EL JARRÓN DE LA BISABUELA


Miré los mil pedazos del jarrón desparramados por todas partes y estuve seguro de que me la había cargado. No era un jarrón cualquiera, ni hablar. Era el jarrón de la bisabuela de mi esposa, una reliquia de varios cientos de años, traída del mismísimo oriente por no sé qué antepasado de la vieja que sonreía en el cuadro sepia, situado en el mejor emplazamiento sobre la chimenea.

Carla me va a matar.

El gato había dado un respingo mayor que el mío y a la carrera se había escondido bajo uno de los sillones. Él tenía mejor razón para asustarse porque uno de las esquirlas le había golpeado entre las orejas, y yo sólo había recibido un sobresalto por el estruendo que hizo el trasto al estallar sobre el suelo. Miré con ojo avieso al gato, mientras él me observaba con las orejas gachas desde su guarida. No estaba seguro de que hubiera sido el ejecutor del crimen, me encontraba de espaldas cuando esto ocurrió, pero habría apostado la mano derecha a que era obra suya.

Pero eso no me serviría de excusa, ya que quién había introducido al gato en la casa, con el profundo rechazo de mi esposa, había sido yo. Ya oía en mi imaginación los gritos de Carla recordándome la dinastía a la que pertenecía aquella magnífica pieza, legada por su familia de generación en generación hasta nuestros días. Lo había hecho a menudo desde que nos conocimos sabiendo de mi poca sensibilidad para el arte, por ver si en algún momento conseguía meterme en la mollera el altísimo valor de la susodicha reliquia. Y tenía razón, para mí el objeto ovoide que presidía la mesa del salón era parte del paisaje y, al no disponer de botones ni mando a distancia, me había limitado a ignorarlo con disimulo.

Miré de nuevo al gato advirtiéndole que aquello no se acababa así, y me dispuse a buscar los útiles de limpieza para resolver el desastre de pedazos, pelusas y polvo que el accidente había dejado aquí y allá por todo el salón.

Sólo pude dar el primer paso, sin embargo. El segundo se congeló en el aire ante la voz que escuché a mi espalda.

—Gracias por liberarme, mi señor. Aquí estoy de nuevo dispuesto a servirte.

Me volví con un escalofrío que podría haber terminado en infarto. La voz provenía de una figura de hombre, aunque su estrafalario atuendo y su transparencia se asemejaba más a un holograma. Se hallaba rodeado por una neblina que surgía del pedazo más grande del jarrón. El turbante que cubría su cabeza no me dejó lugar a dudas de lo que representaba el espejismo que tenía ante mí.

¡Joder, es el genio de la lámpara!

Aunque algo no encajaba en la escena, porque aquél objeto no era una lámpara, a no ser que al antepasado de mi esposa le hubieran dado gato por liebre en sus aventuras orientales. Aguanté la respiración por unos instantes hasta que se me pasó la impresión.

—¿Quién... quién eres? —conseguí balbucear.

—¿Me preguntáis quién soy, mi señor? —su tono pareció algo irónico— Soy un genio, por supuesto. Vuestro genio para ser exacto.

—Pues no estoy seguro de a qué te refieres con vuestro genio. Yo no te he visto en mi vida.

—Pues encantado de conoceros, mi nuevo señor. Me habéis liberado de mi cárcel y os estoy muy agradecido. Como os he dicho, estoy aquí para serviros. Podéis pedirme el deseo que queráis y luego volaré libre a reencontrarme con los míos.

—¿Un deseo, dices? —me pareció que estaba regateando— Las leyendas sobre genios hablan de tres.

—Leyendas, leyendas... ¿Acaso creéis en leyendas a vuestra edad, mi señor? —sentenció en tono de enfado— Apurad con vuestro deseo, por favor, que estoy loco por abrazar a mi Brunilda, ya me entendéis...

—Está bien, déjame que piense —respondí—. En realidad no tengo nada que desee con tanto fervor que me permita improvisar. Quizá si me tomo un café podría darle una vuelta con calma.

—¿Un café? —sonrió con ojos hambrientos— Es una gran idea. Yo me apunto, ¿podría venir acompañado de unas magdalenas? Llevo dos mil años encerrado en esa maldita lámpara y se me ha abierto el apetito.

–¿Lámpara dices? —comenté mientras ambos nos dirigíamos a la cocina— Yo diría que se trata de un jarrón.

—Pues os aseguro que es una lámpara —respondió con firmeza—. Yo mismo la mandé fabricar durante mi reinado. Se trata de una reliquia de la dinastía...

—Vale, vale —le corté en seco—. Esa historia ya me la conozco, no es necesario que continúes.

Preparé sendos cafés y una docena de magdalenas sobre una bandeja. Añadí unos suizos que llevaban más de una semana guardados en un armario, supuse que después de dos mil años sin comer no les haría ningún asco, por muy genio que fuera. Sorbí mi café con deleite, mientras el del turbante se ponía morado de todo lo que le ofrecí, no dejando ni una miga sobre la mesa. Finalmente se limpió la boca con una servilleta de papel a la que miró largamente con sonrisa necia y volvió a la carga.

—¿Y bien? ¿Ya tenéis pensado vuestro deseo? —se lanzó al ataque como un vendedor de biblias— ¿Tal vez una montaña de oro? ¿Quizá mansiones, barcos, elegantes limusinas, mujeres bellísimas? ¿O sois más proclive quizá al aspecto personal? ¿No os gustaría pareceros a George Cluny, o al menos tener algo más de pelo, que veo que os escasea?

—Pues no estoy seguro —repliqué— El caso es que no echo a faltar nada en mi vida. Lo único que quiero es ser feliz.

—¿Ser feliz? —me miró extrañado— ¿Es ésa una nueva marca de automóviles que desconozco?

—Oh, no —sonreí— Ser feliz es un estado de ánimo del que ama y es amado; que te permite sonreír a todas horas, hasta cuando las cosas van mal; que te ayuda a soportar a la gente que te rodea, aunque sea de lo más impertinente, incluso a tu jefe; que te anima a ver el futuro con optimismo, sabiendo que tú, los tuyos, e incluso los ajenos tienen un futuro esperanzador...

—Está bien —me detuvo— Ya lo he entendido. Se trata de un sentimiento, no de un bien material.

—No, en realidad no es un sentimiento, sino un cúmulo de ellos —continué muy a su pesar— Es difícil de explicar en toda su extensión, ni los mejores filósofos han conseguido definir al completo lo que es la felicidad.

—Pues lamento deciros que esa dichosa felicidad no aparece en mi catálogo —dijo al tiempo que metía una mano por debajo del turbante y sacaba un tomo de más de mil páginas que comenzó a hojear—. Y eso que lo tengo actualizado a 2015. ¿Queréis echarle un vistazo para ver si encontráis algo a vuestro gusto? ¿Quizá la vida eterna, o mejor una televisión curva último modelo...?

Temblé al ver el mamotreto y negué con la cabeza.

—No, en serio, no deseo nada de esas cosas materiales que me ofreces —pensé en la vida eterna, resultaba tentador, aunque un poco larga a decir verdad—. Pero se me ocurre algo que me puede venir bien.

—Decidme, mi señor –abrió los ojos con entusiasmo.

—Me gustaría ahorrarme un disgusto con mi esposa, por ello te pediría que arreglases el jarrón... bueno la lámpara, para que quede tal y como estaba antes de romperse.

—¿De verdad me pedís eso, mi señor? —respondió apesadumbrado— Sabed que si os concedo vuestro deseo, yo volveré a quedar atrapado en ella.

—Pues sí, es mi deseo —respondí— Pero, ¿no puedes arreglarla sin tener que encerrarte de nuevo?

—No, es imposible. Lo dice el libro de los genios y yo no puedo desobedecerlo —sus ojos tristes luchaban por retener una lágrima— En fin, si así lo queréis...

—No, espera —musité—. Pensemos en otra cosa entonces.

—Es imposible, mi señor. Acabáis de decir que es vuestro deseo, con lo cual la petición ha sido realizada, no hay vuelta atrás.

Se levantó de la mesa y se dirigió al salón. Le seguí curioso y en breves segundos el jarrón volvió a sus posición sobre la mesa como en cámara hacia atrás. La neblina que le envolvía desapareció entre los pedazos y la reliquia quedó intacta, como lo había estado media hora antes, capa de polvo incluida.

Lo primero que vino a mi mente fue la bronca de Carla de la que acababa de librarme. Suspiré con la sensación de haberme quitado un peso de encima, algo muy parecido a la felicidad.

Por unos instantes sentí pena por el pobre genio, aunque enseguida lo olvidé al estar seguro de que aquél trasto, fuera jarrón o lámpara, no podría pasar otros mil años sin volver a romperse, y menos con Micifuz campando a sus anchas por la casa.





Pozuelo de Alarcón, 31 de enero de 2015


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