EL LIBRO DE LAURA



PROLOGO

Me recosté en el respaldo del sillón y saboreé el último trago del cuarto o quinto gin-tonic de la noche. La primera luz del alba se filtraba por los ventanales del salón. Me estiré cuan largo era, disfrutando de cada crujido de mis castigados huesos por la forzada postura sobre el duro sofá. Al fondo oí el susurro de la ducha y el cantar desafinado de mi compañero de piso. Ya debía ser la hora de empezar la larga jornada laboral, pues Juan no se levantaba nunca de la cama antes de las ocho.

Miré el reloj y comprobé que me había costado toda la noche acabar el libro que una tal Laura había olvidado —o quizá abandonado a propósito— en la parada del autobús que solía coger todos los días para volver a casa desde el trabajo. Era una novela vieja y vulgar, cargada de héroes y heroínas, y donde el bueno siempre gana. Un auténtico coñazo. La única razón por la que había leído aquel destartalado libro hasta el final era por ver si su contenido tenía algo que ver con la nota que Laura había escrito a mano en la primera página, justo debajo del título. Y en absoluto, por más que busqué no encontré ninguna pista que los relacionara.

Me levanté terriblemente cabreado del sillón, maldiciendo la noche perdida y el largo día de trabajo que me esperaba. Dejé el libro sobre la mesa y le di un par de vueltas intentando imaginar de qué podría ir todo aquello. He oído hablar de esa moda de dejar libros abandonados por las calles de las ciudades para que estos circulen de mano en mano, aunque hasta ahora no me había tropezado con ninguno, pero esta posibilidad me pareció poco probable. Finalmente, concluí que debía tratarse de un simple juego de azar o de rol, algo en lo que se necesita un tonto útil para darle color a la historia. Y, obviamente, en este caso el papel de tonto te ha tocado a ti, Mario, pensé con ironía.

Decidí que eso era lo más seguro y, echando un último vistazo a la portada desde la que sonreían los guapísimos y estúpidos protagonistas, me dirigí hacia el baño haciendo un pequeño esquema mental de la agenda del día que empezaba en aquél mismo instante.



CAPITULO I

Volví del trabajo cerca de las siete, aún alucinado de la capacidad de fastidiarme que tenía mi nueva jefa, y me dejé caer a plomo sobre el sillón del salón. Apenas mantenía en equilibrio la cerveza y la bolsa de patatas fritas que llevaba en la mano izquierda, mientras con la derecha manejaba el mando de la televisión intentando encenderla. Rumié una vez más la escenita que había mantenido con su majestad una hora antes ¡Menuda bronca me había tocado aguantar para conseguir llegar pronto a casa y no perderme el partido de baloncesto que estaba a punto de comenzar! La final de la Eurocopa, ¡ahí es nada!, le había espetado a la vieja bruja cuando ésta me había pedido que me quedara un par de horas más para terminar unos informes que necesitaba con urgencia. Conseguí que se rindiera al final, pero me recordó airada que ya hablaríamos en mi próxima revisión del rendimiento. Maldita harpía, a ver si te da una urticaria que te tienes que rascar con una espátula, pensé, más como forma de descargar mi mal humor, que como un real deseo de que le atacara una enfermedad incurable.

Apenas había tomado un par de tragos de la botella espumeante cuando me fijé en el libro que se encontraba abandonado sobre la mesa, como dejado caer con desgana. Había visto a Mario, mi compañero de piso, leyendo por la mañana poco antes de meterme en el servicio para darme la ducha matutina. Me extrañó ver a Mario leyendo a tan temprana hora, mucho más porque se le veía adormilado y con los ojos rojos como de haberse pasado toda la noche en vela. Leí el título del libro sin tocarlo y me pareció una novelucha de medio pelo, de las que seguramente cuentan historias de héroes y heroínas donde siempre gana el bueno. No parecía ésta ser una causa suficiente para una noche de insomnio por parte de Mario, pensé con incredulidad. El Mario que yo conocía no habría pasado de la página diez del mejor best-seller de la historia. Para qué sirve tanta letra toda junta si una película es casi lo mismo y te la cuentan sin que tengas que estrujarte las neuronas, era su frase favorita. Es por ello que la curiosidad empezó a picarme por dentro, algo tendría que haber en aquél viejo libro para atraer la atención de mi compañero de piso. Devolví la botella a la mesa, mientras mi equipo marcaba ya una diferencia de seis puntos sobre el rival, y tomé la novela para ojearla y ver qué tenía de especial.

Al abrir la tapa de cartón arrugado, lo primero que llamaba la atención era una especie de dedicatoria escrita a mano con tinta de un azul desvaído, justo debajo del rimbombante título: Todo por África. La caligrafía de la supuesta dedicatoria era redondeada e inclinada hacia atrás, lo que me hizo pensar en una letra de niña. Como la letra de Maribel, pensé, mi primera novia del colegio. Eché un vistazo rápido a la televisión para cantar con alegría un triple de mi equipo, y volví a posar mis ojos sobre la dedicatoria al tiempo que introducía un puñado de patatas en la boca y echaba un nuevo trago de la fría cerveza. Un ligero estremecimiento me recorrió al leer la nota manuscrita que, a pesar de ser muy breve, no tenía ni una sola palabra de desperdicio.

Si este libro te ha encontrado, es que tu vida corre peligro. Búscame, quiero ayudarte. Laura”.

Parecía una broma para incautos flojos de mollera, pero aún así no pude evitar que los pelos de mi brazo se erizaran sin poder controlarlos. Una broma… ¿De verdad era sólo eso? Aunque la nota no tenía ningún sentido en el mundo real, en una película habría sido el argumento perfecto para el comienzo de una historia fantástica. Sin embargo, la frase no parecía escrita para un argumento de película. Era algo más… ¿cómo decirlo?, tangible. Tenía todo el aspecto de tratarse de una burla típica de cámara oculta, pero algo dentro de mí parecía decirme que debía ser tomada en serio. Era como si la frase no fuera simple tinta en un papel, como si tuviera pálpito vital propio. Nunca me he caracterizado por mi credulidad, pero tenía que aceptar que algo se había movido en mi interior cuando mis ojos habían recorrido la caligrafía infantil, aunque el mensaje era cualquier cosa menos un juego de niños. Hojeé el libro adelante y atrás varias veces. Llegué a olerlo, haciendo pasar las hojas a toda velocidad con el dedo pulgar. Un tufillo a humedad arcaica y a restos de imprenta desgastados por multitud de dedos me impregnó, aunque nada especial tratándose de un volumen que a primera vista se notaba antiguo y sobado por muchos lectores anteriores. Ninguna conclusión saqué de todo ello, por más que releí el mensaje una y otra vez hasta que empezaron a dolerme los ojos.

Perdido en elucubraciones difusas, descubrí que el tiempo del partido volaba en la pantalla del televisor. Al fijarme en el relojito de la esquina superior, observé con desánimo que había estado tan ensimismado que me había perdido casi la mitad.

 —Hombre Juan, veo que tú también te has quedado pasmado con el mensajito de ese miserable folletín —Mario sonreía de pie ante la caja tonta mientras se quitaba la chaqueta, la tiraba sobre una silla y me robaba un puñado de patatas de la bolsa casi vacía.

—Mario… —volví la vista hacia él sobresaltado como si se tratara de la aparición de un fantasma— No te había oído llegar. Debe ser que la novelucha tiene un misterio que no lo aparenta a primera vista ¿Es lo que leías esta mañana tan concentrado como si se tratara de un premio nobel?

—Pues sí, he perdido toda una noche de sueño por esa mierda de libro y ahora estoy que me caigo. Casi no tengo ganas ni de ver el partido. Y encima Berta quiere que quedemos a cenar. Me parece que hoy moriré en acto de servicio, esa chica es de las que siempre pide postre, tu ya me entiendes… —El guiño y el chasquido de lengua de Mario me arrancaron una sonrisa al recordarme a Berta, una rubia de ojos azulísimos y modelo de profesión; consideré que los vellos del brazo tenían mejores razones para erizarse que un ejemplar viejo y vulgar.

—Efectivamente, como no te des una ducha, no creo que llegues a mañana vivo, aparte de que hueles a animal de zoológico. Por cierto, ¿dónde has encontrado esta obra tan… singular? —La ironía de mis palabras intentaban ocultar a medias el interés que había ido surgiendo a medida que le daba vueltas en mi mano a la maltratada novela.

—Lo encontré en el banco de la parada de autobús que está frente a mi oficina. Estaba allí abandonado, aunque no sé como la tal Laurita no lo tiró directamente a la basura y me habría ahorrado una noche de sueño.

Mario tomó un último puñado de patatas y se dio la vuelta para dirigirse hacia el baño. Cuando salía por la puerta, recordó que había dejado la chaqueta en la silla y se volvió a recogerla, intentando manipularla de manera que no se ensuciara con la grasa que le pringaba las manos. De pronto, como acordándose de algo que hubiera olvidado, introdujo una mano en el bolsillo interior de la chaqueta y extrajo un pequeño cartoncito de dentro.

—Por cierto, se me olvidaba, dentro del folletín encontré esto —Me tendió el pequeño cartón que le había visto sacar de la chaqueta y lo tomé con la mano menos grasienta para evitar manchar la cara femenina que se reflejaba en lo que resultaba ser una maltrecha fotografía de carnet—. Tal vez esta chica sea la tal Laura, es bastante guapa, pero tiene un sentido del humor que ya le vale…

Miré la fotografía mientras daba el último trago a la botella de cerveza. Un revoloteo de mariposas me acarició el estómago al darme cuenta que aquella monada de melena castaña y ojos color azabache no me era extraña en absoluto. Había conocido a aquella chica no hacía mucho en un disco-pub de moda, quizá tres o cuatro meses atrás. La recordaba bien porque había conseguido su teléfono después de luchar a brazo partido durante toda una noche —una chica difícil, de las que a mí me gustaban—, pero no me había servido de nada porque la había llamado mil veces y nunca se dignó a salir conmigo. Siempre tenía una buena disculpa. Si no eran unos exámenes o el trabajo, es que tenía que ir al médico con su abuelita enferma. En fin, su falta de interés había terminado por aburrirme y dejé de llamarla. Pero lo que es la vida, allí se encontraba ella mirándome desde una fotografía de carnet descolorida con su sonrisa de niña buena.

Aunque, lo más curioso de todo, es que recordaba perfectamente el nombre de aquella chica, y estaba seguro de que era el auténtico porque me había informado a conciencia, llegando a curiosear el buzón de la casa donde vivía. Y aquella chica no se llamaba Laura.


CAPITULO II

—Hola, ¿puedo hablar con Marta? —Las palabras me salieron a borbotones tan pronto como oí el ¿dígame? de la voz femenina que había descolgado el teléfono.

Había pasado casi dos semanas dando vueltas sobre si llamar o no a la chica de la foto. No estaba seguro de si se acordaría de mí, pero si lo hacía, después de lo impertinente que me había puesto para ligar con ella marcando mil veces su número de móvil, estaba seguro de que me mandaría a paseo tan pronto como oyera mi voz. Por más que lo pensaba, tenía la sensación de que hablarle del libro podía ser un arma de doble filo. Por una parte, comentarle que había encontrado su foto dentro de las páginas de la novela, parecía una excusa suficiente para hacer la llamada. Por otra, parecía exactamente eso: una excusa para volver a llamarla. Tenía que conseguir un acercamiento lo suficientemente sutil para no espantarla a las primeras de cambio.

Así que me dediqué un par de tardes lluviosas y sin nada mejor que hacer a entrenar la dichosa llamada. Hice un pequeño guión en un papel, que arrugué y tiré a la basura cuando consideré que era demasiado retórico para parecer natural. De ahí pasé a un segundo y luego a un tercero. Finalmente estuve conforme con las palabras que aparecían en la hoja blanca que sostenía entre mis manos mientras marcaba su número. La llamada la hice a una hora avanzada, había preferido llamarla después del trabajo para dar tiempo a que saliera de la tienda de ropa donde trabajaba, y sabía que su turno terminaba a las diez. Esperé hasta tres tonos, mientras releía las notas apuntadas sobre la cuartilla arrugada en mi mano por los nervios del momento. Lo que pasó, sin embargo, era lo esperable, el guión que me había costado tanto fabricar resultó inútil en cuanto ella empezó a hablar.

—Soy yo, ¿quién eres? —Noté que comía algo mientras hablaba, tal vez sería un simple chicle o quizá estaría cenando. Si era así, la cosa se complicaba porque podía mandarme a paseo con la justificación de que era un mal momento.

—Soy Juan, nos conocimos hace unos meses en Darling, ¿te acuerdas?

—¿Juan…? —titubeó unos segundos como buscando en su memoria, al tiempo que oía como mordía algo que parecía una manzana. Debió encontrarme enseguida entre su lista de personas non gratas, porque su voz cambió de expectante a malhumorada— ¿No me digas que eres Juan el pesado?

—Si… bueno, Marta, escucha…

—Mira Juan —su voz empezó a subir en tono amenazador, aunque el volumen no había subido ni un decibelio. Hay que ver la asertividad de esta muchacha, pensé— ¿Cuántas veces te he dicho que no quiero que me llames más… diez, veinte…?

—Espera Marta, no te embales, por favor. No es lo que tú piensas…

—Ah, ¿no? —su tono se volvió irónico— ¿No es lo que yo pienso? ¿Como tampoco lo era cuando te pillé pasándole tu teléfono a aquella rubia de bote mientras intentabas convencerme de que yo era el amor de tu vida… menos de una hora después de habernos conocido?

—Marta, espera, no te llamo por lo que imaginas, se trata de algo que he encontrado que te pertenece…

—Ya. Ahora dirás que has encontrado una carta, que casualmente habrá salido de mi buzón…

Me sonrojé de repente al recordar que esa era la treta preferida de mi colega Mario. Era justo la que había utilizado para ligar con Berta, la modelo cañón. Nunca se me hubiera ocurrido utilizarla ni con Marta ni con ninguna otra chica, pero su sola mención hizo que mi posición en aquella contienda bajara varios niveles de repente.

—No, de verdad, no se trata de ningún truco, y no es una carta lo que tengo…

—Mira, Juan, olvídalo. Si tienes algo mío, me lo envías por correo y en paz. Sé muy bien que conoces mi dirección, así que no creo que tengas problemas. Adiós.

La impotencia me asaltó al ver que las posibilidades de seguir la pista del extraño mensaje se me escapaban. Así que lancé una última frase a la desesperada, intentando que llegara a su destino antes de que pulsara el botón de colgar.

—¡Es sobre el libro de Laura!

Un silencio se produjo al otro lado de la línea y, al no oír la señal del fin de la llamada, una sensación de triunfo me invadió. Pasaron aún unos segundos antes de volver a oír la voz de Marta.

—¿El… libro de Laura…? —su voz ya no sonaba airada— ¿Cómo lo has conseguido, de dónde…?

—Bueno, es de eso de lo que te quería hablar, pero no por teléfono. ¿Podemos vernos un día de éstos?

—Sí, claro… —se quedó pensando un segundo— Espera, no, tenemos que hablarlo ahora mismo. ¿Puedes pasar por mi casa esta misma noche?

* * * * *

Acordamos vernos en media hora, el tiempo que tardaría en llegar a su casa después de darme una rápida ducha. No era momento para florituras, pero tampoco quería llegar oliendo a animal enjaulado, olor que por otra parte era el habitual en mi compañero de piso, cosa que no le privaba de triunfar entre las chicas. Todo esto lo iba rumiando mientras me vestía a la carrera, la toalla aún enrollada en mi cintura, mezclado con ligeras pinceladas sobre el posible discurso a utilizar en la conversación que tendría en unos minutos con Marta. Pero terminé por desechar la idea de preparar un posible guión cuando recordé que el anterior había terminado siendo una pelota arrugada en el fondo de la papelera.

Salí a toda prisa por el portal de la casa que compartía con Mario desde hacía dos años. Había decidido ir a pie hasta el apartamento de Marta, ya que éste se encontraba a pocas manzanas del nuestro. Maldije para mis adentros al tener que dar un amplio rodeo y quitar de en medio una oxidada valla amarilla para poder sortear el barro que rodeaba las obras del metro, que prácticamente sitiaban el edificio. Las dichosas obras duraban ya más de diez meses y había al menos para otro tanto. Eso sí, cuando terminaran tendríamos una parada justo enfrente de casa, argumento que el ayuntamiento enarbolaba como una inmensa ventaja para acallar las quejas de los vecinos. No conseguí evitar todo el lodo acumulado en el asfalto y tuve que limpiar la suela de los zapatos sobre el bordillo de la acera, mientras lanzaba nuevas y sonoras imprecaciones.

A continuación inicié mi camino a paso rápido. La noche era fría, había estado lloviendo toda la tarde y el aire olía a oxígeno recién lavado y a tierra mojada. El frescor en la cara me despejaba, haciendo más intenso el tacto del libro que llevaba conmigo en el bolsillo del abrigo. La luna acababa de salir y me miraba curiosa adivinando la excitación que me embargaba al tener que volver a enfrentarme a Marta, esta vez cara a cara. Tras unos minutos de intensa caminata, me planté delante del portal del edificio donde vivía y toqué el timbre de su piso en el cuadro del portero automático. La puerta se abrió con un chisporroteo metálico sin que una sola palabra se oyera por el pequeño altavoz del interfono.

El edificio no disponía de ascensor por lo que agradecí tener que subir sólo hasta la segunda planta. Ascendí la escalera agarrándome al pasamanos de madera gastada, preguntándome desde cuando no habría sido pintada la pared de color crema pálido, salpicada de manchas de humedad grises como la escasa luz ambiental. Marta, con el pelo recogido en una coleta, me miraba con los brazos cruzados mientras subía el último tramo de escalera que desembocaba en el descansillo de su apartamento. Se encontraba de pie ante la puerta abierta, su figura enmarcada en la luz fluorescente de la cocina. La expresividad de sus ojos, enormes y oscuros, fue lo primero que reconocí de aquella tarde de copas y galanteo de varios meses atrás. Iba embutida en una bata de aspecto cálido y confortable que dejaba ver el pantalón del pijama y unas zapatillas de fieltro por debajo. Era obvio que mi llamada la había pillado a punto acostarse, por lo que el hecho de que me citara para verme esa misma noche indicaba claramente que el libro de Laura era algo más importante de lo que parecía a simple vista.

Al verme llegar, se hizo a un lado invitándome a entrar. Me señaló la puerta de la cocina y me pidió que me sentara con un gesto. La pieza era pequeña, aunque coqueta, y rezumaba orden y limpieza por todos lados. El azul de los muebles contrastaba con el color blanco de los azulejos. Al fondo, una puerta acristalada con una cortina floreada le daba un aspecto acogedor al entorno. Cuán diferente era nuestra cocina, pensé abrumado, con el fregadero siempre lleno de platos sucios de varios días, esperando que alguien se apiadara de ellos y los metiera en el lavavajillas. Y no hablemos de la mugre de las paredes…

—Estoy preparando café, ¿quieres una taza? —La voz amable de Marta me sacó del ensimismamiento.

—Gracias… creo que algo caliente no me vendrá mal, aunque esta noche es menos fría que las anteriores.

Estuvo faenando sobre la encimera y en unos minutos sirvió una bandeja repleta de cachivaches típicos de la ceremonia del café. Me ofreció leche y la acepté de buen grado, aunque rechacé la cucharada de azúcar que ella derramó de inmediato en el interior de su taza. Hizo una pausa mientras le daba un sorbo a su café y entonces me miró fijamente.

—¿Has encontrado el libro de Laura? —Rompió los minutos de silencio que habían precedido con un tono de voz que en nada se parecía al que había mantenido en mi llamada telefónica de hacía menos de una hora.

—Sí, lo he traído conmigo —lo saqué del bolsillo del abrigo y se lo tendí. Ella lo cogió con ambas manos y lo acarició con un gesto cercano a la ternura, casi como si acariciara a un niño— También encontré esta foto. Me hizo suponer que el libro sería tuyo.

—¿Has leído el mensaje de la primera página? —cogió la foto, pero la dejó enseguida sobre la mesa sin casi mirarla, como si se tratara de un objeto secundario en aquella doméstica escena.

—Evidentemente… Es lo que me empujó a llamarte al ver tu foto en el interior —callé un segundo mientras sorbía el humeante café que me estaba sabiendo a gloria, como todo lo que rodeaba a Marta en aquella cita tan especial—. Por cierto, ¿fuiste tú quien abandonó el libro en la calle?

—No, el libro no era mío…

—Y entonces, ¿cómo es que tu foto estaba dentro?

—Quiero decir que el libro no era mío, sino de mi compañera de piso, Julia. La foto la utilicé como marcador de páginas cuando lo leí.

—¿Fue Julia quién escribió el extraño mensaje? ¿Qué es, una broma simpática…?

—No… En realidad, cuando Julia encontró el libro, el mensaje estaba ya escrito en él.

La perplejidad que afloró a mi rostro debió ser manifiesta porque Marta no me dejó replicar, sino que respondió a mi pregunta antes de que llegara a formularla.

—Sí, así es... Julia también encontró el libro abandonado en la calle…

—¿Y…? —la urgí a seguir al ver que hablaba midiendo las palabras, como queriendo decir sólo lo justo, ocultando algo que no quisiera o debiera decirme.

—Y nada, Juan. No hay más. Julia lo encontró, lo trajo a casa, lo leímos y volvió a dejarlo abandonado, tal y como lo encontró. ¿No has oído hablar de las cadenas de lectura? Sirven para facilitar el acceso a los libros a personas que de otro modo no lo tendrían… De todas formas, eso ocurrió hace casi dos años, ha debido pasar por muchas manos desde entonces.

Decía esto como sin creer en ello, con la mirada huidiza. Quizá haya visto demasiadas películas, pero siempre he pensado que no es un invento del cine el hecho de que no mirar directamente a los ojos significa que estamos mintiendo. O, al menos, que no decimos la verdad. Y Marta había cambiado de una conversación franca a otra cargada de palabras no dichas o, en el mejor de los casos, a medio decir, que estaba empezando a exasperarme. Como mínimo, no estaba diciendo toda la verdad.

—O sea, Julia encuentra un libro abandonado, lo lee y lo vuelve a dejar, fin de la historia —mi tono sonó irritado, por lo que intenté calmarme antes de proseguir—. ¿De verdad quieres que me trague eso, después de haberme citado a estas horas de la noche?

—Mira Juan… —su voz sonaba ahora suplicante— No tienes que creer nada… Lo único que puedo decirte es que tengas mucho cuidado.

—¿Mucho cuidado? ¿En serio me has hecho venir para decirme sólo que tenga mucho cuidado?

—Bueno, hay algo más… —me miró a los ojos con una mirada enigmática y me tendió de nuevo el libro—. Por nada del mundo pierdas el libro. ¿Entiendes lo que te digo? Pase lo que pase, el libro lo tienes que tener en tu poder. No se te ocurra dárselo a nadie, dejarlo abandonado de nuevo o tirarlo a una papelera… Nunca Juan, el libro tiene que estar siempre contigo…

La vehemencia de este consejo me produjo un escalofrío. Había sonado a ultimátum de una hechicera de feria, ese tipo de viejecitas con una verruga en la nariz que te conminan a seguir sus indicaciones bajo la amenaza de males infinitos, para después tenderte la mano a la espera de que les pagues sus generosos honorarios.

—Entonces, ¿al menos sabes quién es Laura?

—No… no tengo ni idea…

—¿Tampoco tu amiga Julia?

La respuesta de Marta murió en sus labios antes de ser pronunciada. Se levantó y, cogiendo la bandeja con los restos del improvisado café, se dirigió hacia la fregadera. La excusa de recoger la mesa mostraba la evidencia del deseo de darme la espalda. Me acerqué a ella, aunque tuve la prudencia de no llegar a rozarla, no quería que las cosas se torcieran aún más aquella noche.

—Sí… Julia sí conoció a Laura… —reconoció por fin— Pero no creo que ella pudiera decirte mucho más de lo que ya te he dicho.

—No entiendo nada, Marta —mi insistencia empezaba a perder fuelle— Perdona que me ponga tan pesado, pero es que me estoy haciendo un lío. ¿No puedes hablar más claro? Se trata solamente de un libro. Si no quieres que hablemos de ello, ¿al menos puedo hacerlo con Julia?

—Bueno, no es tan fácil… Julia ya no vive aquí —Hablaba de espaldas a mí, trajinando con la vajilla debajo del agua.

—¿No vive aquí…? Bueno, no importa, dame su dirección, su número de teléfono… Algo, lo que sea, la buscaré para hablar con ella.

—No es tan fácil, ya no vive en España, cambió de trabajo y se fue a San Francisco.

—¿San Francisco…? ¿En Estados Unidos?

—Sí…

Aquello fue la gota que colmaba el vaso. Había llegado a casa de Marta a causa de un vulgar panfletillo, incluso aunque tuviera aquél extraño mensaje manuscrito en su interior, hablar de forma ligera, quizá reírnos de semejante tontería, y tal vez llegar a coquetear un poco, sacándole a ser posible una primera cita si todo hubiera ido bien. Y lo que me estaba encontrando era una especie de misterio que se me escapaba de las manos como el humo, huyendo hasta la otra parte del planeta. Una certeza de un peligro real detrás de todo aquello sobrevoló el pequeño espacio de la cocina, trayendo a mí los recuerdos del estremecimiento que me asaltó cuando le di el primer vistazo a la extraña nota.

—No importa donde esté —continué—. En San Francisco también habrá teléfonos, digo yo…

—Bueno… no tengo su teléfono. Lo único que tengo es una dirección. Es lo más que te puedo dar. Es antigua, puede que incluso ya no viva en ella. Julia se fue hace ya mucho tiempo.

—Está bien, si no tienes otra cosa, me conformaré con eso —Me pareció increíble esta afirmación, pero la situación me estaba empezando a producir una inusual agitación, y tenía ganas de darla por terminada lo antes posible. Al fin y al cabo, utilizando la dirección era posible que llegara hasta el número de teléfono de la tal Julia.

Marta escribió a lápiz en un post-it la dirección de su amiga, copiándola de una agenda de papel con tapas plásticas de color rojo y bastante ajada, aunque posiblemente más perdurable que los modernos móviles, tan prácticos y atractivos, pero en el fondo perecederos. Le agradecí que me hubiera dedicado aquél tiempo y desaparecí de su casa tan súbitamente como había llegado.

El aire húmedo volvió a golpearme en la cara y esta vez no me pareció tan agradable como una hora antes. Me dirigí directo a casa, mientras la lluvia empezaba a caer de nuevo, aunque esta vez de forma mansa y suave. La luna ya no era visible, tapada por unas nubes blanquecinas que avanzaban deprisa empujadas por el viento. Caminaba a un ritmo más lento que a la ida, sorteando charcos y barrizales de las obras del metro, y dándole vueltas a la conversación que había mantenido con Marta. Por más que la repasaba desde el principio, no encontraba en ella ni pies ni cabeza. Sólo conseguía que una sensación de irrealidad se fuera apoderando de mí, como en un sueño. Si no hubiera sido porque el libro tenía un tacto frío y acartonado dentro del bolsillo del abrigo, habría pensado que me encontraba dentro de una pesadilla sin sentido de la que me despertaría de un momento a otro.


CAPITULO III

—¿Cómo que te vas a San Francisco, te has vuelto loco?

El tono de Mario sonaba más a enfado que a sorpresa. Un mes antes, la noche en que había visitado a Marta, le había contado con pelos y señales la conversación que habíamos mantenido. Al ver el interés que iba creciendo en mí, me había pedido que olvidara el asunto del estúpido libro. Está claro que el tonto útil que buscaban no soy yo, sino tú, había comentado entre burlas por mi testarudez ante lo que él veía claramente que era una broma para imbéciles. Después de discutir largamente, acordamos que como mucho averiguaría el teléfono que correspondía a aquella dirección apuntada en el post-it, al que me agarraba como tabla de salvación en mi deseo de resolver el misterio que había aparecido en nuestras vidas como por ensalmo. Una vez averiguado, llamaría a Julia, hablaría con ella para ver que sabía de todo aquél embrollo, y después me olvidaría del dichoso mensaje para siempre.

Esa era su tajante propuesta. Yo había aceptado más por apaciguar su impulso de coger el libro y tirarlo a la basura, que por el hecho de creer que una conversación con Julia sería el punto final de la historia. Me preguntaba, entre otras cosas, ¿qué ocurriría si se abrían nuevas incógnitas en vez de cerrarse las ya existentes? Viendo el cariz que había tomado la situación, puede que hasta apareciera una tercera persona en escena y que se hubiera mudado a… yo qué sé, a la China, por ejemplo. Todo esto me carcomía por dentro, pero para evitar entrar en un bucle de reflexiones vanas debidas a la inacción, me lancé de inmediato a la búsqueda del número de teléfono de Julia, extremo del hilo que debía conducirme al ovillo de aquél enigma.

Pensé que aquello no me llevaría más de un par de días, pero claramente me equivoqué. Empecé buceando en Internet, pero choqué contra la pared una y otra vez. Las guías de teléfonos que encontré, la mayoría de pago y bastante caras por cierto, no ofrecían ningún número fijo en la dirección en la que supuestamente vivía Julia. Tras tres días de dar palos de ciego, imaginé que quizá hubiera contratado un móvil, y no un número fijo, cosa bastante habitual en alguien que viaja y que quizá no tuviera pensado permanecer mucho tiempo en el mismo sitio. Para seguir adelante, no tuve más remedio que pedir consejo a una compañera del trabajo cuya hermana estudiaba en un pueblecito cercano a Detroit desde hacía unos meses. A través de mi amiga, pedí a la hermana que se informara de las compañías de telefonía móvil que operaban en San Francisco y, ya en el colmo de la amabilidad, si me consiguiera el número de teléfono de atención al cliente de todas ellas, le quedaría agradecido de por vida. Estuve tentado de pedirle que ella misma hiciera las llamadas en mi nombre, pero me quedé sin habla cuando me pasó una lista de doce empresas a las que habría que llamar una por una.

No podía pedirle semejante esfuerzo, así que afiné mi torpe y desusado inglés y me puse manos a la obra. Utilizaba el teléfono de la oficina para ahorrar los altos costes de las conferencias, siempre evitando que alguien estuviera cuchicheando alrededor. Eso me costó quedarme sin comer más de un día, o trabajar hasta horas intempestivas para evitar las miradas curiosas. A cambio no obtuve absolutamente nada. La respuesta habitual, después de llegar a una sincronización de mi inglés imperfecto con el de la operadora de turno, era que no podían ofrecer información confidencial de sus clientes. A veces la respuesta era seca y cortante sin dar lugar a réplica. A veces era mucho peor: un interrogatorio sobre quién era yo, desde dónde llamaba —¿llama usted desde el extranjero, desde un país islamista o simpatizante del islam, podía darles mis datos personales y dirección…?— y otras lindezas parecidas que me hacían desistir ante el miedo de acabar en una cárcel americana sólo por buscar un maldito número.

Me rendí después de la séptima llamada. Y de nuevo me lancé a las reflexiones sin final, empezando a analizar la historia desde el principio y sin llegar a ningún sitio. Pero lo peor era cuando miraba hacia adelante: ¿qué hacer a continuación? La pregunta era simple, pero la respuesta era como un muro de hormigón, detrás del cual no se insinuaba ninguna solución. Todo esto lo hacía, por supuesto, sin comentarlo con Mario. Había llegado incluso a esconder el libro en un cajón de mi mesa de la oficina, bajo un cúmulo de papelajos y cerrado con llave, tal era el miedo que tenía de que mi compañero de piso cumpliera la amenaza de coger el libro y prenderle fuego.

Tras varias semanas de no poder pensar en otra cosa, resolví pasar a la acción. Había tomado una decisión sin precedentes y era esto lo que acababa de comunicar a Mario.

—En efecto, me voy. Creo que es lo mejor que puedo hacer —Le miraba furtivamente mientras recordaba dónde estaba el libro y estudiaba la manera de mantenerlo alejado de sus manos.

—Pero por dios, ¿sabes cuánto cuesta un viaje a la costa oeste de los Estados Unidos? —Su enfado iba en aumento a medida de que soltaba la perorata— Además, necesitarás bastantes días, sólo para ir y venir, sin contar con el tiempo hasta que localices a la tal Julia y consigas hablar con ella… suponiendo que lo consigas. No creo que la bruja te dé unas vacaciones a ti, con lo que te quiere.

—No importa, tengo unos ahorros y creo que este es el mejor momento para utilizarlos —intenté crecerme para no ser arrollado por aquél ciclón— Y por el tiempo no hay problema, a partir de ahora voy a tener todo el del mundo…

—¿Cómo? ¿No me digas que te han despedido?

—Ni hablar… He dimitido yo, ya no aguantaba a la miserable carcamal. No hacía más que amargarme la vida.

—¡Por dios…! —Se dejó caer en el sillón como fulminado por un rayo mientras se alisaba la melena con una mano— Empiezo a creer que lo que te pasa no es que estés loco… ¡Tú lo que necesitas es un buen polvo!

—Vale, ya estás con lo de siempre… ¿Puedes dejar de pensar por una vez con la cabeza de abajo?

—No, no, lo digo en serio… ¿Cuándo fue la última vez que saliste con un chica desde que rompiste con Marian? —sacó una pequeña agenda de la cartera y me la mostró señalándola con un dedo— Berta tiene una compañera de trabajo que acaba de dejar al novio. Es también modelo y está más buena que el pan. Su desconsuelo es total y lo vas a tener chupado… Voy a quedar con las dos y nos corremos una juerga, verás cómo después ni te acuerdas de…

 —Para, Mario, déjalo ya… —me puse lo más serio que conseguí aparentar— Lo tengo decidido. Además no voy a perder el tiempo. Aprovecharé el viaje para aprender inglés de forma definitiva, estos días he comprobado que lo tengo oxidado del todo —esperé un segundo y le observé fijamente para advertir la reacción ante la bomba que iba a soltarle—. Me he matriculado en una escuela de idiomas y pasaré tres meses estudiando en la ciudad mientras intento contactar con Julia.

—Vaya… —su tono cambió de enfadado a consternado y se quedó mirándome sin creer del todo lo que estaba pasando— ¿Entonces qué hacemos con el piso, me vas a dejar tirado? Ya sabes que yo sólo las pasaré canutas para pagar el alquiler…

—No, ni hablar —le tranquilicé— me voy sólo para tres meses, no para siempre. Seguiré compartiendo el piso y pagando el alquiler, no te preocupes. En cuanto vuelva hablando inglés como un yanqui, verás como encuentro un trabajo cien veces mejor que el que tenía.


CAPITULO IV

Diez días después despegaba en el avión que me conduciría a la costa oeste americana, con escalas en Londres y Nueva York. Un gusanillo nervioso se dedicó a pasear por mi estómago durante todo el viaje. Entre cabezadas, comidas y películas en el avión, me planteaba una estrategia para cuando tuviera que afrontar a Julia, suponiendo que pudiera encontrarla. Pero cada vez que intentaba concentrarme en qué tenía que hacer o decir llegado el momento, recordaba una vez más que fijarme una forma de actuar no había servido para nada hasta el momento, por lo que terminaba decidiendo actuar a la española: de forma improvisada y sobre la marcha. Además, no tenía ni idea de cómo sería la chica a la que seguía el rastro, tanto desde el punto de vista físico como personal. No había tenido la precaución de pedirle una foto a Marta, pero tampoco estaba seguro de que me la hubiera dado, teniendo en cuenta el estado de ánimo en que la dejé cuando me fui a toda prisa de su casa.

A continuación me concentraba en Julia e intentaba imaginármela de todas las formas posibles: Alta o baja; rubia o morena; pelo largo o corto; delgada o rellenita; moderna o chapada a la antigua… De todas estas formas la imaginaba y ninguna me cuadraba con la única persona de mi entorno que se suponía que conocía a Laura. Aunque estaba claro que Julia no era exactamente de mi entorno. Hacía una pequeña pausa y entonces mi imaginación volaba hacia Laura. En este caso sí que podía crear una imagen mental de su aspecto. La veía claramente como una muchacha del movimiento hippie, escapada de una postal de los años sesenta, con el sempiterno deseo de salvar al mundo a la mínima oportunidad. Tendría el pelo largo y muy negro, recogido con una cinta de colores al estilo indio. Su piel estaría tostada por las largas horas al sol, tocando la guitarra o la flauta y jugando con un perro desgreñado y flaco. Estaría cubierta por un vestido vaporoso de falda larga y voladora, con un colorido mezcla de todos los tonos del arco iris. Como toque final, llevaría flores en una oreja sujetas por el pelo, seguramente un ramillete de margaritas, que renovaría cada día al despertar.

Todo esto lo veía en imágenes difusas que se repetían una y otra vez en los periodos de ensueño que me asaltaban durante las largas horas de vuelo. Cuando el sobrecargo anunció la llegada al aeropuerto internacional de San Francisco y el aterrizaje inmediato, el nerviosismo me despejó totalmente, teniendo en cuenta el pánico que siempre me ha producido el momento del impacto de las ruedas del avión sobre la pista de aterrizaje. Tomé un taxi e intenté afinar mi inglés para transmitir al conductor la dirección de la residencia estudiantil donde me alojaría en las próximas semanas. Mi primera sorpresa fue agradable, al descubrir que el taxista se llamaba Manuel, que era originario de Ciudad de México, y que hablaba un perfecto español al nivel de los culebrones más plomizos emitidos por las cadenas televisivas españolas. En poco más de una hora, y tras un viaje que cruzó casi toda la ciudad, me encontré deshaciendo las maletas en mi nuevo alojamiento, aunque para ello sí que tuve que empezar a poner en práctica mi torpe inglés de modo que pudiera entenderme la muchacha india que se encontraba en la recepción de la residencia.

El primer día como forastero del lugar, un domingo húmedo y templado de final de primavera, lo pasé somnoliento debido al jet lag de tan largo viaje. Pero en cuanto empezó la rutina el mismo lunes, las cosas empezaron a rodar de forma natural. Por la mañana y hasta las dos de la tarde asistía a clase en la escuela de idiomas que se encontraba a apenas tres manzanas de mi centro de operaciones y a la que llegaba andando en menos de diez minutos. Por la tarde me dedicaba a hacer turismo, recorriendo las calles a pie o en transporte público, y buscar cada rincón marcado como de interés para el visitante en la guía de la ciudad que había tenido la precaución de comprar antes de salir de Madrid.

He de reconocer que San Francisco me sedujo al instante y que por un tiempo olvidé la razón real por la que había llegado hasta allí, haciendo un salto de extremo a extremo del planeta. Todo era magnífico y a la vez familiar, quizá por las muchas veces que había visto la city en las películas y series americanas que tanto nos gustaban a Mario y a mí. Las interminables calles en cuestas imposibles, el cable-car —tranvía típico y diferente al de otras tantas ciudades que había visitado hasta entonces—, el enorme Golden Gate, tan rojo y magnífico como se apreciaba en la pantalla del cine o la televisión, la Roca —isla que alberga la cárcel de Alcatraz—… En fin, todo aquello, junto con los altos rascacielos en cuyas últimas plantas siempre había un bar donde tomar una cerveza y mirar al entorno como lo haría un pájaro, eran a la vez impresionantes y se me aparecían como un continuo dèja-vue.

Las gentes, almas provenientes de mil y un países de todo el mundo, se mostraba afable y dispuesta a ayudar en cualquier situación, incluso a pesar de mis dificultades con el idioma, cuestión que notaba como iba mejorando día a día, una vez imbuido en un mundo que parloteaba veinticuatro horas al día un inglés pronunciado con todos los acentos conocidos del universo. Enseguida hice amigos entre los compañeros de clase, gente joven como yo y con ganas de disfrutar de su estancia aparte de aprender el idioma de Shakespeare. Con ellos pasaba largas tardes en el Fisherman Warf, zona del puerto donde se juntaba el mayor número de bares por metro cuadrado de la ciudad y donde se podían degustar cervezas con etiquetas de todos los colores mientras se deglutían cucuruchos de pescado y marisco condimentados a la americana, es decir, con un gusto estrambótico. La mayor sorpresa me la produjo descubrir que los nativos del lugar comían langostas y bogavantes de aspecto plastificado con salsa de kétchup. A la fuerza intentaron hacerme probar mis amigos aquella aberración de la gastronomía, y con un ataque de risa que amenazaba con partirme por la mitad me negué en varias ocasiones, hasta que al final desistieron y me ofrecían gambas de color oscuro, mientras ellos chorreaban los jugos del marisco y del rojo brebaje en unos baberos de plástico que eran de obligatorio uso si no querías pringarte hasta las orejas.

* * * * *

Este ajetreo duró más de dos semanas. Los recuerdos de las tres mujeres que habían protagonizado mi vida durante los últimos tiempos, habían pasado durante ese periodo a un segundo plano y apenas venían a mí unos segundos en las noches al acostarme, los segundos antes de caer profundamente dormido, en parte por el cansancio de patear la ciudad, en parte por la cantidad ingente de cerveza que solía ingerir cada día con mis nuevos compañeros de correrías.

Una vez pasada la novedad, empecé a bajar el nivel de salidas turísticas y fue entonces cuando tuve tiempo de concentrarme en el objetivo de mi estancia en tan interesante metrópoli. Una tarde en que dejé plantado a mis amigos en una excursión para visitar una famosa universidad de la zona, saqué de un rincón de la maleta el papel escrito por Marta con la supuesta dirección de Julia. La busqué en Internet y descubrí que se hallaba en una franja de la ciudad que había conocido en una de las salidas nocturnas más golfas. Se trataba de una zona donde la música grunch estaba a la última en los abundantes garitos y donde se movía con soltura la droga y la prostitución.

Cuando decidí dar una primera vuelta de reconocimiento por el lugar, me asaltó la vaga idea de que Julia pudiera ser una fulana, y este pensamiento me causó cierto desasosiego. En la poca información que le había sacado a Marta aquella aciaga noche, nunca habría podido sospechar tal extremo. Me tranquilizó, sin embargo, ver por las calles a chicas con atuendos y aspecto de bailarinas que entraban en algunos teatros donde grandes carteles luminosos anunciaban espectáculos musicales de lo más formales —para toda la familia, que diría mi madre—. Lo más probable es que Julia fuera una artista, cantante, bailarina, tal vez actriz de culebrón, y con toda seguridad no tendría ninguna relación con el mundo del hampa.

Me planté ante el portal de la casa de apartamentos de cinco alturas y dirigí mi mirada hacia el cuarto piso, intentando adivinar si alguna de las tres ventanas que se divisaban desde mi posición podía ser la que llevaba apuntada en el papel apretado en mi mano derecha. Era ya noche cerrada y todas las ventanas estaban apagadas, indicación de que no había nadie en casa o de que los que hubiera se hallaban durmiendo, por lo que decidí dar una vuelta alrededor del bloque e investigar si existían otros apartamentos en la misma altura. Otras ventanas se veían por la parte trasera del edificio, también sin luz visible, por el lado en que se ubicaba un pequeño jardín y una piscina que más bien pareciera una bañera grande. Nada especial que resaltar. Supuse que eran las estancias traseras de los mismos pisos que había visto desde la calle exterior. Como era algo tarde, decidí aplazar la investigación para los días posteriores.

* * * * *

Respirando profundamente para contener los nervios, a las seis de la tarde de un miércoles, cuatro semanas más tarde de haber llegado a la ciudad, empujaba la puerta del portal de la casa. Un angosto pasillo entre paredes de color malva desembocaba en un pequeño hall en el que se vislumbraba un mostrador con un portero sentado leyendo una novela barata de indios y vaqueros. Al no reconocerme se puso en pie y pude comprobar sus casi dos metros de altura; me observó desde ellos con una mirada que intentaba ser amenazadora.

—¿Viene usted a visitar a algún inquilino? —fueron sus primeras palabras sin saludo previo.

No había previsto la presencia de un conserje, y menos con aspecto de gorila, pero enseguida recobré la compostura e imaginé la forma de resolver la situación al estilo de las muchas películas vistas en mi joven vida. Un billete de diez dólares cambió de mano de forma rápida y enseguida la predisposición del orangután tornó en un tratamiento amable y desenfadado. Pregunté por la inquilina del piso 4B, argumentando que era una buena amiga y que tenía una cita con ella. El positivo efecto del billete palpitando en su bolsillo, hizo que el conserje perdiera el interés por el detalle de preguntarme si conocía el nombre de la interpelada, y con un gesto amigable me señaló el ascensor de la izquierda. Subí sin más contemplaciones, rogando que alguien me abriera la puerta, a ser posible la misma Julia. Tenía la sensación de que si tenía que volver otro día e intentar el truco con el portero una segunda vez, ésta no me sería tan fácil, o al menos el jueguecito terminaría costándome una fortuna.

Pulsé el ding-dong del timbre y me quedé esperando con las manos en los bolsillos a que se abriera la puerta. Tras unos segundos que se me hicieron interminables, ésta se abrió y la muchacha que se mostró detrás no ofreció el aspecto de llamarse Julia. Hice un recorrido rápido por su figura y enseguida tuve hecha la ficha completa de la chica. Se trataba de una joven de raza asiática, unos veinticinco años, pelo negro cortado a lo chico, envuelta en un albornoz y aún chorreando agua. Era muy mona, acordé tras el completo chequeo, pero definitivamente no era la chica que buscaba.

—¿Puedo ayudarte en algo? —Su inglés era penoso, incluso peor que el mío el día que llegué a San Francisco unas semanas atrás.

Intenté hablar lo más despacio posible, en parte por entendernos, en parte por mostrarme como un ser inofensivo, sin ningún tipo de interés en hacerle daño.

—Verás… Busco a una persona que quizá vive aquí. Su nombre es Julia. J-u-l-i-a —Deletreé el nombre porque si era difícil que me entendiera en inglés, no tenía ninguna esperanza que pudiera entender a la primera un nombre pronunciado en castellano.

—No, aquí no vive nadie con ese nombre, tal vez te has equivocado de piso o de puerta.

Le mostré el post-it con la nota escrita a lápiz por la mano de Marta y le hice el comentario de que la dirección era la correcta, tal vez el problema era que ella hubiera vivido allí en el pasado y que se hubiera mudado.

—Puede ser —me dio la razón—. Yo vivo aquí desde hace sólo tres meses, tal vez  antes viviera tu amiga Julie, o como se llame… —puso una sonrisa de compromiso, como disculpándose por no saber pronunciar el nombre.

—De acuerdo… Gracias y disculpa por haberte molestado. Bye —Me volví dispuesto a dirigirme al ascensor, con una sombra de resignación y pesar en la mirada. Y quizá fuera el pesar lo que conmovió a la guapa chinita, porque me cogió del brazo y tiró levemente de mí como para impedir que me fuera.

—Espera… creo que me he portado de forma descortés… ¿Quieres pasar? No tengo mucho tiempo, en dos horas empiezo a trabajar, pero podemos tomar una copa mientras me cuentas más sobre tu amiga… ¿Julia? —Sonrió satisfecha ante mi confirmación de que esta vez había acertado y siguió hablando— Se ve que la querías mucho, no hay más que verte… Por cierto, me llamo Anika.

Yo soy Juan, comenté mientras aceptaba su invitación y entraba en el pequeño apartamento de una sola habitación, pero amplio y acogedor. La limpia moqueta que cubría el suelo resultaba calurosa en aquellos momentos del año, pero se veía cálida y acogedora en las frías noches invernales. Las paredes se hallaban cubiertas de numerosos cuadros hechos de forma industrializada, como copiados de la sala de espera de un dentista. Un gran sillón, de cuero duro como la piedra, hacía las veces de lugar donde sentarse durante el día, al mismo tiempo que de cama improvisada para las visitas, durante la noche. Otro sillón individual, dos sillas y una pequeña mesita de comedor con un tapete y un florero con flores de plástico sobre él, eran el resto de la decoración. Eso sin contar la televisión plana colgada en un extremo de la pared, justo enfrente del sillón principal. El ventanal situado detrás de éste debía haber sido uno de los que había estado observando la noche de la primera visita al edificio. La clara conclusión era que se trataba de un apartamento de paso, alquilado por semanas, como mucho meses, a gentes que iban y venían, sin mayor intención que la de ser utilizado como residencia temporal. Sentí esfumarse la única pista que tenía del paradero de Julia, al tiempo que me sentaba, aceptando el gesto invitador de Anika.

La muchacha se dirigió hacia la cocina americana, fronteriza con la amplia sala, y con una barra en lugar de pared, al estilo de lo que se veía en las series americanas de amigos que viven juntos diciendo todo tipo de frases ocurrentes para regocijo del televidente.

—¿Qué quieres tomar? No tengo gran cosa, no vivo mucho en la casa, casi la utilizo sólo para dormir. ¿Una coca-cola? Es lo único que nunca me falta… ¡Qué sería de mí sin la coca-cola!

En aquellas casi dos horas que pasé con Anika, conocí muchas cosas de la muchacha. La primera, que era la persona más parlanchina, aunque terriblemente simpática, que he conocido en mi vida. Con su lengua de trapo se empeñó en contarme su historia, en vez de dejarme hablar para contarle la mía, cosa para la que supuestamente me había invitado a entrar.

Así supe que no era china, sino coreana. Del sur, por supuesto, que son los buenos de la película, ¿no? Se reía con cada ocurrencia mientras daba sorbos a su botella de coca-cola. Supe también que Anika era su apodo profesional, su nombre real era largo e impronunciable para cualquiera que no fuera de su país, por lo que se lo había cambiado al empezar a trabajar como bailarina en una obra musical que estaba dando la vuelta al mundo. Hoy en San Francisco, mañana en Hawaii, pasado en Nueva York, qué más daba. Es una vida dura, me dijo con ojos soñadores, pero cien veces mejor que la que hubiera podido tener si me hubiera casado con el modesto funcionario que mis padres me habían elegido como marido. El tiempo se pasó como por ensalmo, sin que yo hubiera podido casi intercalar una docena de palabras en la conversación. Conseguí, antes de que me empujara por la puerta con prisas porque tenía que ir al trabajo y se le hacía tarde, que aceptara una cita para el día siguiente de modo que pudiera hablarle de mi querida Julia, como ella la llamaba.

Y así nos volvimos a ver, aunque no sólo la siguiente tarde. Durante las dos semanas siguientes, Anika y yo nos hicimos inseparables. Estaba claro que la simpática muchacha estaba deseando conocer gente. Le presenté a mis amigos de la escuela y se venía con nosotros a todas partes siempre que podía, en los periodos en que no se encontraba trabajando o durmiendo. De hecho, dejó de dormir por pasar conmigo más de una tarde. Y, por supuesto, terminamos durmiendo juntos, a veces en su apartamento, a veces en mi residencia. Sin compromisos, sin futuro, me hizo prometerle. La vida es efímera y hoy estamos aquí y mañana allí, no es bueno crear lazos que están destinados a romperse de antemano, era una de las frases que repetía continuamente.

Entre vueltas y vueltas por la ciudad, saboreando las cervezas y el pescado de todos los bares del puerto, le pedí una noche que me ayudara a investigar si había una tal Julia en el registro de inquilinos de la empresa propietaria del edificio de apartamentos. No teníamos claro como podía conseguir semejante información, pero Anika me sugirió con sonrisa de vampiresa que ella podía ser muy perversa si tenía que conseguir algo de un hombre. Especialmente si se trataba del gorila tonto y simplón que trabajaba como conserje y vigilante en el edificio de apartamentos, rió a carcajadas. Y vaya si lo hizo, al día siguiente se presentó en la residencia de estudiantes con un papel impreso en la mano.

—Tengo algo para ti, aunque no sé si son buenas noticias… —dijo tras darme un fugaz beso y lanzar su chaqueta veraniega sobre el sillón.

—Diablos, pues es cierto que eres una mujer perversa —sonreí con un gesto de admiración, al tiempo que cogía la hoja de impresora que me tendía.

—Julia vivió en mi apartamento hace casi dos años, lo que tú dijiste. Pero lo abandonó seis meses después de llegar —iba relatando las mismas noticias que yo iba descubriendo en la fotocopia del registro de alquiler del edificio—. El nombre que aparece es el auténtico, Julia, aunque los apellidos con los que se registró están cambiados… En cualquier caso está claro que se trata de la chica que estás buscando.

—Sí, no cabe duda de que es ella.

—Lo siento —me acarició el brazo con un gesto de tierna amistad, lamentando haber sido la portadora de tan buenas y malas noticias a la vez— No he conseguido nada más. El gordo seboso me dijo que no acostumbran a guardar datos del destino de los antiguos huéspedes, en el caso de que estos quieran dejar rastro, que no es lo habitual.

—Se acabó, este es el punto final de mi investigación, ¿no crees…?

—Sí, eso me temo… pero cambia esa cara hombre… —soltó una risotada como si se acabara de recordar de algo gracioso— Me debes una copa en Maxim’s por los servicios prestados. No te imaginas lo pesado que se ha puesto el gorila apestoso… Si me hubiera dejado, me habría echado un polvo en la misma garita de conserje… Menos mal que mantengo intactas mis habilidades de taekwondo. Qué sorpresa se ha llevado cuando le he dado una patada en la espinilla y me he escurrido de sus manazas a toda prisa… —volvió a reír a carcajadas.

Aquella noche fuimos a Maxim’s y a otros tres garitos más. Era su día libre y no tenía prisa por volver a casa. Paseamos por las calles más turísticas, repletas de viandantes deseosos de vivir la noche. Cenamos unos perritos calientes en un puesto ambulante y bailamos hasta caer rendidos en la boîte más chic del momento. Al acompañarla a su apartamento, me confesó que no íbamos a poder estar mucho más tiempo juntos. La temporada del musical llegaba a su final en San Francisco y en unos días partirían hacia un nuevo destino, tal vez Las Vegas, aunque no estaba todavía segura.

Nos despedimos con un fuerte abrazo. Quedamos en vernos antes de que dejara la ciudad y nos fuimos cada uno por nuestro lado. Aquello pareció el disparo que inició los acontecimientos que se sucederían en los días posteriores.

* * * * *

 El sonido de la melodía del móvil me sobresaltó de tal manera que casi me caigo de la cama. Miré el despertador: las tres de la madrugada. ¿Quién diablos podría estar llamando a semejantes horas? Temí por Anika, quizá estaba siendo asaltada por el inmenso portero de su edificio. Recordé, sin embargo, que había salido para las Vegas el día anterior, por lo que tenía que tratarse de alguien diferente. Pulsé a tientas el botón verde del teléfono al no poder identificar al llamante en la pantalla del iphone.

—¿Juan…? —La voz femenina que me hablaba era conocida, pero tenía el cerebro aún turbio por el sobresalto del despertar que acababa de padecer y no conseguía localizarla en mi base de datos de voces familiares.

—Sí, soy, yo… ¿quién eres?

—Soy Marta, necesito hablar contigo urgentemente…

—¿Marta…? —corté tajantemente la frase de mi casi amiga, recordando las veces que lo había hecho ella conmigo— Marta, por dios, ¿sabes qué hora es en esta parte del mundo? ¡Casi me muero del infarto! ¿No puedes esperar a una hora menos inhumana…?

—No puede ser, Juan, te llamo por un asunto que no puede esperar… —el tono de voz era nervioso en exceso para tratarse de Marta, la asertiva, lo que me empujó a esforzarme por despejar mi nublada mente y prestar atención— ¿Tienes el libro de Laura, verdad?

—En efecto, lo tengo, ¿pero es eso un delito? —mi respuesta fue más una queja sumisa que cortante— Lo traje conmigo para mostrárselo a Julia, que por cierto se ha esfumado y no he conseguido encontrarla.

—Tienes que volver inmediatamente —Esta vez el ruego era imperativo—. Mario está en un grave peligro. Si de verdad es tu amigo, déjalo todo y vuelve con el libro lo antes posible. Podrías enviarlo por mensajero, pero sería demasiado lento. Tienes que coger el primer avión que salga para Madrid.

—Espera, Marta… —aunque intentaba no ser descortés por el aprecio que había cogido a aquella chica de ojos embriagadores, empezaba a sentirme un pelín cabreado por esta nueva imposición sin explicación alguna, que no era sino una gota más que estaba a punto de desbordar el vaso— ¿Me estás pidiendo que lo deje todo y que salga disparado hacia el aeropuerto, casi en pijama? Al menos podré darme una ducha y afeitarme, digo yo…

Las últimas palabras habían intentado ser irónicas, pero Marta no las captó o, si lo hizo, lo pasó por alto. Sin cambiar de tono, soltó una siguiente frase que me heló las venas. 

—Tú no encontraste el libro, sino Mario, me lo ha dicho esta mañana.

Sentí un escalofrío culebrear por mi espalda.

—Sí, en realidad fue Mario quien lo encontró, ¿no te lo dije? Pero… ¿Has hablado con él, para qué, no habrá intentado ligar contigo…? —para variar, pensé mientras me venía a la cabeza la sonrisa triunfal del golfo de mi amigo.

—Sí, he hablado con él. Le he llamado hace un rato. Estaba preocupada por ti, no sabía nada desde la noche que estuviste en casa. Tenía su número de móvil y pensé llamarle a él antes para ver si seguías resentido conmigo.

Hubo un silencio en la línea, tras la cual Marta siguió hablando.

—Me ha contado toda la historia. Tu viaje a San Francisco para seguir la pista de Julia. Tu fijación por encontrarla para desentrañar el misterio de Laura.

—Te lo dije la noche que me diste su dirección. Tenía intención de buscarla, pero no tuve forma de hacerlo por teléfono, no conseguí un número al que llamarla por mucho que lo intenté.

—¿Recuerdas lo que te dije? —Su voz sonaba calmada ahora, tal vez resignada.

—No sé, ¿a qué te refieres?

—A que no abandonaras el libro por nada del mundo.

—Sí, lo recuerdo, y es lo que he hecho todo este tiempo. Lo tengo en el cajón de mi mesilla, duermo a su lado todas las noches.

—Ya… —Oí como tomaba aire para decir la siguiente frase— Te dije que si lo abandonabas corrías un grave peligro. Pero lo dije porque creía que tú habías encontrado el libro. Pero no fuiste tú, sino Mario… —Un nuevo segundo para tomar aire— Es por eso que me equivoqué: el que puede morir en cualquier momento es él…

Me quedé helado. Intercambiamos unas palabras más, pero de nuevo Marta se encerró en un misterio del que no conseguí sacarla. Quizá me estaba volviendo débil, o quizá era que aquella chica me estaba empezando a correr por las venas como una dulce droga. El caso es que esta vez no quise discutir más con ella. Le di mi palabra de que volvería a Madrid lo más rápido posible, que no tuviera cuidado. En justa correspondencia, intenté que me prometiera que algún día me desvelaría la verdad de todo aquél embrollo, pero ella se evadió con nuevas excusas, como era su costumbre. Me dejó estupefacto, sentado como alelado sobre la cama y acariciando el móvil silencioso. Tal vez lo que intentaba acariciar era la voz suave de Marta, rogándome que volviera a casa desde nueve mil kilómetros de distancia.


CAPITULO V

Tomé el primer vuelo que pude encontrar y dos días después aterrizaba en Barajas. Eran las doce de la mañana, hora local, y el calor de principios del verano se dejaba notar. Esperé treinta minutos la salida de la bolsa de viaje —una pequeña mochila en realidad— que había traído conmigo, entre una algarabía de turistas que corrían de aquí para allá a la caza de sus enseres. En realidad, no pensaba quedarme mucho tiempo en Madrid, por lo que no había necesitado traer todas mis pertenencias. Había planeado ver a Mario para devolverle el libro y después hablar despacio con Marta, pero enseguida volver a mis estudios de inglés en San Francisco. Aquello, además de haberme costado un dineral, me estaba gustando y quería apurar las semanas que me quedaban para después sacarle partido con un nuevo y mejor trabajo en Madrid, el cual me permitiera volver a la vida normal. Maldije cada minuto del tiempo que tardó la mochila en aparecer por la cinta transportadora. Había pasado casi dos días de nervios para llegar hasta allí, y ahora unos simples minutos se me hacían eternos.

Para coger un taxi tuve que esperar una nueva cola. A pesar de la irritación de la espera, me sentí feliz al entender perfectamente la conversación que estaban manteniendo en inglés un grupo de turistas que esperaban pacientemente delante de mí. Parecía evidente que mi esfuerzo al otro lado del charco estaba dando resultados. Respiré profundamente, sintiéndome hinchar de orgullo como un globo. Diez minutos después entraba en el taxi y le indicaba al conductor la dirección de mi casa, al tiempo que le pedía que se diera la mayor prisa posible.

—Vaya día para ir a esta zona amigo… —fue la respuesta del taxista al oír cual era mi destino, con un gracejo andaluz que no dejaba traslucir si hablaba en serio o en broma.

Se volvió ligeramente hacia mí mostrando el palillo que mordisqueaba con empeño, y el súbito olor a vino barato que hizo llegar a mis fosas nasales me hizo pensar que quizá estaba un poco achispado.

—Pues es la única dirección a la que puedo ir —le seguí la corriente intentando mostrarme sociable—. Porque es ahí donde vivo. Vamos, que es el único sitio en que no me van a cobrar por dormir…

Arrancó el coche y sorteando con habilidad todos los demás vehículos que intentaban entrar o salir de la zona, se lanzó a la carrera tan aprisa como podía, que en realidad no era demasiado.

—No… si yo le digo esto a usté por lo que ha pasado esta mañana, usté ya sabe…

—Pues no, no sé —mi curiosidad iba en aumento—. Acabo de volver de un largo viaje y no me he enterado de nada. ¿Ha pasado algo raro?

—Pues hombre qué va a ser, el accidente de las obras…

—¿De las obras? ¿Qué obras? —al principio el taxista se había lanzado a hablar, pero ahora la lentitud del hombre por explicarse me estaba empezando a exasperar.

—Pues las obras del metro… Se han hundido y han afectado a algunos edificios de alrededor. Incluso ha habido muertos.

Si me hubieran dado una puñalada por la espalda no habría sentido un estremecimiento mayor. Empecé a sudar y a sentir palpitaciones. El frío interior que me invadió súbitamente contrastaba con los más de treinta grados que marcaban los termómetros de la calle. Una voz lejana que sonaba como Marta se posó en mi cabeza viniendo desde un rincón lejano de mis recuerdos. No eres tú, es Mario el que está en peligro.

—Dios mío, ¿no sabe nada más? ¡Ponga la radio, por favor! —urgí todo lo que puede con la voz atenazada por el miedo.

Puso las noticias y la voz del locutor repetía una y otra vez los mismos mensajes, con una información todavía imprecisa porque la policía y los bomberos no dejaban a los periodistas acercarse a menos de cien metros del accidente.

—Parece que los datos se van confirmando —oí narrar al enviado al centro del desastre, la zona cero, como la llamó según la moda impuesta desde el atentado en las torres gemelas—. Ha habido un edificio totalmente hundido y varios afectados. El número de éstos está aún por determinar, pro parece que hay diez heridos y una sola víctima mortal.

—Vaya con el tío jodío… —la voz del taxista me llegó como desde el espacio exterior—. Ha visto usté, dice que un solo muerto… Como si fuera una suerte, que se lo pregunten al muerto, no te joe

Las noticias se iban sucediendo mientras nos íbamos acercando a casa, pero las cifras no cambiaban a medida que la información se iba concretando. Una casa hundida y una víctima mortal. Y la certeza que me iba invadiendo era la de que yo sabía qué casa se había hundido y quien era el fallecido.

Al llegar a las inmediaciones de mi destrozada barriada, el revuelo alrededor de la zona del accidente no permitía que el taxista se acercara demasiado a mi edificio de apartamentos, por lo que decidí despedirlo y quedarme a dos manzanas de la casa. Me bajé del taxi con la mochila a la espalda y me dirigí hacia la zona acordonada por la policía. Me acerqué y divisé los escombros de lo que hasta hacía unas horas había sido la vivienda que Mario y yo compartíamos. Una sensación de derrota y de haber llegado a destiempo me invadió. De buena gana me habría sentado en el suelo y me habría puesto a llorar, pero el empujón de un policía, pidiendo que me alejara de la zona, me espabiló lo suficiente como para tomar de nuevo las riendas de mi vida y solicitar información a las personas que había alrededor. Una señora bien informada, basada en lo que había oído transmitir a una periodista de televisión, me dijo que los heridos los habían trasladado al Hospital Puerta de Hierro. Le di las gracias con un apretón en el brazo y salí para allá a la carrera.
  
* * * * *

Un ahora después me encontraba sentado en una silla a la puerta de la UCI donde habían internado a Mario después de una operación a vida o muerte. Tras preguntarme si era un familiar del paciente y decirle que era el mejor amigo de que disponía en la ciudad, el médico me había informado que lo habían intentado todo, pero que Mario había muerto dos horas antes de que yo llegara. Me quedé allí, solo, rumiando la pena que me invadía. El blanco de las paredes y el silencio del entorno, mezclado con el olor a alcohol y a medicinas mentoladas, parecían conformar el mejor marco donde podría encontrar una paz interior que, por más que lo intentaba, no llegaba a sentir. Las lágrimas llegaron por fin a mis ojos, y lloré amargamente la muerte del amigo. Sí, tenía que reconocerlo, Mario era un tremendo golfo, pero era el mejor amigo que había tenido y que tendría jamás.

No sé si pasé allí una hora o dos, tal vez más. El tiempo se me hacía intrascendente en aquella situación. No advertí la presencia de Marta hasta que sus pasos silenciosos la acercaron a medio metro de mí. Antes de verla a ella, noté su calor y su perfume. Levanté la cabeza que había estado sosteniendo entre mis manos en un gesto de desesperación sin consuelo y la observé durante unos segundos. Llevaba la melena recogida en su eterna coleta y el aspecto vidrioso de sus ojos denotaba que ella también estaba sujetando las lágrimas. Debía conocer la noticia de la muerte de Mario, porque llevaba puesto un vestido de color oscuro, con falda amplia, pero por debajo de las rodillas. Vestía como para un funeral, advertí. Pero aun así era la mujer más hermosa que había conocido jamás. Lo había sabido siempre, desde el primer momento que la vi en Darling. Siempre me había maldecido por haber empezado con ella con tan mal pie por culpa de una rubia de bote, objetivo de Mario, de quien intenté conseguir el teléfono para pasárselo a mi amigo.

Tan silenciosa como había llegado, Marta se sentó junto a mí. No dijo nada, parecía que estaba todo dicho, que sus proféticas palabras no necesitaban ser refrendadas. No percibí tampoco en ella una mirada acusadora que pudiera haber dicho: ya te lo advertí. Lo agradecí, en ese momento necesitaba una mano amiga que me apoyara, no alguien que actuara como el eco de los reproches que yo llevaba varias horas haciéndome a mí mismo.

—Es un ángel… —fueron sus primeras palabras después de largos minutos de silencio.

—¿Un… ángel? ¿quién es un ángel? —no pude entender a qué se refería, parecía hablar por decir algo.

—Laura… ella es un ángel.

—¿Cómo es posible, qué quieres decir? —seguía sin dar crédito a lo que Marta decía.

—Ayuda a la gente a través del libro. La persona que lo encuentra es porque está a punto de morir… por un accidente, por una enfermedad o por lo que sea…

—Pero… ¿Por qué no me lo dijiste? Quizá si hubieras hablado claro… —ahora era yo quien estaba lanzando veladas acusaciones.

—No podía… —levantó la cabeza y me miró fijamente. Noté que quería mostrarme la total sinceridad de sus palabras reflejada en sus ojos. Necesitaba que la creyera en lo que iba a decirme a continuación— Yo creí que eras tú quien había encontrado el libro. Y quien encuentra el libro no debe saber de qué se trata, debe creer en el mensaje por sí mismo. Si yo te lo hubiera contado, el hechizo se habría roto y Laura no habría podido ayudarte. No podía decirte nada porque si eras el destinatario del libro, te habría condenado a muerte.

Permanecí mudo unos segundos. Intentaba digerir la extraña información que me revelaba Marta, justo la información que aquella aciaga noche me había ocultado… para ayudarme.

—Y ahora, ¿por qué me lo cuentas?

—Porque lo que tenía que pasar ya ha pasado… Ya nada puede hacerte daño.

—Entonces… —reflexioné en voz alta sobre la imagen que me llegaba súbitamente a la cabeza— El libro intentaba salvar a Mario, pero no a mí. Si Mario hubiera tenido el libro, el se había salvado, pero yo… ¡era yo quien debería estar muerto!

Mi desesperación era incontenible al descubrir la verdad. Mario había muerto en mi lugar, Laura quiso salvarle a él, ¿por qué no a mí?

—No debes martirizarte. De alguna manera ella eligió salvarte a ti. Si fuiste en busca de Julia es porque creíste en el mensaje —hizo una pausa mientras tragaba saliva—. Creo que la historia ha vuelto a repetirse, aunque esta vez no ha terminado bien, como en el caso de Julia.

—¿Qué quieres decir? —No necesité fingir para mostrar sorpresa en la mirada.

Y Marta me contó por fin la historia de Julia. Empezó por el momento en que ella había encontrado el libro en un muro que rodeaba el jardín de un parque cercano a su casa. Lo había llevado consigo atraída por la singular dedicatoria. Se lo comentó a Marta y ambas lo habían leído, pero Julia lo despreció como una estúpida e inútil novelucha de poca monta con un mensaje para incautos, según su definición textual. Marta, sin embargo, había quedado impresionada por la frase de la primera página y lo había guardado con cierta aprensión, tenía la certeza de que en un momento u otro le sería descubierto su significado.

Y, en efecto, así fue. Una tarde mientras cenaba, el sonido del teléfono la sobresaltó. Parecía sonar con sentido de urgencia. La voz de Julia sonaba metálica y entrecortada al otro lado de la línea. Decía que había sufrido un accidente con el coche aquella misma tarde, al salir del trabajo. Le pedía por favor… no, incluso le rogaba que le llevara el libro de Laura al hospital donde se hallaba, el Rosario, en el centro de Madrid. Que Julia llegara a rogar por algo le sorprendió a Marta como si hubiera visto a un ratón comerse a la serpiente, en vez de al revés. Pero entendió que se trataba de un asunto serio y no dudó en llevárselo a toda prisa.

Cuando preguntó en la recepción del hospital le dijeron que Julia estaba en la UVI y que no podía recibir visitas. Marta estuvo rondando por los alrededores de la sala donde estaba internada su amiga un tiempo hasta que tuvo la oportunidad de colarse en un descuido de las enfermeras de guardia. No la desaprovechó. Era una sala donde había varios pacientes y tuvo que descorrer varias cortinas hasta que dio con Julia. El sobresalto fue considerable al ver que su amiga no estaba sola, sino que a su lado se hallaba una niña pequeña, de unos ocho o diez años, que sostenía una mano de Julia entre las suyas. ¿Has traído el libro?, le preguntó la niña. Marta asintió y se lo mostró a la pequeña que lo cogió entre las manos y se lo puso a Julia en el regazo al tiempo que daba un paso atrás, indicando a Marta con un gesto que podía acercarse a su amiga.

Marta pasó varios minutos acariciando a Julia y hablándole bajito, animándola a resistir porque su llamada era una muestra clara de que se estaba recuperando. Ensimismada como estaba, le sorprendió la voz de reproche de la enfermera que le preguntaba qué hacía allí, cómo había entrado. Marta le comentó que había acudido a la llamada de su amiga, que había mantenido una conversación telefónica con ella hacía algo más de una hora y que por eso había acudido a acompañarla. La respuesta de la enfermera fue como un jarro de agua fría: Julia estaba en coma desde el momento del accidente, seis horas antes, y era imposible que hubiera podido llamar a nadie en su estado. Marta quedó anonadada con esta respuesta e intentó encontrar una solución inteligible a aquél enigma. Entonces… dijo, quizá me haya llamado la niña que está con ella aquí, acompañándola. La enfermera miró por todas partes, imaginando que aquella estancia se había convertido en un coladero, pero por más que buscaron a la niña, ésta no apareció. Debió pensar que Marta estaba loca, porque finalmente le pidió que se fuera de allí con malas pulgas, a lo que ella, consternada como estaba por los acontecimientos, no pudo negarse. Empezaba a dirigirse hacia la salida a paso corto, mientras la enfermera cerraba las cortinas que protegían a Julia, cuando ambas oyeron la tos de ésta y un hilo de voz pidiendo agua.

Cuando salió del hospital, varias semanas después, Julia mantenía ciertos recuerdos de Laura. Mencionaba, y Marta la creyó a pies juntillas, que había mantenido largas conversaciones con ella. Le había reprochado su incredulidad, que había podido costarle la vida. Y por último le había dicho cómo funcionaba el libro y cuáles eran las reglas a cumplir para poder ejercer la protección sobre el destinatario. Éste debía creer en el mensaje por sí mismo, si alguien le ofrecía una explicación, Laura no podría protegerle. ¿Y el libro, dónde estaba?, se interesó Julia un día de repente. Lo dejé en tu regazo, ¿no lo viste al despertar? Lo buscaron por todas partes, pero nunca llegó a aparecer. Imaginaron que Laura lo habría llevado consigo para dejarlo donde alguien pudiera encontrarlo y seguir así la cadena.

Terminada la historia de Marta, una idea me sobresaltó y cogí del suelo la mochila que llevaba conmigo, la apoyé en una de las sillas de la sala y la abrí como si me fuera la vida en ello. Había guardado en un bolsillo interior, cerrado con cremallera, el objeto más preciado en mi viaje de vuelta a casa. Lo busqué en vano sabiendo que no iba a volver a verlo nunca más: el libro de Laura había desaparecido.
  
* * * * *

Marta me invitó a quedarme en su casa el tiempo que necesitara. Al fin y al cabo, la mía ya no existía, así que acepté sin hacerme de rogar. La cercanía de ella, por otro lado, me hacía mucho bien y, quería creer sin estar seguro, que la mía también era de buen grado para ella.

El entierro de Mario se celebró dos días después. Su familia, a la que apenas había conocido hasta ese momento, acudió al sepelio con sus padres y dos hermanas a la cabeza. El día era claro, con un sol de justicia brillando sobre nuestras cabezas. El canto de los pájaros y el olor a hierba recién cortada daban a la escena una estampa de picnic campestre, muy alejado del acto luctuoso que se estaba produciendo en esos momentos. El entierro duró apenas unos minutos, tras la misa que se había celebrado unos momentos antes de trasladar a Mario hacia su última morada.

Según nos alejábamos, Marta agarrada a mi brazo, una estremecimiento me recorrió la espina dorsal, al tiempo que una fuerza invisible me hacía girar la cabeza hacia un montículo del jardín que rodeaba a la lápida de Mario. En el parterre divisé a una niña de unos ocho años vestida totalmente de blanco; lloraba amargamente mientras entre sus dos manitas apretaba contra el pecho un viejo libro de tapas de cartón arrugadas.



Pozuelo de Alarcón, 9 de Febrero de 2013



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