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sábado, 25 de abril de 2015

LA LAMPARA SOBRE LA ARENA



El viejo farero depositó la lámpara sobre la arena y su luz tibia iluminó la lágrima.

Supo desde el primer momento lo que era, a pesar de lo oscurecida que tenía la vista por las cataratas. Lo supo porque no era la primera que descubría. Miró hacia arriba y atisbó entre las nubes el rostro que sollozaba sobre la playa como cada luna llena. Era la imagen de la desolación, que lloraba la pérdida de su amado en aquella misma playa. No se atreve a preguntar, pero podría decir sin temor a equivocarse el nombre de la dueña de aquella cara afligida: Alice.

* *

—Despierta, Harold —le dice Sarah al tiempo que le pone la mano en el hombro—, estás soñando de nuevo con ella.

—¿He vuelto a repetir su nombre? —responde mientras abre los ojos sobresaltado.

—Sí, gritabas Alice, Alice, como muchas noches desde hace semanas.

—Lo siento, cariño, lamento tener que despertarte todos los días con la misma cantinela.

—Nunca has querido compartir conmigo el secreto que te causa tanta angustia —acusa compungida a su compañero—. Llevamos más de cinco años juntos, ¿no crees que ya es hora de que lo hagas?

—Tienes razón, prepara unos cafés, tienes derecho a conocer la historia de Alice.

* *

Ocurrió una madrugada del verano de 1922.

Volvía a casa de mis padres cruzando la playa, siempre me ha gustado el tacto de la arena húmeda bajo los pies desnudos. Había pasado la noche bebiendo con los amigos. Debía ser cerca de la una, aunque la luna llena iluminaba el entorno como si fuera casi de día. La playa se hallaba vacía, ofreciendo esa sensación de paz de los sitios vacíos en la madrugada. Me detuve a contemplar los destellos plateados que brotaban del agua con la mirada hipnotizada de la primera vez.

Fue entonces cuando escuché los gritos.

No me había fijado en las dos figuras que se hallaban cerca del rompiente de las olas, pero ahora las veía recortarse sobre el marco ondulado del mar. Eran un hombre y una mujer, pero a la distancia a la que me hallaba no podía reconocerles, eso en el caso de que hubieran sido del pueblo.

Me quedé inmóvil escuchando las voces de uno y otro. Discutían de forma violenta, aunque era el hombre el que más gritaba. El eco sonoro de la primera bofetada me despertó de mi letargo. Ella cayó y el desconocido se lanzó encima con saña. No me pude contener y me acerqué a la carrera. Al llegar el espectáculo era aterrador. El hombre se encontraba sentado a horcajadas sobre la mujer. Con una mano le sujetaba los dos brazos y con la otra la apuñalaba una y otra vez. Los ruegos de ella para que se detuviese eran como desgarros en el silencio de la noche.

El miedo me congeló por dentro, casi no podía respirar, y una arcada liberó mi estómago del alcohol de toda la tarde. El hombre me miró y sentí la necesidad de huir, aunque sabía que no había lugar donde esconderse. Se levantó despacio, mientras ella lloraba bajito, supuse que se moría en silencio, como sin querer molestar.

Se abalanzó sobre mí, trastabillé y caí todo lo largo que era. Sentí que mi vida estaba a punto de terminar. Lo último que recuerdo antes de caer fueron sus ojos siniestros que se clavaron en mí con una expresión maligna.

No supe como lo hice, supongo que fue un acto reflejo. Cogí un puñado de arena y lo lancé a aquellos horribles ojos. Debí alcanzarle de lleno porque comenzó a gritar como poseído. Lanzó varios tajos al aire, aunque ciego como se hallaba solo consiguió acertarme con uno en el cuello, que de milagro no me mató. Le quité el cuchillo y le empujé lo más fuerte que pude. Se levantó y echó a correr, supongo que se sintió en inferioridad de condiciones y optó por escabullirse.

El resto es confuso. Perdí el conocimiento y debí pasar toda la noche en la playa. Un pescador me encontró flotando sobre la marea alta, casi desangrado. Esa misma marea debió llevarse el cuerpo sin vida de la mujer, ya que nunca la encontraron. El único rastro fue la sangre sobre la arena. Tampoco se encontró al hombre. La policía investigó durante largo tiempo, pero nunca se supo qué fue de la extraña pareja.

* *

—He pasado más de treinta años intentando olvidar aquella noche sin conseguirlo, pero nunca había tenido las pesadillas que ahora me asaltan. No sé qué hacer, quizá debiera acudir a un médico.

Sarah le mira complaciente y le anima a apurar el café humeante. No dice nada. Siente un frío interior que la paraliza, aunque sabe que el momento ha llegado. De pronto su mirada se enturbia.

—Me estás mintiendo, Harold.

—No sé a qué te refieres —responde él saboreando el café con un regusto distinto al de siempre—. Te he contado todo lo que recuerdo.

—Aquella noche no fue una mujer la que murió, sino un hombre —dice mientras observa su expresión de asombro—. ¿Qué hiciste con su cuerpo?

—Pero Sarah, no sé...

—No me llames Sarah, por favor, mi verdadero nombre es Alice.

—¿Qué.. qué quieres decir? —los ojos de Harold se ensombrecen al tiempo que siente una ligero mareo que le revuelve el estómago.

—Quiero decir lo que ya sabes —la mirada de su compañera no es la de siempre, un brillo acerado ha transformado sus ojos castaños—. Aquella noche mataste a un hombre, mi esposo, y me hubieras matado a mí sino hubiera conseguido huir en la barca con la que conseguí llegar a la península. Solo te pido que me aclares una cosa, ¿por qué lo hiciste Harold? Necesito saberlo...

—Por dios, Sarah, yo no hice eso que dices...

—Deja de mentir, por favor. Solo quiero saber... ¿No lo entiendes? ¡Necesito entenderlo!

Harold mira hacia el suelo intentando atrapar un recuerdo lejano. Retuerce las manos de forma nerviosa, casi histérica, y observa de reojo a la mujer. Intenta reconocer en ella los rasgos de Alice. Al fin su recuerdo borroso encaja en la imagen de la mujer que tiene delante, y una punzada de pánico le desgarra por dentro. Toma una bocanada de aire para no asfixiarse. Tarda unos segundos eternos en recuperarse, pero consigue articular palabras con un supremo esfuerzo.

—Yo... yo te quería, te quería con toda el alma —comienza a hablar con los ojos llenos de ayer—. Eras tan... bonita... casi una niña. Todo en ti irradiaba amor: tu bello vestido blanco con la falda revoloteando sobre tus botines rosas; tu sombrilla de lunares, que hacías girar mientras paseabas al borde del mar... Te amé desde el primer día en que te vi, cuando llegaste a la isla con aquél monstruo.

—Estás loco, Frank no era un monstruo, ¡era mi marido! —se le escapa un sollozo e intenta razonar, aunque sabe que ya no importa—. Acabábamos de casarnos, llegamos a esta isla en luna de miel.

—Él no te quería, lo notaba en la forma en que te trataba. Ese hombre tan estirado, siempre vestido con su traje de marqués y su bigote engominado... —tose con fuerza para no ahogarse— Os seguí muchas veces, era mucho mayor que tú y se veía que estabas con él a la fuerza...

—Dios mío, todo este tiempo buscando respuestas, y solo eras un pobre perturbado... —Se rinde a la evidencia y comienza a llorar bajito— Lo único que lamento es que no me mataras a mí también. Lo hubiera preferido a vivir el infierno que he tenido que soportar.

—Yo nunca habría podido hacerte daño, eras mi amor... el amor que llegó hasta mi desde el mar. Tienes que entenderlo, solo quería liberarte de él para poder estar juntos los dos...

—¡Estúpido loco! —se levanta con un gesto de rabia y descorre el visillo de la ventana para ver encenderse la luz del amanecer. Luego se vuelve y casi suplica— ¿No te interesa saber qué fue de mi, cómo llegué hasta ti?

—No... no sé qué me pasa, me encuentro muy mal —la nausea le llega a la garganta produciéndole una quemazón angustiosa— Pero por dios, Sarah, ¿qué le has puesto al café?

—¡Te he dicho que no me llames Sarah! —dice por toda respuesta. Calla un momento y luego habla para sí misma— Me costó muchos años recuperarme de mis heridas y reencontrarme con mis recuerdos. Los médicos dijeron que un fuerte shock los había borrado. Después te busqué y, al encontrarte, esperé cinco años para llegar a este momento. No sabes lo largos que se me han hecho.

—Sarah... ¿qué me has hecho?, no me mates, por favor...

—No voy a matarte, Harold, no te preocupes... —le mira por última vez a los ojos— Porque ya estás muerto.
* *
El comisario consuela a la mujer, que solloza sin sosiego. Al fondo, tres policías de uniforme descuelgan el cuerpo de la soga que lo ha suspendido por el cuello durante toda la noche. El faro ilumina el alba con luces intermitentes que parecen lágrimas que se derraman de unos ojos desolados.

—Lamento su pérdida, Sarah —el comisario habla despacio, pasando de puntillas sobre el dolor de la mujer—. Hemos sabido por sus vecinos que su marido se hallaba bajo una fuerte depresión, y que sufría de constantes pesadillas. Tal vez han sido las que le llevaron a quitarse la vida.


No dice nada más. Ella le mira y asiente. Por dentro, un odio intenso la empuja a gritar, aunque consigue reprimirse. ¡No me llame Sarah, mi nombre es Alice!



José Fernández, Pozuelo de Alarcón, 25 de Abril de 2015