ALMARAFE


PROLOGO

Saboreé el frío espumoso de la cerveza y levanté la copa para hacer un brindis al sol, agradeciendo los rayos que me arañaban los ojos a través de las ramas de una palmera. Era la primera cerveza del día y me sabía a gloria, como si se tratara de la primera de mi vida.

El tiempo era increíble para esa época del año, con una luz radiante que hacía el aire más claro, como de cristal recién pulido. Nos acompañaba el arrullo de las olas del mar que rompían cerca de las sillas del chiringuito donde me había sentado a descansar con mi mujer, Christine, después de un largo paseo por la orilla de la playa. Calculé que la temperatura no bajaría de los veinte grados, nada mal para un día de febrero. Sonreí con regocijo al pensar que en ese momento no habría más de cinco o seis en Londres, ciudad desde la que habíamos escapado en unas vacaciones relámpago para poder ver el sol lejos del brumoso invierno inglés.

Me ajusté las gafas ahumadas y miré hacia el paseo que bordeaba la playa. La carretera que separaba la costa de la fila de casas bajas de la primera línea estaba silenciosa, lo normal para un época de tan escaso tránsito. Observé el cansino andar de una pareja de ancianos, seguramente jubilados sin otra cosa que hacer que caminar bajo el tibio sol, y enseguida mi mirada se posó en tres hombres de aspecto estrafalario que se cruzaron con los octogenarios paseantes. Quizá la extravagancia la proporcionaban sus abundantes ropas, pensé, más apropiadas para un tiempo frío y lluvioso que para aquél magnifico día. Hablaban en voz baja, mirando a todos lados y moviendo las manos con vehemencia.

Fue entonces cuando le reconocí: él era uno de aquellos hombres. Y no le identifiqué solo por los blancos cabellos, largos y peinados hacia adelante para simular la amplia zona despoblada de la cabeza. Tampoco por la barba canosa, escasa y salvaje, la forma de vestir o su modo de gesticular mientras hablaba. El elemento clave lo daba la vacilante cojera que le hacía dar dos pasos con la pierna izquierda antes de dar uno con la derecha, herencia de una herida de guerra en las playas de Normandía.

Aquél hombre era mi padre, no me cupo la menor duda. Y esto no hubiera sido noticia en otra época, ya que fue él quien me enseñó a buscar rincones entrañables en los pueblos marineros de la costa malagueña.

 Lo que me dejó sin habla era la certeza de que mi padre llevaba muerto casi dos años.


1

Mediaba el mes de febrero de 1986 cuando llegamos a Almarafe, un bonito pueblo de la costa de Málaga, para unas cortas vacaciones. Nos lo había recomendado un compañero de la oficina por su tranquilo pasar desapercibido, gracias a encontrarse lejos de los grandes circuitos turísticos. Christine y yo acostumbrábamos a pasar nuestras vacaciones en España desde hacía varios años, pero siempre acabábamos en destinos vulgares llenos de compatriotas alborotadores que solían pegarse a nosotros y no nos permitían encontrar el sosiego que solíamos buscar.

Y en esta ocasión necesitábamos tal sosiego de forma imperativa. Por prescripción médica, como suele decirse. Chris acababa de quedarse embarazada, después de dos abortos casi consecutivos. La doctora que la trataba le había recomendado altas dosis de tranquilidad y, a poder ser, tomar vitaminas solares, algo muy escaso en el invierno inglés.

Estudiamos varias opciones a lo largo de la costa española y habíamos acertado de pleno. El pueblo era un auténtico lugar de recogimiento y el clima no se diferenciaba del de cualquier otro lugar de mayor alcurnia turística. Matábamos el tiempo paseando por la playa, tomando el sol y respirando el aire marino cargado de la energía que necesitaríamos cuando volviéramos a la rutina diaria en nuestro húmedo pueblo de la periferia londinense.

El cuarto día nos levantamos a las ocho de la mañana, como teníamos por costumbre, para estirar al máximo la jornada. Bajamos a la cafetería del modesto hotel y desayunamos mientras yo echaba un vistazo al periódico de la mañana y Chris conversaba por señas con la anciana que regentaba el lugar. No podría afirmar que mi español fuera espectacular, pero tras dos décadas de vacaciones en las playas de Cataluña, Valencia y Andalucía, podía decirse que era lo suficiente avanzado como para poder leer el periódico o mantener una conversación con algún lugareño que no tuviera un acento demasiado marcado.

Tras saborear el estupendo desayuno nos lanzamos a nuestra diaria caminata. En esta ocasión nos dirigimos hacia el sur, por donde un paseo de tierra bordeado por una valla de madera discurría paralelo a la línea de la playa. En verano hubiera estado más concurrido por transeúntes y deportistas a la carrera o en bicicleta, pero aquella mañana de febrero era ideal para caminar en silencio, cogidos de la mano como dos colegiales en su primera cita.

Sobre las doce consideramos que era ya la hora de tomar un aperitivo antes de volver al hotel para el almuerzo y la siesta obligada en la habitación con vistas al mar. No haría ni diez minutos que nos habíamos sentado cuando fijé la vista en los tres hombres de aspecto extraño, con vestimentas oscuras y abrigos más adecuados para una temperatura bajo cero que para los templados veinte grados de ese momento.

Cuando reparé en el hombre del paso vacilante no pude reprimir el escalofrío que me recorrió desde la punta de los pies. Me levanté como un resorte, sin escuchar el estruendo de la silla que volqué a mi espalda. Chris me miró con asombro, no entendiendo qué me había sobresaltado.

—¿Qué ocurre, Mark? ¿Pasa algo? —preguntó extrañada.

—¿Ves aquél hombre, el del abrigo gris? —balbuceé.

—¿Te refieres al del cabello blanco que gesticula con vehemencia?

—Si... ¿No te recuerda a alguien?

—Pues no sé, ¿tal vez alguno de tus clientes?

—No, no... alguien más cercano —mi alteración era evidente y mi esposa me miraba más a mí que al hombre que intentaba identificar— ¿Qué me dices de su cojera?

—Bueno, no sé, quizá... —su voz se truncó de repente y se puso en pie de un salto al igual que había hecho yo unos segundos antes—. Cielos Mark, ese hombre... ¡Ese hombre es tu padre!

—Debe ser una alucinación, es imposible que sea él. Murió hace dos años. ¿Crees posible que alguien tenga un aspecto tan parecido y que cojee de forma idéntica?

—No sé, es muy extraño. No entiendo como puede ser, pero es evidente que el parecido es asombroso.

—Sólo veo una salida a este asunto —dije comenzando a andar hacia los tres hombres—. Hablaré con él y saldré de dudas. Aguarda aquí, no tardaré en volver.

—Espera Mark, deja que vaya contigo —gritó Chris al ver que me alejaba.

—Está bien, pero paga antes las consumiciones. Yo iré por delante.


* * *

Me dirigí hacia los tres hombres con paso rápido, resistiendo la tentación de echar a correr. Iba ganándoles terreno por momentos mientras intentaba obtener una posición adecuada para observar la cara del hombre que podía ser mi padre. Cada vez que hacía un giro de la cabeza y podía ver su rostro, aún en la lejanía, mi seguridad de que se trataba de él crecía de la misma forma en que lo hacía mi asombro.

Al pasar una isleta de palmeras que simulaban un oasis, los tres dieron un giro hacia la izquierda y se dispusieron a cruzar la carretera. No miraron a ninguno de los lados antes de lanzarse a la vía, parecía que supieran que no se acercaba ningún vehículo, o que tal cosa les tuviera sin cuidado.

Yo sí volví la vista hacia izquierda y derecha y me dispuse a cruzar la calzada para intentar alcanzarles antes de que llegaran a las calles del interior del pueblo y se perdieran por ellas.

Apenas puse el primer pie sobre la acera del otro lado, un hombre de aspecto lúgubre me salió al paso y me cogió del brazo. No entendí de donde podía haber salido ya que juraría que unos segundos antes la calle se hallaba completamente vacía, a excepción de los tres hombres insólitos y yo, su perseguidor.

—Buenos días señor, ¿me permite un minuto? —la voz del hombre sonaba áspera y el aliento desprendía una aroma que recordaba a incienso.

Le dediqué una mirada de desaprobación, haciendo un recorrido por su extraña figura. Su aspecto era fúnebre de los pies a la cabeza: sus zapatos, traje, camisa y corbata eran negros, y lucía un sombrero de tela desgastada de una negrura a juego con el resto del atuendo. Su extrema delgadez le hacía parecer más alto, aunque en realidad sin el sombrero debía estar algunos centímetros por debajo de mi estatura. Unos ojos pequeños e inteligentes y una nariz aguileña eran el remate de una silueta tan extravagante que parecía la caricatura de un mafioso de comic.

—Lo siento —respondí tras unos segundos de vacilación en mi medio español—. Tengo prisa y no puedo atenderle en este momento.

—Verá, es importante que me escuche, tengo que comentarle algo que podría interesarle —su cambio del español a un inglés perfecto y sin acento aguzaron la sorpresa que me producía el interés del hombre por no dejarme seguir mi camino.

—¡Maldita sea! —cambié yo también a mi idioma elevando la voz para que entendiera que no me interesaba ninguna cosa que quisiera venderme—. Le he dicho que no puedo y no quiero hablar con usted. ¡Suélteme si no quiere que me enfade de veras!

Al contrario de lo que le pedía, el hombre aferró aún más mi brazo mientras se situaba frente a mí para evitar que siguiera caminando. Intenté soltarme a la fuerza, pero la tenaza de aquella mano huesuda resultó ser increíblemente fuerte para la poca corpulencia del extraño.

—De veras, señor —siguió con su cantinela si soltar mi presa—. Necesito hablar con usted y es importante que me escuche.

Miró por encima de mi hombro y noté que se comunicaba por gestos con alguien que se hallaba a mi espalda. Volví la cabeza y observé que otro hombre de idéntico aspecto salvo por la ausencia de sombrero se encontraba de pie ante la mesa del chiringuito en la que había dejado a mi mujer unos minutos antes. Noté la mirada asustada de mi esposa y di un nuevo tirón del brazo para liberarme de la sujeción que me impedía el movimiento.

Cuando al fin lo conseguí me volví hacia mi esposa e hice el amago de echar a correr para protegerla del malnacido que la mantenía retenida en la silla. El hombre hizo un gesto con la mano, dirigido al hombre del sombrero con total seguridad, y echó a andar hacia la playa perdiéndose por detrás del bar.

Chris corrió hacia mí y nos abrazamos aún asustados por la escena que acabábamos de vivir. Noté el palpitar alborotado de su corazón. Me giré y vi que el hombre del sombrero tampoco estaba en el lugar donde me retenía unos segundos antes. Ambos se habían esfumado con el mismo sigilo con el que habían surgido de la nada.

—¿Dónde está el hombre que se parecía a tu padre? —preguntó mi esposa tras una larga pausa.

Me di cuenta que el desagradable incidente con los dos funerarios —el mote se lo pusimos unos días después— había hecho que olvidara al supuesto doble de mi padre.

—No tengo ni idea —respondí—. Creo que entró con los otros hombres por alguna de esas callejas. Me temo que será imposible localizarlos a estas alturas. Ven, daremos un paseo por el interior y echaremos un vistazo.

—¿No deberíamos denunciar a la policía lo que ha pasado?

—No, no lo creo —negué y empecé a andar tomándola por el brazo— ¿Qué vamos a decir, que unos vendedores celosos de su oficio se han tomado mucho interés en que les compráramos algo que ni siquiera sabemos lo que era?

—¿Estás seguro que eran vendedores? Yo no he visto que llevaran nada que se pudiera comprar. ¿Has comprobado si aún tienes la cartera?

Confirmé que no me faltaba nada y la cogí del brazo para adentrarnos en las callejuelas repletas de tiendas de souvenirs que en aquellos días se encontraban cerradas, dando un aire al entorno entre melancólico y siniestro.

Anduvimos errantes alrededor de media hora a la búsqueda del extraño trío, pero al ver que no obteníamos resultados volvimos al hotel para continuar con el plan fijado para el resto del día.

El resto de la semana cambiamos un poco el derrotero de nuestros pasos, intentando no frecuentar zonas demasiado solitarias para evitar que nos volvieran a dar un susto los funerarios.

Durante esos días continuamos la búsqueda del doble exacto de mi padre, pero aunque nos fijábamos al pasar en cualquier hombre de avanzada edad que pudiera ir vestido de forma estrafalaria, en ningún momento volvimos a encontrarnos con él ni con ninguno de sus acompañantes.


2

—Humm...Una historia del todo increíble, my friends. Si no me la hubierais contado vosotros, me habría partido de la risa. ¿Seguro que no habíais fumado alguna hierba de bellos colores? —La ironía de Blenda denotaba el mismo escepticismo que si le hubiéramos jurado que habíamos visto salir a un hombrecillo verde de un platillo volante.

Nos habíamos reunido en nuestra casa el grupo de amigos habituales: Blenda con su esposo Brandon, hermano de Chris; Harris con su esposa Sara y nosotros dos. Era un sábado frío y lluvioso de primeros de marzo y habíamos pasado la tarde preparando la cena que degustaríamos mientras se consumían las velas que habíamos repartido por la sala de estar. Nos gustaba el ambiente que daba la ausencia de luz eléctrica. Eso, añadido al calor interior que nos proporcionaba el vino de la cena, daba al escenario un aspecto de reunión de boy-scouts alrededor de una fogata en medio del bosque en una noche sin luna.

Habíamos proyectado las diapositivas de las vacaciones en la pared del fondo de la sala y después habíamos atacado el punto culminante de aquellos días de descanso: el encuentro con el hombre que bien podía ser el hermano gemelo de mi padre.

—De acuerdo, es difícil de creer —respondió Chris—. Aunque teníais que haberlo visto. Yo misma al principio no lo creía, pero cuando le pude observar bien... No era sólo el parecido físico, era su forma de andar.... Vosotros conocisteis a John, el padre de Mark, ¿habéis visto alguien que cojeara como lo hacía él?

—Es verdad —esta vez fue Harris el que habló—. Sólo he visto andar de forma similar a los niños cuando juegan a la pata coja.

Las risas fueron generales ante la ocurrencia del barbudo del grupo. Reconocí que los saltitos que daba mi padre con la pierna izquierda antes de apoyar la derecha le hacían parecer un niño jugando a rayuela. No era asunto para burlarse, aquella herida de guerra le había costado varios años de cama y otros tantos de rehabilitación. Pero él mismo había hecho bromas con su cojera toda la vida, para quitarle hierro por un lado, al tiempo que atraer la atención, convirtiéndole a menudo en el centro de atención de las reuniones sociales, a las que era un gran aficionado.

—Propongo una cosa —dijo Brando entre las risas—. Vayamos al pueblo en grupo un fin de semana y no dejemos piedra sin remover hasta que consigamos encontrarle.

—Anda, Brandito, querido, hay que ver que lanzado te vuelves después de unas copas —le interrumpió Sara— ¿Te imaginas lo que diría la gente del sexteto de ingleses chiflados a la caza del fantasma cojo? Seguro que saldríamos en las portada del Times.

Las carcajadas estallaron de nuevo, lo que hacía que la historia, que en verdad era bastante seria, se convirtiera en un tema de conversación de lo más hilarante, adecuada para una velada de entretenimiento.

—¿Y qué me decís de los dos funerarios? —siguió Chris— Os aseguro que me produjeron un pánico que no es fácil de describir. No eran fantasmas, está claro. La prueba es que a Mark le agarraron del brazo de una forma que le produjo un fuerte moretón. Pero se diría que eran sombras salidas de una película de miedo. Si hubiera sido de noche, a mi me habría dado un ataque al corazón.

—En efecto —continué yo—. Está claro que aquellos tipos tenían algo que ver con el asunto. Al principio pensábamos que serían un par de vendedores demasiado entusiastas, pero después de pensarlo con detenimiento, no sé... Es obvio que su intención era evitar a toda costa que me acercara a mi padre y a los otros dos hombres.

—Bueno —argumentó Blenda—, si hay que aclarar el entuerto y no nos atrevemos a volver al pueblo, siempre queda una solución intermedia.

—¿Una solución intermedia? —preguntó Harris— ¿A qué te refieres?

—Vaya, no parece que veáis muchas películas —Blenda hizo un silencio para imprimir misterio a sus palabras—. Me refiero a contratar a un detective privado para que haga el trabajo, por supuesto.

El barullo de opiniones se convirtió una cadena de chistes fáciles que se prolongó hasta el final de la velada.

 Yo, sin embargo, oía el bullicio desde muy lejos, mientras pensaba que la idea no era tan mala. Empecé a maquinar dónde podría encontrar un detective privado que no fuera un tontaina de película, sino alguien real que pudiera servirme para aclarar el misterio que, mientras para los demás era una buena excusa para disfrutar de la reunión, en mi interior crecía y pugnaba por ser desvelado.


3

Acababa de terminar las tareas urgentes de la mañana cuando sonó el teléfono del despacho. Lo cogí con desgana, pensando que sería mi jefe para encargarme algo de última hora que me impediría ir a comer con Alan, un compañero de la universidad con quien había quedado para recordar viejos tiempos.

—¡Mark, soy Chris! —la voz de mi esposa me sorprendió, era la última persona que esperaba encontrar al otro lado del hilo. Su exclamación sonó nerviosa y no me esperé nada bueno.

—¿Qué ocurre, cariño? ¿Has vuelto a pelearte con tus padres? —mi comentario intentó calmar los ánimos de Chris con un chiste sobre la mala relación que mantenía con mis suegros, lo que generaba constantes disputas.

—No... es algo que no entiendo —hizo una pausa para tomar aliento—. Ha llamado un tal inspector Martin de Scotland Yard. Dice que tiene que hablar contigo lo antes posible. ¿Sabes por qué puede ser?

—¿Scotland Yard? —quedé pensativo por unos segundos mientras cavilaba qué querría de mi la policía— No, no tengo ni idea. ¿Han dejado algún mensaje?

—Solo han preguntado si puedes pasar por sus oficinas esta tarde a las cinco, ¿podrás?

—Sí, supongo que sí... —no salía de mi asombro por más vueltas que le daba— ¿Han dejado una dirección o un teléfono?

* * *

—¿Le dice algo el nombre de Simon Lester? —el inspector Ronald Martin aspiraba la boquilla de su pipa mientras me miraba a través de los hilos de un humo dulzón que emanaba de la cazoleta.

Me había personado con puntualidad británica en las oficinas de Cross street para descubrir a un inspector que parecía recién sacado de una novela de Sherlock Holmes. Vestía un traje de tweed a cuadros con pajarita pasado de moda, pero que cumplía la función de proporcionarle un aire de investigador certero y difícil de engañar. Sus modales y forma de hablar ochocentistas añadían a su figura una autoridad que ante mis ojos representaba la infalibilidad de la ley, mientras su nariz afilada contribuía a darle un toque sibilino.

 —No estoy seguro... Lester es un apellido muy común —decidí no conceder ni una sola ventaja a aquél avispado inspector— ¿debería decirme algo?

—Quizá le ayude a recordar si digo que se trata de un investigador privado que está especializado en la búsqueda de personas desaparecidas.

Recordé mi última conversación telefónica con Simon, en la que me confirmaba que aceptaba mi propuesta y que se pondría manos a la obra en cuanto le llegara el cheque con la primera parte de sus honorarios.

—Aunque debo decir que se trataba, ya que murió hace unos días —continuó tras una pausa.

 La sorpresa de mi cara no pudo pasar desapercibida a mi sagaz contertulio, por lo que decidí dejar de simular.

—¿Muerto? —tartamudeé— ¿Cómo es posible, qué le ha ocurrido?

–Vaya, veo que va haciendo memoria. ¿Puede decirme cuál era su relación con el señor Lester? Usted aparece en sus archivos como cliente en las fechas precedentes a la muerte, por lo que le ruego que no me haga perder el tiempo con evasivas.

—En realidad no puedo decirle mucho. Solo que le contraté para buscar a una persona. ¿Puede decirme que le ha pasado?

—El detective fue hallado difunto hace varios días en Almarafe, un pueblo de la costa española, ¿le suena de algo?

—Bueno... si, en efecto —noté como de mi frente empezaban a desprenderse perlas de sudor, no estaba seguro si el calor provenía de la calefacción o de mi interior—. Almarafe es el lugar en el que se vio por última vez a la persona que le pedí que buscara. ¿Pero qué ha sucedido, ha habido un accidente?

—Bueno, si puede llamarse accidente al cinturón que apretaba su garganta, tal vez sí pueda verse de esa manera —sonrió de una manera irónica, intentando adivinar el significado de mi expresión—. Aunque yo más bien lo llamaría asesinato.

Enmudecí de repente, no llegaba a comprender la dimensión de lo que el doble de Sherlock me acababa de decir. ¿Qué podría haber ocurrido? La misión que había encargado a Lester no me pareció peligrosa hasta tal extremo. Excepto la posibilidad de que los hombres de negro... Pero no podía creerlo. Una cosa es darte un susto, incluso un gran susto, y otra muy diferente llegar a matar. Me removí en la silla al pensar el peligro que habíamos corrido Chris y yo sin llegar a saberlo. Aquello que habíamos tomado medio en serio medio en broma podría haber tenido un resultado que no habíamos podido imaginar.

Dudé si debía confesar al inspector la existencia de los funerarios, pero preferí callar, al menos de momento. Ya habría oportunidad de mostrar todas mis cartas si llegara a ser necesario.

—¿Asesinado? —mostré una sorpresa que no era en absoluto fingida— ¿Quién puede haberlo hecho?

—No lo sé —mostró de nuevo un tono irónico, como sacado de una película del teniente Colombo—, esperaba que usted me lo dijera.

—Pues le aseguro que no lo sé —intenté aparentar entereza—. Es cierto que yo le contraté para buscar a una persona, pero no tengo idea de que puede haberle ocurrido. No puedo aportarle mucho más.

—Pues yo creo que sí puede darme algún dato adicional –se incorporó y se acercó a la silla donde me hallaba, apoyándose en la mesa de su despacho—. Por ejemplo, ¿a quién buscaba?

Me sorprendió la pregunta, aunque fue una estupidez por mi parte. Era posible que mi cerebro no funcionara a la velocidad adecuada por los nervios. Si no, ¿cómo no había esperado esa pregunta?. Tenía que ganar tiempo para preparar una respuesta adecuada. No podía confesar que buscaba a un hombre muerto dos años atrás, esto habría echado leña al fuego avivando el interés del inspector.

—Se... se trataba de un hombre que tenía una deuda conmigo —escruté la cara del policía para ver si mi titubeo le había hecho dudar de mi respuesta.

—¿Una deuda de negocios, quizá de la empresa para la que trabaja?

—No, no es un tema relacionado con el trabajo —improvisaba las respuestas como podía—. Es un asunto personal. Le vendí ciertas joyas de familia y aún no me había pagado. Estoy pasando unos tiempos difíciles, ya me entiende...

—Curioso el caso, en efecto. Aunque muy común estos tiempos de crisis —no me pareció que se hubiera tragado el anzuelo, pero no me quedaba otra opción que seguir con mi versión.

El inspector se incorporó y volvió a su escritorio. Extrajo dos fotografías de un cajón y me las tendió.

—¿Reconoce a su deudor en alguno de los hombres que aparecen en estas fotos?

Tuve que contenerme para no dar un grito y saltar por la impresión. La figura que se mostraba en la primera fotografía era un primer plano de mi padre con el fondo de una casita con un nombre muy español: Villa Marina ¡No había duda alguna de que era él! Ya no llevaba el abrigo oscuro con el que le había visto unas semanas antes, pero vestía un traje bastante usado y que reconocí al instante: era el atuendo con el que le habíamos vestido para su entierro.

Tomé la segunda fotografía en un esfuerzo por no mostrar mis sentimientos, aunque estaba seguro de que Sherlock leía en mi rostro cada una de las notas que se estaban tocando en mi alma, octava arriba, octava abajo. En ella se veía a uno de los funerarios, el que me había retenido agarrándome por el brazo.

—El hombre del pelo blanco es el que pedí a Simon Lester que buscara —confesé para intentar justificar las emociones que sentía por dentro y que sin duda el inspector estudiaba—. Al otro no lo he visto en mi vida.

—¿Está seguro?

—Totalmente —opté por tomar un camino de huida hacia adelante—. Pero usted es el policía. ¿Tiene alguna teoría sobre qué ha podido pasar?

Sherlock dio una larga chupada a su pipa y me miro con los ojos semicerrados por el humo.

—En realidad me voy haciendo una idea —respondió—. Sus comentarios apuntan hacia una posible explicación: el hombre que contrajo una deuda con usted puede ser un estafador profesional que se aprovecha de personas en apuros y el tipo de negro tal vez es uno de sus secuaces

¿Mi padre un estafador?, pensé, y tuve que morderme la lengua para no delatarme.

—Si Lester lo encontró —continuo Sherlock—, quizá envió a su esbirro para evitar que puedan encarcelarle como se merece. Lo que no sabe el asesino es que el detective consiguió hacer estas fotos. Las encontró la policía española bajo el colchón de la cama del hotel donde se hospedaba. Si es así, no tardaremos en echarle el guante, aunque me temo que a estas horas el criminal ya habrá cambiado de residencia y no será tarea fácil.

—En ese caso, no puedo añadir mucho más —me sentí aliviado porque su explicación me dejaba al margen—. Espero que puedan atraparle para recuperar las joyas, ya que no el dinero que se me debe. ¿Me avisarán si así lo hicieran?

—No lo dude, señor Connors, así lo haremos. Pero le ruego que no salga de la ciudad sin avisarnos.

* * *

Cuando llegué a casa, Chris me esperaba impaciente. Su curiosidad se mezclaba con el temor de que pudiera haberme metido en un lío. Tuve que contarle la conversación con Sherlock palabra por palabra, generando en ella un enfado sin precedentes en nuestra relación.

Y es que había olvidado contarle el detalle de mi relación con Simon Lester, aunque si lo hice fue por ahorrarle preocupaciones, ya que Chris había sido siempre del tipo de personas a las que les afectan los problemas que no son asimilables de una forma sencilla. Y estaba claro que los acontecimientos que se habían producido desde nuestras vacaciones en Almarafe no eran fáciles de digerir. Peor aún: se estaban convirtiendo en más preocupantes según se sucedían las noticias.

—¿Entonces viste la foto de tu padre? —fueron sus primeras palabras después de un silencio profundo que yo había aprovechado para servirme un vaso de whisky; lo necesitaba para deshacer el nudo que se me había formado en la garganta desde mi entrevista con el inspector Martin y que iba creciendo por momentos.

—Sí, era él —apuré el vaso hasta el fondo y me serví una segunda copa—. Se le veía en la foto en primer plano, delante de una casa con un nombre muy pintoresco: Villa Marina. Estoy seguro de que podría encontrarla, he memorizado hasta el último detalle.

—¿No estarás pensando en volver?

—No lo sé... —Esquivé sus ojos, pero ella me cogió de los hombros y me miró de forma desesperada.

—Por dios, Mark, ¿no te das cuenta de lo que ocurre? —su voz era más de súplica que de mandato— ¡Ese hombre, Simon no sé qué..., está muerto! Nosotros mismos corrimos un riesgo que no imaginamos y que podría habernos costado una desgracia. No sé qué está pasando en ese maldito pueblo, pero tienes que olvidarlo. ¡Prométeme que lo harás!.

Me solté de sus manos y me dirigí a la ventana del salón. Una fina lluvia parecía llorar detrás de los cristales. Era la misma lluvia que había teñido de gris las calles de Londres durante todo el día y me hizo recordar el suave clima de la costa española. Seguramente el sol estaría escondiéndose detrás de las montañas en Almarafe. Y con él, se escondería el misterio entre sus calles. Un misterio que me atraía como un imán, pero que debía intentar borrar de mi mente. Chris tenía razón, la situación se nos había ido de las manos y lo que pareció un juego en aquella reunión de boy-scouts, ahora se presentaba como un peligro real y palpable, algo que podía acabar con nuestras vidas.

—De acuerdo, te lo prometo —apuré el segundo vaso y abracé a Chris que temblaba como una hoja mecida por el viento—. Olvidemos el tema, tengo una idea: te invito a cenar en ese restaurante italiano que tanto te gusta, ¿qué me dices?


4

La reunión había empezado de forma acalorada y cada vez iba a peor. Uno de nuestros mejores anunciantes había reclamado una serie de facturas indebidas y nos amenazaba con cambiar de periódico. Y lo peor es que tenía razón, aunque no estaba claro de quien había sido el fallo. Todo el mundo señalaba a otro, en un intento de exculparse.

Después de casi dos horas de discusión, se llegó a la conclusión de que había sido un error informático y que no había culpables. El resto del tiempo se empleó en diseñar un plan de acción para que el problema no se repitiera y en convocar una reunión con el cliente para darle explicaciones e intentar recuperarle con las consiguientes mejoras en el contrato.

Cuando al fin no quedó nadie en mi despacho, me levanté de la mesa de reuniones y me senté en mi sillón de piel. En él me sentía como en casa, en especial cuando estiraba las piernas sobre la mesa y cerraba los ojos para intentar relajarme. Necesitaba al menos cinco minutos de no pensar en nada para poder pasar al siguiente punto de mi agenda. O, tal vez, aprovecharía para ir a casa y darle una sorpresa a Chris. Le propondría ir al cine a ver esa película tan de moda de la que tanto se hablaba y que habíamos prometido no perdernos.

Bajé los pies de la mesa y apagué el ordenador portátil cerrando la tapa con el sonido característico del portazo diario al trabajo y a todos sus sinsabores.

Fue entonces cuando lo vi. Se trataba de un paquete acolchado de color tostado. Llevaba pegada la típica etiqueta blanca con el destinatario en la parte frontal y no faltaban los sellos de correos, testigos de las oficinas por donde había ido pasando en su terca intención de llegar hasta mi mesa. Había pasado la tarde escondido detrás de la tapa de mi portátil, por lo que había escapado a mi vista hasta ese instante.

Al principio no sospeché nada especial, sería publicidad de la que llegaba a mí cada día y que con solo echarle un vistazo acabaría en el fondo de la papelera. Pero cuando vi el sello de la oficina de correos de procedencia comprendí que aquél no era un paquete normal y que la tranquilidad cotidiana en la que nos habíamos envuelto Chris y yo en los últimos días estaba a punto de concluir. En letras rojas enmarcadas aparecía como una maldición el nombre que más temía desde unas semanas atrás: Almarafe.

Descolgué el auricular de mi teléfono y pulsé la tecla del intercomunicador.

—Dime Mark —la voz de mi secretaria sonó tan eficiente y normal como siempre.

—Michelle... —intenté disimular el temblor en mi voz— ¿Has dejado tú un sobre de papel acolchado encima de mi mesa?

—Sí, Mark, llegó esta mañana mientras te encontrabas almorzando y te lo dejé donde pudieras verlo. No te dije nada porque me pareció publicidad y no creí que fuera de importancia. ¿Lo es? Discúlpame...

—No, tranquila, no te preocupes, es que no lo había visto hasta ahora y dudé si alguien lo habría dejado sin que tú lo supieras —noté como el estómago se me encogía según daba vueltas al paquete— . Ya sabes lo celoso que soy con la posibilidad de que alguien que no seas tú entre en mi despacho.

Fingí una risita simpática antes de colgar el auricular, aunque es muy probable que lo que llegara a Michelle fuera un gruñido.

Volteé y releí la etiqueta del inesperado paquete al menos durante diez minutos antes de decidirme a abrirlo. En ella estaba escrito mi nombre y la dirección de la empresa, pero nada sobre el remitente. Nadie en Almarafe conocía tanto detalle de mí, por lo que deduje que no podía provenir de nadie excepto de Simon Lester. Pero el investigador había muerto hacía más de una semana, por lo que debía haberlo enviado antes de ser asesinado.

Cuando por fin lo abrí, lo que encontré en su interior fue una cinta de vídeo. Ni una sola nota de explicación. Solo aquél artefacto que me miraba con sus dos redondos ojos entre los cuales aparecía la serigrafía que anunciaba con orgullo que se trataba de la última virguería tecnológica del momento: VHS estéreo de nada menos que dos horas de duración.

Consideré por unos segundos la posibilidad de tirarla a la basura, pero la curiosidad pudo conmigo y decidí al menos consultarlo con Chris antes de hacerlo. Salté de la mesa, cogí la chaqueta de la percha y salí por la puerta del despacho a la carrera ante la mirada sorprendida de Michelle. Lo último que oí mientras salía de la oficina fueron sus palabras diciendo algo sobre anular la última reunión de la tarde.

* * *

Chris miraba la cinta de vídeo con el mismo resquemor con el que la había mirado yo una hora antes cuando la descubrí encima de mi mesa. Le había mencionado mis sospechas acerca de su origen y mi intención de arrojarla a la basura excepto que ella considerara alguna posibilidad que la hiciera merecedora de ser indultada.

Tras unos segundos de indecisión, se dirigió al salón, la insertó en el reproductor y se sentó en el sillón de enfrente con el mando a distancia en la mano. Me senté a su lado y esperamos a que las imágenes grabadas aparecieran, tras las cabeceras de líneas de vivos colores.

Enseguida surgió en la pantalla la imagen de una habitación de hotel de medio pelo. Sentado en la cama se hallaba en mangas de camisa el detective privado a quien había contratado unas semanas atrás. Miraba fijamente a la cámara, como intentando adivinar si aquél trasto había empezado a grabar. Tosió dos veces y comenzó a hablar.

—Hola, señor Connors —comenzó a hablar Lester en un tono muy bajo, para evitar ser escuchado a través de las paredes de papel que le rodeaban, pensé—. Imagino que le habrá extrañado recibir este vídeo, pero lo que tengo que contarle y las emociones que siento no sabría reflejarlos por escrito. Debo adelantarle que temo estar siendo seguido y es muy posible que todos los teléfonos a los que tengo acceso estén pinchados.

Se interrumpió unos segundos, tal vez para elegir las palabras que diría a continuación. La voz le temblaba cuando arrancó de nuevo su locución.

—Necesito hablar con usted en persona de forma urgente. Le confirmo que he conseguido encontrar a su padre. También he visto a los hombres de negro de los que me habló. Pero... —carraspeó antes de seguir y una gota de sudor le recorrió la frente hasta que se la apartó de un manotazo— Debo advertirle que lo que he descubierto es absolutamente increíble. En realidad no sé cómo explicarlo; es... es una absoluta locura y tengo que exponérselo cara a cara. Al mismo tiempo es muy peligroso, por lo que voy a abandonar Almarafe hoy mismo. Le cito para el treinta de marzo en mis oficinas. Podemos vernos a la hora del almuerzo, de ese modo tendremos tiempo para hablar despacio. Intentaré que esta grabación sea enviada por los empleados del hotel dentro de unos días, de ese modo espero que pase desapercibida y que pueda llegar hasta usted. Hasta pronto, no falte a la cita.

Antes de terminar, el detective mostraba la prueba del éxito de sus pesquisas: las fotos de mi padre y del misterioso funerario del sombrero. Tras unos segundos, Lester se levantó con la mano extendida hacia la cámara y las líneas de colores volvieron a llenar la pantalla.

Chris apagó el aparato y se quedó pensativa. Eché un vistazo al calendario colgado en la pared y comprobé que estábamos a veintisiete de marzo, por lo que el vídeo había llegado con el tiempo suficiente para la cita, salvo que ésta no tendría ya lugar, ahora que el detective no estaba entre los vivos.

* * *

Tras un largo silencio, tomé a Chris de las manos y la miré a los ojos.

—Tengo que ir... No sé qué está pasando, pero sea lo que sea afecta a mi padre y no puedo dejarlo pasar.

—¿Por qué no hablas con el inspector Martin? El asunto es peligroso, ya has oído al detective —el miedo brillaba en sus ojos—. Y si faltaba la prueba, su asesinato no deja lugar a dudas.

—No creo que esto pueda ser explicado a nadie, y menos a la policía. No sabría por dónde empezar, lo mismo que le ocurría a Lester —me levanté y serví dos whiskies, entendiendo que Chris lo necesitaba tanto como yo, a pesar de su embarazo—. A saber si no acabaríamos encerrados en un manicomio o mucho peor, tal vez acusados del asesinato de ese infeliz. No, esta vez seré yo quien vaya a Almarafe.

—Entonces iré contigo. No te dejaré solo con esos hombres de negro. No me fío de ellos, estoy segura de que son los que mataron al detective.

—No, lo siento cariño. No puedo permitir que te pongas en peligro tú o al niño. Recuerda lo que ha dicho el médico. Cualquier actividad física extra puede dar al traste con él, como en las anteriores ocasiones. Iré solo pero te prometo que tendré un cuidado extremo y que acudiré a la policía española ante cualquier asomo de peligro.

No detallaré la discusión que siguió a mis palabras, pero al final conseguí convencer a mi esposa de que no me pasaría nada si tenía el suficiente cuidado y que la llamaría varias veces al día para contarle lo que fuera descubriendo.


5

Me despedí de Chris al siguiente domingo por la mañana, tras unos cortos preparativos. Hicimos un plan que debía cumplir al pie de la letra y, en caso de ausencia de resultados, volvería a casa al cabo de tres días. Cuando crucé la aduana del aeropuerto de Heathrow, me volví hacia atrás y vi el miedo reflejado en la cara de mi esposa. No quise pensar en ello para no arrepentirme de mi decisión. Hice un saludo con la mano y me dirigí con paso decidido hacia la puerta de embarque.

Llegué a Málaga tres horas más tarde y, sin más dilación, tomé un taxi con destino al pueblecito donde había comenzado aquella extraña aventura. Durante la hora que tardamos en llegar rumié una y otra vez el plan preconcebido, mientras por la ventanilla miraba con deleite la línea de la costa del Mediterráneo, que aquél día parecía una balsa de aceite. Las casitas de los pueblos por donde pasábamos me recordaban el relajo de las vacaciones entre sus lugareños, aunque me decía una y otra vez que ahora era diferente, que no estaba en viaje de recreo, sino involucrado en un asunto del que no sabía cómo iba a salir.

Lo primero que hice al llegar a Almarafe fue inscribirme en el hotel donde habíamos estado alojados unas semanas atrás. A continuación me lancé a la calle con la foto de mi padre en la mano dispuesto a encontrar lo antes posible la residencia Villa Marina.

* * *

La localidad no se hallaba en la misma calma en que la dejamos en nuestra anterior estancia. En estos días se desarrollaba la Semana Santa y la fiesta y el gentío llenaba las calles. Sentí alegría por un lado, ya que estar rodeado de gente me daba una sensación de falsa seguridad. Pero, por otro, temí distraerme en mi cometido y tardar un plazo mayor del acordado con Chris. Tenía "tres días, ni uno más", la frase de mi esposa retumbaba en mi cabeza sin descanso.

La tarde del domingo la pasé recorriendo las calles del pueblo, primero por la línea de la playa, luego por el interior. Me paraba delante de cada villa a la búsqueda de un nombre que las identificara, sin resultado alguno. Pregunté a los transeúntes con los que me cruzaba, pero la mayoría de ellos eran turistas que no conocían el pueblo a tal nivel, por lo que tampoco conseguí nada por esa vía.

El lunes y el martes me lancé a la calle con igual ímpetu, aunque con el mismo resultado. Volví por la noche al hotel, frustrado y preguntándome si no era la mía una misión imposible, más típica de locos que de una persona en sus cabales.

En todo momento hice las llamadas de rigor a Chris, al menos en eso podía ser cumplidor, ya que para el resto solo se me ocurría una palabra que lo definiera: fracaso.

El miércoles por la mañana me levanté más temprano de lo habitual. Tenía que darme prisa para apurar mis últimas horas, ya que a las seis de la tarde tenía que dirigirme al aeropuerto. Bajé al restaurante para tomar un desayuno que me diera las fuerzas necesarias para el trabajo que tenía por delante. Me senté en la mesa y pedí a la anciana camarera un copioso continental.

A los pocos minutos volvió con una bandeja cargada de humeante café, un enorme zumo y un plato de huevos revueltos con beicon que me abrieron el apetito al instante. Cuando iba a retirarse, la mujer se quedó mirando la fotografía de mi padre, que yo había dejado encima de la mesa para darme ánimo. Me sorprendió su mirada fija y me pregunté qué le llamaría la atención de la foto.

—¿Conoce usted a este hombre? —interrogué.

—No, no miraba al hombre, miraba a la casa que hay detrás —me respondió—. ¿Sabe usté algo de esa casa tan rara?

—Pues no, estoy intentando encontrarla —el comentario de la anciana había llamado mi atención—. ¿Por qué ha dicho que la casa es "rara"?.

—Pues porque es mu rara, mire usté —respondió con un brillo en la mirada—. La construyeron hace mucho tiempo, a todo tren, ya me entiende... —hizo el signo universal del dinero con los dedos y continuó—. Seguro que es la casa de un señorito, pero en realidad nadie sabe de quién es. No se ha visto entrar ni salir nunca a nadie, excepto a unos tíos mu raros vestidos de negro... Hay quien dice que es una casa de la mafia, pero yo creo que es otra cosa, que ahí hay cuerno quemao, ya sabe...

Me costaba seguir el argot de la vieja, pero en resumen entendí que la casa era tema de habladurías en el pueblo y que había levantado sospechas desde hacía largo tiempo.

—¿Sabe usted dónde se encuentra? —aproveché un respiro de la mujer para introducir la pregunta— La he buscado durante varios días por el pueblo pero no doy con ella.

—Pues es mu fasi, pero si usté la ha buscado por el pueblo es normá que no la haya encontrao. La casa está a las afueras, a unos diez kilómetros por la carretera de Málaga. No puede usté equivocarse, está en primera línea, justo debajo de un toro de Osborne que hay en lo alto de la montaña que está por detrás.

 Le di las gracias a la buena mujer y me dediqué a tragar la comida lo más rápido que pude. La esperanza renació en mí. Si podía encontrar la casa esa mañana, todavía existía la posibilidad de no dar por perdido el viaje. Pensé que si era necesario le pediría a Chris una prórroga de tiempo.


6

Tomé el único taxi del pueblo que había en servicio, cosa que no resultó nada fácil, y en una hora me encontraba a las puertas de Villa Marina. Me planté delante de la puerta de hierro forjado que presidía la entrada al jardín interior y me quedé mirándola embobado. Una extraña emoción me recorrió por entero. Mi padre, al que suponía perdido para siempre, podía estar detrás de aquella puerta. Recordé las últimas palabras que intercambiamos en su lecho de muerte. Era un hombre poco religioso, pero creía fervientemente en Dios y en el más allá. Antes de morir me aseguró que volveríamos a vernos, aunque nunca imaginé que pudiera ser en aquellas extrañas circunstancias.

Hice una primera inspección y observé que el perímetro de la casa se hallaba protegida por vallas metálicas, semiescondidas entre unos altos setos cortados a la perfección, casi con tiralíneas. Pensé que sin duda estarían electrificadas. Parecía más una cárcel que una típica villa de veraneo. El interior era, sin embargo, un prodigio de belleza. Un camino de graba subía ondulante en medio de un cuidado jardín, rodeado de una arboleda de cuento que nacía en la misma puerta y se perdía casi al llegar a la vivienda. Ésta, más que verse, se adivinaba a lo lejos como una gran mansión, construida en piedra y con las paredes blanqueadas al mejor estilo de la zona. Un impresionante vergel, fue la palabra que me vino a la mente mientras miraba maravillado desde el exterior. Ahora entendí a lo que se refería la camarera del hotel cuando se refería que la casa debía ser de "gente de dinero".

Empujé la puerta y noté que se hallaba cerrada, cosa que era de esperar. No vi, sin embargo, ninguna cerradura o candado, por lo que imaginé que se trataría de un ingenio eléctrico manejado desde el interior. Busqué entonces algo similar a un timbre en los bordes del muro, pero tampoco hallé nada. Me disponía a pensar en un plan B, cuando una mano se apoyó en mi hombro.

—Buenos días, señor Connors.

Me volví con el corazón en la boca para encontrarme de bruces con el funerario del sombrero que me había sujetado del brazo con una fuerza descomunal en nuestro primer encuentro. Busqué a su compañero con el rabillo del ojo, pero no lo vi por ninguna parte.

—¿Cómo sabe usted mi nombre...? —pronuncié las primeras palabras que se me ocurrieron para ganar tiempo, mientras daba un salto hacia atrás por el sobresalto.

—Bueno, digamos que sé muchas cosas sobre usted...

El hombre dio un paso hacia mí y de forma instintiva saqué un cuchillo que había comprado en una ferretería cercana al hotel nada más llegar al pueblo.

—¡No se acerque, o le juro que...!

—Por dios, señor Connors... ¿o puedo llamarle Mark? —el hombre hablaba con una calma endiablada, lo cual me hacía suponer que intentaba demostrarme que estaba muy por encima de mí y que no sentía ningún miedo por el cuchillo que temblaba en mi mano— Ya ve que también sé su nombre de pila. Puede llamarme Abel, si lo desea. ¿Le importa si buscamos un sitio donde podamos hablar con tranquilidad?.

—No sé cómo puede ser usted tan vil... —contesté levantando el cuchillo para demostrarle que no bromeaba— Sé que mató al detective Lester, pero conmigo no podrá.

—¿Lester, dice? —me miró con sonrisa de sorna— ¿No me diga que usted cree que yo le maté... ?

—No lo creo, lo sé. El les descubrió y usted y su amigo acabaron con él.

—Me temo que no entiende nada... todavía —su calma seguía siendo sorprendente, en especial si la comparaba con mi nerviosismo cercano a la histeria—. Ya lo entenderá dentro de unos minutos cuando se tranquilice, pero le adelantaré que nosotros somos cuidadores, no asesinos. No se nos permite matar. En realidad su amigo cometió una torpeza: utilizó los servicios de una prostituta de lujo y luego se negó a pagarla. Fue su proxeneta quien le mató estrangulándole con su propio cinturón.

—¿Pretende que me trague esa patraña...?

—Bueno, no es necesario que lo haga de momento, es posible que en unas horas pueda usted preguntárselo en persona.

Me quedé en suspenso, Lester estaba muerto y el funerario me ofrecía la posibilidad de hablar con él. Eso relacionaba la situación del detective con la de mi padre. Los dos muertos, pero al mismo tiempo... ¿vivos?. Al cabo de unos instantes fui capaz de hablar, aunque sin bajar el cuchillo ni un centímetro.

—¿Qué quiere usted de mí?

—Hablar, nada más...

—Pues empiece, no tengo mucho tiempo.

—Me temo que este no es un buen sitio —miró alrededor con las manos extendidas—, estamos casi al borde de la carretera. Le propongo que nos sentemos en el bar que se ve detrás de aquellas palmeras.

Señaló un chiringuito de playa que se veía vacío, justo lo contrario a lo que ocurría en los bares del pueblo, llenos a rebosar de turistas.

—¿Qué me dice, le parece si empezamos desde cero?

Titubeé unos segundos y luego me decidí.

—De acuerdo, iremos, pero si hace un solo gesto que no me guste, le haré probar el cuchillo, se lo aseguro.

—No tema, soy pacífico, aunque lamento que usted crea lo contario.

* * *

Anduvimos por el borde de la playa, en una zona sin acera ni asfalto, hasta la puerta del chiringuito. Me llené los zapatos de arena de la playa, cosa que me horrorizaba, y lamenté no haber estado ataviado para la ocasión. Estúpidos pensamientos en una situación como ésta, me dije, pero no quise esquivarlos ya que tenía que calmarme o saldría corriendo de puro pánico.

Al llegar al bar le hice una seña para que entrara él primero, no quería verme sorprendido entre la espada y la pared en el caso en que estuviera su amigo en el interior. Abrió la puerta y corrió unas cortinas de tiras de plástico de las que se usan en la costa para evitar a las molestas moscas.

Entré detrás de él y esperé unos segundos para habituarme a la luz del lugar, mucho más tenue que el fuerte brillo del sol en el exterior. Tras unos instantes descubrí un local modesto y pequeño, con unas ocho o diez mesas a lo sumo, que se encontraba vacío por completo. Temí que me hubiera llevado allí para acabar conmigo sin testigos, pero enseguida descubrí a una camarera detrás de la barra que nos daba la espalda mientras se dedicaba a la aburrida labor de dar brillo a unos vasos.

Aquél tipo... Abel, fue la primera vez que pensé en él por su nombre, me invitó a sentarme en una silla al lado de la ventana que daba al mar, mientras se dirigía a la barra.

—¿Qué desea tomar? —me preguntó— Invita la casa.

—Tomaré una cerveza —respondí al tiempo que escondía el cuchillo en un bolsillo de la chaqueta.

—Que sean dos, por favor. Y luego nos deja solos, el señor y yo tenemos que hablar con tranquilidad.

La mujer sirvió las bebidas con premura y desapareció por la puerta de la cocina, mientras yo seguía mirando alrededor a la espera de algún tipo de trampa. Abel se acercó con ellas a la mesa y se sentó frente a mí. Durante unos segundos que se me hicieron muy largos, apuré la cerveza en silencio, saboreándola despacio. Me pareció que era la mejor que hubiera bebido nunca. No entendí por qué el funerario no hizo ni un gesto para probarla.

 Tras meditarlo un momento, me di cuenta de que la situación en la que me encontraba era en realidad la que había buscado. Estaba frente al hombre que podía aclarar el misterio sobre mi padre, por lo que bebí el último trago del vaso, respiré hondo y me lancé al ataque.

—Bien, ya estamos solos y relajados —espeté mirándole a los ojos—. Es hora de que empiece a hablar.

—De acuerdo, ¿qué es lo que quiere saber?

Saqué la foto en la que se veía de fondo Villa Marina.

—Este hombre es mi padre.

—Sí, lo sé.

—E imagino que también sabe que yo mismo le vi a mediados de febrero paseando por el pueblo en compañía de otros dos hombres.

—Sí, fue un lamentable error, pero así ocurrió.

—El único error que veo yo en esta historia es que mi padre está muerto desde hace bastante tiempo. ¿Cómo explica usted que pudiera estar por la calle como si tal cosa?

Se removió en el asiento y me miró con ojos que se me antojaron comprensivos. No sé como fue, pero de pronto tuve la sensación de que no tenía nada que temer de él.

—Está bien, creo que merece saber la verdad, Mark —habló tras unos instantes de cavilación—. Pero tiene que mantener una mente abierta para poder entender lo que voy a decirle.

—Ok, Abel, ¿puedo llamarle así?

—Por supuesto...

—Pues adelante.


7

—Puedo confirmarte que tu padre está muerto—empezó a tutearme, quizá para acortar la distancia que aún quedaba entre los dos—. El error del que te hablé antes está relacionado con Villa Marina. Él y otros en su estado habitan esta casa durante un tiempo, pero no tienen permiso para salir, con el objeto de evitar escenas como la que se produjo en febrero pasado, cuando tú y tu esposa lo reconocisteis. Tu padre y sus amigos aprovecharon un descuido de algún vigilante de la casa y salieron a dar una vuelta, ignorando las normas.

—¿Quieres decir que están prisioneros?

—No, no exactamente...

—Pues entonces, permíteme que no lo entienda.

—En realidad están en... digamos tránsito —hice amago de hablar pero me detuvo con la mano—. Espera, sé que tienes muchas preguntas, pero si me dejas hablar las aclararé una a una —calló un instante antes de continuar—. Villa Marina es una de las puertas que existen en la tierra para pasar al otro lado.

Mis ojos se abrieron como platos por la incredulidad, pero él siguió hablando sin importarle mi expresión de asombro.

—Es una de varias, no la única. Hay diez en total. Las puertas se utilizan... ¿cómo explicarlo? Hummm... te aseguro que no es fácil para alguien como tú entender lo que voy a decir, pero lo intentaré.

»El universo es finito, no infinito como los humanos os empeñáis en creer. Y el otro lado también lo es. El caso es que los jefes tuvieron un error de cálculo y la vida se extiende en el universo de una manera más caótica y difícil de planificar de lo esperado.

»Cuando una persona muere, da igual en qué parte del universo, tiene que pasar al otro lado para purificarse antes de volver a nacer en alguna otra parte. Pero ocurre que hay más personas muertas que plazas de reencarnación, ya que no hay suficientes planetas habitables debido al error de cálculo del que te hablo.

»En resumen: el otro lado está repleto, apenas cabe un alfiler, que diríais los humanos. Por ello la gente al morir tiene que permanecer algún tiempo en un una sala de espera hasta que queda una plaza libre. Villa Marina es una de las salas de espera y el tiempo medio para pasar al otro lado es de unos dos años, por eso tu padre estaba aún aquí el mes pasado.

—Hablas del otro lado con gran naturalidad—me decidí a interrumpirle—¿Pero qué es exactamente: es el cielo, el infierno... o tal vez el purgatorio?

—No, no es nada de eso. El cielo y el infierno son inventos de las religiones para manipular a sus seguidores. En realidad no existe tal cosa. El otro lado es un lugar formado por espacios abiertos, donde las almas se mezclan en libertad. No hay dolor ni enfermedad. Tampoco limitaciones humanas, como el egoísmo, la envidia, incluso el amor o la familia... —Hizo una pausa— En realidad es difícil de explicar y dudo que pudieras entenderlo en tu actual situación.

—¿Entonces no seremos juzgados por nuestras acciones, como nos han enseñado?

—En absoluto. No hay ni juicio ni castigo, solo aprendizaje. Las almas tienen que crecer con las sucesivas reencarnaciones. Los seres malvados lo son porque aún han vivido pocas vidas. Es como... si fueran niños, de modo que aún son juguetones y hacen cosas terribles. Al irse reencarnando, las almas pasan a grados de bondad de orden superior. Cuando llegan a su perfección, tras multitud de reencarnaciones, se integran con lo que vosotros llamáis Dios, aunque esa es otra historia.

—¿Otra historia? —exclamé—. Me has hablado de Dios, no puedes dejarme en ascuas.

—Bueno, creo que me sobrestimas. Yo no puedo hablarte mucho de Dios, porque apenas soy un ángel menor. ¡Ojala pudiera! Aún debo reencarnarme varias decenas de veces antes de poder integrarme con él. Lo único que puedo decirte es que se trata del ser más luminoso que existe. A su lado todo es alegría y bienestar... No hay otras palabras que pueda decirte al respecto.

Su sonrisa se ensanchó hasta casi tocarle las orejas, mientras con ojos soñadores miraba más allá de los ventanales. Y puedo prometeros que en ese instante le creí, no sé cómo pero supe que lo que estaba relatando era cierto, sin quitar ni una coma. Tuve que concentrarme para no olvidar la misión para la que estaba allí, las horas corrían en mi contra, por lo que intenté abreviar.

—Está bien, me conformaré con lo que me dices —respondí soltando el cuchillo que había mantenido agarrado dentro del bolsillo—. Pero necesito que me consigas un encuentro con mi padre. Hoy mismo.

—Lo siento Mark, eso es imposible —me miró con ojos desolados— Tu padre pasó la puerta hace una semana. Tardarás algún tiempo en poder reencontrarte con él, pero te prometo que lo conseguirás.

—¡Maldita sea! —me puse en pié de un salto— No querrás darme esquinazo después de todo lo que me has contado.

—Por favor, Mark, no debes irritarte. ¿Por qué habría de engañarte?

—Ni hablar, no me lo trago. O me consigues esa entrevista o haré saber al mundo lo que está pasando aquí.

—No Mark, no creo que vayas a hacer eso...

—¿Por qué no? —le di una patada a una silla para demostrarle que mi enfado iba en aumento, aunque la cogí antes de que cayera al ver que me había pasado— ¿Qué creías que haría después de relatarme todo esto? Soy periodista... mi trabajo es contar cosas a la gente, aunque sean tan increíbles como ésta.

—Bueno, lo que quiero decir es que no creo que puedas contar esta historia a nadie —se arrellanó en la silla con la misma calma que había mostrado todo el tiempo.

—¿Ah, no? —me acerqué a él hasta casi oler el aliento a incienso que recordaba de nuestro primer encuentro, al tiempo que introducía la mano en el bolsillo donde tenía el cuchillo— ¿Y eso por qué? ¿Vas a matarme acaso?

 —Bueno, me temo que eso no es necesario —sonrió con una ironía que no había mostrado hasta entonces—. Porque ya estás muerto...

Le miré de arriba abajo con cara de estupor. Creía todo lo que Abel me había dicho hasta el momento, y tuve la certeza de que aquello tampoco era un farol. No me salían las palabras, por lo que le pedí con un gesto que siguiera hablando. No hizo falta, sin embargo, que dijera nada más. Cogió un periódico que se encontraba doblado en una silla cercana y me lo entregó mostrándome la primera página.

Lo tomé y observé la fecha, que correspondía al lunes siguiente a mi llegada a Málaga. La foto de portada mostraba un gran objeto en llamas rodeado de multitud de coches de bomberos intentando apagarlas. Las piernas amenazaron con no sostenerme cuando leí el titular: GRAVE ACCIDENTE AEREO OCURRIDO AYER DOMINGO EN EL AEROPUERTO DE MALAGA. MUEREN CASI TRESCIENTAS PERSONAS AL ESTRELLARSE UN AVION PROCEDENTE DE LONDRES.

Me senté en la silla donde había escuchado el relato de Abel y abrí el periódico buscando el resto de la noticia.

—Puedes mirar en la página tres —oí su voz como en la lejanía—. Ahí está detallada la lista de víctimas...

En ese momento reparé en la camarera, que de nuevo se encontraba detrás de la barra limpiando un sin fin de vasos. Reconocí a la anciana del hotel que me había servido el desayuno hacía unas horas. Me sonrió con ternura y siguió su labor como si tal cosa.




EPILOGO

Han pasado ya dos meses desde que me trajeron a Villa Marina. Paso los días mirando por las ventanas intentando encontrar a Chris detrás de ellas, aunque la casa es inmensa y pocas son las ventanas que dan a la carretera o a la playa.

Estoy convencido de que Chris imagina lo que ha ocurrido y tarde o temprano aparecerá por Almarafe. Pero la única forma de contactar con ella sería escaparme como hizo mi padre. Si él lo hizo, ¿por qué no yo?, me pregunto a cada instante. Y no soy el único aquí que desea hacerlo. He convencido a tres compañeros y estamos tramando un plan para salir a pasear por el pueblo cualquier día de estos.

Daría diez de mis reencarnaciones por poder hablar con Chris tan solo cinco minutos.





Pozuelo de Alarcón, 7 de junio de 2014


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