esta vez y por ello fuimos a recogerle los otros tres —Manolo, Sergio y yo mismo— a su casa, con un regalo sorpresa, y le sacamos a tirones para celebrarlo por todo lo alto. Eso sí, en contra de la opinión de su actual novia, que decía que esa noche se la debía a ella. Le prometimos que no se lo devolveríamos muy tarde y nos lo llevamos casi en volandas.

El resto de la supuesta celebración había resultado más bien anodina. Estaba claro que ya no éramos los chicos despreocupados que habíamos reventado la noche madrileña a los veinte años, sino que éramos hombres semi-maduros con nuestras propias obligaciones. El primero, Luis, al que su prometida le acosaba a diario para sacarle una fecha para la boda. Manolo, el segundo, que aunque ya se encontraba soltero de nuevo, tenía que trabajar en turnos de doce o catorce horas para pagar su vida y la de su ex-mujer y su hijito de dos años. El divorcio le había caído como un tiro y le había vaciado las ganas de diversión al mismo tiempo que los bolsillos. El tercero, Sergio, era un viva la virgen hasta hacía pocos meses, cuando su secretaria se le había plantado en el despacho y le había confesado a bocajarro que se encontraba embarazada. De él, por supuesto. Afortunadamente, se encontraba soltero y sin compromiso, y había aceptado el asunto como un regalo divino que le permitiría sentar la cabeza después de haber quemado todos los bares de Madrid noche a noche hasta su actual edad de treinta y un años.

Yo, por mi parte, había salido de varias relaciones «con la cabeza caliente y los pies fríos», como solía decir mi madre, y me hallaba en total libertad. Es por eso que después de que todos los demás del grupo se rajaran a eso de la una de la madrugada, yo había decidido tomarme la penúltima copa en Yilches, garito de moda que se encontraba a pocas manzanas de mi casa. Había elegido este bar y no otro porque era la mejor manera de poder volver a casa sin tener que coger el coche en el caso de que la noche se alargase y las copas se multiplicaran sin control.

* * * * *

Seguía mirando a aquella diosa sin poder entender por qué me estaba tocando la lotería aquella noche, a pesar de no haber comprado un solo billete. Al final, ante la insistencia de su mirada, conseguí balbucear mi nombre mientras la estudiaba con descaro.

—Soy Julio… y también estoy encantado de conocerte —dije por fin, no sin esfuerzo.

Me pidió que la invitara a una copa y le dije que pidiera lo que quisiera, aquella noche era especial por no-se-qué —me inventé cualquier excusa estúpida— y no existía límite en la cuenta de la tarjeta. Pidió unos minis de champán del caro y empezamos una charla insulsa sobre qué hace una chica como tú en un sitio como éste y tonterías similares.

Mientras le contaba cualquier bobada que la hacía reír a carcajadas —¡por dios, que bien reía aquella chica!— la examiné de arriba abajo. Vestía un vestido súper-ligero con una minifalda que más que tapar intentaba enseñarlo todo, sobre unas finas medias de color ámbar transparente. La impresión que daba era que aquél vestido estaba más hecho para ser quitado que para ser llevado. Los zapatos iban perfectamente a juego con el color de su pintalabios y el maquillaje de ojos, como si estuvieran fabricados a medida. Pero lo que más me fascinaba era su bello rostro, enmarcado por un cabello trigueño, largo y sedoso, y unos ojos grandes, sonrientes y de un color intermedio entre el azul noche y el caramelo de coca-cola. La sonrisa de dientes blancos perfectos parecía recién sacada de un anuncio de dentífrico.

Anuncio… ¡Espera! De pronto tuve la sensación de que conseguía concretar la sensación de cara conocida que había tenido desde la primera vez que la había mirado. Aquella chica era idéntica a la foto de una modelo que aparecía en un cartel de anuncio de perfumes, Chloé o algo así. Era el cartel que veía todas las mañanas en la parada del autobús que se hallaba a la puerta de la oficina donde trabajaba. Lo recordaba perfectamente porque aquella belleza me tenía impresionado y todas las mañanas la miraba extasiado mientras cruzaba el umbral del portal del edificio y le enviaba un beso de buenos días antes de empezar mi tediosa jornada laboral.

A veces me parecía estar seguro de que tenía que ser ella y a punto estuve de preguntárselo, pero finalmente me convencí de que no debía hacerlo. Presentí que aquella pregunta podría romper la magia y no me atreví a cruzar el umbral. Más valía prevenir que tener que terminar la noche tan solo como la había comenzado en el caso de que ella se sintiera ofendida por esas extrañas razones que ofenden a las mujeres y que nosotros nos quedamos dándole vueltas al por qué durante el resto de nuestra vida.

En otros momentos me daba por pensar que se trataba de una profesional, aunque con el paso de las horas concluí que era totalmente improbable. Las profesionales —tengo experiencia en el asunto— te manejan con mucha celeridad. No tienen tiempo que perder contigo tomando copas y más copas. Pasan del hola que tal al son 300 y la cama en un abrir y cerrar de ojos. Si no eres de los que pagan, enseguida pasan de ti y se dirigen a su siguiente objetivo comercial. Serena no era así, degustaba el paso del tiempo en mi compañía saboreando la conversación y el baile como si de verdad disfrutara con ello. Por otro lado, de haberlo sido, lo habría sido de las de alto copete, ella era de un lujo que no estaba al alcance de cualquiera. Una profesional de tanta alcurnia no habría ejercido en un antro del nivel de Yilches, ni le habría entrado a un tipo como yo, que saltaba a la vista que no era un adinerado empresario, deportista, político o de calaña similar.


CAPITULO II

Bailamos y bebimos hasta cerca de las cuatro de la mañana. La noche fue realmente mágica, pero el momento de la verdad se acercaba y yo no sabía cómo enfrentar la situación de dar el siguiente paso. Ella debió notarlo por lo que, en un momento en el que nos habíamos sentado para hacer un alto en la diversión danzante, apoyó suavemente sus labios en mi oreja izquierda y me susurró con un tono de voz que no pudo por menos que generarme un ligero hormigueo por debajo del ombligo.

—¿En tu casa o en la mía?

Sonó a tópico de película erótica de los años sesenta, pero fue la frase más dulce que había escuchado en muchos meses, ¡cuánto más viniendo de aquella diosa del glamour y la hermosura!. Me levanté del sillón de un salto y tiré de ella con una mano, mientras recogía su bolso con la otra. No estaba mi testosterona para jueguecitos que pudieran alargarse una hora más, ni mi bolsillo para afrontar otra ronda de minis de champán.

Por supuesto que decidí que mi casa era el mejor lugar al que dirigirse, aunque sólo fuera porque se hallaba a menos de diez minutos de distancia. Aún así, nos costó al menos el doble de tiempo del habitual debido a los interludios que hacíamos en cualquier esquina para abrazarnos y besarnos. No había probado sus labios hasta ese momento y consideré que había perdido un gran tiempo que debía ser recuperado sin demora. Sentí su cálida boca contra la mía suspirando y deseando lo mismo que yo. Su sumisión era total y absoluta. Acaricié su cuerpo bajo el vestido intentando descubrir si no era cierto que aquella piel era la más sedosa que había tocado en mi vida. Todo en Serena era especial, no había un centímetro de su cuerpo que por más que recorriera una y otra vez no me pareciera un nuevo territorio inexplorado en cada ocasión en que volvía a pasar sobre él con las mismas ansias de la primera.

Finalmente llegamos a mi apartamento. Esgrimí las llaves con las prisas y el desacierto de un borracho que no encuentra la cerradura, sin dejarla de abrazar ni por un segundo. Empujé la puerta con un pie para abrirla y de una patada la cerré una vez estuvimos dentro. Todo a continuación fue un caos de sentimientos extremos y de ropa arrojada por todas partes. No llegamos a la cama, mi situación al borde del abismo no lo permitió. La arrojé sobre el sillón del salón y salté encima de ella como un león sobre su presa. La experiencia fue tan alucinante como llevaba soñando toda la noche. Evoqué las películas en las que suenan miles de cohetes mientras sus colores deslumbrantes iluminan toda la sala del cine. Fue una auténtica orgía de emociones y pasión desenfrenada… que duró menos de dos minutos.

Intenté disculparme a mí mismo diciéndome que era lógico que después de tanta espera, mi testosterona hubiera triunfado sobre mi cerebro, haciendo de ésta la actuación más corta de toda mi vida. Pero, claro, la noche era larga y aún tenía tiempo de desquitarme del primer fracaso.

* * * * *

Quedé exhausto encima de ella, casi sin poder moverme. Fueron sólo unos segundos, sin embargo. Enseguida noté como Serena me apartaba a un lado y se escurría del sillón por debajo de mí. Quise entrever un gesto de fastidio en su rostro, pero no tuve fuerzas para lanzar una disculpa, ni tampoco quería expresar palabras que pudieran darle una ventaja que yo mismo necesitaba para poder resarcir mi ego mancillado.

Se enfundó mi camisa y encendió un cigarrillo de los que suelo tener sobre la mesa del salón para los invitados. Yo aproveché para encenderme otro, aunque no acostumbraba a hacerlo de forma habitual. La miré desde mi posición tumbada en el sillón, cubriendo mis vergüenzas con su vestido. Serena se movió lentamente alrededor de la estancia, mirando aquí y tocando allá. Acariciaba los lomos de los libros que llenaban la librería; levantaba las fotos que había por todas partes para observarlas de cerca, como si las estudiara; me preguntaba por cómo había conseguido aquél cuadro o aquella escultura, a lo que siempre respondía yo con frases cortas explicando el lugar de origen y si había sido un regalo de un amigo o si las había conseguido yo mismo en alguno de mis viajes.

Finalmente terminó su cigarrillo al tiempo que parecía dar por terminada la inspección ocular del salón. Volvió hacia la mesa y cogiendo la pitillera sacó otro y lo encendió, mientras me miraba con una luz diferente en sus ojos. Tras unos segundos y unas bocanadas de humo en forma de aros, comenzó a hablar de nuevo.

—Bueno, ¿Cuál es el plan para el resto de la noche?

—El plan… —sonreí con suficiencia, al tiempo que me relamía los labios interiormente—. Yo sólo conozco uno: voy a enroscarme entre tus piernas y voy a hacerte el amor hasta el lunes. Tengo comida y bebida en la nevera como para todo el fin de semana. Espero que estés preparada para la mayor sesión de sexo que hayas tenido en tu vida…

Soltó una carcajada que sonaba a irónico rechazo de la proposición que acababa de hacerle. Temí estar perdiéndola por mi insuficiente actuación, a la altura de un novato, y sufrí interiormente pensando que se largaría de mi casa y de mi vida sin darme siquiera su número de teléfono.

—Ese plan no es muy convincente… —sonreía con aquella nueva luz en sus ojos que empezaba a inquietarme— Yo tengo uno mejor…

—Venga Serena, déjate de adivinanzas y acércate un poco —fue lo más que me atreví a decir intentando que mi tono de voz no pareciera apocado—. Te prometo que voy a hacerte la chica más feliz del mundo… y no menos de tres o cuatro veces…

No pareció que mi bravuconada la impactara demasiado. Le dio una profunda calada al cigarrillo y exhaló el humo hacia mí mientras se mordía la uña del dedo pulgar de la mano con la que lo sostenía.

—Esta es mi propuesta: —su sonrisa se ensanchó hasta dibujar una mueca irónica y, tras una estudiada pausa, continuó hablando— vas a salir a la calle y conseguirás un corazón humano para mí…

Un escalofrío me recorrió de los pies a la cabeza. Temí que se hubiera vuelto majareta por mi escasa dedicación a la obtención de su parte de placer, y las siguientes palabras no hicieron si no corroborar mi primera impresión.

—Y si no consigues traérmelo —siguió hablando con la uña del pulgar entre sus dientes—, yo misma te mataré de una forma suave y dolorosa…

Mis ojos amenazaban con salirse de las órbitas. Decía unas cosas que estaban totalmente fuera de contexto, pero su tono no parecía indicar que lo hiciera en broma. Hablaba sin dejar lugar a réplicas, pensé en mi desconcierto.

—Anda, ven para acá… —me armé de valor y tirando a un lado su vestido salté del sillón y la cogí por un brazo atrayéndola hacia mí.

El grito que salió de mi garganta fue desgarrador, aunque tuve la sensación de que en realidad no había salido hacia afuera, sino que lo había gritado desde dentro de mi cerebro. ¡La piel de Serena estaba totalmente congelada! El frió que despedía su brazo, tan suave y templado hacía tan solo unos minutos, ahora quemaba. Sentí en mi mano un latigazo tan fuerte como si me hubiera alcanzado una corriente de millones de voltios. Caí hacia atrás sobre el sillón, agarrando la mano herida con la que aún podía mover.

—Ja, ja, ja… —Serena siguió hablando sin moverse un solo milímetro de su posición, mientras fumaba el cigarrillo que parecía no consumirse nunca—. Ay, Julito, infeliz ligón de chicas ingenuas… ¿Sabes?, creo que los hombres a veces sois tan tontos como parecéis… Creías haber ligado el bombón del año, ¿eh? Y efectivamente, así ha sido. Has ligado con la chica de tus sueños… porque son tus sueños los que han fabricado mi imagen…

Una nueva bocanada de humo dirigido hacia mí salió de sus labios como un anticipo a sus siguientes palabras.

—¿No has considerado que soy demasiado perfecta, según tu personal canon de belleza? Claro que, si te hubieran gustado morenas y rellenitas, habrías tenido en mí a la chica más voluptuosa del mundo… y solo para ti… —su carcajada llenó los ecos de la madrugada que se deshojaba minuto a minuto, demasiado lentamente en este momento para mí. Mi pánico crecía por momentos, dándome cuenta de que aquella chica no era la misma que había conocido unas horas antes, y empezando a sospechar que el destino me estaba gastando una broma macabra—. Pero todo tiene un precio, nada es gratuito… Tú me entiendes, ¿verdad?

Mi silencio sonó como un asentimiento. Hubiera querido decir lo que fuera con tal de no parecer idiota y enfrentarme a la cosa en que se había convertido la Serena dulce y delicada de hacía unas horas. Pero de mi boca no salió ni un solo suspiro, me encontraba absolutamente bloqueado y a merced de la nueva Serena.

—El precio del peor polvo de mi vida es un corazón humano, así de simple. Tú me lo traes, yo me voy de tu vida, y todo se quedará en un mal sueño… En caso contrario, será tu corazón el que me cobraré a cambio —su sonrisa volvió a parecer angelical—. Considéralo una transacción… hipotecaria, por ejemplo.


CAPITULO III

No hubo mucha más conversación. En menos del tiempo que se tarda en contar, me encontraba en la calle y malvestido. Serena apenas me había concedido un pantalón, una camisa y unos zapatos sobre los pies desnudos. En la mano derecha notaba el frío del cuchillo de cocina que ella había escogido para mí por ser el más afilado. Necesitaba un corazón entero, me dijo, tenía que tener cuidado, si lo estropeaba con cortes innecesarios, nuestro trato se rompería y yo pagaría la cuenta como se había estipulado en nuestro contrato ficticio, sin notario ni registrador de por medio.

Me escurrí por las calles en la madrugada, de sombra en sombra, intentando pasar desapercibido. Chocaba con un gran número de sentimientos encontrados, entre ellos no sólo el pánico, sino también la vergüenza de mi aspecto desaliñado y torpe. Me parecía a un Jack el destripador de medio pelo, pensé intentando gastarme una broma que aliviara mi estupor y mis nauseas por la paranoia de la situación.

¡Tenía que matar a alguien! Yo que no había sido capaz en mi vida ni de pisar un insecto, tenía que diseccionar a un ser humano y sacarle el corazón de dentro como si de un cirujano experto se tratara. ¡Pero eso era imposible! Y, sin embargo, estaba convencido de que no había ninguna otra opción. Serena cumpliría lo que había dicho, estaba seguro, tan solo tendría que tocarme con una de sus manos a temperatura de crionización para dejarme sin sentido o matarme y poder hacer sobre mí lo que le diera la gana. Me lo había demostrado antes de dejarme ir, de igual forma que había demostrado que podía hacerlo con tan sólo tocar mi imagen en alguna de las fotos que había en mi apartamento. Me podía matar a distancia, había dicho, y lo haría si no volvía con el botín deseado antes de las siete de la mañana.

Circulé por aquí y por allá, seguí a algún que otro viandante durante unos metros, eligiendo a aquellos que anduvieran sin compañía, pero sin decidirme a fijar una víctima. Todos me parecían demasiado grandes, peligrosos, miserables, o dignos de lástima… En fin, por más que lo intentaba no conseguía el valor para acercarme a nadie y dar la cuchillada definitiva. Al cabo de varias vueltas por los alrededores de mi casa, me senté sobre la acera junto a unos cubos de basura que tapaban mi triste figura. Miré el reloj y vi que ya eran las seis y media. Una sensación de angustia se concentró en mi estómago y sentí la vida huir de mí a pasos agigantados. El tiempo había pasado sin pensar, antes tan lento y ahora tan rápido, y no tenía la menor idea de cómo iba a conseguir el corazón que debía entregar a Serena para seguir vivo en el amanecer que ya no tardaría en llegar.

De pronto observé una sombra que se movía entre los cubos de la basura. Pensé que se trataría de un mendigo, otro pobre miserable intentando aprovechar lo que el resto de los humanos desechaban para poder sobrevivir. Miré hacia un lado y noté la sensación de que unos ojos tristes se fijaban en mí, a la altura en la que me encontraba. A esa altura, sentado como estaba, no podría tratarse de una persona adulta, pensé, como mucho de un niño o… ¡Un perro! Un pobre chucho, posiblemente abandonado, se había parado delante de mí como suplicando una limosna en forma de algo comestible.

Una idea llegó a mi atolondrado cerebro como un relámpago. Me sentía incapaz de asesinar a una persona, ¿pero sería capaz de hacerlo con un animal? En realidad, en una situación normal, no habría podido mi levantar una sola mano sobre ningún ser vivo indefenso, pero aquella situación era cualquier cosa menos normal. Además, aquél pobre perro tenía un aspecto tan lastimero, que más parecía que le haría un favor si le ayudaba a salir de este mundo de una forma rápida e indolora. Tragué saliva y armándome de valor me levanté del suelo mientras hacía carantoñas al chucho para que se acercara. Y el pobre animal se acercó sin sospechar lo que le había preparado el destino.

La operación duró sólo un par de minutos. Acuchillé al perro intentando hacerlo de la manera menos dolorosa posible. Una vez muerto, le hice un corte a la altura del corazón hasta conseguir sacar el músculo tan entero como me fue posible para intentar complacer a Serena. Noté el calor de aquél órgano palpitante sobre mi mano. La sangre caía a través de mis dedos de forma constante, como queriendo escapar de mí en un intento vano de dilatar la vida que hasta hacía un momento alimentaba. Un ruido metálico me sacó del ensimismamiento en que me hallaba Giré la cabeza y comprobé que se trataba del cuchillo que había resbalado de mi mano y había ido a chocar contra la acera, al lado del cuerpo al que acababa de mutilar.

Miré hacia los dos lados de la calle y sentí el vacío del silencio de la madrugada, sólo roto por los ronroneos lejanos de vehículos que dejaban un murmullo de realidad en el aire.

* * * * *

Volví a casa lo más rápido que pude. No era cosa de tardar cinco minutos más de lo convenido y fallar a ojos vista de Serena después de lo que me había costado dar aquél horrible paso. Empujé la puerta de mi apartamento que se encontraba solo entornada y entré a grandes zancadas en el salón alargando el brazo para mostrar a Serena el fruto de mi hazaña nocturna.

Ella se encontraba sentada en el sillón donde unas horas antes había tenido una sesión de sexo un tanto azorada. Se había cubierto con su ligero vestido y fumaba de nuevo mientras hojeaba una revista de moda como si se tratara de la novia fiel que espera a que llegue su cariñito para ponerle música suave y hacerle el amor con total dedicación. Al verme, descruzó las piernas lentamente, al tiempo que dejaba la revista a un lado, y se levantó con un deje de interés en la mirada. No sé si vi como se relamía al observar el corazón aún caliente en mi mano, o si sólo fue una alucinación de mi mente cansada por la falta de sueño.

Tomó el corazón con la mano que le dejaba libre el enésimo cigarrillo de la noche y tras sopesarlo unos instantes lo lanzó contra la pared con un grito de rabia contenida.

—¿Esto es lo que me traes? —Su enfado subía de tono con cada palabra que salía de su bonita boca—. ¿Crees que soy idiota…? Este corazón no es humano. Distingo el olor de un corazón humano a cien metros de distancia. ¡Este corazón es de un maldito perro! ¡Tan perro como eres tú si crees que vas a engañarme, maldito estúpido!

Intenté balbucear una disculpa, pero me hallaba demasiado aterrorizado como para conseguir pensar en algunas palabras que pudieran evitar enfurecerla aún más.

—¡Está visto que además de un castrado inservible para el sexo, eres un inútil incapaz de conseguir el más simple capricho para una chica encantadora como yo!

Se abalanzó sobre mí y cerré los ojos a la espera de recibir el latigazo final que acabara con mi vida. Miles de imágenes pasaron por mi cerebro como haciendo una película de mi vida, cosa que había oído que suele pasar a las personas unos segundos antes de morir…

Pero fue el estruendo del portazo lo que me sobresaltó. Serena había salido del apartamento y había golpeado la puerta con tanto ímpetu que varios de los cuadros de la pared amenazaron con caerse al unísono. Lo único que acerté a pensar fue en el cabreo de los vecinos y la bronca que me echaría el casero una vez más por armar bronca a altas horas de la madrugada.

Me acerqué con paso inseguro hacia el sillón y me dejé caer todo lo largo que era, entrando en un profundo sueño de forma instantánea. El cansancio había podido conmigo, se veía que ya no era tan joven como antes, al igual que mis amigos en el comienzo de la velada, y tras semejante noche loca lo único que quería era dormir veinte o treinta horas de un tirón.


CAPITULO IV

Abrí los ojos de golpe. La fuerte luz del día entraba por los ventanales del balcón cayendo sobre mi cara como un jarro de agua fría que consiguió despabilarme en tan sólo unos segundos. Lo primero que hice fue mirar el reloj para ver cuánto había dormido. ¡Cielos!, eran las diez de la mañana del lunes. Había dormido más de cuarenta y ocho horas seguidas, ya que creía recordar que había caído rendido un poco más tarde de las siete de la mañana del sábado.

Me senté sobre el sillón y agarré mi cabeza con las dos manos. El dolor era inmenso, como fruto de la resaca después de una borrachera de las que marcan época. «¡Dios mío!», pensé para mis adentros, «Estos chicos son la monda. Vaya juerga nos hemos debido correr… ¡para que luego digan que ya no somos los de antes!». Aunque no recordaba muy bien lo que habíamos hecho y había algo que no encajaba. Tenía como un recuerdo que me rondaba por la cabeza, pero que no llegaba a concretarse. Como ese tipo de sueños que han sido realmente vívidos mientras los soñamos, pero que desaparecen de nuestra memoria en cuanto nos despertamos y no conseguimos que vuelvan por más que te esfuerces.

Daba igual, si tenía que acordarme ya lo haría. Me dirigí hacia el baño con toda la velocidad que mis adormecidos músculos me permitieron. Era un lunes y tenía que estar trabajando desde las ocho. Me imaginaba a mi jefe con esa cara de mala leche que suele tener los lunes por la mañana, maldiciendo y amenazándome con ponerme de patitas en la calle como volviera a llegar tarde un solo día más. Yo pondría cara de arrepentido y le diría que no volvería a ocurrir… como le había dicho cientos de veces en los últimos cinco años.

Después de una ducha caliente y reconfortante, tomé un sorbo de zumo de lo primero que encontré en la nevera, y salí pintando escaleras abajo. No quise tomar el ascensor para no añadir unos segundos más a la espera de mi querido y malhumorado gordinflón, como le llamábamos en la oficina.

Algo me sorprendió al traspasar el umbral del portal. La acera y el asfalto no eran de color gris como tenían que haber sido, sino de un color verde, como de hierba recién cortada. ¡Espera un poco!, es que efectivamente se trataba de hierba... no de frío cemento como era de esperar. Miré hacia todos lados y observé que me encontraba en un jardín que se extendía a mi alrededor. Volví la vista hacia atrás y el bloque donde hacía unos minutos se encontraba mi casa había desaparecido y en su lugar también se encontraba una llanura de suave verdor salpicada de árboles hasta una tapia de ladrillo rojo que se divisaba al fondo y que recorría lo que parecía un extenso recinto ajardinado.

Me sentí un tanto desorientado y abrí y cerré los ojos varias veces para intentar recuperarme de aquella visión. Estaba claro que todavía estaba soñando y que de un momento a otro me despertaría, como era habitual en casos de cogorza de niveles ocho o nueve en la escala de Richter. Pero tras una docena de parpadeos y varios pellizcos no conseguí despertar ni que la visión desapareciera. Bueno, si el sueño iba a durar, me dije, habría que disfrutarlo. Así que me metí las manos en los bolsillos de manera despreocupada y comencé a caminar hacia el lado más abierto del jardín, sorteando arbolillos y alguna que otra florecilla silvestre que no quise pisar para no despertar el enfado de la madre naturaleza.

Finalmente, tras unos minutos de marcha, divisé al fondo un grupo de personas reunidas en torno a algo que no podía distinguir desde la posición en que me hallaba. Decidí seguir con el juego que me proponía aquél sueño extraño y me dirigí hacia ellos para ver si conocía a alguien o si se trataba de personas desconocidas que mi subconsciente intentara traer a mi atención. Mi estupor empezó a subir de tono cuando reconocí a todos y cada uno de los que aparecían en el grupo. Pude distinguir a mis amigos de juergas: Luis, Manolo y Sergio. Estos se hallaban en una segunda fila, mientras en un primer plano pude distinguir a mis padres y mis dos hermanas. Otros familiares y compañeros de trabajo, entre ellos el gordinflón, se hallaban igualmente en el grupo.

El sueño era totalmente irreal, pero parecía como si mis sentidos se negaran a creer que lo fuera. Me acerqué hacia el grupo, esta vez a paso decidido, para hablar con los congregados a lo que quiera que fuera aquello y salir de dudas, antes de despertar de esta ilusión que ya empezaba a mosquearme. Al acercarme distinguí lo que había en el centro del grupo, que era lo que estaban rodeando, y que desde la zona más alejada no había podido divisar: Se trataba de un ataúd y un cura que con un libro en la mano, seguramente una biblia, soltaba un aburrido responso sobre el tránsito de los creyentes. Me metí entre el grupo sin más contemplaciones, al fin y al cabo era mi sueño y podía hacer lo que me viniera en gana, ¿no?

Pasé entre la gente sin resistencia, pero al poner mis manos sobre ellos para apartarlos, éstas pasaban través de sus cuerpos sin tocarles. Mi inquietud empezó a crecer y algo empezó a decirme que no se trataba de un sueño. Miré encima del ataúd y observé una gran corona de flores cruzada por una banda azul en la que se leía claramente el epitafio que quería ser una despedida: «A nuestro querido Julio, tus familiares y amigos estarán contigo donde quiera que vayas».

Me volví tan enojado como aterrorizado. Tenía la intención de gritar a todos que dejaran la broma de una vez. Yo estaba vivo, ¡vivo!, y no tenía intención de morirme en mucho tiempo, aunque…

Un escalofrío de pánico me cruzó de parte a parte cuando al volverme tuve una visión que trajo a mí de forma nítida el recuerdo de la noche de juerga que había tenido dos días antes. Una muchacha de belleza extraordinaria —a quien mi subconsciente asoció el nombre de Serena de forma instantánea—, se hallaba agarrada del brazo de Manolo, el divorciado de la pandilla, mientras le susurraba algo al oído con una sonrisa dulce y cautivadora.

Aunque el resto de las personas del grupo parecía no verme, Serena se volvió hacia mí y me hizo un guiño con la ironía en los ojos que solía poner cuando decía algo sobre lo que nada se podía objetar.

De pronto oí su voz cálida y dulce, aunque en un susurro que el resto de los convocados no pareció escuchar: «Hasta nunca, pequeño don juan, feliz viaje al más allá…».



Pozuelo de Alarcón, 26 de mayo de 2012


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