EL FILO DE LA MONEDA


PROLOGO

Observé un brillo dorado y avancé hacia él. Fuera lo que fuera lo que lo producía, se encontraba semi enterrado entre la hojarasca y la arena, húmedas aún por la lluvia de la noche anterior. Al acercarnos vimos que se trataba de la moneda que buscábamos desde el amanecer de aquél día de verano.

Aunque habíamos escudriñado cada palmo de terreno durante más de ocho horas, tuve que reconocer que era un auténtico milagro el haber podido encontrarla en aquél inmenso descampado, miles de veces pisoteado por los pies juguetones de los niños del pueblo. Quizá el encontrarse en uno de los bordes del campo, detrás de los matorrales que lo separaban del río, había contribuido a que pasara desaparecida durante más de veinte años.

Sentí un escalofrío de júbilo y me lancé sobre ella para ser el primero en sentir su tacto metálico. Fui demasiado lento. Manuel se me adelantó de un salto y la mostró a todos los presentes, gritando de alegría por el hallazgo que acababa de realizar.

–¡La encontré, la encontré! –repetía dando saltos– Ahora ya nadie podrá decir que estoy loco.

Miré alrededor y contemplé los rostros estupefactos del alcalde y del teniente de la guardia civil. No era para menos, teniendo en cuenta que habían tachado de desequilibrado a aquél muchacho durante las últimas dos décadas.

1

Soy un alma de ciudad, debo confesarlo. Lo mío es el asfalto, los rascacielos, el sky line en una noche de verano… O de invierno, que para el caso es lo mismo: las luces de la ciudad equiparan el escaso cielo que se puede ver por encima de los edificios en cualquiera de las estaciones del año.

Pero lo que más aprecio de las grandes urbes es el pasar inadvertido entre la multitud. Poder estar sólo entre la gente es una sensación placentera que me produce seguridad. Da igual lo que seas o lo que hagas, siempre hay alguien alrededor mucho más excéntrico que tú y que llamará la atención a los viandantes, haciendo invisible tu figura al pasar.

Por ello debe ser fácil comprender lo que sentí al tener que trasladarme a una humilde aldea gallega, lejos de cualquier bulliciosa capital. Unos cuantos cientos de habitantes, casas menudas y separadas lo suficiente como para impedir cualquier tipo de línea del cielo y, lo que es peor, aquellos espacios abiertos que tanto me angustiaban cuando asomaba la nariz por la ventana de la casona donde encontré alojamiento.

Pasear por las calles desiertas en los días de labor me producía tal desazón que me convertían en un ser irritable, debilidad que tenía que ocultar ante mis convecinos tras una sonrisa amable, si quería que mi estancia en el lugar fuera lo más apacible posible.

Debo decir que aquél exilio no era voluntario y tampoco debía ser permanente. Cada día me decía que quedaba una jornada menos de respirar un aire tan puro que me dolía al entrar en los pulmones. Esto me permitía tomar fuerzas para salir de casa y dirigirme al comercio que regentaba en la calle central de la villa, cerca de la plaza mayor.

“HERBOLARIO Y MEDICINA NATURAL”

Era la leyenda que rezaba en el letrero plastificado encima del escaparate, donde mostraba todo tipo de hierbas recién recolectadas por mi mismo en el bosque cercano.

Había tenido que elegir una profesión durante mi estancia en aquél pueblucho y me había decantado por una de las pocas cosas útiles que sabía hacer: mezclar potingues para crear bebedizos orientados a la curación de cualquier tipo de enfermedad, desde el catarro a la diarrea, pasando por las migrañas o el dolor ciático.

Las gentes del pueblo estaban encantadas con los brebajes que solía preparar, a excepción del farmacéutico, un hombre entrado en años y con cara avinagrada, que había visto disminuir su clientela desde que yo había aparecido por el municipio.

Al poco de instalarme, y aprovechando el crédito de mis vecinos, había añadido la quiromancia, lectura de manos y otras artes adivinatorias a mi catálogo de servicios. Eran éstas artes que dominaba con soltura por lo que, tras un año de arribar a la localidad, ya era conocido por todos y podía codearme con la flor y nata del lugar, entre los que destacaban el alcalde, el médico y el teniente de la Guardia Civil.

Y para mantener mi vida social, me veía obligado cada fin de semana a jugar aburridas partidas de cartas con los prohombres de la localidad: los sábados tute, los domingos julepe. Era menester no perdérselas si quería mantenerme en lo alto de la escala social. Las partidas se jugaban en el casino de la villa, el cual supuse sería el único sitio que merecería la pena en aquél rincón olvidado de dios.

Claro que, cuando descubrí la vil tabernucha con ínfulas a la que llamaban Casino, había sentido tantas ganas de reír que a duras penas pude reprimirme para evitar herir sensibilidades.


2

Me miré al espejo y anudé la pajarita que solía lucir en las tardes de convivencia vecinal, como colofón de un abotonado chaleco. Peiné mis cabellos oscuros, relucientes por la brillantina, y retorcí los bordes de mi afilado bigotillo. Solía obligarme a que la imagen que devolviera el espejo fuera impecable antes de decidirme a cruzar el umbral de la puerta.

El reflejo que aprobé esa tarde era el de un hombre de cuarenta y pocos años, acicalado para una moda de épocas pasadas, pero con un lustre y una elegancia que le hacían parecer algo más joven, a pesar de las líneas que cruzaban la frente y las bolsas debajo de los ojos.

Abroché los botones superiores de la chaqueta, me coloqué el sombrero y crucé el patio camino de la calle. Miré al cielo que barruntaba tormenta y calibré la posibilidad de sustituir mi inseparable bastón de empuñadura de oro por un paraguas, pero me decidí por el primero. Crucé las callejuelas y la plaza mayor rogando a los dioses que no tuviera que arrepentirme por tal decisión al volver a casa después de la partida, aunque siempre cabía la posibilidad de retrasarla hasta que amainara el aguacero en caso de producirse.

 Crucé la puerta del casino y fui recibido con comentarios de bienvenida y una copa del mejor coñac que pudiera encontrarse a varios kilómetros a la redonda. Me senté en la mesa donde ya se encontraban mis tres contertulios de cada sábado y comenzó la partida.

Las conversaciones, motivo real de aquellas reuniones sociales, fueron derivando desde el nivel que yo llamaba de entrada, simples comentarios sobre tal o cual acontecimiento menor de la semana, pasando a las observaciones más atrevidas a medida que las copas de coñac se iban sucediendo.

Uno de los dos temas más aplaudidos solía tratar sobre rumorología acerca de las costumbres licenciosas de bellas damas de la zona, siempre de villas ajenas y nunca de la propia, por supuesto. El otro, sobre misterios sin resolver relacionados con brujerías, artes ocultas y fantasmas o aparecidos de todo tipo.

Aquella tarde se decidieron por el segundo, contando por turnos alguna anécdota vivida, ya fuera reciente o de años atrás. Cuando me tocaba a mí, permanecí callado y a la espera de que alguien se arrancara con un nuevo relato o a que se cambiara de tema.

Fue el teniente quien primero notó mi forzado silencio y quien lo rompió con un comentario jocoso.

—Ya veo don Nuño que mantiene su escaso interés por estos temas —dio una chupada al puro antes de proseguir—. No parece muy apropiado para un hombre de su profesión.

—En efecto, teniente García —intervino don Serafín, el médico—, nuestro amigo Nuño parece más cercano a la incredulidad que a reconocer la veracidad de los misterios de esta parte de España, tierra de meigas famosa en el mundo entero. Permíteme que te diga, querido Nuño, que esto no es muy propio de un quiromante que presume de ver tu futuro con sólo leerte las líneas de la mano.

—Y que vive de ello, bastante bien por cierto —apuntó el alcalde con una risotada.

—Permítanme estimados señores que les saque de su error —afilé el extremo izquierdo del bigote antes de proseguir—. La quiromancia y la adivinación no están en absoluto relacionadas con la brujería, fantasmología y otras supersticiones populares. Se tratan las primeras de auténticas ciencias relacionadas con el destino, estudiadas por eminentes filósofos a lo largo de la historia. Son las últimas, sin embargo, vulgares creencias de personas ignorantes y mal informadas.

—Le veo a usted muy retórico —apuntó irónico el alcalde—. Apuesto a que ahora nos va a decir que su… ciencia la estudió en una prestigiosa universidad francesa o quizá alemana. ¿Tal vez con el mismísimo Freud?

La carcajada fue unánime. Yo sonreí dejando que se sintieran vencedores ante su conjuntado ataque. Al fin y al cabo se trataba de hacerles felices mientras los necesitara.

—Pues hay una historia que está viniendo a mi memoria —fueron las primeras palabras del teniente después de dejar de reír—. Me gustaría contársela y que me diera su opinión. Le aseguro que ésta sí captará su interés.

—¿Se trata de un relato sobre algún fantasma de reciente cuño? —pregunté sarcástico.

—No, la historia no tiene nada que ver con fantasmas, sino con un extraño hecho que sucedió en este mismo pueblo hará unos veinte años, quizá un poco más.

—¿Y por qué tiene tanto interés, pregunto?

—Porque el protagonista de la misma sigue vivo y es un vecino nuestro que podrá aclarar sus dudas sobre el asunto en persona.

—Pues no se hable más, me ha convencido —respondí—. Estoy deseando escucharla.


* * *

Los acontecimientos comenzaron en un brumoso día de diciembre, a finales de la década de los sesenta. Yo era por entonces guardia raso y llevaba destinado a la localidad poco tiempo, dos o tres años tal vez. Don Juan y don Serafín, aquí presentes, aún no habían arribado a la villa por aquellos tiempos, aunque sé que han oído hablar del tema y lo recordarán en cuanto avance en la relación de los hechos.

Eran sobre las once de la mañana cuando un niño llegó a la plaza del ayuntamiento gritando y llorando. Se trataba de un chiquillo de unos diez años. Varios vecinos salieron de sus casas al oír los gritos, presintiendo una tragedia. Su sorpresa fue extraordinaria cuando vieron que era un total desconocido y que hablaba un idioma extraño, que nadie supo reconocer.

Sus ropas eran también extrañas, vestía unas prendas ligeras que debían estar matando de frío al muchacho. La temperatura de esta zona en diciembre, como usted mismo ha comprobado, se reduce a cero grados e incluso por debajo. La humedad que proviene del río acentúa la baja sensación térmica, por lo que alguien le buscó de forma urgente ropas más apropiadas antes de que el pobre pillara una pulmonía.

Luego se llevó al chico ante el alcalde a la sazón, don Romualdo, hombre leído donde los hubiera, y que presumía de tener don de lenguas. No hubo forma. Unos decían que el idioma era alemán, otros inglés o ruso, pero nadie conseguía entender y hacerse entender por el chaval.

Se le dio de comer, ya que le vimos desfallecido, y fue alojado de forma temporal en casa de una hermana don Romualdo, mujer casada y entrada en años, que carecía de hijos debido a un mal de ojo, según afirmaba ella. Aunque era opinión mayoritaria que su marido gustaba más de varones que de féminas.

Al cabo de unos días, cuando el niño se encontraba más tranquilo, empezamos a entendernos con él por señas. Le preguntamos su edad y de dónde provenía. Nos dijo que tenía diez años y, para explicarnos su origen, tomó de la mano al alcalde y nos hizo seguirle hasta un descampado que hay al oeste del pueblo, cerca del río, donde suelen jugar los chiquillos en épocas de buen tiempo.

El pequeño hacía señas desesperadas y lloraba sin parar, pero no conseguía hacerse entender. En un momento de descuido metió la mano en un bolsillo del pantalón de don Romualdo y sacó una moneda de él. Yo me abalancé creyendo que intentaba robarle, pero él paró mi gesto y pidió que escucháramos al muchacho.

Seguía murmurando palabras ininteligibles y se colocaba la moneda en el centro de la frente, apoyando su canto contra la piel y lanzando quejas mientras lo hacía. No hubo forma de entender ni una sola palabra, así que nos dimos por vencidos y lo dejamos por imposible.

 En reunión comunal se acordó que el chiquillo siguiera viviendo en casa de la hermana del alcalde hasta la próxima primavera. Durante el invierno era muy difícil llegar hasta la capital para entregarlo a las autoridades, nadie tenía el valor de enfrentarse a varias horas de viaje en tan malas condiciones climatológicas.

Las semanas y los meses fueron pasando y nunca se llevó al niño a la capital, sino que se aceptó la propuesta de adoptarlo que su acogedora solicitó. El que fuera hermana del alcalde jugó a su favor y el pequeño se quedó entre nosotros.


* * *

Ante el silencio repentino del teniente García, y extrañado por tan abrupto final de la narración, me decidí a hablar.

—¿Eso es todo? —intervine cortante— Sí, acepto que se trata de un extraño episodio, pero no llego a ver su interés. Un niño aparece en la aldea y se queda en ella. El que hable un idioma desconocido puede deberse a múltiples factores, pero…

—No, en realidad el episodio no termina aquí —volvió a hablar el teniente ante mi enojo—. La historia nos la terminó de contar el pequeño unos meses más tarde, cuando aprendió a hablar nuestro idioma, cosa que es bastante fácil para los muchachos de corta edad, como usted sabe.

—Bien, pues estoy deseando escuchar el final, ha conseguido usted intrigarme.

—Creo que no soy la persona indicada para hacerlo, querido Nuño —sentenció el teniente—. Debería oírlo de labios del protagonista en persona. Hoy en día es un vecino del pueblo que vive de su granja situada en las afueras de la localidad. Sus padres adoptivos ya murieron, pero está casado y tiene dos hijos de corta edad. Aunque intenta no demostrarlo, vive atormentado aún por aquellos acontecimientos, ya que todo el mundo le ha tratado de loco durante el tiempo que ha vivido entre nosotros.

—¿Y nunca se ha decidido a dejarles? Si ha vivido tan angustiado, quizá habría podido marcharse y empezar una nueva vida en algún otro sitio.

—Bueno, eso es fácil de decir. Pero piense usted en el joven. Ha crecido aquí y aquí están sus raíces familiares, aunque su familia fuera adoptiva, aquí están sus escasos bienes… ¿Dónde podría ir y sobrevivir con las manos vacías? Esto no es la gran ciudad, don Nuño, aquí se nace, se vive y se muere, dejando a los hijos para que repitan el ciclo una y otra vez.

—Está bien —dije para finalizar—. Reconozco que su historia ha conseguido atraparme, le ruego que me consiga una entrevista con el muchacho lo antes posible, si no le importa. ¿Por cierto, cómo se llama?

—Manuel, ése fue el nombre con que le bautizamos, por si venía de tierra de infieles y el chico no lo estuviera ya —se interrumpió mientras bebía un largo sorbo de coñac, parecía que el relato le había secado la boca en extremo—. Cuente con la entrevista, le haré llamar en cuanto esté apalabrada.


3

Unos días después recibí una nota del teniente García anunciándome que la cita se produciría el siguiente domingo. Me emplazaba en el cuartel de la Guardia Civil a las once de la mañana para dirigirnos en su vehículo oficial hasta la granja del interfecto.

No me hice de rogar y a las diez y media me encontraba dispuesto a la puerta del cuartelillo, a la espera de mis compañeros de aventuras. Unos minutos después arribaron el alcalde y el médico, que no estaban dispuestos a perderse aquella ocasión de escapar del aburrido discurrir de la vida en la aldea. Apareció por último el teniente en un destartalado geep y, tras situarnos en su interior, el viaje comenzó.

La esposa de Manuel nos esperaba y nos hizo pasar a su modesto hogar, ofreciéndonos un oloroso café con unas pastas que ella misma había preparado. Nos pidió que esperáramos a su marido, ya que se encontraba dando de comer a los animales. Un niño y una niña, de ocho y diez años, jugueteaban de forma ruidosa a nuestro alrededor, y su madre les conminó a que salieran al patio para no molestar a tan ilustres visitantes.

Cuando apareció Manuel, una sensación de hormigueo se posó en mi estómago mientras saludaba a los presentes y se disculpaba por habernos hecho esperar.

—Ya se sabe —comentó a modo de justificación—, los animales no entienden de las costumbres sociales de las personas, cuando tienen hambre hay que darles de comer sin demora. Espero no haberles hecho esperar demasiado.

Observé a Manuel con detenimiento, antes de lanzarme al interrogatorio que se esperaban de mí para aclarar los puntos oscuros en la extraña historia. Se notaba que su persona no encajaba entre aquellas gentes. Su aspecto era… ¿cómo decirlo?, distinguido; se movía y hablaba con un sentido exquisito, en castellano, no en gallego, como si hubiera estudiado en buenos colegios y universidades.

Era claro que sin haber salido del pueblo en los últimos veinte años, como era el caso, no había podido aprender semejantes maneras, por lo que éstas debían haberle sido inculcadas en su vida anterior. Lo que no llegaba a entender era su elegante forma de hablar, teniendo en cuenta que todo el vocabulario que conocía provenía del entorno. No olvidaba que cuando llegó al pueblo no hablaba ni una sola palabra del idioma. Quedaba claro que el joven procedía del exterior, lo cual confirmó mis sospechas.

—Es usted el adivino del pueblo, según me han dicho —fue Manuel quien inició la conversación, notándose observado por mí.

—En efecto, aunque adivino es un título que no sé si me corresponde —repliqué intentando ser amable—, digamos que soy tan solo un aficionado de las ciencias del destino.

—Parece una afición muy interesante. En cuanto al acontecimiento que le trae aquí, ¿qué desea que le aclare?

—Digamos que me gustaría oír la historia de sus labios con el mayor nivel de detalle que pueda recordar. Estoy en especial interesado en lo que ocurrió hasta justo el momento en que usted llegó al pueblo gritando. Espero que esto no le cause desazón.

—No se preocupe, estoy acostumbrado a ello, la he debido contar cientos de veces, aunque siempre con el mismo resultado: incredulidad y sonrisas contenidas. Me han tratado de loco casi toda mi vida y eso es lo que más duele.

—Y bien, no le garantizo nada. Lo que sí le confirmo de antemano es que he visto y oído narraciones extraordinarias y la suya la escucharé sin ningún tipo de sarcasmo.

Manuel me miró intentando entender si podía confiar en mis palabras y tras unos segundos comenzó a hablar.

* * *

Siento desilusionarle si le digo que de mi vida anterior no recuerdo mucho, a excepción de ciertas imágenes que quedaron registradas en algún rincón de mi cerebro. Lo primero que viene a mi memoria es el lugar en que vivía. Era una especie de paraíso, o al menos mi mente lo ha grabado así, donde siempre hacía calor.

Estaba cercano al mar y existía un contraste entre los azules del agua y los verdes de los parques en los que crecían árboles hermosos, frutales en muchos casos, pero en especial palmeras de todos los tipos imaginables. Siento una gran felicidad cuando hago esas evocaciones.

Guardo también recuerdos de haber jugado desde mi tierna infancia en aquellos parques, siempre acompañado de alguien, quizás un aya porque no tengo la sensación de que la persona que no nos dejaba ni a sol ni a sombra fuera mi madre. Hablo en plural porque creo que hay alguien de mi edad en ese recuerdo, hermanos tal vez, aunque no puedo asegurarlo.

El día de mi aparición en el pueblo lo recuerdo de forma nítida, quién sabe por qué. Jugaba con otros niños a la pelota en uno de los parques que he mencionado. El día era caluroso y me había quitado parte de la ropa para poder correr con libertad.

Alguien dio un puntapié al balón y lo lanzó lejos, detrás de una tupida arboleda. Me tocó a mí esta vez ir a buscarlo, nos turnábamos entre los chicos para hacerlo así ya que perderlo era cosa muy habitual. Crucé los árboles y entré en un claro que distaba al menos cien metros de nuestra zona de juegos. Busqué y busqué sin éxito.

Al cabo de unos minutos, cuando estaba a punto de rendirme, vi a una figura salir de entre unos matorrales y dirigirse hacia mí. Sentí miedo y a punto estuve de salir corriendo, pero al ver acercarse a un viejecillo indefenso, pensé que no podía temer nada de él, por lo que decidí pedirle ayuda.

—¿Ha visto usted una pelota de color azul?

El viejo me miró con detenimiento, como si intentará asimilar mis palabras. Sus ojillos penetrantes se posaron en los míos y la fuerza de su mirada me causó un escalofrío. Me pareció que aquel hombre no era tan inofensivo como al principio pensaba. Fue entonces cuando reparé en su extravagante aspecto.

Lo primero que destacaba era su melena blanca, sucia y desgreñada, que le caía por la espalda por debajo de un sombrero picudo y arrugado. Pero para arrugas las de su cara, aquel era el rostro más añejo que he visto en mi vida, como si llevara puesta una máscara. Su nariz prominente también estaba arrugada, y tenía una fea verruga en uno de los laterales. El atuendo también era repelente. Vestía una túnica gastada sobre un traje negro que parecía haber heredado de alguien varias tayas mayor, tan holgado y andrajoso le quedaba.

—Pues sí muchacho —respondió el anciano—, he visto tu pelota, pero no por estos andurriales.

Su voz sonó áspera y entonces sí que empecé a sentir miedo. Si no corrí fue por la seguridad que desprendía acerca del paradero del preciado objeto de juego.

—¿Podría ayudarme a recuperarla? —repliqué— Mis amigos me están esperando.

—Tal vez, pero necesito que te acerques para mostrártela.

Dio unos pasos hacia mí mientras sacaba una reluciente moneda como por arte de magia. Juraría que había visto sus manos vacías unos segundos antes, pero allí estaba el disco metálico que me mostraba mientras se acercaba.

—Esta pieza es de oro, pero un oro muy especial, mágico. Si dejas que la ponga sobre tu frente, ella te revelará dónde se encuentra tu pelota.

Me quedé petrificado y en unos instantes ya se hallaba a mi lado. No protesté, pero fue porque me sentía incapaz de articular palabra. Sin que pudiera evitarlo, el viejo apoyó el filo de la moneda en mi frente, justo en medio de los ojos, mientras la sujetaba con dos dedos de largas uñas.

—Mira a ambos lados, con un solo ojo a la vez, y dime lo que ves —dijo con una sonrisa felina que mostraba unos dientes amarillentos.

—A la derecha veo el parque, los árboles, el claro…

—¿Y a la izquierda?

—A la izquierda es… es otro sitio. Se ve una explanada grande y un río detrás de unos matorrales —respondí—. Debe hacer mucho frío porque está medio nevado.

—¿Puedes ver tu pelota?

—No… creo que… ¡sí, la veo! —la había localizado a unos metros a la izquierda, entre unas piedras, y me sentí feliz a pesar de que todo aquello era muy extraño.

—¿Y por qué no vas a por ella, chaval? —dijo el anciano con una voz aún más sibilina, si es que eso era posible— Anda, corre…

—No, tengo miedo, ese sitio no lo conozco y si me voy lejos mis padres me castigarán.

Hice un amago de alejarme del viejo, pero este me agarró del brazo con la mano que aún tenía libre y me dio un fuerte empujón hacia el lado donde se encontraba el balón.

Sentí que caía al vacío, sin tiempo de gritar siquiera. Fue como en esos sueños en que parece que te caes y despiertas con un sobresalto agarrándote a la cama. Por desgracia no era un sueño y a lo único que pude agarrarme fue a la mano con que el hombre sujetaba la moneda. Él se echó hacia atrás de forma violenta, pero la pieza de oro voló conmigo, cayendo ambos del lado de la explanada desconocida.

El golpe contra el suelo me dejó desconcertado durante unos segundos, al cabo de los cuales me levanté sacudiéndome la ropa. Miré hacia todos lados y lo que vi me dejo perplejo: el parque había desaparecido, llevándose al anciano con él. Me encontraba solo en medio de un sitio desconocido y donde hacía un frío terrible. Di vueltas alrededor y entre los árboles, buscando un rastro de mis amigos, el aya, quien fuera.

Al no ver a nadie, el terror se apoderó de mí. Corrí lo más rápido que pude y busqué algún sitio habitado para pedir ayuda. Divisé el pueblo a lo lejos y entré en él gritando.

El resto creo que ya lo sabe usted.


4

Quedé callado unos segundos, meditando sobre el relato que acababa de escuchar. Miré uno por uno a los presentes y ellos me devolvieron una mirada expectante, aguardando a que dijera algo que rompiera el silencio que se había creado en la estancia.

—¿Qué me dice, también piensa usted que estoy loco? —preguntó Manuel.

—No lo sé, pero no lo creo… —respondí— Tengo alguna duda, sin embargo, que me gustaría aclarar.

—Usted dirá.

—El día que llegaste a la aldea hablabas un idioma extraño, ¿Podrías hablar algunas palabras en ese idioma?

 —Lo siento… lo he olvidado por completo —replicó—. De hecho, sé que hablaba en otro idioma porque me lo han dicho, pero en mi mente no queda ningún rastro de él.

Me levanté de la silla de forma súbita y señalé la puerta de la casa, causando la extrañeza de mis contertulios ante el repentino impulso.

—No me miren con esa cara de asombro, señores —dije—. Solo queda una cosa para corroborar los hechos: buscar la moneda. Así que empecemos cuanto antes, la luz diurna no va a durar por siempre.

La extrañeza de mi auditorio era evidente, pero fue el alcalde el que habló en nombre de todos.

—¿Está proponiendo que busquemos una moneda que se perdió hace más de veinte años?

—Eso es —contesté.

—Recuerde lo que le dije: la moneda ya fue buscada en su momento sin éxito —replicó el teniente García.

—Yo mismo la he buscado todos estos años —añadió Manuel—. Lo he hecho docenas de veces para nada.

—Pero a ustedes les ha faltado algo que necesitaban para encontrarla —dije sonriendo ante sus caras de estupor.

—¿Y se puede saber que es ello? –dijo el alcalde

—Convicción, queridos amigos, convicción.

Ante mi insistencia, terminaron por aceptar. Pero me convencieron para no iniciar la búsqueda hasta el día siguiente, ya que en esos momentos tenían compromisos que atender. Acepté con desgana, aunque a esas alturas mi deseo de lanzarme a la aventura era apenas disimulable.

No di opción, sin embargo, sobre mi propuesta de la hora de comienzo: lo haríamos tan pronto como amaneciera, de ese modo tendríamos más horas de claridad para trabajar.


5

La primera luz del alba de aquél día de verano nos sorprendió llegando a la explanada donde había aparecido Manuel. Y donde se había perdido la moneda de oro, quedando desaparecida durante dos décadas. Allí nos encontrábamos los cuatro compañeros de cartas, además del protagonista del hecho que nos había congregado, dispuestos a comenzar un duro día de un trabajo muy especial.

Pedí al joven que se situara en el punto exacto en el que recordaba haber caído la mañana de los hechos. Así lo hizo y yo me situé a su lado. A continuación di unos largos pasos mientras contaba en voz alta, observando las caras de interrogación de mis acompañantes.

Cuando hube terminado, hice una señal con el bastón en el suelo y, arrastrándolo por la arena, dibujé una circunferencia de cien metros de diámetro alrededor del muchacho. Este sería el perímetro de búsqueda.

—Señores —dije con voz autoritaria—, distribúyanse de forma ordenada. Somos cuatro, por lo tanto cada uno buscará en dirección a un punto cardinal concreto, partiendo del punto donde se encuentra Manuel. Yo buscaré junto a él.

La actividad comenzó de inmediato. Yo me movía por detrás del joven, mientras él buscaba respirando de manera agitada. Utilizaba el bastón como herramienta, removiendo la tierra y levantando cada piedra que encontraba a mi paso.

Las horas fueron pasando y la sensación de pérdida de tiempo iba haciendo mella en mis colaboradores. Yo les animaba con breves comentarios orientados a convencerles de que aquello no era una empresa inútil, pero había momentos en que parecía que no podría conseguirlo durante mucho más tiempo.

La temperatura fue subiendo con el transcurrir de la mañana. El sudor y el polvo de la explanada se pegaban a los elegantes atuendos, haciendo más compleja nuestra tarea. Mis compañeros se sentaban de cuando en cuando sobre alguna piedra para descansar. Llegó un momento en que el tiempo de pausa superaba al de trabajo, por lo que me pareció que los estaba perdiendo. Solo una idea convincente podría conseguir que no se rindieran. Tenía que inventar algo y deprisa, si no quería que la búsqueda fuera abortada.

—Un momento, Manuel —dije en voz más alta de lo que hubiera sido normal para que todos me oyeran.

—Usted dirá…

—Cuando caíste sobre la tierra, ¿oíste un ruido metálico?

—Pues… no, ceo que no —respondió.

—Eso quiere decir que la moneda debió caer sobre una superficie blanda —comencé a pensar en voz alta—. La tierra estaba dura por el frío, y las piedras son duras de por sí, lo que nos deja dos opciones…

Los cuatro me observaron expectantes.

—La primera opción sería la nieve, pero no me convence.

—¿Y cuál es la razón por la que no le convence, si puede saberse? —espetó el alcalde secándose el sudor de la frente con un pañuelo.

—Porque la nieve se encontraba en el perímetro donde se ha buscado de forma repetitiva durante mucho tiempo de forma infructuosa. Es justo lo que estamos haciendo una vez más y he llegado a la conclusión de que seguir haciéndolo no sirve para nada.

—¿Y la segunda opción…? —esta vez habló el médico, silencioso hasta entonces.

—La segunda opción es que cayera sobre hojarasca o tierra húmeda —hice una pausa forzada para observar su reacción y continué—. Y cualquiera de ambas cosas sólo podría encontrarse a orillas del río.

Me volví hacia el joven y volví a hablar dirigiéndome a él.

—Dime Manuel, ¿has buscado alguna vez en la orilla del río?

—Pues…¡claro que no! —contestó confundido— El río se encuentra a casi doscientos metros del punto donde caí. Es imposible que llegara hasta allí.

—Ajá, imposible… —sonreí mostrando más confianza de la que sentía— Esa es una palabra que he oído muchas veces en mi vida... Pero lo que buscamos no es una pieza común. Si no recuerdo mal, el viejo dijo que la moneda era mágica, ¿no es así? Y, por lo que me ha sido relatado, debía de ser bastante pesada, por lo que pudo volar más de lo que cualquiera de nosotros pueda creer.

Me volví hacia las eminencias de la localidad y les animé a seguir la faena.

—¡Caballeros!, el borde del río es nuestro objetivo a partir de ahora. Repartámonos cien metros por cabeza y no dejemos arena sin remover.

Se hizo el silencio durante casi dos horas, mientras cada uno rastreaba el trozo de terreno asignado. Yo seguía al lado de Manuel, no quería perderlo de vista ni un solo segundo.

De pronto observé un brillo dorado a pocos metros y avancé hacia él. Fuera lo que fuera lo que lo producía, se encontraba semi enterrado en un barrizal cubierto de ramaje de los arbustos cercanos. Al acercarme vi que se trataba de la ansiada moneda y reconocí que era un auténtico milagro el haber podido encontrarla en aquél inmenso descampado, miles de veces pisoteado por los pies juguetones de los niños del pueblo.

Sentí un escalofrío de júbilo y me lancé sobre ella para ser el primero en sentir su tacto metálico. Fui demasiado lento. Manuel se me adelantó de un salto y la mostró a todos los presentes, gritando de alegría por el hallazgo que acababa de realizar.

–¡La encontré, la encontré! –repetía dando saltos– Ahora ya nadie podrá decir que estoy loco.

Miré alrededor y contemplé los rostros estupefactos de mis compañeros de fatigas. No era para menos, teniendo en cuenta que habían tachado de desequilibrado a aquél muchacho durante las últimas dos décadas.

6

Aquella misma tarde se convocó un pleno en el ayuntamiento. A los protagonistas de la aventura de la mañana solo hubieron de unirse el maestro y el farmacéutico, tan escueto era el consistorio, por lo que la convocatoria pudo acatarse de forma rápida.

Manuel y yo mismo asistimos a tan especial reunión como invitados de honor, teniéndose en cuenta que de no haber sido así, lo más probable era que los funcionarios no hubieran tenido nada que debatir.

La sesión comenzó con un breve resumen de los acontecimientos de los últimos días. Una vez se hubo puesto al corriente a los desconocedores de los hechos, se abrió un debate sobre cuáles eran las acciones a tomar a partir de aquél momento.

Las discusiones fueron subiendo de tono y pareció que iban a terminar en reyerta. El alcalde pidió serenidad y buena educación, y sintetizó las dos opciones que parecían prevalecer sobre el resto de ideas más o menos pintorescas.

—Señores Concejales —habló don Juan—, según los comentarios de la sesión, considero que las posturas más sensatas son las dos siguientes: Primera: entregar la moneda a las autoridades de la capital para que la estudien o hagan con ella lo que les parezca oportuno; segunda: que ésta sea entregada a Manuel para que pueda resarcirse de los oprobios recibidos por sus convecinos, vendiéndola o guardándola como un recuerdo. Si les parece a ustedes, pasemos a votar.

—Un momento, señor alcalde —interrumpí—. Si sirve mi humilde opinión, yo descartaría la primera alternativa.

—¿Puede explicarse, don Nuño? —intervino don Santiago, el farmacéutico, con cara de pocos amigos. Estaba claro que intentaba ponérmelo difícil, no perdonaba la bajada de las ventas en su establecimiento desde mi llegada a la localidad.

—Muy sencillo, señores míos —repliqué—. Si hicieran tal cosa, las autoridades les harían muchas preguntas, la mayoría difíciles de responder. Cabría la posibilidad de que pasaran ustedes por locos, como le ocurrió al pobre Manuel casi toda su vida.

Hice una pausa para que mis palabras entraran en sus duras cabezas y continué.

—Sin contar que habrían de dar muchas explicaciones sobre la adopción de un niño que fue cuando menos dudosa… —miré a Manuel que tenía la cabeza baja y daba vueltas a la moneda sin descanso—. Este muchacho ya ha sufrido lo suficiente y merece que su nombre deje de correr de boca en boca para iniciar una nueva vida junto a su familia, ¿no les parece?

Se formó un murmullo de aprobación y tras una breve discusión se dictó sentencia, dando por buena mi propuesta y entregando la preciada pieza al joven.

—Pido una última deferencia por parte de ustedes —dije antes de que se disolviera el pleno—. Me gustaría estudiar la moneda durante unos días. Y para no levantar sospechas de que podría desaparecer con ella, dejaré en prenda mi bastón con una empuñadura que pudiera ser de más valor que la propia reliquia.

Se aceptó la moción y se me entregó la pieza por el plazo de una semana para su examen, tras lo cual se dio por terminada la sesión.

Mientras nos despedíamos, aproveché para citar a Manuel en mi casa una semana más tarde a contar desde esa fecha. Le explicaría cualquier hallazgo que hubiera realizado y haríamos un intercambio de prendas. Aceptó con gusto y cada uno tomó su camino.


7

Manuel llegó sin hacerse esperar, cuando el reloj del ayuntamiento hacía sonar ocho campanadas en la tarde del día acordado. Se le veía inquieto y con interés de realizar el intercambio de forma presurosa y partir de inmediato. Le tranquilicé invitándole a entrar en la casa y aceptar una copa de un excelente oporto que tenía preparado para la ocasión.

Aceptó de mala gana y se sentó en el lado más mullido de mi sillón preferido. Tomó la copa en sus manos y la bebió casi al completo de un largo trago. Me senté en una butaca frente a él y aproveché los momentos de cortesía para estudiarle con detenimiento.

Sí, confirmé, era evidente que se parecía a su padre.

Su cara ancha de frente prominente demostraba una fuerza sólo superada por su progenitor. Los pómulos salientes sujetando unos ojos azabache le conferían un porte autoritario, y la barba oscura y poblada mostraban su origen con claridad.

—Bien, Manuel –rompí el silencio instalado entre ambos—, te he citado aquí no solo para devolverte la moneda, sino para hacerte unos comentarios que creo serán de tu interés.

Me miró con extrañeza, aunque sin ocultar su desgana.

—Bien, así sea —replicó—. Pero apresúrese porque no quiero permanecer mucho más tiempo del necesario en el pueblo. Estoy deseando volver a casa y olvidar esta historia para siempre.

—No sé si podré ser breve, lo que voy a contarte es difícil de entender y con seguridad me pedirás muchas explicaciones cuando lo oigas.

—No se preocupe por mis entendederas, no soy como las gentes de esta aldea —un brillo de orgullo destelló en sus ojos—. He leído cuanto ha caído en mis manos durante mucho tiempo y he estudiado en las mejores universidades a distancia. Ese fue el único legado de mis padres adoptivos.

Este comentario me permitió confirmar la sensación de hombre cultivado que observé en el joven la primera vez que lo vi.

—Bien, si es así, sigamos adelante sin premura, Manuel… —hice una pausa premeditada— O quizá es mejor que te llame por tu verdadero nombre: Xargo.

—¿Mi verdadero nombre? ¿Qué sabe usted de eso?

Observé que mis palabras habían conseguido el efecto esperado. Su mirada ya no era desganada, sino en guardia, y el interés por lo que pudiera contarle era patente.

—Sé bastante al respecto. Sé quién eres en realidad y de dónde procedes. Pero si tienes tanta prisa…

—¿No intentará engañarme con alguna estratagema para quedarse con la moneda?

—En absoluto. Pero, ¿quieres escuchar lo que tengo que decirte o prefieres que calle?

—Hable —replicó con voz malhumorada, pero sin conseguir velar la súplica que había en su tono.

—Bien, tomemos otra copa de este magnífico vino y disponte a oír la narración más fantástica que hayas imaginado. Es difícil de creer, pero te ruego que no me interrumpas hasta que hayas escuchado lo que tengo que decir.

 * * *

Tu procedencia, como sabes, no es de esta región. Lo que no sabes es que el sitio de donde provienes no está en realidad a ninguna distancia de este lugar. Se encuentra… ¿cómo decirlo? Digamos que está a la vez muy cerca y muy, muy lejos…

Perteneces a un espacio y un tiempo diferente al que nos encontramos aquí y ahora.

Mientras fuiste niño, viviste en una bonita ciudad costera con un clima y un estilo de vida envidiables, capital del imperio al que pertenece. En cuanto a tu linaje, te diré que eres el último descendiente de una casta de reyes, sin contar a tus hijos, claro está.

Y, sobre por qué llegaste aquí, ¿te descubro algo si digo que está relacionado con tu familia? Para ser exacto, te empujaron a este sitio con el objetivo de romper tu dinastía y expulsar a tu familia del trono.

Veo tus ojos de incredulidad, pero si me dejas terminar, te demostraré que mis palabras dicen la verdad.

Cuando tenías diez años, tu madre murió. Tus padres tenían en ese momento tres hijos: tus dos hermanas, más jóvenes que tú, y tú mismo. Tu padre había sido operado de un tumor maligno que le impedía volver a tener hijos. Esto, unido al hecho de que en el mundo del que procedes no se permite reinar a las féminas, conllevaba un peligro inminente para los tuyos, a la vez que una oportunidad para sus enemigos.

Haciéndote desaparecer, se conseguía dejar un vacío de poder a la muerte de tu padre que sería rellenado por los enemigos de los que te hablo. Por supuesto, ese fallecimiento estaba preparado de antemano.

Así que, para conseguir el cometido de hacerte desaparecer, se contrató a un nigromante. Se trataba del viejo que describiste, el que te hizo pasar la puerta de una realidad a otra, sin salir de nuestro estimado planeta, eso sí.

¿Por qué no matarte en lugar de urdir tan sofisticado plan? Esto es fácil de explicar: demasiadas muertes encadenadas con un claro beneficiario, llevaría a demasiadas preguntas incómodas que de esta manera se evitarían.

De modo que se provocó tu abrupta salida del espacio temporal al que pertenecías un caluroso día de verano en tu ciudad de origen, al tiempo que un frío día invernal en esta inhóspita zona del mundo.

¿Alguna duda que pueda responderte?


* * *

—¿Duda, dice? —me miró de forma encolerizada— Acaba de contarme la patraña más increíble que he oído en mi vida y me pregunta si tengo alguna duda…

—¿Quieres decir una patraña tan increíble como la historia que has contados durante años y que nadie te creyó? —el golpe a la línea de flotación hizo mella sobre Manuel y se derrumbó sobre el sillón.

—¿Quién es usted? ¿De dónde viene? ¿Qué quiere de mí?

—Eso son tres preguntas amigo mío —dije con ironía contenida—, pero intentaré responderlas por orden.

»Soy Tranhol, químico y curandero, consejero personal de tu padre. Estoy aquí buscándote, cosa que me ha llevado casi veinte años. Y he venido para devolverte al sitio que te corresponde: al lado de tu familia. Ellos me envían y ellos me pagan por conseguir tan colosal encargo.

Tranhol… curioso nombre para un embaucador. ¿Cuál es la prueba que demostrará que lo que dice es verdad?

—Muy sencillo —introduje la mano en un bolsillo de la chaqueta y la saqué con un objeto brillante de color dorado.

—La moneda…

—En efecto —repliqué—, deja que te la ponga en la frente y podrás ver el mundo del que procedes.

Me acerqué a él, pero hizo amago de retirarse.

—¿Cómo sé que no es una treta y que volveré a pasar de nuevo por lo que pasé?

—Porque sólo franquearás la puerta al otro lado si realmente lo deseas —respondí—. Deseabas con fuerza aquella pelota de colores, ¿lo recuerdas?

Me miró sin verme, con ojos llenos de ayer.

—Sí, por desgracia es difícil de olvidar… —pareció rendirse y se removió en el sillón acercándose a mí —. De acuerdo, haga lo que tiene que hacer y veamos si sus palabras pueden ser corroboradas por los hechos.

Situé el filo de la moneda sobre su frente, entre ambos ojos, y le vi mirar a uno y otro lado, en silencio, pero con una emoción contenida.

—¡Cielo santo! —exclamó con estupor— ¡Es cierto, estoy viendo el parque donde jugaba aquel día…!

Retiré el disco de oro y lo sostuve entre los dedos mientras esperaba a que se repusiera de la conmoción que la visión le había causado.

—Y ahora, ¿qué me dices?, ¿te gustaría volver? —quise saber.

—¡Por todos los diablos!, ¿si quiero volver? ¡claro que quiero! —Se había puesto en pié y se movía de un lado para otro como un enajenado— ¿Pero qué hacemos aquí perdiendo el tiempo? ¡Apresurémonos a recoger a mi familia y volvamos a mi mundo cuanto antes!

Sentí una punzada en el estómago. En su estado de euforia me sabía mal darle una última noticia. Lo dudé un segundo, pero no quise alargar la espera para evitar que el desengaño fuera aún mayor.

—Lamento decirte que no puedes volver con tu familia.

Me miró sin creerme, se abalanzó sobre mí y me tomó de la solapa con sus ásperas manos de agricultor. Pensé que con un solo puñetazo sería capaz de matar a una mula, cuánto más a alguien de mi escasa corpulencia.

—¿Qué está diciendo, maldita sea?

—Verás… —intenté tranquilizarle al tiempo que me liberaba de su amarra— La moneda solo funciona con personas de tu mundo. No funciona con ningún nativo de este lado de la puerta. Ni siquiera tus hijos, que son una parte de ti. Lo siento…

Cuando pensé que iba a volverse loco y arrancarse a puñetazos con mis escasas carnes, se desmoronó sobre el sillón y comenzó a llorar como un niño.

—¡Está mintiendo, eso que dice no puede ser cierto…!

—Lo lamento, muchacho, pero es la verdad. Y ya llevo demostrándote unas cuantas desde que te conozco. Debes creerme.

Dejé que se desahogara sin decir una sola palabra. Apuré mi oporto y llené de nuevo ambas copas, entregándole la suya en un intento amable de que se recompusiera como un hombre.

—No puedo hacerlo —fueron sus primeras palabras tras un prolongado silencio.

—¿A qué te refieres? —pregunté, temiendo la respuesta.

—No lo haré sin mi familia —respondió—. Si ellos no pueden venir, yo tampoco volveré a mi mundo. Ellos son todo lo que tengo. Ha pasado demasiado tiempo y allí seré un extraño. No quiero pasar de nuevo por el mismo calvario. No soportaría estar solo entre la gente como ya lo estuve.

Se levantó de improviso y tendió la mano exigiendo la devolución de la pieza de oro. Intenté convencerle que lo que pretendía era una locura. Le estaba ofreciendo una vida regalada, rodeado de todas las riquezas y lujos inimaginables, las más bellas mujeres y las viandas más exóticas y sabrosas. Podría conseguir lo que quisiera de miles de personas que estarían deseando complacerle con solo chascar los dedos.

—¿Me dices que vas a cambiar todo ello por vivir dando de comer a unos sucios animales y convivir con un montón de paletos que no saben donde tienen el pie derecho? —espeté malhumorado.

No conseguí hacerle cambiar de opinión. Tras una breve discusión en la que se mantuvo en sus trece, le devolví la codiciada pieza y se marchó como un ciclón, dando un portazo que amenazó con hacer caer los pesados cuadros de las paredes de la vivienda.


EPILOGO

Volteé la moneda entre mis dedos mientras me dirigía al dormitorio. La charla con Manuel se había prolongado más de lo esperado y me encontraba cansado, lógico en un hombre de mi edad.

Mientras me preparaba para acostarme mirándome al espejo, pensé en todas las mentirijillas y juegos de malabares que había tenido que concebir a lo largo de la tarde.

La primera tenía relación con la ansiada pieza, que ahora daba vueltas entre mis manos. Había dado el cambiazo en el momento adecuado y el joven se había ido con una falsa copia en su bolsillo, confiado en que portaba la auténtica porque brillaba de forma similar a la original.

Sonreí para mis adentros mientras me quitaba la peluca de cabello engominado, dejando al aire mi auténtico pelo, blanco y con un largo que le permitía caer por encima de mis hombros ¿Había dicho sucio y desgreñado el mozalbete? Si no hubiera sido porque tenía que mostrar una amabilidad fingida, le habría dado una bofetada.

Al retirar la máscara de piel postiza de la nariz, recordé la segunda mentirijilla de la tarde. Me rasqué mi arrugada nariz, maldiciendo el dolor producido por la abultada verruga que me acompañaba desde hacía años, mientras pensaba en la fácil manera en que podría haber enviado a toda la familia de aquél estúpido joven al mundo del que provenía.

Claro, que no me interesaba en absoluto. Eso sería cometer un segundo error. El primero fue el de aliarme con el bando equivocado y hacer desaparecer al molesto chiquillo para conseguir la gracia de los enemigos del rey Lion, padre de Xargo. La conspiración fue detectada por los aliados del rey y yo fui encarcelado durante más de diez años, hasta que propuse encontrar al muchacho si me dejaban en libertad.

A cambio de ello se me permitiría vivir en la realidad temporal que eligiera, sin tener que esconderme durante el resto de mi vida. Recibiría un excelso palacio en el centro de la ciudad con mayor número de rascacielos del planeta... Y una cantidad de dinero que podría hacer empalidecer de envidia al hombre más rico del mundo.

Retiré por fin el bigotillo y el resto de la máscara del rostro que dejaba al descubierto mis centenarias arrugas y extendí sobre mi cara una pomada para hidratar la piel castigada por aquél burdo disfraz.

El inesperado infortunio era el de no haber conseguido convencer a Manuel-Xargo para que volviera a su mundo. Claro que éste era un mínimo contratiempo, ya que bastaba con devolver a alguien que con una prueba de ADN probara que era descendiente del rey. Con una simple mentirijilla añadida, que afirmara que Xargo había muerto, todo se habría consumado a mi conveniencia.

Por cierto que la última mentirijilla de la tarde abría un rango de elección más que interesante: dado que la ley actual permitía reinar a las féminas, en contra de lo que había mencionado, tenía dos espléndidas opciones:

Lo único que me quedaba por decidir era a cuál de los dos hijos de Manuel tendría que empujar hacia el otro lado del filo de la moneda: al niño o a la niña.

  



Pozuelo de Alarcón, 8 de Noviembre de 2013




Comentarios

  1. Jo, ayer te puse una respuesta y ha desaparecido. Gracias super-patri. Un besote.
    PD: Recuerda que todavía está por escribir la historia, del mentiroso, el mudo y el otro... (qué era el otro?). Yo me encargo.

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