AKELARRE



Mi viejo cacharro se estropeó justo al llegar al cartel que anunciaba la entrada del pueblo. No me importó demasiado, sabía que entre aquellas casas rodeadas de arbolado había un taller mecánico, el de Joaquín, viejo amigo de mi padre. Quizá seguiría en activo y podría echarle un vistazo. Sería suficiente un apaño que me permitiera volver a Madrid, si los planes que me habían llevado hasta el pueblo en que nací fracasaban.
Caminé ladera arriba y crucé entre los caminos de tierra que separaban los huertos de los vecinos. Evoqué al señor Manuel el cojo, la señora Eufrasia, Antonio el tuerto y tantos otros. Al recordarles comprobé que, a pesar de los veinte años transcurridos, una parte de mí había vivido siempre entre aquellos prados.
Al llegar al riachuelo bordeado por el hayedo que desembocaba en la plaza del pueblo me detuve un momento. El cuadro del mejor pintor es incapaz de superar estos ocres en octubre, pensé con emoción contenida. Cuántas aventuras había vivido entre aquellos árboles, cuántos dragones muertos bajo mi espada, cuántas princesas salvadas de malvados villanos...
¿Por qué tomé el tren que me alejó de los míos? Aunque en la memoria se mantenía fresca la razón de los por-qués, ésta se debatía con el complejo de culpabilidad, haciéndome sentir mezquino una vez más. Pero no había vuelta atrás, tenía que seguir la hoja de ruta que me había marcado.
La primera parada era Clara. Sabía que ella era el paso más difícil que debía dar en aquél regreso al pasado, como si de un videojuego por etapas se tratara. Si conseguía derribar esa barrera, el resto podría afrontarlo con menor esfuerzo. Acaricié el terciopelo del objeto que escondía en el bolsillo de la cazadora para infundirme valor y comencé a caminar de nuevo.
Crucé la plaza impregnándome del entorno con una mirada detenida veinte años en el tiempo. Apenas ha cambiado nada, me dije. El centro de la calle mayor seguía presidido por Akelarre, el único bar del lugar y centro social de la villa. Sería una buena idea tomar un refrigerio antes de lanzarme hacía mi objetivo, de modo que dirigí mis pasos hacia la casona donde había compartido las sonrisas de tantos amigos, las partidas de dominó de los mayores y algún que otro beso de aquella novia que me graduó en los primeros juegos de seducción.
Apoyé mi mano en la manija de la puerta y no pude reprimir una sonrisa. El cartel que anunciaba sin humildad «Aquí servimos los mejores platos de la comarca» sobrevivía como único anuncio de bienvenida, aunque, ajado por el sol como se hallaba, apenas podía ser descifrado por unos ojos que lo miraran por primera vez.
Antes de entrar traté de imaginar el escenario que quizá aún encontraría al cruzar el umbral. La barra estaría situada a la derecha y ocuparía casi la totalidad del recinto. Ofrecería en grandes fuentes un surtido de manjares que llevarse a la boca, sobre todo los domingos al mediodía, cuando el bullicio a la hora del aperitivo hacía difícil atraer la atención del señor Luciano y su mujer Amalia, dueños del bar, para conseguir una cerveza. A la izquierda una hilera de mesas harían las delicias de los viejos en las largas tardes de invierno. Aún podía oír los fuertes gritos del jugador criticando al compañero por el lance perdedor en la partida de tute o de dominó. Al fondo, tal vez se hallarían las mesas corridas donde se servían las comidas a los visitantes que no tenían otro sitio donde aliviar el hambre. Y por último, por una puerta situada al lado de la chimenea, se saldría a la zona de los jóvenes: un patio de tierra apisonada y alfombrada de grava, sombreado por un techo de pajizo y parras bajo el cual se organizaban las veladas de baile. El sitio donde los chicos y chicas casaderos intercambiábamos miradas cómplices danzando al compás de una música que ganaba en romanticismo a medida que avanzaban las tardes de verano. El precio a pagar era el control de las guardianas del orden, coro de viejas que se sentaban en bancos de piedra alineados en la pared más fresca. Su única actividad durante horas era vigilar que las manos no se atrevieran más allá de donde permitía el decoro. A la mínima nos llamaban la atención por el simple roce del vuelo de una falda, o el guiño de una muchacha atrevida para animar al tímido mozo que no se decidía a dar el primer paso.
Inspiré para contener la humedad en los ojos y empujé la puerta. Lo que encontré al traspasar el umbral echó por tierra mi plan preconcebido.
¡Clara se hallaba detrás de la barra! Vi frustrado mi deseo de retrasar el momento de enfrentarme a ella hasta sentirme preparado, por lo que una sensación de vértigo me paralizó. Servía café a una pareja con aspecto de caminantes de paso y, por suerte, no miraba en mi dirección. Esto me concedió unos segundos para comparar su imagen con la de la jovencita que había dejado tanto tiempo atrás.
Sus ojos azules todavía sonreían y conservaban la chispa de picardía que recordaba, pero las pequeñas arrugas en los laterales anunciaban que había traspasado la barrera de los cuarenta. Su largo cabello, antes suelto y del color del sol de mediodía sobre el trigo, ahora clareaba en la raíz y estaba sujeto por un recogido que dejaba a la vista su cuello largo y suave, pero con los primeros pliegues de la edad madura. ¡Cuántas veces le había tirado de la coleta para hacerla rabiar! Al cobrar a los forasteros, se mordió el labio inferior mientras se colocaba un mechón por detrás de la oreja, como apartando un pensamiento fastidioso. Había olvidado este gesto tan suyo, y una punzada de ternura me apuntó una lágrima que sólo con gran esfuerzo pude contener.
Clara dejó la cafetera sobre la cocina eléctrica y alzó la cabeza. Se quedó petrificada, no habría abierto tanto los ojos si hubiera visto un fantasma. El desdén de su mirada dolió como un puñal que se clavara en las entrañas, más aún que sus sollozos en nuestra despedida dos décadas antes.
Tras un instante de duda, se movió de forma rápida. Se arrancó el delantal con un gesto de rabia y cruzó la trampilla del mostrador. En dos zancadas se situó ante mí con la boca fruncida, a punto de soltar alguna de las esdrújulas que solía inventar cuando estaba encolerizada. Me agarró del brazo, apretó hasta hacerme daño, y tiró de mí hasta la chimenea donde se acumulaba la ceniza de un fuego ya consumido.
—¿Cómo te atreves a volver después de tanto tiempo? —susurró con un odio que no había visto jamás en una mirada— ¡Tenías que haber tenido la decencia de morirte antes de atreverte a poner de nuevo los pies en el pueblo!
—Clara... —balbuceé ante su ataque frontal.
—Un cuerno Clara —apretó con mayor fuerza mi brazo—. Sal por esa puerta antes de que nadie te reconozca o te juro...
—Espera, por dios —solté mi brazo de su tenaza e intenté calmarla con un ligero roce sobre los suyos—. He vuelto porque sé que mamá se está muriendo.
—Sí, se muere, hermanito —replicó tras un breve silencio—. Pero no puedes venir de hijo pródigo como si no hubiera pasado nada.
—Dame sólo cinco minutos, por favor —supliqué juntando las palmas de mis manos—. Si en ese tiempo no entiendes por qué he vuelto, te prometo que no volverás a saber de mí.
Aceptó de mala gana. Me hizo sentar en una de las mesas más apartadas de los lugareños que jugaban al mus a voces, y la esperé mientras atendía a dos niños que pedían agua entre risas. Al fin se deshizo de ellos y se sentó a mi lado ofreciéndome un vaso de vino con un golpe seco sobre la mesa, mientras remarcaba con los dientes apretados: «cinco minutos, ni uno más».
Tomé un trago del vino, que me supo tan amargo como la hiel, y empecé a hablar.
—Es cierto que me fui, pero fue un estúpido error de juventud —dije en un susurro sin atreverme a mirarla a los ojos.
—No sólo te fuiste, atrévete a decir la verdad: ¡nos robaste, Juan! —un brillo vidrioso nubló su mirada—. Robaste los ahorros de toda la vida de nuestros padres. Al menos espero que te sirvieran para conseguir los sueños que nublaban tu mente.
—Sí, los conseguí —respondí—. Para descubrir que no valían una mierda.
—¿Qué es lo que no valía una mierda, Juan? ¿No era justo eso lo que tanto anhelabas?
—Nada, Clara, escúchame: nada vale una mierda si no están los tuyos alrededor para compartirlo. He estado solo entre miles de personas. De soledad podría dar lecciones... —Mi tono irónico denotaba derrota y no pasó desapercibido para mi hermana pequeña.
—¿A eso has venido, a devolvernos lo robado para compartirlo con tu familia?
—No... —titubeé— En realidad lo perdí todo.
—¿...?
No dejé que terminara la pregunta. Saqué el estuche de terciopelo del bolsillo de la cazadora y se lo entregué. Lo contempló asombrada unos segundos antes de abrirlo. El grito que contuvo al ver el contenido podría haberse oído en todo el valle.
—Pero... —las palabras pujaban por salir de su boca— ¡Esto es el talismán de los abuelos!, lo buscamos durante años, ¿también nos lo robaste?
—No, no lo robé —respondí con firmeza—. El abuelo me lo entregó. Pero es una larga historia, no tenemos tiempo ahora para hablar de ella.
Hice una pausa sin atreverme a seguir hasta que vi la expectación en sus ojos esperando respuestas.
—¿Recuerdas la leyenda que nos contó tantas veces y de la que nos burlábamos? —continué— «Ya está el abuelo con sus batallitas», solíamos decir.
—Sí, la recuerdo. Era una historia sin sentido, pero el amuleto es real, podría habernos ayudado a salir adelante en los tiempos duros. 
—¿Venderlo? —mi ceño se frunció— Eso habría sido un auténtico sacrilegio.
—Sacrilegio fue el hambre que pasamos y la vergüenza de pedir a los vecinos, mientras tú vivías tu vida de ensueño, ¿aún te atreves a juzgarnos?
—Está bien, dejemos aplazada la discusión, ahora tenemos que pensar en mamá —inspiré profundo, sabía que la siguiente frase causaría un auténtico terremoto—. La historia del abuelo no era un cuento de viejas, era real.
—¿Qué? —abrió los ojos como platos— ¿Has vuelto para burlarte de nosotros?
—No es una burla, te aseguro que es real.
—¿Te has vuelto loco? El abuelo decía que el amuleto te permitía vivir para siempre, ¿me estás diciendo que esa tontería es real?
—No es una tontería —sonreí por primera vez—. Lo digo por experiencia.
—¿Quieres decir que lo has probado tú mismo?
—Sí, dos veces.
—Entonces... —sus ojos se agrandaron hasta casi salirse de las órbitas.
—Justo lo que piensas: en estos años he muerto dos veces y dos veces he vuelto a la vida.
Tomó mis manos entre las suyas, quizá para comprobar si eran unas manos vivas o si pertenecían a un aparecido.
—No puedes hablar en serio —noté como temblaba—. ¿Mamá no moriría? Por dios, Juan, no me mientas con algo así, no podría volver a soportar tus mentiras.
Apreté sus manos para contener el sollozo que asomaba a sus ojos.
—Debes creerme, Clara —dije con convicción—. Aunque técnicamente moriría, pero para despertar renovada y vivir varios años más. Su enfermedad desaparecería en el proceso.
—Hay algo que no entiendo —habló para sí mientras acariciaba el mágico objeto con nerviosismo— ¿Por qué entonces los abuelos murieron? Si lo que dices es cierto, podrían haber sido inmortales.
—Tal vez tanta vida llegó a pesarles. ¿Nunca has pensado que vivir demasiado puede ser una carga terriblemente dura, que puedes llegar a desear la muerte para descansar al fin? —Hice una pausa al ver que me miraba embelesada— Recuerdo que nos reíamos cuando el abuelo decía que sus arrugas tenían más de mil años. Ahora creo que no bromeaba. En cualquier caso, tienes razón, hay muchos interrogantes que no sabemos si algún día podremos entender.
Sus ojos volvieron a mirarme como al superhéroe que fue su hermano mayor en otro tiempo.
—Sé que callas más de lo que dices —sonrió con ternura—. Pero tienes razón, ahora mamá es lo primero. Tiempo tendremos para hablar de los últimos veinte años. Tendrás que contarme cada minuto de la historia que guardas.
Quedamos en silencio. Ella acariciaba el amuleto y yo acariciaba su pelo. Los jugadores de mus pedían vino a gritos. Los forasteros apuraban sus cafés mientras sus hijos jugaban entre las mesas, indiferentes a los problemas de los mayores. La señora Amalia salió de la cocina y tomó el mando de la barra con un guiño de complicidad hacia mi hermana.
Cogí su mano invitándola a levantarse de la silla.
—¿Nos vamos a casa?
No dijo nada, sólo me abrazó y tiró de mi hacia la salida del bar.


  

Pozuelo de Alarcón, 4 de Septiembre de 2015


Comentarios

Entradas populares de este blog

SOLAMENTE EN NAVIDAD

MENTIRAS Y SAL

BOOMERANG