EL ARTE DE MATAR


PROLOGO

Entré en la estación de autobuses con un nudo en el estómago que amenazaba con obligarme a desistir del objetivo que había dirigido mis pasos hasta allí. Caminé lentamente hacia la consigna mientras de forma disimulada miraba a todas partes sin descubrir a nadie que pareciera estar observándome. Inspiré largamente para calmar mi ansiedad y abrí la metálica puerta de la taquilla. Su número, 6245, era el mismo que aparecía en la etiqueta de la llave que había recibido por correo certificado unos días antes.

Eché una mirada al interior de la taquilla y efectivamente allí encontré el maletín de piel que se describía en la carta que había anunciado la llegada de la pequeña llave. Tras una inspección inicial comprobé que no se hallaba protegido por ningún tipo de candado. Sólo una cerradura de números giratorios separaba mi curiosidad de su contenido. Seleccioné los mismos números, 6245, y un clac seco confirmó una vez más la veracidad de la carta. Levanté la tapa con disimulo y a punto estuve de emitir un grito de triunfo ante el fajo de billetes perfectamente empaquetados dentro de una caja de plástico transparente, junto a un pequeño artefacto que parecía vigilar que sólo las manos adecuadas pudieran apoderarse de aquella suculenta cantidad de dinero. Un millón de dólares, había sido lo anunciado, y no sospeché por un momento que allí hubiera un dólar de menos.  El contenido del maletín lo completaban un revolver calibre 38 especial, una caja de cartuchos pegada a él con cinta adhesiva, y un cuchillo de montañero afilado como una navaja de afeitar.

Cerré el maletín y la taquilla y me dirigí a la salida a la máxima velocidad que pude. Subí en mi vieja furgoneta Ford y conduje a toda velocidad hacia mi casa, dando un gran rodeo para despistar a cualquier fisgón que hubiera estado vigilando mis pasos.


CAPITULO I

Debo presentarme para empezar. Digamos que me llamo Jack. Aunque este nombre no sea el real, tanto da para lo que voy a describir sobre este papel blanco que me mira a los ojos acusándome por lo que hice. Escribo estas palabras para descargar mi conciencia del acto más terrible que he cometido en mi vida. Soy viejo y estoy enfermo. El médico me ha dicho que no me quedan más de tres meses de vida, por lo que debo darme prisa si quiero tener tiempo de contar al mundo la verdad de los acontecimientos que le asombraron en su momento. Yo soy el responsable y asumo mi culpa, aunque debo aclarar que no fui la mano ejecutora.

Actualmente vivo en Costa Rica, en un pueblecito pequeño al lado del mar, tan tranquilo como solitario, cuyo nombre no voy a descubrirles, pero que será revelado en el sello postal de esta carta cuando encuentre a su destinatario. He gozado de una gran tranquilidad durante las últimas décadas, tranquilidad que busqué por un lado para poder dedicarme a mis aficiones principales, la lectura y la pesca, pero que también me han proporcionado cobijo de las autoridades de los Estados Unidos. Siempre he temido —y anhelado— que descubrieran la verdad de los acontecimientos que voy a relatarles y que con ello lograría pagar mi culpa, pero finalmente no lo hicieron.

Debo decir que, antes de que todo comenzara, ejercía en Nueva York como reputado psiquiatra. Contaba con numerosos clientes de altísimo brillo social, ya sea dentro de la política, del cine o de las altas finanzas. La vida me sonreía, tenía una desahogada posición económica, una hermosa familia y un futuro prometedor. Lamentablemente, un desliz acabó con aquella vida regalada: un lío de faldas no consentido con una famosa actriz de moda, echó al traste toda mi vida de lujo y bienestar. Suerte tuve de no acabar con mis huesos en la cárcel. Mi mujer me abandonó, quedándose tras el divorcio con la mayor parte de mis bienes terrenales, y tuve que huir a un rincón del mundo donde nadie me conociera para poder subsistir. Así es como acabé viviendo en una pequeña isla de Hawaii que nadie de la alta alcurnia con quien me había codeado hasta entonces osaría pisar ni por recomendación. Durante los cinco años que permanecí en Hawaii, sobreviví ofreciendo mis servicios a escasos y modestos pacientes, como un profesional gris y cercano a la quiebra económica.

Y fue en Hawaii donde conocí a Mark, un joven tan atolondrado como peligroso. Corría el año 1979 cuando llegó a mi consulta. Lo trajo casi arrastras su madre en un último intento por liberarle de sus múltiples obsesiones debidas a su relación con las drogas y a multitud de traumas infantiles que le habían llevado a un estado emocional cercano al suicidio, cosa que había intentado al menos en una ocasión que yo supiera. Su principal alucinación consistía en creerse el protagonista de un libro que le había obsesionado desde la adolescencia, El guardián entre el centeno, aunque la cosa se fue agravando con el tiempo cuando empezó a escuchar voces. Como posteriormente describiré, Mark es un elemento clave de esta historia, ya que lo utilicé como un titiritero maneja sus marionetas para lanzar al aire sus propias palabras.


           * * * * *

Aquella mañana de agosto de 1980 era como cualquier otra si exceptuamos los acontecimientos que iniciaron el proceso que voy a relatarles con la carta más singular que nadie haya recibido jamás.

Desayunaba de forma ligera mientras me lamentaba de mi precaria situación económica. Mis clientes no hacían más que disminuir y, de seguir así, en sólo un año sería incapaz de pagar el alquiler de mi casa-consultorio, por lo que me sentía al borde del abismo. Pero ¿cómo podía esperar que mis clientes aumentaran en un entorno tan sórdido como aquél? De todos es sabido que los psiquiatras son cosas de ricos. Los pobres lamen sus heridas en solitario o con algún amigo o familiar que se digna a escuchar sus problemas apenas disimulando un bostezo. Mis clientes, aparte de Mark, se reducían a dos o tres adolescentes cuyos padres querían intentar alejarles de la calle y de las drogas antes de que las complicaciones fueran irreversibles. Pero mis tarifas eran modestas por obligación y, de no haberlo sido, no podría ni siquiera contar con tan insignificante número de asiduos a mi austera consulta.

Mientras desayunaba iba abriendo el correo de la mañana, compuesto en casi su totalidad por cartas de bancos que reclamaban pagos atrasados, vencidos desde meses atrás en algunos casos. Fue por ello que una carta con mi nombre escrito a mano con tinta salida de una pluma cara —sabía distinguir ese tipo de escritura por los tiempos en que recibía jugosos cheques firmados por manos acaudaladas— llamó mi atención en cuanto la vi aparecer entre las facturas pendientes.

Observé el sobre con curiosidad y le di varias vueltas intentando encontrar alguna señal que me permitiera identificar su origen antes de abrirlo. Todo fue en vano. No había remite y el sello de correos era tan frío como su anónimo origen, un apartado postal de la ciudad de Los Ángeles. Abrí la carta y el documento de su interior mostró unos trazos similares a los que aparecían en el sobre, escritos con toda seguridad por la misma mano. Dudé unos segundos temiendo potenciales problemas venidos de mi anterior vida, pero la curiosidad pudo conmigo y me lancé a leer su contenido con asombro creciente a medida que avanzaba. Al terminar las cinco páginas del documento, y ante la estupefacción que había dilatado mis pupilas hasta casi salirse de las órbitas,  no tuve más remedio que releerla varias veces antes de entender el alcance real de tan extraña misiva.

           * * * * *

Intentaré resumirles el mensaje aún cuando el estupor de aquellos primeros momentos aún me eriza la piel. La carta comenzaba presentando al autor y la sociedad a la que representaba:

“Estimado señor Jack X, aunque usted no nos conoce, permítame que le solicite la lectura del documento que tiene entre las manos hasta el final, no importa cuán extraño sea éste para usted. Represento a una sociedad cultural que se dedica al estudio del comportamiento humano. Le hemos seleccionado a usted entre varios candidatos para la misión que le vamos a encomendar. En estos momentos es seguro que se estará preguntando qué le diferencia a usted para haber sido el elegido. La respuesta es nada. Efectivamente, en la observación de los últimos tres años que hemos hecho de usted hemos comprobado que no se distingue del resto de los mortales en ninguna característica que le convierta en alguien singular. Permítame la libertad de afirmar que usted es una persona vulgar, espero que no se ofenda por ello, porque es exactamente el tipo de persona que estamos buscando para el experimento que queremos llevar a cabo”.

Estaba claro que aquella sociedad cultural, o lo que fuera, no conocía mi identidad real, si no no me hubieran calificado de persona vulgar, precisamente. Por otro lado, lejos de ofenderme, según avanzaba en la lectura de la carta me asaltaba una sensación de temor por estar siendo vigilado desde algún punto del exterior de mi apartamento. Me levanté de forma automática y, sin pararme a mirar afuera, cerré todas las cortinas de la casa para ganar cierta sensación de intimidad antes de introducirme de nuevo en el contenido del anónimo. El autor continuaba explicando las bases de la sociedad a la que representaba y el  motivo del estudio para el que había sido seleccionado como protagonista.

“El nombre del experimento” —entraba al grano por fin después de dos páginas de dar rodeos— “es tan sencillo como explícito: el arte de matar. No, no se violente por favor. Aunque para un sencillo mortal matar no sea un arte, nosotros creemos que puede llegar a serlo si se dan las circunstancias apropiadas. Y en este caso queremos crear esas circunstancias como quien fabrica un lienzo de tela extraordinaria preparado para recibir las pinceladas de color de un virtuoso pintor. “

Si lo que había leído hasta entonces era increíble, Lo que venía a continuación era una absoluta aberración. El anónimo autor me proponía la misión más paranoica que me hubiera sido hecha en toda mi vida. Debía matar a un hombre. Pero, anunciaba, no debía tratarse de un hombre cualquiera, eso habría facilitado el objetivo, por muy duro que este pudiera parecer. El crimen debería de tal impacto que consiguiera aparecer en la primera página de al menos siete diarios norteamericanos y no menos de tres de la vieja Europa.

“Para animarle a extraer de su interior el arte que andamos buscando” —continuaba el escrito— “reservamos un premio para usted. Este premio consiste en un millón de dólares. ¿Cree no haberlo entendido bien? Pues, efectivamente, estamos hablando de un fajo de billetes lo suficientemente atractivo como para tentarle a mostrarnos toda su creatividad. Este dinero ha sido depositado en un maletín de piel, dentro de un apartado de la consigna de la estación de autobuses de su ciudad. La llave de la consigna llegará a usted en un próximo envío y llevará anotado el número de la taquilla correspondiente.”

No conseguía salir de mi fascinación, pero era evidente que aquella caligrafía hablaba en serio. Aunque peque de inmodestia, a lo largo de mi vida profesional he aprendido a leer la personalidad en los trazos escritos por una mano humana y en aquél momento pude afirmar que el autor de aquellas palabras no estaba loco en absoluto.

“Sólo hay un detalle que queremos aclararle. No podemos poner tanto dinero en sus manos y que le corroa la tentación de tomarlo y salir huyendo sin haber ejecutado el encargo que le estamos proponiendo. Para evitar tales impulsos, hemos colocado el dinero en una caja junto a un pequeño artefacto electrónico dotado de un temporizador y un depósito con un fuerte corrosivo. Dispone de un año para llevar a cabo su misión. Una vez realizada, nos enviará cualquier elemento que estime probatorio —fotos, escritos, etc.— al apartado de correos que figura en el sello de esta carta. Nosotros juzgaremos y, en caso positivo, le enviaremos una herramienta que detendrá la máquina destructora y el dinero estará a su disposición. En caso contrario, pasado ese plazo, el ingenio liberará la sustancia y el dinero quedará totalmente inservible. Créanos si le decimos que esto sería una tremenda pérdida para usted… y para nosotros. Es por ello que confiamos en que se tomará usted muy en serio esta pequeña obra de arte.”

Terminaba anunciando que de intentar abrir la caja sin la herramienta que llegaría a mí una vez cumplida la misión, el mismo corrosivo acabaría con el dinero y con la parte de mi piel que entrara en contacto con él, por lo que no debería intentar abrirla sin su consentimiento. Como colofón se despedía y me daba las gracias por la atención prestada, aparte de lanzar una pequeña chanza acerca de la expresión de estupor que en esos momentos estaría dibujada en mi semblante con toda seguridad. ¡Menudos granujas! No hacía falta ser un experto psicólogo para predecir la expresión de un rostro al terminar de leer semejante documento.

           * * * * *

El diez de septiembre amaneció lluvioso y una cierta depresión me invadía mientras escuchaba sin atender las palabras de mi paciente estrella. Según me había relatado al llegar a la consulta, Mark había vuelto a escuchar las voces que le empujaban a ejecutar acciones que le permitieran vengarse del mundo hostil que le rodeaba. Comprendí que la medicación que le había recetado había llegado a un nivel de alta saturación en su organismo y que era el momento de sustituirla por otra diferente o de cambiarle la dosis para evitar que su cerebro se derritiera con los ansiolíticos. Oía hablar de lejos a Mark comentando las mismas paranoias de tantas veces anteriores.

—Le aseguro, doctor que las voces son reales —Mark hablaba sin parar mientras yo me dejaba llevar por mis propias ensoñaciones. Pensaba si habría realmente una forma de salir de aquella horrible vida que me atenazaba para volver a mi anterior existencia, llena de personas adineradas y cuyo mayor problema era una fuerte jaqueca, ya fuera por los efectos de la cocaína o del champán derramado en la fiesta del día anterior— ¿Por qué diablos nadie me cree cuando hablo de las voces? Le aseguro que no son fruto de mi imaginación, yo no estoy loco, doctor…

El timbre de la puerta sonó de forma sorpresiva —no esperaba a nadie más aquella mañana— y el grave sonido me devolvió a la realidad con un aumento de pulsaciones en mi aburrido corazón. Había olvidado la extraña carta recibida unas semanas antes, abandonada en uno de los cajones de mi despacho después de leerla por enésima vez. La conclusión a la que llegué era que se trataba de una estúpida broma y la había destinado al montón de los documentos que archivaba durante un tiempo y de los que me iba deshaciendo en las limpiezas trimestrales. Por eso me sorprendió la voz del cartero anunciando  la entrega de un paquete certificado a mi nombre proviniendo del mismo apartado de los Angeles. Dejé a Mark en la sala de consultas con una excusa y me dirigí a mi despacho personal para abrir aquella extraña caja, cuyo tamaño no superaba al de las destinadas a albergar anillos de compromiso como el que en su momento había entregado a mi prometida cuando le pedí en matrimonio.

El contenido era tan escueto como el envoltorio que la protegía: una pequeña llave que no llevaba la compañía de ningún tipo de nota adjunta, tan sólo una etiqueta enganchada a ella con una anilla metálica en la que se veía un número de cuatro cifras anotado con tinta de color rojo. Tomé la llave y empecé a darle vueltas entre los dedos intentando entender cuál era su significado, así como el del número que la acompañaba. Tardé al menos cinco minutos en llegar a la conclusión de que la historia aún no había terminado. ¡Cielos, tal vez aquella carta no era una broma! O, lo más probable, quizá la broma estaba llegando a su apogeo...

Me di una tregua hasta la finalización de la sesión con Mark, que seguía insistiendo que ése no era su nombre, sino que debía llamarle Holden, protagonista de su libro fetiche, y a quien quería dedicar su existencia, modelando su persona a su imagen y semejanza. Conseguí convencerle que hablaríamos largo y tendido sobre ese asunto en nuestra próxima sesión y le despaché para irme de forma directa hasta el restaurante cercano donde solía comer a diario. Durante la comida me dediqué a reflexionar sobre qué es lo que debería hacer al respecto y, tras hacer mentalmente un mapa de posibilidades y sus consecuencias, decidí que no perdía nada por ver si la taquilla indicada en la llave existía y si, en tal caso, contenía la cantidad mareante de dinero anunciada o simplemente un globo con la etiqueta INOCENTE pintada en tinta fluorescente para regocijo de los espectadores del programa de televisión que solía ver los sábados por la noche y en la que tipos como yo quedaban en ridículo al ser grabados por una cámara oculta.

           * * * * *

Elegí un viernes por la tarde para acercarme a la estación de autobuses. Ese día era el de mayor tráfico de entrada y salida de vehículos debido al flujo de pasajeros que iba o venía para pasar el fin de semana con familiares o amigos. Al llegar a mi destino, estacioné en el parking anejo en el que un gran cartel anunciaba que la primera media hora era gratuita, siendo los precios del resto del tiempo tan abusivos que decidí que era la primera y última vez que dejaría el vehículo en manos de semejantes estafadores.

Entré en el edificio con un nudo en el estómago que amenazaba con obligarme a desistir del objetivo que había dirigido hasta allí mis pasos. Caminé lentamente hacia la consigna mientras de forma disimulada miraba a todas partes sin descubrir a nadie que pareciera estar observándome. Inspiré largamente para calmar mi ansiedad y abrí la metálica puerta de la taquilla. Su número, 6245, era el mismo que aparecía en la etiqueta de la llave que había recibido por correo certificado unos días antes.

Miré el interior del habitáculo y efectivamente allí encontré el maletín de piel que se describía en la carta que había anunciado la llegada de la pequeña llave. Tras una inspección inicial comprobé que no se hallaba protegido por ningún tipo de candado, sólo una cerradura de números giratorios separaba mi curiosidad de su contenido. Seleccioné los mismos números, 6245, y un clac seco confirmó una vez más la veracidad de la carta. Levanté la tapa con disimulo y a punto estuve de emitir un grito de triunfo ante el fajo de billetes perfectamente empaquetados dentro de una caja de plástico transparente, junto a un pequeño artefacto que parecía vigilar que sólo las manos adecuadas pudieran apoderarse de aquella suculenta cantidad de dinero. Un millón de dólares, había sido lo anunciado, y no sospeché por un momento que allí hubiera un dólar de menos.  El contenido del maletín lo completaban un revolver calibre 38 especial, una caja de cartuchos pegada a él con cinta adhesiva y un cuchillo de montañero afilado como una navaja de afeitar. Cerré el maletín y la taquilla y me dirigí a la salida a la máxima velocidad que pude. Subí en mi vieja furgoneta Ford y conduje a toda velocidad hacia mi casa, dando un gran rodeo para despistar a cualquier fisgón que hubiera estado vigilando mis pasos.
                                                                                                              
Cuando llegué a mi apartamento aún respiraba con agitación y calculé que mi corazón no estaría a menos de ciento cincuenta pulsaciones. Cerré todas las cortinas de la casa y depositando el maletín abierto sobre la mesa del despacho me dediqué a mirarlo fijamente durante casi una hora sin decidirme a mover ni un solo dedo. En aquel maletín estaba la salvación al infierno anodino en que se había  convertido mi existencia. Tal vez podría incluso llegar a recuperar a mi mujer y a mis dos hijas. Sí, tal vez la fortuna estuviera de nuevo de mi parte y había decidido cambiar las tornas para sonreír de la forma en que lo había hecho en el pasado cuando se trataba de mi vida profesional y económica… hasta aquél fatídico día que maldeciré mientras viva no por lo que hice, sino por haberme dejado atrapar.

Claro que, volviendo a la dura realidad, aquél dinero no me pertenecía, al menos de momento. Para hacerlo mío tenía que… ¿qué es lo que decía aquella estúpida carta…? Ah, sí, tenía que matar a alguien de tal manera que su muerte fuera del interés del gran público americano e incluso europeo. ¿Cuántas primeras páginas tenía que acaparar? Siete, creía recordar. Ardua tarea se me antojaba. Por aquellos tiempos, el gran público no se impactaba por ningún tipo de asesinato espectacular. La sofisticación de los asesinos era tal, que incluso el cine y la televisión se quedaban cortos en sus historias de ficción. Claro que… ¡Efectivamente! Creí de pronto entenderlo con rotunda claridad… El arte al que se referían mis anónimos benefactores no se debía centrar en el cómo  de aquella muerte, sino en el quién… La fama del potencial muerto sería la que me haría rico.


CAPITULO II


La decisión estaba tomada. Haría el trabajo que me proponían. Tenía un año para planearlo y ejecutarlo, lo cual me daba un margen no muy amplio, pero si suficiente para espolear mi… ¿cómo lo habían denominado los locos de aquél extraño club…? ¿Creatividad? Pues así sería…

Puestos a la obra, decidí que dedicaría al menos dos horas diarias a aquel absurdo encargo. Tan absurdo como lucrativo, bien era verdad. La primera sesión de trabajo comenzó justo el día posterior a la recepción de la llave. Exprimí mi cerebro para dar un orden al plan y decidí que el primer paso era seleccionar al candidato. Rebusqué en mi memoria los nombres de los conocidos que coleccioné durante mi vida anterior. Ellos eran, al fin y al cabo, personas famosas en sus diferentes especialidades, ya fueran la política, el cine u otras donde el estrellato estaba casi asegurado. Hice una lista de nombres en mi bloc de notas y a continuación taché todos aquellos que no me parecieron  lo suficientemente relevantes como para alcanzar gran notoriedad. Quedaron ocho, lo cual me pareció un número demasiado elevado, por lo que en una segunda pasada reduje la lista a tres candidatos, cifra que se me antojó mucho más abarcable. ¿Sería alguno de aquellos tres el boleto que me llevaría a ganar la lotería de una nueva vida? Imposible de saber todavía, pero no tenía mayor oportunidad de averiguarlo por el momento.

 Los siguientes días los utilicé para estudiar la vida de cada uno de ellos y elegir el arma más interesante —quizá el 38 especial y el cuchillo que aparecían en el maletín no fueran las más apropiadas—, pero no encontré demasiadas opciones, así que decidí aceptar que el revólver sería el arma a utilizar para el crimen más estúpido de la historia.

Una vez decidido esto, dediqué las sesiones diarias para reflexionar la forma de ejecutar la acción. Llegar al elegido, darle los buenos días y disparar no parecía lo más cuerdo, y de locos yo entendía bastante. Se trataba de hacerse rico, no de cumplir una cadena perpetua en una cárcel del medio oeste, contando al compañero de celda mi magnífico plan, y por qué éste había acabado estruendosamente mal. Tendría que hacerlo de una manera lo suficientemente original como para poder probar a mis patrocinadores que había sido yo, pero con la suficiente sutileza para no ser acusado por la policía estatal. Pensé y pensé, le di vueltas  de todas las maneras posibles, pero ninguna de las opciones me convencía. Decidí dejarlo por un tiempo, quizá la idea viniera de forma espontánea mientras veía alguna de esas series policiacas que ponían en la televisión por cable y a las que hasta la fecha no había prestado la mínima atención. Nota en el plan: sesión de televisión nocturna al menos una hora diaria.

Curiosamente, la solución vino por un camino totalmente diferente, por lo que llegué a concluir que era cierta la sentencia de que los caminos del señor son insondables. Y en concreto llegó mientras releía las notas de las sesiones mantenidas con Mark en el último mes para hacer el informe periódico dirigido a las autoridades que custodiaban su libertad vigilada. Advertí anteriormente en este escrito que Mark era un loco peligroso… ¡Magnífico! Un loco era lo que se necesitaba para llevar a cabo la estrafalaria misión que tenía entre manos. Y, como yo no estaba lo suficientemente loco para ejecutarla y correr el riesgo de que me condenaran por ello, la solución era que alguien lo hiciera por mí e ingeniármelas para ser el protagonista de la historia, mientras el verdadero autor pagaba los cristales rotos.

 Y, ¡cómo no lo había visto antes!, el elegido estaba en el cerebro de aquél chiflado, concretamente dentro de sus obsesiones por ejecutar un acto de venganza que le permitiera pasar a la historia. Aquél descubrimiento me llevó a un estado de total éxtasis.   La gran estupidez era realizable, y yo tenía muchas papeletas de conseguir un buen fajo de billetes que me sacarían de aquella asquerosa existencia.

           * * * * *

—Concéntrate en las voces y trasmíteme lo que te dicen…

Para la primera de aquellas especiales sesiones, había preparado un escenario incomparable. La estancia estaba a media luz, una música tántrica sonaba queda en el estéreo y el humo azulado de unos palitos perfumados llenaba el aire con sus aromas dulzones y penetrantes. Mark sonreía en su posición horizontal sobre el sillón de terapia, ahora que se sabía entendido.

—Se trata de más de una voz, a veces de hombre y a veces de mujer. Me preguntan qué he hecho en mi vida que sea de interés para la humanidad… Yo nunca sé que responder, a veces creo que no he hecho nada todavía, pero que el futuro me depara grandes logros…

—¿Saben las voces quien eres en realidad?

—Sí, ellas lo saben…

Por supuesto, aquellas sesiones no se podían  desarrollar con toda la naturalidad que cabía esperar, antes de comenzar cada una de ellas me las ingeniaba para administrarle un psicotrópico suave, pero de larga duración. Necesitaba largo tiempo para insertar ciertas ideas en aquél cerebro atolondrado. Y, aunque el objetivo parecía fácil, me di cuenta de que si quería que el objetivo no se bifurcara con resultados imprevisibles, tendría que dedicar bastante más trabajo que el previsto para registrar mis órdenes en la cabeza de aquél loco. Mucho más cuando descubrí que había vuelto a beber, quizá debido a mis presiones. Llegué a tener un momento de pánico cuando intercepté varias misivas que iban dirigidas a su novia contándole las obsesiones que había desarrollado gracias a mí. Por suerte, pude corregir a tiempo aquellas desviaciones y volvimos a la senda de la normalidad.

Fueron días de gran creatividad, me daba cuenta que los miembros del misterioso club me habían llevado donde ellos querían. En toda mi vida profesional había tenido que ingeniármelas para tratar con desequilibrados de diversas especies, pero casi siempre un par de recetas solían resolver cualquier problema, al menos por unas semanas. En el caso de Mark, meterle en el cerebro ideas preconcebidas se convertía realmente en un arte, como ellos habían dicho: el arte de matar.

Tras unas semanas de duro esfuerzo, di por concluida la primera fase, aquella que sólo transcurría en un estudio, tal y como se conciben los partidos de cualquier deporte en la pizarra del entrenador.  La segunda era más peligrosa porque debía hacerse sobre el campo, ya no valían los experimentos de laboratorio, y cualquier fallo podía acabar en tragedia, al menos para mí.

Esta segunda fase serían los ensayos del día apoteósico.

           * * * * *

Las pruebas de campo las hicimos en los meses de octubre y noviembre de aquél año fatídico. Como nuestro nominado para la gloria vivía en Nueva York, pasamos dos cortas temporadas en la ciudad de los rascacielos estudiando cada detalle del plan, por pequeño e insignificante que pareciera. Mark se mostraba nervioso y dubitativo. No entendía por qué “no lo hacíamos de una vez y ya está…”. Tuve que actuar con mano dura… y con fuertes dosis de tranquilizantes para evitar que aquello se me fuera de las manos.

Durante los ensayos de octubre,  al ver su estado de excitación, le propuse una escapada a Atlanta. Con la excusa de ver a una amiga suya, pasamos unos días de relax en un viejo hotel-balneario. Fue una concesión pagada de mis escasos bolsillos, aunque con la ayuda de su madre. Le prometí que aquello produciría excelentes resultados en la terapia de su hijo. El caso es que mientras Mark hacía pinitos con su amiga a espaldas de su novia, yo me dediqué a tomar las aguas y a urdir un plan de escape en el caso de que las cosas no salieran como estaban planeadas. Dentro de este plan, estaba por supuesto la captura del autor material del crimen por parte de la policía, de modo que no hubiera ninguna duda sobre quién era el culpable del caso.

En lo que a mí concernía, ya había aceptado que la vuelta a mi antigua vida era un sueño imposible. Durante los interrogatorios, Mark hablaría largo y tendido sobre mis especiales sesiones terapéuticas y, aunque a la vista estaba que se trataba de un ser desequilibrado,   cabía dentro de lo posible que alguien atara cabos y que el FBI tocara en mi puerta para hacerme algunas preguntas difíciles de responder. Fue por ello que recorrí todas las agencias de viajes de la city a la búsqueda de un paraíso en algún remoto sitio donde nadie pudiera encontrarme. La región del Caribe concentró toda mi atención por aquellos días y empecé a tejer el plan de retirada. 

De vuelta a la rutina, hicimos los últimos ensayos durante el mes de noviembre. No hubo mucho que reseñar en esta ocasión, aunque seguía siendo complicado manejar las ansias magnicidas de Mark.

Los siguientes días al regreso de nuestro último viaje a Nueva York, me centré en la prensa especializada, donde nuestro nominado aparecía de forma constante. Descubrí que iba a pasar una temporada trabajando en su ciudad de residencia y que no había peligro de que se embarcara en uno de sus continuos viajes, lo que lo echaría todo al traste.

Respiré profundo y marqué la fecha elegida. Todo estaba preparado, habíamos llegado al punto de no retorno y la historia nos estaba esperando.

CAPITULO III

Al amanecer del seis de diciembre nos recibía a lo lejos el sky line de la ciudad del Central Park. Las miríadas de ventanales acristalados del Empyre State brillaban como un diamante incendiado mientras el avión enfilaba la pista número uno del aeropuerto JFK. Como en los viajes anteriores, había tenido la precaución de reservar asientos separados para evitar la más mínima relación entre Mark y yo. Aunque, a decir verdad, en ningún momento me sentí totalmente tranquilo al respecto. Las series policiacas que había digerido en las últimas semanas me hacían aventurar que aclarar esta relación podía ser cosa de no más de cinco minutos dentro de los cuarenta que duraba cualquiera de los capítulos. Aunque, quien sabe si en la realidad la policía es tan diligente como en la televisión…

Alojé a Mark en el mismo hotel de las anteriores ocasiones, el Sheraton, reservándome para mí una habitación más humilde en un hotelucho no muy cercano, tratando de nuevo de evitar las relaciones sospechosas. El día siete de diciembre ultimé el plan a pie de obra.  Había quedado con mi paciente aquella tarde para darle las últimas instrucciones. Al llegar al hotel y ver la habitación vacía, el mundo se me cayó a los pies. Salí a recorrer los alrededores con la intención de encontrarle y suministrarle los sedantes que fueran necesarios antes de que arruinara la obra de arte que me había costado varios meses y el total de mis ahorros.

Lo encontré vagando por las calles. Iba como enfebrecido y mascullando frases ininteligibles para cualquiera que no estuviera al corriente de los próximos acontecimientos, pero que hubieran podido ser reveladoras de haberlo estado. Cuando le interrogué, me confesó entre otras cosas que había abordado al cantautor James Taylor y le había mencionado parte de los planes que le habían llevado allí. Esperé que el tal James no le hubiera entendido nada entre los balbuceos de loco adormilado. Bien mirado,  aquello no parecía venirle mal a mi plan. Una vez todo hubiera concluido, aquél hombre quizá podría ser una as a mi favor si contaba a la policía lo que hubiera entendido, siempre que mi nombre no apareciera en el relato.

El ocho de diciembre rebajé la dosis de sedantes y dejé libre a Mark para que actuara según le había adiestrado. Le compré un ejemplar de su libro fetiche y escribí en él una frase que quedó grabada para la historia: “Esta es mi declaración”. Firmé con el nombre de su otro yo y le puse el libro entre las manos, “te dará fuerzas en tu cometido”, le aseguré. Por último introduje en el bolsillo de su cazadora el revólver con la recámara cargada al completo. Le animé con un abrazo de amigo y le vi salir del Sheraton desde la ventana de su habitación, mientras yo limpiaba mis huellas y dejaba ciertos elementos personales que pudieran incriminarle sin discusión.

El resto de lo acontecido es historia por lo que habréis visto y oído miles de veces en todos los medios de comunicación,  no sólo de los Estados Unidos, sino de todo el planeta. Mark pasó la mayor parte del día en la entrada del edificio donde nuestro elegido vivía con su esposa, hablando con otros fans del mismo y con el portero del inmueble, mientras esperaba su vuelta a casa después de un duro día de trabajo.

A las 22:49, la limusina de John Lennon regresaba con él y su mujer a su residencia en el edificio Dakota. En la acera, Lennon y Ono salieron del coche, pasaron al lado de Mark David Chapman y caminaron hacia el arco de entrada al patio del edificio. Desde la calle que estaba a sus espaldas, mi paciente y amigo Mark disparó cinco balas de punta hueca con un revólver calibre 38 especial, de las cuales cuatro impactaron a Lennon en la espalda y el hombro derecho.

Miembros del Departamento de policía de Nueva York fueron los primeros en aparecer ante los disparos y, reconociendo la gravedad de las heridas de Lennon, decidieron llevarlo en su coche al hospital Roosevelt. El día después, el certificado de defunción describía con detalle la causa de la muerte: “Heridas múltiples en el hombro derecho y pecho; pulmón izquierdo y arteria subclavia izquierda; hemorragia externa e interna. Shock”. John Lennon fue declarado muerto a las 23:15 del 8 de diciembre de 1980 en el St. Luke’s-Roosevelt Hospital Center. Fin de la historia.

* * * * *

Mark permaneció en la escena, sacó su copia de El guardián entre el centeno y lo estuvo leyendo hasta que fue arrestado por la policía sin ninguna oposición. En su declaración, tres horas después, Mark confesó: "Estoy seguro que la mayor parte de mí es Holden Caufield, el personaje principal del libro. El resto de mí debe ser el Diablo." El detenido mostraba una extraña calma que nadie asoció a los efectos de una mezcla de psicotrópicos inteligentemente combinados.

Un fotógrafo de prensa que se hallaba en el lugar del crimen fotografió al autor de los disparos rodeado de curiosos mientras le detenía la policía. Si ustedes miran la portada del New York Times del día 9 de diciembre de 1980, en la fotografía del arresto observarán la presencia de una multitud que reprende mientras grita “¡asesino!” al autor del crimen. Entre ellos, hay un hombre de mediana edad con el pelo cano, bigote recortado y gafas de pasta. Ese soy yo.

           * * * * *

Envié esa misma fotografía a la dirección postal de los Ángeles que me había sido indicada. La acompañé de una instantánea que obtuve de mí mismo con una cámara polaroid comprada para la ocasión, junto con una pequeña misiva que explicaba todo lo acontecido. Una pequeña llave allen llegó en una caja parecida a la anterior en apenas siete días. El impacto de la noticia de la muerte de John Lennon fue a nivel planetario, por lo que no hubo duda de que mi misión había sido cumplida en toda su extensión.

El día de Navidad de 1980, mientras todos celebraban la jornada de paz por excelencia,  tomé el vuelo de las 8:05 a una tranquila isla de Costa Rica. En el aeropuerto adquirí un pequeño walkman que encadené a mis oídos con un auricular de plástico para no marearme durante el trayecto.

Mientras el avión despegaba, del walkman surgía una música queda y melancólica, al tiempo que la voz de Lennon insinuaba de forma idealista: Imagine all the people living life in peace…

  
Pozuelo de Alarcón, 27 de Octubre de 2012


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