PALABRAS SILENCIOSAS



Escúcheme, doctor: no estoy enfermo. A pesar de mi edad avanzada y de ese mal que dice que me roba la memoria, puedo recordar cosas que ocurrieron hace mucho tiempo. Si me permite unos minutos, le contaré una de ellas, justo la que en estos momentos se me viene a la cabeza.

Nací y crecí en una ciudad muy pequeña. Tanto era así, que todos nos conocíamos por el nombre y los dos apellidos. En ella había gente de diferentes tipos; ricos y pobres, guapos y feos, listos y tontos... Pero, si he de destacar a alguien en mis recuerdos de viejo, sería a Mario y Alberto. Ambos tenían una característica particular: los dos eran mudos, aunque cada uno a su manera.

Mario nació con su defecto y jamás dijo una palabra hasta el día de su muerte.

Alberto, por el contrario, nació como un niño normal, y así creció hasta los doce años. Un día caluroso de mayo se negó a dar la lección en la escuela y desde entonces dejó de hablar. Sólo unos días más tarde, cuando se descubrió que su madre había huido de casa, se entendió el origen de su silencio.

La mudez sobrevenida de Alberto fue el comienzo de una segunda vida para Mario. Solo en su mundo hasta entonces, a partir de ese momento encontró en Alberto el compañero ideal con el que compartir su infortunio. Era gracioso verles ir siempre juntos a todas partes, moviendo sus manos sin parar para entenderse. Tan inseparables se hicieron, que gentes de paso llegaban a creer que eran mellizos.

De alguna manera, su desgracia modeló su forma de vida. Juntos crecieron y juntos estudiaron. A los veinticinco años ya habían fundado dos sociedades benéficas orientadas a personas sin habla. Sus actividades causaron asombro en todo el mundo, su nombre se extendió por todas partes. Estoy seguro que usted, doctor, habrá oído hablar de ellos.

Sin embargo, cómo si no, una mujer vino a separar lo que el silencio había unido. Sólo alguien como María podría conseguir romper una amistad de varias décadas. Ella, al contrario que los dos amigos, hablaba como los ángeles.

  María era locutora de radio. Llegó a la ciudad cuando Mario y Alberto superaban la treintena para trabajar en una emisora local. Enseguida vio el potencial de la historia de los dos mudos para su programa de sociedad, y les invitó a una entrevista para un monográfico. El día en que llegaron a la emisora era  sombrío y tormentoso, parecía anunciar el principio del fin.

Fue un amor a primera vista, aunque, de nuevo, cada uno a su manera. A Alberto le enamoró el sonido de aquella voz dulce, tan dulce como el algodón de azúcar que comía de niño en las verbenas. Para Mario eran sus labios en forma de corazón los que le robaron el alma.

María, por su parte, no supo, o no quiso, escoger y se enamoró de ambos. Veía en ellos razones distintas para quererlos. A uno le amaba por su sentido práctico de ver la vida; por su decisión ante los inconvenientes; por su fuerza vital. Al otro, le amaba por lo contrario: por su idealismo; por su imaginación sin límites; por vivir siempre a dos palmos sobre el suelo.

Los primeros meses el triángulo funcionó de una manera más o menos aceptable. Pero con el tiempo, los celos y el sentido de la posesión prendió en el corazón de los muchachos y comenzaron a odiarse poco a poco. Sin prisa, pero sin pausa, si me permite el dicho, doctor.

Las peleas empezaron a subir de tono, llegaban a las manos de forma constante, con o sin la presencia de María. Ella se desesperaba y pensó en huir más de una vez. No lo hizo, sin embargo, debía amarlos tanto que la angustia de abandonarlos superaba a la de la convivencia.

No debo decir nada malo de ninguno de los dos jóvenes, doctor, pero en uno de ellos prendió la semilla del diablo. Alberto  debió enloquecer para hacer lo que hizo. Concibió un plan terrible y se decidió a ejecutarlo sin  tardanza.

Una noche sin luna de octubre, cargó su coche con las herramientas que necesitaba y se dirigió a casa de María. Ella le recibió cariñosa, como siempre, pero Alberto no tenía intención de detenerse en caricias, ya que estas podían cambiar su determinación.

La mató, doctor. Y lo hizo de forma despiadada, con una certera cuchillada en el corazón. A continuación tomó las herramientas del coche y cavó un agujero en el jardín trasero de la casa. La tierra se hallaba húmeda por las lluvias de otoño, por lo que no le costó demasiado. Colocó a su amada en la tumba con todo el amor del mundo. Luego, empezó a echar tierra sobre ella.

Fue entonces cuando apareció Mario. Éste se volvió loco al ver lo que Alberto había hecho. Ni un grito salió de su garganta enferma, pero la furia de sus uñas dejaron marcas en todo el cuerpo de Alberto. La lucha fue atroz, como lo son las peleas a vida o muerte.

Fue Alberto quien acabó con su contrincante, aunque perdió un ojo en la batalla. Una palada certera rompió la frente de Mario y su vida se escapó a borbotones, junto con la sangre que emanaba de su cabeza.

Una vez más, Alberto colocó un cuerpo en la tumba. Y lo hizo de nuevo con todo el cariño de que fue capaz, tanto era el amor que aún los profesaba. Abrazó a sus dos amigos y siguió con su macabra tarea. Según lanzaba paladas de tierra sobre ellos, creía oírles hablar con palabras silenciosas. De sus ojos, torrentes de lágrimas brotaban sin cesar.


El anciano sorbe la nariz y se limpia con la manga una lágrima que brota de su único ojo. Levanta la cabeza y fija su mirada suplicante en los ojos del hombre de bata blanca que se encuentra pensativo al otro lado de la mesa.

—¿Lo ve, doctor?, no estoy enfermo —dice con tono nervioso—. Puedo recordar muchas cosas. Puedo contarle otra historia, si quiere. Le ruego que me deje ir a casa, no soporto este lugar horrible...

—Está bien, Alberto, tranquilícese —responde el doctor quitándose las gafas y acariciándose el puente de la nariz—. No es necesario que sigamos por ahora. Mañana volveremos a vernos y quiero que haga memoria sobre la manera en que recuperó usted el habla.

   

Pozuelo de Alarcón, 18 de abril de 2015



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