MENTIRAS Y SAL



PROLOGO

Permítanme que me presente. Mi nombre es Mariano Cifuentes López. Tengo treinta y siete años cumplidos. Soy natural de Bollullos del Condado, Cáceres, y ejerzo como funcionario de Correos en la localidad de Robliza de Cojos, Salamanca. Estoy casado, aunque sin hijos. Me gusta tomar un vino antes de ir a casa por las tardes, después del trabajo, y un vermut con aceitunas los domingos a mediodía. No soy muy de juegos, aunque suelo echar una partida al tute o al dominó en el bar con los amigos de vez en cuando, más por compartir charlas y pregones, que por el juego en sí.

 Bueno, creo que todo lo dicho está mal expresado. Tendría que haberlo referido en pasado: Era natural de…, tenía la edad…, ejercía como…, estaba casado

Porque ahora estoy muerto.

Lo que ocurre es que muerto, lo que se dice muerto, tampoco lo estoy del todo. ¿Cómo decirlo…? Soy lo que en los libros y el cine llaman un no-muerto.

Efectivamente, lo han adivinado ustedes, soy un vampiro. Ya, ya sé que un vampiro llamado Mariano Cifuentes, natural de Bollullos del Condado, no encaja en ninguna historia que se precie. Los vampiros de las películas suelen ser personajes sofisticados y provienen de lugares como Los Cárpatos (Rumanía), Salem (Massachusetts), Madison (Wisconsin) o algún sitio similar y de difícil pronunciación. Qué se le va a hacer, yo soy de donde soy y no puedo remediar que me guste calarme la boina hasta las orejas en las frías madrugadas de ronda.

Pero no, no se confundan, no soy un vampiro mal encarado y con ganas de fastidiar al prójimo. Más bien yo diría que soy un vampiro modesto y sin pretensiones. De hecho, mi vampirismo fue casual y por un golpe de mala suerte. He sabido por boca de mi amigo Miguel que unas horas más y jamás habría vuelto del otro mundo para chupar la sangre del prójimo durante las siniestras noches de invierno, mientras los truenos resuenan en el cielo y las negras nubes se derraman en sonoras gotas de agua helada. Esas cosas, por cierto, sólo pasan en las malas películas del Conde Drácula, nuestro supuesto antepasado, pero al que ninguno de mis compañeros tiene el gusto de conocer.

Pero bueno, creo que esta historia se la debo contar a ustedes desde el principio. Y, aunque soy un especialista en el arte de la mentira, prometo que lo que voy a relatarles es la total y absoluta verdad.


1

Desperté con un sobresalto y al abrir los ojos me encontré sumido en una oscuridad mayor a la que me abrazaba durante el sueño. Un sueño extraño y profundo. No recordaba haber dormido de una manera tan profunda y reconfortante en toda mi vida. La calma a mi alrededor era absoluta, y de igual manera la sentí dentro de mí. Intenté atisbar algún sonido familiar, por ejemplo el del despertador de mi mujer, Sonia, pero el silencio lo envolvía todo. Casi se podía palpar, como se toca una masa de gelatina.

Intenté moverme pero me hallaba totalmente paralizado. Me asustó esa sensación, temí que me invadiera una histeria claustrofóbica, pero extrañamente no me asaltó la mínima aprensión. Muy al contrario, me encantó el sentimiento de holgazanería, como quien se encuentra apoltronado en su sillón favorito. Sin tener otra cosa que hacer, intenté recordar qué podía haber ocurrido para llegar a esa situación de parálisis. Los recuerdos se resistían, pero poco a poco las imágenes fueron saliendo de mi memoria a retazos.

Recordé una celebración con mucha gente bien trajeada, como de domingo, tal vez se trate de una boda. Todos bailan felices. Aparece una estampa de alguien riendo y girando a mi alrededor. Identifico a Sonia, con un niño en brazos, saltando y bailando al son de la música, mientras me agarra de una mano para atraerme hacía ella y obligarme a seguir sus contoneos. El niño… yo no tengo hijos, ¿quién puede ser? Ahora caigo, es el hijo de su hermana Elena. Lo besuquea delante de mí para recordarme que tenemos que animarnos e ir a buscar nuestro propio polluelo. Yo me hago de rogar, aunque está claro que al final caeré rendido ante sus pretensiones, yo a Sonia no puedo negarle nada.

La celebración avanza en imágenes y de pronto siento un dolor en el pecho. Me agarro del brazo y caigo de rodillas. Al principio todos creen que estoy bromeando, pero enseguida se dan cuenta que algo raro pasa y se remolinan a mi alrededor. Oigo la voz de Sonia que, mientras pide que respire profundo, grita para que alguien llame a una ambulancia.

Cielos, no me quedó ninguna duda: ¡estaba muerto! Aquél dolor en el pecho debió ser un ataque al corazón. La última imagen que se había grabado en mi memoria era el de una negrura cayendo sobre mí y un punto de luz en el centro de mi cabeza. Si eso era morir, la luz debía tratarse del famoso túnel, aunque a decir verdad tenía que estar a mucha distancia porque el punto era ciertamente pequeño.

Un nudo de terror se aferró a mi estómago, porque si estaba muerto… la negrura que me envolvía tendría que ser la del ataúd. Cuando pensé que al fin la histeria si podría conmigo, comprobé que muy al contrario me seguía envolviendo la misma calma con la que había despertado unos minutos antes. Me invadía ese tipo de paz que se siente después de una larga noche de plácido descanso, sin ganas de despertar del todo.

Esperé unos minutos e intenté de nuevo un movimiento. Esta vez la parálisis no lo impidió. Los dos brazos salieron disparados como un resorte y palpé a mi alrededor, comprobando el tacto sedoso de la tela que indicaba que me encontraba dentro de un ataúd de estrechas dimensiones, tal como había imaginado. Bueno, quizá no era tan pequeño, considerando que soy un tipo de un metro ochenta de altura y cien kilos de peso.

Empujé hacia arriba con manos y pies y la tapa cedió sin ningún impedimento. O no la habían cerrado bien o había sido abierta después de colocarme dentro. Un rayo de luz, fino como la hoja de un cuchillo y blanco como la luna, me llegó a través de una ranura en el techo de la estancia donde me hallaba. Un recinto también pequeño, imaginé, porque si me incorporaba y estiraba la mano podía tocar la rendija por donde se colaba la luz. Tenté con ambas manos lo que creía el techo y el tacto frío del mármol me aclaró que no se trataba de la cubierta de ningún recinto, sino la losa de la tumba donde me habían enterrado.

Enterrado, por dios, ¡enterrado vivo! Pero quien había sido el idiota que había firmado mi defunción. La primera idea que me vino a la mente fue la de presentar una queja en toda regla a la Seguridad Social. ¡Adonde nos va a llevar esta política liberal! Juro que hoy deslomo a alguien.

Pensaba en esto al tiempo que me incorporaba y empujaba la losa para apartarla a un lado. Temí no disponer de fuerzas para moverla, suponiendo que pesaría lo suyo y que mi actual situación no sería precisamente muy atlética después del supuesto infarto. Sin embargo, y para mi sorpresa, la losa se movió como si se tratara de una lámina de cartulina. Al contrario de lo que pensaba, me sentía vigoroso y con una fuerza y un estado de forma estupendo. Justo el que necesitaba para dar de tortas al primer médico que me echara a la cara.

***

Salí al exterior y miré a mi alrededor. La noche era fresca, pero no había ni atisbo de nubes en el cielo, por lo que la luna llena, con su cara de niño travieso, ofrecía una claridad que permitía divisar el contorno del cementerio donde me hallaba. Se trataba de un lugar de dimensión considerable, no el minúsculo camposanto de mi pueblo, en el que había esperado encontrarme. En la zona desde donde observaba, las lápidas se arracimaban a lo largo de tres hileras separadas por calles sin asfaltar. El run-run del viento sobre los cipreses y el soniquete de algunas aves nocturnas formaban una sinfonía de naturaleza viva, extraña ilusión para el sitio en donde se desarrollaba la escena.

Busqué con la mirada una puerta de salida en los muros que rodeaban el recinto, pero no vi ninguna a simple vista. Decidí seguir un camino al azar, imaginando que alguno tendría que dirigirme hacia una de las puertas del lugar. Anduve durante varios minutos sin rumbo fijo hasta que algo llamó mi atención. Una casi inapreciable luminosidad ondulaba entre las sombras, justo al lado de un gran mausoleo, residencia póstuma de alguna familia de abolengo con toda seguridad. Estaba claro que se trataba del crepitar de un fuego. Era extraño encontrar algo semejante en la avanzada madrugada y en aquél lugar, pero qué no era extraño desde que había abierto los ojos esa noche, pensé.

Al acercarme observé varias figuras concentradas alrededor del fuego, encerrado éste dentro de un bidón metálico. Se escondían de la vista en un rincón formado por las paredes del mausoleo. Sentí una gran alegría y aceleré el paso para acercarme al grupo lo antes posible. Al verme llegar me miraron con gesto aburrido, sin señal de sorpresa, como si me hubieran estado esperando.

Conté cinco personas, tres hombres y dos mujeres. Tenían todo el aspecto de mendigos, aunque no se veía alrededor ninguna de las pertenencias que se espera de ellos: mantas, cartones o botellas de alcohol. Vestían ropas desgastadas y el tono cerúleo y mate de la piel de sus rostros recordaba el color de fotografías antiguas en blanco y negro. Di las buenas noches sin mucha convicción y lo único que recibí a cambio fue un recibimiento arisco y distante.

–Vaya, ya está aquí el nuevo –la primera en hablar fue una de las mujeres, la que parecía más joven de las dos–. Os dije que debíamos esperar un par de días para estar seguros de que estaba fiambre antes de hincarle el diente. Ya es el segundo caso en veinte años y nos pasa justo ahora, con el gran jefe a punto de visitarnos. Se nos va a caer el pelo.

Hubo un silencio denso, todas las miradas puestas en mí y los gestos ceñudos como de quien mira a alguien que se ha colado en la fiesta y que no debería estar allí.

–Perdonen que les moleste, pero necesito salir de aquí cuanto antes. Me han enterrado por error y mi esposa debe estar muy preocupada creyéndome muerto.

Las risas explosivas de la mujer más vieja y de uno de los hombres resonaron en el silencio de la noche.

–Ja ja ja… muerto dice… –fue el hombre el que habló– Me parece que a éste le va a costar más tiempo adaptarse que al otro, y ya es decir. ¿Y cuál es su nombre, caballero, si no es molestia?

Me sentí como en el colegio, cuando el niño mayor se mete contigo aprovechando la veteranía que otorga la edad. Ignoré la burla y contesté con la mayor amabilidad de la que fui capaz.

–Me llamo Mariano Cifuentes y soy natural…

–Vale, vale, Mariano, no hace falta que nos cuentes tu vida… Y no es por fastidiar, pero has de saber que no es que te crean muerto, es que estás muerto –recalcó las palabras en un intento de que no se me pasaran por alto–. Hazte a la idea y así se te harán menos largos los próximos doscientos o trescientos años.

No salía de mi asombro. Estar muerto no entraba en mis planes. Teniendo en cuenta que me sentía sano y fuerte como un roble, que podía moverme y hablar, lo de estar difunto parecía carecer de toda lógica.

–Siento si les he molestado –seguí hablando por no parecer imbécil a fuerza de quedarme callado–. Si me dicen por favor por donde está la salida, me iré y les dejaré en paz.

–Ni hablar, de aquí no puedes salir, esa es la primera regla que debes conocer –La voz de la mujer de aspecto mayor era más bronca que la de la joven, parecía haberse bebido una botella de coñac de un solo trago–. En este sitio se entra, pero no se sale, así que búscate un lugar donde dormir y en cuanto llegue el día no se te ocurra aparecer entre los vivos, si no quieres que te tengamos a dieta las próximas dos décadas.

–No entiendo…

Se volvieron hacia el fuego y me ignoraron. No sabía qué hacer o decir, por lo que me quedé allí plantado como esperando una limosna de amistad. Ensimismado como me hallaba, no noté la sombra que se acercaba a mí por la espalda. Sólo cuando me toco el brazo me di cuenta de que había alguien más, aunque evidentemente no era parte del grupo.

–No les hagas caso –su tono era amable y conciliador. Fue el primer gesto de calor que había recibido aquella noche, por lo que me volví y miré al recién llegado con una expresión de agradecimiento–. Ven conmigo y te resolveré esas mil dudas que ahora mismo te rondan la cabeza.

2

Nos alejamos del resto de lo que creía mendigos para poder hablar sin que nos interrumpieran con sus molestos comentarios. El recién aparecido se presentó como Miguel y me estrechó la mano con ímpetu, aunque lamenté no ser capaz de devolverle una fuerza similar, mi estado de ánimo no daba para mucho a esas alturas. Se sentó en una lápida de mármol negro y me invitó a hacer lo mismo. Me sentía todavía aturdido y me quedé de pie, esperando que comenzara a hablar. No tuve que decir una sola palabra, el gesto desesperado de mi mirada lo decía todo. Sus palabras arrancaron por fin mientras jugaba con una ramita de arizónica que acababa de arrancar de un seto.

–Dicen la verdad, estás muerto, aunque no del todo –fueron sus primeras palabras–. Estoy seguro de que has oído hablar de los vampiros, pues ahora tienes el honor de ser uno de ellos. Es normal que te sientas desconcertado, no nos suelen dar un libro de instrucciones al despertar, por lo que tenemos que adaptarnos al nuevo estado por nuestra cuenta.

–No te creo –respondí–. Lo que ocurre es que me estáis gastando la broma de mi vida. ¿Quién ha organizado todo esto? ¿Ha sido Andrés, el veterinario? Ese mal nacido me la tiene jurada y estoy seguro de que ha sido él.

–Bien, si no me crees, te daré alguna prueba –su tono era tranquilo y suave, como si estuviera hablándole a un niño que no quiere pasar a la consulta del médico–. La noche es fría ¿no es cierto?

–Sí, lo es. Estamos en diciembre, que haga frío no es extraño.

–Vale, debemos estar a unos… menos dos o menos tres grados. ¿Tú has visto que el aliento se convierta en vapor al salir de tu boca?

Me quedé pensativo. Tenía razón, mi aliento no producía la nube de vaho que era de esperar.

–Eso es porque no tienes aliento –continuó–. Normal, estás muerto –hizo una pausa teatral para saborear la sorpresa de mi rostro y continuó–. Tampoco sientes frío, ¿me equivoco? No llevas ninguna ropa de abrigo y sin embargo no estás tiritando como sería lo normal.

Iba muy rápido y me costaba seguirle, pero estaba claro que todo lo que decía era verdad.

–Tócate el corazón.

Vacilé un instante pero hice lo que decía poniendo la mano en mi costado izquierdo, por debajo de la chaqueta.

–¿Lo sientes latir? ¿No, verdad? ¿Has probado a hacerte una herida a ver si sangras?

Me senté consternado en una lápida frente a la suya y al ver mi expresión de lamento decidió dejar de torturarme.

–No temas ponerte en evidencia llorando, los vampiros no tenemos lágrimas.

Mantuve mi silencio con la cabeza baja. Miguel entretanto se entretuvo con su ramita, mientras miraba a la luna y me vigilaba de reojo esperando a que me serenara.

–Está bien, te creo –conseguí hablar luchando contra el nudo que se había formado en mi garganta–. ¿Al menos sabes decirme qué sitio es éste y cómo he llegado aquí?

–Estamos en el cementerio de Salamanca. De cómo has llegado aquí no tengo la menor idea. De cómo has cruzado el umbral hacia el lado de los no-muertos te puedo dar pelos y señales. Entre otras cosas porque tu caso es idéntico al mío.

Le miré inquisidor, animándole a seguir.

–Aunque no te sirva de nada, déjame que te diga que sé cómo te sientes. Yo también me resistí a aceptar mi nueva situación, me costó casi dos años hacerme a la idea. Eso fue hace unos veinte –tragó saliva, o al menos el gesto que hizo fue tan humano como si hubiera tenido saliva que tragar. Pensé que si todo lo que decía era verdad, aún quedaba algo de humanidad en su difunto envoltorio–. A los dos nos enterraron vivos y eso fue el inicio de nuestra condena eterna.

Me removí en el asiento. La primera impresión de que me habían enterrado vivo parecía confirmarse. Mi mirada debía ser un completo signo de interrogación porque Miguel continuó su relato sin dilación.

 –Aunque suene increíble, los vampiros existimos, ya lo ves, aunque ya no somos muchos. Los pocos que quedamos, vivimos en colonias encerradas en cementerios como éste. No creas lo que hayas visto en las películas, no hacemos mal al prójimo. Tenemos que alimentarnos, eso es obvio, pero lo hacemos con la sangre de pequeños animales, como ratones, conejos u otros que viven por la zona. Sólo nos permitimos beber sangre humana de personas jóvenes y siempre que ya hayan fallecido, de esa forma no se convierten en nuevos vampiros –hizo una pausa mientras mordía un trocito de la rama con la que jugueteaba–. Esta es una ciudad no muy grande y eso sólo ocurre de cuando en cuando, por lo que es normal que exista una gran expectación cuando entierran a un joven. Sobre todo cuando son grandes y jugosos como tú. Así que contigo no pudimos esperar y nos lanzamos al tajo enseguida.

Su expresión intentó ser ocurrente, como queriéndole quitar hierro al momento, pero al ver que no me hacía gracia siguió con su historia.

–Quiero decir que lo normal es que se dejen pasar unos días antes de hincarle el diente al difunto, para estar seguros de que está bien muerto, no sólo en apariencia. No te imaginas la de casos en que no es así… Contigo no tuvimos la paciencia suficiente y nos bebimos tu sangre sin esperar –chascó la lengua como lamentándose de lo ocurrido–, habíamos pasado una larga temporada de abstinencia, por lo que nos pudo la gula. Si no lo hubiéramos hecho, tu habrías muerto del todo en poco tiempo y no habrías vuelto del otro lado. Conmigo pasó algo semejante, aunque los detalles exactos los desconozco, por causas obvias.

–Por el comentario de tus amigos, he entendido que ya sabíais que habíais metido la pata. ¿Cómo os distéis cuenta?

–No son mis amigos, déjame aclararte –hizo un gesto de desagrado y continuó–. Pero, en fin, sí, fue María, la mujer de aspecto más joven. Ella te oyó murmurar algo antes de que Juan, el más alto, empezara el gran banquete. Gritó para que no lo hiciera, pero ya era tarde. Después bebimos por turnos, al fin y al cabo ya no tenía remedio y tu sangre era de primera…

–Vaya marranada, ¡por mi difunta madre que voy a matar a alguien!

–Venga Mariano, entiendo que estés cabreado, pero no te hagas mala sangre –sonrió ante su propio chiste–. No vas a poder matar a nadie, un vampiro no puede liquidar a otro, aunque se lo proponga. Vivimos eternamente, excepto si algún vivo acaba con nosotros. Y eso sólo se consigue con fuego, no con estacas ni tonterías parecidas, como habrás leído por ahí.

Levanté la cabeza y le hice un gesto de disculpa.

–No… no me entiendas mal. A quien voy a matar es al médico que firmó mi defunción, será hijo de…

–Tampoco puedes, lo siento. Tenemos prohibido hacer daño a una persona vivita y coleando. Ya ves, todo son prohibiciones. Por ejemplo, no se nos permite salir de este lugar. Si se entera el gran jefe, el castigo puede ser realmente cruel. Y si el vivo entrara aquí y tú intentaras hacerle daño, el resto del grupo te lo impediría. El correctivo caería sobre todos si no lo evitáramos.

–¿De quién hablas? Has mencionado al gran jefe, lo mismo que la mujer más vieja. ¿Quién es ese individuo al que tanto teméis?

–Vaya, parece que esta noche va a ser larga. ¿Puedo ofrecerte un tentempié?

Se sacó un ratoncillo de un bolsillo del abrigo y me lo tendió. Aún pataleaba intentando soltarse de las garras de Miguel. Lo rechacé con un semblante de asco y él se encogió de hombros. Atacó con apetito lo que él llamaba aperitivo y la sangre del animalillo le corrió por las comisuras de los labios.

***

Tras un paréntesis que se me hizo eterno, me miró complacido y siguió con su relato.

–Ojala yo hubiera tenido un padrino como tienes tú conmigo, todo esto que te estoy contando en unos minutos a mi me costó meses asimilarlo ¿Por dónde íbamos?

–Me hablabas del gran jefe. ¿Quién es?

–Bueno, la historia es bastante larga, pero la resumiré lo más posible. Los vampiros existen desde los tiempos más remotos. Lo que dicen los libros y las películas es pura palabrería. He leído mucho desde que estoy aquí, ya te contaré, pero te puedo asegurar que todo lo que hayas oído sobre nosotros son paparruchas. El Conde Drácula, ¡ja!, ése no es más que un señorito que fue inventado por un alma cándida. Aquí me hubiera gustado verle, aburriéndose como un león enjaulado…

–Al grano Miguel, te estás yendo por las ramas –Mi impaciencia pareció no incomodarle, se notaba que en vida había sido una buena persona; y que aún mantenía algo de su antigua naturaleza.

–El caso es que hace mucho tiempo, no sabría decirte cuanto, la comunidad de los nuestros hizo estragos entre los vivos y lo que tenía que ocurrir, ocurrió: el ejército de varios reinos, comandado por la Inquisición, se unió para acabar con nosotros. Casi lo consiguieron, pero unos pocos se refugiaron en camposantos de localidades como ésta. Desde entonces vivimos agazapados, sin molestar al prójimo para evitar que el exterminio sea completado. No creas que vivimos desconectados y sin gobierno. Al contrario, tenemos unos gobernantes autoritarios que nos controlan y que ponen todas esas reglas de las que te he hablado. De vez en cuando nos visitan y comprueban que hemos cumplido sus leyes.

–Ya, y vuestro superior está a punto de venir a pasar revista, ¿es eso?

–Sí, lo has entendido bien, el gran jefe es parte de una jerarquía que no conocemos del todo, aparte de los chismorreos que intercambiamos, pero que tiene muy mala leche. Ya lo verás en persona.

–¿Y qué ocurre si no cumplís sus normas? ¿Qué son esos castigos tan horribles de los que has hablado? Por lo que me cuentas, apuesto a que la pena de muerte no es uno de ellos…

No pretendía hacer un chiste, pero mi comentario dibujó una sonrisa en sus labios enrojecidos por la sangre del ratoncillo.

–No, lo has acertado, no hay pena de muerte entre nosotros, pero hay cosas peores.

–¿Cosas peores?

–Te daré un ejemplo. Mi único vicio desde que soy un chupa-sangres es la de leer. Leo todo lo que puedo, aunque siempre me parece poco. Consigo los libros en bibliotecas de la ciudad, saltándome la prohibición de salir del cementerio. Pues bien, en una ocasión me pillaron y me castigaron a una de las penas menores: estuve un año encerrado en mi tumba y sin comida.

Un gesto de terror se asomó a sus ojos y mi estupor le hizo reafirmarse en sus anteriores palabras.

–Unos meses no parecen nada para alguien que vive para siempre, pero te aseguro que hay pocos castigos tan horribles como estar atrapado bajo tierra, aunque sólo sea por unas horas, no te quiero contar lo largo que se hace un año.

3

Estuvimos hablando durante una hora más, pero la noche tocaba a su fin, el alba empezó a pintar tonos rojizos en el cielo y Miguel dio nuestra conversación por terminada. Prometió seguir contándome cosas sobre mi nueva condición, pero me rogó que buscara un sitio donde pasar el día y que no volviera a salir al exterior hasta bien entrada la noche siguiente. No tenía ni idea de donde podría acomodarme y él me aconsejó que utilizara mi propio ataúd, ningún sitio más cómodo que la casa de uno, bromeó. Con el tiempo encontrarás tu propio rincón, finalizó, mientras se dirigía a su hogar, un mausoleo más pequeño que el que utilizaban para las reuniones comunales, pero más acogedor y, sobre todo, carente de humedades.

Ese primer día, mientras permanecía despierto en mi escondrijo, no conseguí dormir un solo minuto. Miguel me había dicho que los vampiros dormimos y así lo comprobé con el paso del tiempo. Pero esa primera vez fue imposible para mí. Era increíble lo que me estaba pasando, pero más complejo era asimilar toda la información que había recibido de mi nuevo amigo. Me preguntaba qué habría ocurrido si él no hubiera estado allí actuando como cicerone. Intuí lo que tuvo que sufrir él al despertarse y ser despreciado por el resto.

Y es que eso era justamente lo que había ocurrido. Le habían convertido en vampiro cuando estaba absolutamente prohibido, por lo que el temor al castigo les había hecho apartarle de ellos, con la esperanza de que desapareciera y nunca se supiera que había sido creado. Desde entonces había vivido apartado del resto casi todo el tiempo, aunque consiguió entablar una ligera amistad con una de las mujeres, María, que era la jefa local y gracias a eso había podido entender todos los condicionantes de su realidad inmortal. Había sido castigado en alguna ocasión, la más cruel fue la del encierro, pero con cada castigo se había hecho más fuerte y ahora se sentía capaz de todo. De todo, menos de dejar aquél sitio al que le había tomado cariño.

Pensé hasta en los más pequeños detalles de lo que habíamos hablado. Me había dicho que el cementerio donde estábamos pertenecía a Salamanca. Al principio no entendí qué hacía yo allí; como dije al principio, soy… era vecino de Robliza, pero enseguida comprendí la razón. Esta ciudad era la originaria de la familia de mi mujer y recordé que disponían de medios en propiedad en este camposanto para acomodar a varias generaciones de la familia.

Una curiosidad que me impactó bastante era la posibilidad que teníamos de permanecer en el exterior a plena luz del día. En las historias de los libros o de las películas, los vampiros se volatilizaban al tocarles el mínimo rayo de sol. ¿Si no nos pasa nada, por qué entonces no debemos salir al exterior durante el día?, había preguntado con real curiosidad. Pues es fácil, había respondido Miguel, si alguna vez consigues mirarte a un espejo lo sabrás, tu cara muestra exactamente lo que eres: un muerto; no debemos dejar que nos vean, porque podría ser el comienzo del fin, los jefes se ponen de mala uva cada vez que alguien menciona el tema. Y sí, no me mires extrañado, nuestro reflejo se ve en los espejos, no creas todo lo que hayas leído, sentenció.

Pero lo que realmente me dejó más mosca, fue una especulación a la que no dejaba de darle vueltas. En su opinión, tanta regla, tanto autoritarismo y tanta zarandajas, se debía a que se estaba preparando una revolución vampírica.

–Sí, sí, no te rías –se había mosqueado al ver mi gesto de incredulidad–, yo diría que están preparando un ejército y que cualquier día nos harán salir de nuestros tranquilos jardines para lanzar una contraofensiva y volver a reinar sobre los confines de la tierra.

–Mira Miguel –había replicado yo–. Si no estuviera viviendo la mayor alucinación de mi existencia, me atrevería a afirmar que eso que dices es la mayor majadería que he oído en toda mi vida.

Quedamos en que seguiríamos elucubrando acerca de ése y otros asuntos y nos despedimos hasta la noche siguiente. Por falta de tiempo para discutir sobre cualquier cuestión de mi interés, desde luego que no iba a quedar.

***

A la primera noche le siguieron otras muchas de tertulia y tentempiés. Me fui acostumbrando, no sin cierta repulsión en las ocasiones en que tocaba probar algo nuevo, a beber la sangre de todo tipo de animalillos de campo. Finalmente le tomé el gusto y hasta llegué a diferenciar mis preferidos.

Habían pasado ya varios meses, pero mi relación con el resto del grupo era muy esporádica y la sensación de ser un extraño no conseguía disiparse. Miguel tampoco gustaba de pasar demasiado tiempo con ellos, y prefería mi compañía a la suya, intercalada ésta con sus lecturas interminables. Presumía de disponer de más libros de los que pudiera leer en toda la eternidad, pero nunca quiso confesarme en detalle cómo los conseguía, teniendo en cuenta que ésta había sido la causa de su atormentado encierro.

Pero cuando no había excusa para hacer piña con el grupo de los gruñones, como les había apodado por mi cuenta, era cuando enterraban un nuevo difunto. A pesar de haberlo pasado fatal la primera vez que asistí a uno de aquellos banquetes –me fue imposible probar bocado– debía reconocer que la sangre de un buen concejal, cebado con jamón ibérico de la zona, era cien veces más suculenta que la de un animalillo de campo, alimentado a base de hierbajos silvestres.

Así fue pasando el tiempo, entre días en duermevela, noches con Miguel, bien de tertulia o enfrascados en la lectura de un buen libro, y ratos de discusión con el grupo de los gruñones. Llegué a acostumbrarme a mi nueva vida, pero había una idea que nunca me había abandonado desde el primer momento y, con el discurrir de las jornadas, iba creciendo en mí más y más, formando una especie de bola gigante que amenazaba con aplastarme si no le daba justa salida: Necesitaba ver a Sonia, mi mujer, aunque fuese una sola vez.

Solía decirme a mi mismo que llegaría a hablarle, ella entendería. Pero luego llegaba a la conclusión de que lo único que conseguiría era matarla de un susto y convertirla en un banquete más. Descartado. Por otro lado, pensaba, podría convertirla en vampiro y vivir juntos eternamente. Nada, tampoco, me corregía a mí mismo; si me coge el jefe, me encerrará por cien años y a saber con quién se ha liado para cuando salga.

Sólo verla, eso era todo. Poder verla una vez y ya está. Quedaría en paz conmigo mismo y sería suficiente. Y si no podía hacerlo sólo una vez, pues lo haría más veces, qué carajo, ¿no salía Miguel a por libros tantas veces como quería, por mucho que tratara de ocultarlo?

Así que una noche de tertulia, mientras compartía con Miguel un ramillete de conejillos, se lo solté de sopetón.

–¿Qué? ¿Salir a ver a tu mujer? ¿Has perdido el juicio? –no hacía más que santiguarse, cosa que me pareció una herejía para un vampiro; aunque claro, imaginé lo que él diría si le preguntaba: las cosas de los libros no son lo que son– ¿Has pensado la que te puede caer si te pillan?

–¿Nos puede caer, amigo mío? –resalté el plural para que no le pasara desapercibido– Nos puede… porque tú vas a ayudarme.

4

Mientras nos acercábamos a la carrera al pueblo dónde había compartido diez años de mi vida con Sonia, pensaba en cómo estábamos infringiendo las leyes de nuestros superiores y lo que podía ocurrir si descubrían que lo hacíamos. El miedo a que esto ocurriera fue lo que me había costado tanto convencer a Miguel. No fue en una conversación o en dos, había tenido que luchar verbalmente con él durante todas las noches de una larga semana.

Y os aseguro que debatir con mi buen amigo no era tarea fácil. Las miles de páginas leídas en los libros después de muerto le habían dado una capacidad argumental que nunca había tenido mientras estuvo vivo. Reflejo de ello es lo que siento para mí mismo. Hombre de pocas palabras y de menos lecturas cuando era un vivo más, se han convertido en capacidad retórica después de tres decenios de registrar en mi cerebro cuantas líneas escritas hayan podido caer en mis manos. Gracias doy a Miguel por inculcarme esta afición, porque a ella le debo el poder referirles esta historia que de otra forma no habría sido capaz de transcribir en papel sino con palabras sueltas y faltas de ortografía por doquier.

–Pero Miguel, no puedes seguir negándote como si estuviera proponiéndote el crimen más grave de todos los tiempos –le había argumentado en una de nuestras discusiones–. Al fin y al cabo tú sales a por tus libros muy a menudo.

–Por dios, baja la voz, te puede oír el grupo de los gruñones, los vampiros tenemos el oído muy fino –había respondido mirando alrededor con cara de susto–. Además, ¿cómo sabes tú si salgo mucho o poco? Eso es algo que sólo yo sé y no suelo pregonarlo.

–¿Crees que no me he dado cuenta de tu secreto, tan inocente me crees? –mi mirada irónica fue directa a la línea de flotación. Y acerté de lleno.

–¿A qué secreto te refieres?

–Lo siento, pero he comprobado que hasta los vampiros tenemos sentimientos y cuando hablamos de ciertas cosas, la expresión de la cara muestra nuestras debilidades –ataqué sin darle cuartel–. ¿Crees que no he notado el brillo de tu mirada cuando hablas de María?

Miró hacía otro lado como intentando ocultar su expresión después de que quedara claro que era capaz de descifrarla como si de un jeroglífico para niños se tratara.

–No sé de qué me hablas…

–Hablo de lo que tú me has contado, querido amigo. Dijiste que de todo el grupo, es sólo con María con quien has entablado cierta amistad. Y, casualmente, ella es la jefa local. Pues bien, queda claro que ella te encubre cuando sales a por tus libros. Por eso nunca más han vuelto a pillarte desde aquella primera en que te hicieron la puñeta.

Su silencio fue la prueba de que había dado en el clavo. La batalla dialéctica sólo duró una hora más. Pero se negó rotundamente a desvelarme el enigma de cómo era encubierto. Tampoco conseguí sonsacarle nada acerca de su afinidad con María. No era capaz de imaginar cómo podían relacionarse dos vampiros de distinto sexo, pero me quedaba claro que existía alguna manera y que, por el mutismo de mi amigo, esta relación debía estar también altamente prohibida.

Lo único que me concedió fue que la forma de cubrir largas distancias en el exterior sería corriendo. Los no-muertos no se convierten en murciélagos, una falacia más de la literatura, pero sí pueden correr a grandes velocidades y son incansables, por lo que recorrer el trecho que nos separaba de Robliza sería cuestión de pocos minutos para nosotros.

Elegimos una noche sin luna para movernos sin ser vistos y, aunque la hora no era tardía, al tratarse de días cortos de invierno, el atardecer presentaba una oscuridad cerrada con difícil visibilidad para potenciales ojos humanos. Nos desplazamos a través de los campos. Nunca por una carretera o camino, no lo olvides, había repetido Miguel en varias ocasiones.

Llegamos a nuestra casa… aunque debiera decir a la casa de Sonia, ya que hacía tiempo que yo no era parte de ella. Me quedé escondido en un parque cercano mientras Miguel, más avezado en el arte del disimulo, se acercó hasta mi antigua morada. Volvió a los pocos minutos con buenas noticias.

–Hay luz en dos estancias y he visto moverse una figura femenina yendo de un lado para otro con vajilla. Es posible que se disponga a cenar –hizo una pausa que aproveché para empezar el movimiento de alejarme de él, cuando me detuvo sujetándome por un brazo–. Recuerda que lo has jurado por lo que más quieres. No se te ocurra entrar en la casa, ni mucho menos presentarte ante ella.

Le aseguré que no haría nada que no debiera y pareció tranquilizarse, aunque estaba seguro de que no las tenía todas consigo. Me dirigí hacia la casa y me colé por la verja del jardín, escondiéndome detrás del naranjo que tanto me había costado plantar unos años atrás. Me mantuve agachado mientras observaba por las ventanas de las dos estancias que se hallaban iluminadas. Vi a Sonia levantarse de la mesa con cubiertos en la mano. Un fogonazo de agitación me recorrió por entero. Dios santo, aún muerto era capaz de sentir similares emociones que las que despertaba Sonia en mí cuando aún estábamos juntos.

Me incorporé a medias para acercarme más a la ventana cuando le vi a él. Era un hombre alto y robusto, de alguna manera parecido a mí en aspecto, aunque algo mayor quizá. Por el modo en que la tomó de las manos y le besó los labios mientras la miraba fijamente a los ojos supe que estaban juntos. Si hubiera anticipado remotamente una escena semejante, habría dado por seguro que la ira me habría invadido y que habría desatado una suerte de violencia y venganza que habría permanecido en la leyenda de aquél pueblo por el resto de sus días.

En su lugar, sin embargo, fue una paz interior lo que me invadió. Me quedé sentado mientras mi corazón, o cualquiera que sea el motor que mueve a un vampiro, se inundaba de calma. Supe que ella había rehecho su vida y que aún tenía tiempo de volver a ser feliz y eso me llenó de bienestar. Reconocí que ya no tenía nada más que hacer allí y volví sobre mis pasos para encontrarme con mi amigo.

De vuelta a nuestro particular hogar, el silencio fue el principal protagonista. Después de una parada en una de las bibliotecas favoritas de Miguel, llegamos al camposanto y comprobamos que todo se hallaba en la misma calma en la que lo habíamos dejado. Una vez más se había consumado una escapada de unos de los habitantes del lugar sin que nada ni nadie se diese por enterado. La coartada con que María encubría a mi amigo debía ser de las buenas, porque en el tiempo que permanecí en aquél sitio, nadie mencionó jamás una palabra al respecto. Aún así, y para dar un poco de coba al grupo de los gruñones, esa noche la pasamos con ellos dialogando sobre lo divino y lo humano hasta que el amanecer nos hizo recomendable la vuelta de cada mochuelo a su olivo.


5


A partir de aquél día, el tiempo se lanzó a la carrera. Antes de que pudiera darme cuenta ya habían pasado tres años desde el momento en que había despertado convertido en lo que ahora soy. Las noches se sucedían entre tertulias con Miguel, charlas con el grupo de los gruñones, las menos, y libros de todo tipo que Miguel me proporcionaba. Durante el tiempo de luz diurna dormitábamos cada cual en su aposento, normalmente sin hacer nada, aunque de lo que cada uno hiciera en aquellas horas no existe constancia. Cualquiera podría haber hecho lo que le viniera en gana y el resto del grupo no se habría enterado.

Mientras fui humano, siempre había sido un amante del clima veraniego, pero entonces llegué a adorar los inviernos por disponer estos de noches más largas. Durante las horas del día, me consumía por el encierro inútil en un escueto mausoleo del ala norte, que había elegido porque allí la oscuridad solía ser más intensa. A fuerza de explorar la pequeña estancia que ahora era mi hogar, llegué a aprenderme de memoria los nombres, fechas de nacimiento, defunción y otros detalles de la estirpe familiar que allí descansaba desde antaño. Hasta encargué a Miguel que me buscara libros que hablaran de tal estirpe, aunque sin éxito. Parecía que hubieran desaparecido de la faz de la tierra en la que una vez fueron gente influyente.

En fin, hacía todo esto y cosas parecidas con tal de matar mi aburrimiento. Porque eso era lo que me invadía encerrado en aquél tranquilo lugar: un aburrimiento extremo. Pensar que debía pasar allí el resto de mi no-vida me ponía los pelos de punta. Las únicas horas que llenaban de contenido mi eterno devenir eran las que pasaba entre los libros que me conseguía mi buen amigo. ¿Pueden ustedes adivinar el tipo de historias que prefería por lectura? En efecto, las de vampiros. Bueno, deben reconocerme que era normal en mi estado, simplemente intentaba entender los pormenores de mi actual condición. Lo que ocurría es que en esos libros no solían acertar demasiado: ajos, estacas, espejos, cruces… Todas aquellas jerigonzas no tenían nada que ver conmigo ni los míos. Parecía que los autores de tales folletines hubieran sido componentes de la familia vampírica con el velado objetivo de despistar a los humanos. A decir verdad, tal punto nunca he llegado a descartarlo.

Entretanto, la visita del gran jefe seguía sin producirse y, eso, en lugar de tranquilizar a mis veteranos compañeros, no conseguía sino todo lo contrario. Cada día estaban más nerviosos y coléricos. Se enfadaban por cualquier ridiculez y a todo le veían su parte mala. He de reconocer que ser cenizo es un estado nada ajeno a la condición de estar muerto, pero les aseguro que mis camaradas de eternidad ganaban el premio gordo en estas lides. Tal era el estado de ansiedad del grupo de los gruñones, que Miguel llegó incluso a espaciar sus salidas radicalmente persuadido por María, quien le aseguraba que no estaba el horno para bollos.

Y el centro de sus tribulaciones no era otro que yo mismo. Estaban convencidos de que la que les iba a caer cuando llegara nuestro gobernador era de órdago. No me habían confiado el castigo que habían recibido cuando se descubrió la conversión de Miguel, pero las caras que ponían cuando se mencionaba el asunto eran de auténtico pánico. ¿Os imagináis lo cómica que puede ser la expresión de terror de un vampiro? Pues yo tenía que aguantarme la risa para no desternillarme ante las expresiones no de uno, sino de seis. Lo sentía por mi buen amigo, pero en lo que atañía al resto, por mi les podían asar en una parrilla, que me traía sin cuidado.

Aunque a veces me sentía culpable por lo desagradecido que era, había recibido una segunda oportunidad, y esta vez el tiempo por delante era de una longitud bastante más elevada que la primera. Si tan sólo pudiera utilizar esta segunda ocasión para algo menos monótono que pasar las horas encerrado en un estrecho ataúd, recorriendo un recinto de reducidas dimensiones, o charlando con personajes que parecían salidos de un cuento de miedo para niños… A fuerza de darle vueltas, esa idea terminó por anidar en mí, creciendo con cada uno de los despertares nocturnos en el mausoleo.

Tenía que salir de aquél triste y aburrido lugar.

Debía hacerlo costara lo que costase, si no quería ser el primer vampiro de la historia encerrado por esquizofrenia. Estaba decidido: pondría mi total empeño en abandonar aquél cementerio, que no era mi lugar a todas luces, lo antes posible.

***

La primera tentación fue la de escapar a espaldas de todos, como el presidiario que se fuga de una cárcel. Podía hacerlo durante las horas de luz diurna. Para cuando el grupo de los gruñones notaran mi ausencia, yo ya les llevaría al menos un día de ventaja.

Deseché la idea por peligrosa. Sólo se me daría una oportunidad de ese tipo y, si fracasaba, tendría que pasar toda la eternidad entre los altos muros del camposanto de Salamanca. Y estaba seguro de que así sería. Si lo pensaba fríamente, yo sólo era un niño de tres años entre mis recientes compañeros. Algunos de ellos tenían más de doscientos, tiempo que da para aprender muchas triquiñuelas. Y, por otro lado, apenas si me habían informado sobre los poderes de los vampiros con solera. Lo único que sabía era lo poco que me había contado Miguel, ya que con lo que leía en los libros no se podía contar. Era un vampiro a todas luces desinformado, y eso ponía en alto riesgo mi empresa.

No, decididamente no podría huir a sus espaldas, con nocturnidad y alevosía. Tenía que hacerlo de frente y con su consentimiento. Es decir, me veía forzado a convencerles de que mi salida de sus no-vidas era algo positivo para ellos. No era tarea fácil, pero contaba con una ventaja: en mis treinta y siete años como humano había sufrido el acoso de miles de anuncios intentando convencerme de las bonanzas de tal o cual producto, a sabiendas de que la mayoría eran pura bazofia, cosa que a menudo conseguían. Y ellos, a excepción de Miguel, no sabían ni lo que era la televisión. Bastaba con preparar un argumento con algunos mensajes clave para poder llevarlos al huerto.

Así lo hice, cavilé durante una semana cuales serían los puntos débiles de aquél grupo y me tracé un hilo argumental que me aprendí de memoria. Descarté la posibilidad de comentarlo con Miguel porque me habría costado varios meses de discusiones bizantinas, habida cuenta de lo que me costó convencerle para que me ayudara a visitar a Sonia.

Estaba claro que en esta ocasión debía dirigirme al grupo directamente e inventé una excusa ocurrente para convocarles a una reunión plenaria en una noche de finales de enero: les proponía aprender un nuevo juego de cartas que haría más pasables las veladas sin nada más que hacer que oír el sonido del aire y el cantar de los búhos.

6

Aunque se hizo larga la espera, por fin llegó la noche señalada. Según me dirigía hacia la reunión con los nervios a flor de piel, temí que no se hubieran molestado en acudir a mi llamada, pero cuando llegué al exterior del mausoleo donde solían concentrarse alrededor del fuego, comprobé con alivio que estaban todos, incluido Miguel.

La noche era brumosa, de esas en que los humanos se retiran a sus casas lo antes posible para evitar la humedad que cala hasta los huesos. La luna llena ejercía de anfitriona, iluminando el escenario donde vería mis anhelos cumplirse o quebrarse para siempre. El fuego en el centro del grupo repartía destellos amarillos que avivaban el gesto de tedio de unos vampiros que parecían sacados de una película de serie B. Había aprendido que el fuego estaba allí de forma permanente no para aliviar un frío que mis compañeros no eran capaces de sentir. Éste era más un símbolo que una fuente de calor. Amaban el fuego, sencillamente, y él sería el testigo de mis elucubraciones, fuera cual fuese su resultado.

–Gracias por acudir –empecé con un cierto desasosiego al notar la amenaza de los seis pares de ojos que estaban centrados en mí–. He pedido que os reunierais conmigo esta noche para haceros una petición –miré a María con deferencia, confirmando mi aceptación de que ella era la persona de más rango allí.

–Dinos, ¿qué juego es ése que quieres mostrarnos y que tanto interés debe suscitar en nosotros para merecer una reunión plenaria? –El tono irónico de Juan no me pasó desapercibido.

–En realidad no se trata de ningún juego –respondí haciendo caso omiso del tono de burla–. Quiero hacer una petición al clan, especialmente dirigida a nuestra autoridad, María, y quería que todos fueseis partícipes. Ruego que me escuchéis.

–Vaya, el novato quiere hacer un discurso… –esta vez la interrupción vino de Dolores, la vampira vieja– Pues me temo que no tenemos nada que escuchar, jovencito.

Un murmullo de aprobación a Dolores recorrió todo el grupo, pero una voz autoritaria lo interrumpió.

–¡Callad! –la exclamación de María fue acompañada por un brazo en alto para hacer llegar con más fuerza su dictamen– Oiremos lo que tiene que decir y luego juzgaremos si es de nuestro interés o no.

Adiviné la influencia de Miguel en el velado apoyo de nuestra superiora y le miré con un gesto de agradecimiento. Pero en los ojos de mi amigo observé un mensaje explícito: no podía defraudar la oportunidad que María me brindaba. De hacerlo así, la fuerza con la que aplicaría la ley sería de una dureza similar a la que ahora mostraba para respaldar mi alocución.

–Agradezco a todos el apoyo recibido desde que llegué a esta comunidad –proseguí–. Me he sentido muy cómodo entre vosotros desde el principio. No obstante, lo he pensado detenidamente y he decidido que quiero dejar el grupo y este hogar que me habéis brindado.

Todos se miraron entre sí con expresión de no creer lo que estaban escuchando. El murmullo esta vez subió de tono sin que nadie se molestara en acallarlo. Me mantuve en silencio pero con mirada firme, no quería que me vieran retroceder un palmo en mis pretensiones, si me veían débil, éstas serían liquidadas de un plumazo.

–¿Habéis oído? Está loco... –la primera reprimenda provino de Antonio, uno de los hombres más callados del grupo. A decir verdad, hasta ahora no le había oído articular más de tres palabras seguidas–. Muchacho imbécil, vas a conseguir que nos condenen a todos.

–Y además es un desagradecido –Ramón, pequeño como un alfeñique pero inteligente y taimado como un diablo, lanzó su arenga mirando a todos menos a mí–. Ha recibido un don que sólo unos pocos poseen y no es capaz ni siquiera de respetar las leyes de sus benefactores.

–Sí, os lo agradezco, es lo primero que he dicho –traté de contrarrestar los reproches que llegaban en aluvión–, pero como joven que soy en vuestro mundo, necesito alzar el vuelo, seguir mi propio destino. Mi afán es el de cualquier…

–¡Basta! –la voz de Dolores volvió tomar el mando– Debes deshacerte de esas locuras que tienes en la cabeza. ¿Aún no te has dado cuenta? ¡Estás muerto!

–¡No! –mi grito rasgó la noche y tal fue la rotundidad de mi negación que todos se quedaron enmudecidos, no sé si más por sorpresa o por incredulidad– Miradme, ¿acaso no veis cómo puedo moverme? También puedo hablar, pensar, leer…; puedo opinar sobre lo que está bien o lo que está mal; puedo emocionarme ante un final feliz o angustiarme cuando todo acaba mal en un libro; puedo sentir el olor de las flores y oír el rumor de la lluvia. ¿Es que no lo entendéis? ¡No estoy muerto! ¡Estoy vivo! Podría decir que más vivo que nunca…

Hice una pausa y miré uno a uno a los ojos para ver sus reacciones. No observé ningún movimiento. Se diría que la sorpresa les había dejado congelados. No podía parar una vez lanzado, así que continué.

–Y esa vida os la debo a vosotros. Por eso os estoy agradecido –bajé el tono de voz y continué antes de que me interrumpieran de nuevo– Lo que no queréis entender es que vosotros también lo estáis. Pero no lo sabréis mientras viváis encerrados, ajenos al mundo que está fuera de estos muros.

–Este es nuestro hogar –interrumpió Juan–, lo ha sido durante siglos. Estamos bien aquí, no queremos abandonarlo.

–No lo comprendes, muchacho –la voz de Dolores esta vez sonó cansada y sin fuerza–. Si tú te vas de este lugar, viviremos eternamente deseando estar realmente muertos.

–No, dejadme terminar, podemos conseguir que no recibáis ningún castigo por mi marcha…

–¿Cómo puedes decir eso? –María, callada hasta ese momento, saltó como un resorte; parecía que estaba perdiendo la paciencia. Me asusté seriamente, ella era mi principal baza, si no conseguía ponerla de mi lado todo habría sido en vano– No sabes nada de nuestro mundo, apenas acabas de nacer, y hablas de eludir a la ley ¿Cómo puedes mencionar asuntos de los que no tienes ni la más remota idea?

–María, escúchame por favor. Soy joven y no sé casi nada, es verdad, pero me he esforzado por aprender de todos vosotros en cada ocasión en que he podido.

Mis cartas estaban sobre la mesa. Miré al cielo antes de continuar. Aquí iba mi órdago, si perdía la mano, todo habría terminado. María hizo un gesto de adelante y me lancé a por todas.

–Me habéis transmitido el temor al castigo que recibiréis por haberme creado. Sé que recibisteis uno similar cuando creasteis a Miguel, aunque debió de ser terrible porque ninguno queréis hablar de ello. Pero si cuando el gran jefe visite la comunidad yo no estuviera, os evitaríais ese castigo. No sé cómo se puede esconder mi existencia, pero estoy seguro de que entre todos podemos encontrar la forma.

–Eso no es posible –la voz de María sonó medrosa–. No conoces al gobernador. Tiene más de mil años y posee sentidos que ni siquiera podrías llegar a imaginar.

–Espera –Ramón terció como siguiendo el hilo del pensamiento de María–. Es cierto que tiene multitud de sentidos, pero sólo existe uno que podría poner en peligro la idea del muchacho: el olfato.

Sonreí exultante para mis adentros. ¡Habían picado el anzuelo! El pánico al castigo era tal que había conseguido motivarles para ayudarme en mi empeño, ayudándose al tiempo a sí mismos.

–Es cierto –apuntó Antonio pensativo–. En cuanto llegue olerá a un nuevo miembro del clan y preguntará por él. Si no aparece, tendremos que responder ante su cólera. Es el olfato contra lo que deberíamos luchar, aunque no sé cómo…

–¡Hay una forma! –la timidez habitual de Miguel se convirtió en triunfalismo, algo me dijo que cualquier cosa que saliera de su cerebro sería la solución al enigma; mi amigo me había demostrado estar dotado de una inteligencia extraordinaria.

–Dinos Miguel, te escuchamos –la voz maternal de María le animó a seguir.

Súbitamente lo entendí. Una fuerte emoción me invadió por entero: la relación de María y Miguel era como la de una madre para con su hijo. La mirada de ternura de María inculcó valor en él.

–El gobernador apenas me conoce y por tanto no conoce profundamente mi olor. Es un hombre muy ocupado, apenas estuvo con nosotros una semana y conmigo sólo unas horas. Es improbable que lo haya memorizado. Si yo vistiera las ropas de Mariano y mudara mis pertenencias a su mausoleo, nuestros olores se combinarían en uno sólo y para él no habría un hedor nuevo, sino uno antiguo que simplemente no recuerda en detalle o que ha variado con mi madurez. Para él no existiría un nuevo miembro en la comunidad, sino que sería el mismo desdichado que se unió a ella hace poco más de veinte años.

Todos se miraron entre sí y luego a María, esperando su opinión al respecto.

–Sí, creo que funcionará –sentenció y noté un suspiro de alivio en los rostros de todos los compañeros del clan.


7

La reunión no terminó hasta que todo el grupo aceptó que mi compromiso de no atentar contra los humanos era firme y honesto. Esto no sólo sería una calamidad para el clan local, sino que podría traer la desgracia al resto de la comunidad, me repitieron hasta la saciedad. Juré con total convicción, ya que no había nada más lejos de mi intención que provocar el mal en mi devenir futuro. En el fondo, tres años atrás yo era un simple funcionario de Correos incapaz de matar a una mosca, qué daño querría hacer. Quedaron tranquilos y confiados, aunque siempre he supuesto que sólo fue porque lo que ocurriera fuera de las paredes de su refugio les traía sin cuidado. Estaba claro que sus gobernadores no podrían inculparles por las acciones de un vampiro loco del que negarían saber nada.

Una vez aceptada mi marcha, no quise demorarme más de lo necesario, un mundo enorme estaba esperándome en el exterior, y la inquietud me embargaba. Miguel me ayudó y realizamos los preparativos, incluidas las mudanzas de ropas y ubicaciones con la mayor premura que las horas de nocturnidad nos permitían.

Nadie más nos apoyó en aquellas actividades, se diría que no querían tener la menor relación con el individuo que podría condenarles a males hasta la fecha inconcebibles, por ser éste un quebrantamiento de la ley nunca antes experimentado. De hecho, la única vez que volví a verles a todos reunidos fue la noche de mi marcha.

Mi última velada en aquél lugar fue corta. A primera hora me reuní con Miguel en el que había sido mi mausoleo durante tres años. Llevaba mis pocas pertenencias en un hatillo, lo que me daba un aspecto de vulgar vagabundo. Con ese aspecto nadie se fijaría en mí, ni siquiera para darme una limosna. Me había provisto de ropas de difuntos recientes, lo justo para un par de mudas que me permitieran parecer un muerto decente en mis andares por esos largos caminos.

Mi buen amigo me esperaba con dos regalos que quería entregarme antes de mi partida. Uno de ellos era un libro muy antiguo pero bien conservado, con tapas de piel elegantes aunque muy desgastadas. El otro era un saquito de tela que parecía contener un producto arenoso, aunque no pude identificar su contenido.

–Quiero que lleves contigo estos dos presentes –el tono de Miguel denotaba tristeza por la despedida–. Me alargó el viejo volumen y lo tomé con gratitud.

–¿Un libro? –pregunté– ¿Se trata de alguna historia que me aclarará algunas de las miles de dudas que aún me asaltan?

–No, en realidad su contenido es más prosaico: se trata del Libro de las Mentiras –hizo una pausa y ante mi gesto de incomprensión continuó–. Se trata de un ejemplar muy antiguo en el que se detallan cientos de excusas que deberás utilizar en tu contacto con los humanos para que éstos no puedan identificarte como lo que en realidad eres. Yo lo he utilizado múltiples veces en mis salidas nocturnas, verás muchos apuntes en los márgenes de las páginas; son mentiras de mi propia cosecha que he ido añadiendo a las descritas originariamente por nuestros antepasados.

–Entiendo, ¿pero no sería mejor que te quedaras tú con el libro? Lo vas a necesitar, no quisiera irme con la congoja de saber que has abandonado tus escapadas por mi culpa.

–No te preocupes, he utilizado sus enseñanzas durante más de veinte años. Podría recitarlo de memoria.

A continuación tomó el saquito y lo depositó entre mis manos.

–Y esto es sal –de nuevo la sorpresa se dibujó en mi rostro–. La necesitarás en momentos en que tu sed de sangre sea casi intolerable. Úsala si te sientes al borde del delirio atraído por la sangre de un humano. Te ayudará a resistir la tentación, de modo que podrás evitar hacer daño a quien no lo merece. Es lo único que se me permitió tener conmigo en mi encierro de un año. Por ella conseguí no volverme loco.

Mentiras y Sal –susurré pensativo–. Gracias amigo, sé que las necesitaré en mi nueva vida.

Nos dimos un abrazo y nos dirigimos al centro de reunión de los gruñones. Una hora después salía por una de las puertas traseras del camposanto, dispuesto a disfrutar del tiempo de prórroga vital que se me había concedido.

Han pasado casi tres décadas desde aquella noche. He gozado entre los vivos de tantas experiencias sin que ellos nunca sospecharan de mi naturaleza, que necesitaría cien volúmenes para registrarlas todas. Quizá lo haga algún día, no es falta de tiempo sino pereza lo que me ha impedido hacerlo todavía. Baste decir que nunca hice daño a un ser humano en todo este tiempo, aunque a veces he tenido que reprimir el deseo, no tanto por propia sed de sangre, sino a veces más bien por castigar la maldad de alguno de ellos. No entiendo como la literatura es capaz de atribuir ciertas maldades a los no-muertos, cuando hay humanos de naturaleza mucho más vil que la de los inofensivos vampiros.

Es posible que nos hayamos cruzado por la calle y no me hayas reconocido. Quizá lo hagamos mañana. No temas si ocurriera, he hecho un juramento de sangre y un vampiro nunca falta a su palabra.


EPILOGO

–Pues sí, señor Aguilar, he leído el manuscrito que me envió ayer –el sargento de la Guardia Civil hace un paréntesis mientras se enciende un cigarrillo justo debajo del cartel en el que se prohíbe fumar–. Confieso que me ha entusiasmado. Muy efectista, sí señor. Ese tono rojo de la tinta es muy acorde con su contenido. Diríase que trata de imitar el color de la sangre. ¿Va usted a presentarlo a algún concurso de cuentos de terror y espanto?

–Pero sargento, ¿no ha leído la nota que acompañaba al manuscrito? –El joven siente la desesperación de saberse no entendido– Yo no soy su autor e ignoro quién puede ser.

–Bueno, leí la nota de pasada –expulsa una bocanada de humo por la nariz y tose–, pero estoy seguro de que usted me la va a resumir.

–En la nota le decía que el escrito habla de un vampiro con unos detalles que talmente definen a mi difunto padre –el joven va alzando el tono de voz ante la emoción que le produce los hechos que relata–. Lo único que no coincide es el nombre, ha debido ser cambiado a propósito. El resto se ciñe totalmente a su biografía. Mi padre nació en Bollullos y vivió con mi madre en Robliza durante diez años hasta la edad de treinta y siete. Ejerció como funcionario de Correos y murió en el transcurso de una boda por un ataque cardíaco fulminante. En ese momento, mi madre, de nombre Sonia, se hallaba embarazaba de un mes, aunque todavía no lo sabía. Yo soy el hijo resultante de aquél embarazo. ¿No lo ve?, ¡todo coincide!, ese escrito habla enteramente de mi padre...

–Bien señor… eh… Aguilar –nueva calada y nuevas toses–. ¿Y cómo dice que se ha producido el hallazgo?

–Fue el jueves de la semana pasada –el joven mira al techo haciendo memoria–. No, fue el viernes en realidad. Una de mis tías, muy mayor la pobre, está a punto de fallecer y los herederos hemos dispuesto que sea enterrada en el panteón familiar que poseemos desde antiguo en el cementerio de Salamanca. El problema es que ya no hay espacio para recibirla, por lo que se ordenó que se extrajeran los restos más antiguos, que datan de la época de Napoleón.

–Al grano, Aguilar, al grano –el sargento apremia–, me están esperando en Casa Lorenzo para la partida de dominó de los miércoles.

–El caso es que, sorpresivamente, los trabajadores del camposanto descubrieron que el ataúd de mi padre no pesaba nada. Lo abrieron y descubrieron que se encontraba vacío. Ni rastro de sus restos, como si nunca hubiera estado allí.

–¿Y el escrito? ¿De dónde salió el dichoso escrito si puede saberse?

–Pues eso es lo curioso, sargento, el manuscrito se encontraba dentro del ataúd…



Pozuelo de Alarcón, 10 de Mayo de 2013



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