BOOMERANG



—Perdone, señor, esto que me da usted entre el cambio no es una moneda —a Manolo, taxista con 20 años de profesión a la espalda, no se le escapa ni una.

Se vuelve y echa un vistazo al estrafalario tipo que se sienta en el asiento de atrás. Debe ir a un baile de disfraces, se dice. La chistera de terciopelo, la pajarita bajo un chaleco con botones en fila de a dos y la capa negra con forro rojo no son muy habituales en estos tiempos. Eso, más un bigote engominado y con las puntas mirando al techo, le otorgan el aspecto de una figura de otro siglo.

—Oh, perdone, se me ha colado por error —se disculpa azorado el cliente—. Aunque lo que usted cree una moneda falsa, es una medalla que posee un valor incalculable debido a sus extraordinarias facultades.

—No me diga… —Manolo, resignado, se prepara para oír de don antiguo (así lo acaba de bautizar) una de esas historias que le colocan a diario.

—Pues sí, le diré que se trata de una joya forjada en el siglo XIV y que otorga una especial protección al poseedor de la misma.

—O sea —dice Manolo con ironía—, una de esas medallas de la suerte.

—¿Cómo dice…? —se ofende don antiguo— No señor, esta pieza es única. La he llevado conmigo desde que era niño y míreme, tan saludable como un jovenzuelo a pesar de mis 60 años; y rico, porque le diré que gracias a ella poseo una auténtica fortuna…

Un toque de claxon del mercedes que espera detrás deja con la palabra en la boca a don antiguo, y Manolo se siente aliviado porque sabe que es la única manera de quitárselo de encima.

Cuando consigue zafarse del personaje, da un par de vueltas por la manzana y aparca en una parada, es hora de estirar las piernas. A cierta distancia observa tumulto de gentes mientras las sirenas rompen la tranquilidad del barrio.

—¿Qué ha pasado? —pregunta a un par de compañeros que fuman un pitillo apoyados en un toyota con la banda roja pintada en la puerta delantera.

—¿No te has enterado? —le responde uno de ellos—. Un autobús acaba de atropellar a un hombre y le ha dejado despachurrado.

—Sí, y el tipo debía ser de marqués para arriba apuntilla el otro. Tenías que haber visto la chistera y la capa que se gastaba el gachó.

Vaya, piensa Manolo, y eso que llevaba la medalla de la suerte...

* *

—¿Está usted libre? —pregunta el hombre a través de la ventanilla; no pesará menos de 120 kilos, calcula Manolo a ojo.

—Sí, suba —espera a que se acomode y cierre la puerta para bajar bandera y preguntar— ¿A dónde vamos, caballero?

—Alcalá 59, por favor —Manolo le observa agacharse y le vigila por el retrovisor. No tiene aspecto de atracador, pero uno no puede fiarse ni de su sombra, si lo sabrá él.

Una moneda no del todo desconocida brilla en la mano de don hipo —no le cabe duda de que es el apodo que más le cuadra— cuando vuelve a la verticalidad.

—Mire lo que había bajo la alfombrilla —alarga la mano para ofrecerle la medalla que acaba de encontrar, a todas luces la misma que le mostrara el malogrado don antiguo hace unos días—. Esto debe ser suyo.

—No, en realidad no lo es —rechaza Manolo con una mano mientras conduce con la otra—. Es la medalla de un cliente al que llevé hace un tiempo. Debió perderla al bajar del coche. Decía que es un talismán que da suerte a su poseedor, aunque yo no creo mucho en magias. Si la quiere, es suya.

—Ah, pues sí que se la acepto, muchas gracias. Soy un entusiasta de los objetos curiosos y esta pieza encajará muy bien en mi colección.

La medalla es guardada por don hipo como paño en oro. Con el paso de las semanas va descubriendo sus bondades: un ascenso en el trabajo con subida de sueldo incluida; la revalorización de las acciones heredadas de tía Enriqueta que no valían ni para envolver el bocadillo; la mejora en las notas de sus vástagos que nunca habían pasado del cinco pelón…

Un día don hipo llega pronto a casa desde el trabajo. Su mujer le recibe con gran algarabía.

—¡Nos ha tocado la lotería, nada menos que 5.000 euros! —le dice apretándole los mofletes con ambas manos—. Esto hay que celebrarlo por todo lo alto, ¿por qué no bajas a cobrar el premio y me invitas a comer por ahí?

Don hipo sale del banco contando el dinero. Le ha costado una hora la cola ante la ventanilla, pero hoy no le importa; está entusiasmado con los colores de billetes que antes no había visto: verde, morado… Pero al girar la esquina hacia su casa, siente como la bilis se le congela por dentro. Un tipo con una navaja de filo albaceteño le espera con cara de pocos amigos.

—Dame esa pasta que acabas de cobrar en el banco o te rajo —dice malencarado, mote que don hipo le adjudica a primera vista—. Y no te hagas el valiente que estoy mu loco.

En menos que canta un gallo, el atracador le quita los 5.000 euros y desaparece con la moto en la que le esperaba su compinche.

Joer, qué faena, piensa don hipo. Y eso que tengo la medalla de la suerte. Rebusca en sus bolsillos, pero ve con asombro que la medalla ya no está. Cree volverse loco y corre hacia su casa. La busca durante horas, pero por fin se rinde y reconoce que ésta se ha esfumado, junto con su buena suerte.

* *

Doña Rosa —aunque seguro que no se llama así— entra en el coche de Manolo con una bolsa enorme. El taxista ayuda en lo que puede para que bolsa y señora se acomoden en la parte de atrás del vehículo.

—A Alcalá 61 —pide doña Rosa tan pronto como se ajusta el cinturón de seguridad.

—¿Cómo está la crisis, eh, señora? —suelta al azar Manolo por entablar conversación. Lleva toda la mañana sin cambiar palabra con ningún cliente y está que se cae de aburrimiento.

—Pues sí, está muy mal —responde la interpelada—. Pero, si no le importa, mire hacia delante no sea que nos demos un tortazo. Es que llevo mucha prisa…

Manolo se calla, decepcionado. Vaya día, piensa, mientras escudriña por el retrovisor a la curiosa mujer. Ésta va ataviada con prendas rosas desde la cabeza hasta los pies. De pronto, algo hace removerse en el asiento al bueno de Manolo: doña Rosa juguetea con un objeto entre los dedos que el taxista cree reconocer de forma inmediata.

—Perdone que sea indiscreto —dice Manolo—. ¿Esa moneda con la que juega, se la han regalado?

—No —responde ella sonriente—. La encontré el otro día en una oficina bancaria. Alguien debió perderla. En realidad no es una moneda, sino una medalla de San Honorato. Me hizo mucha ilusión encontrarla, mi madre era muy devota del santo.

—Ah, entiendo...

—¿Conoce usted al propietario? —pregunta ella.

—No sé, quizá sea coincidencia. Hace unas semanas un hombre subió al taxi con una parecida. Pero es un cliente anónimo, así que, si la perdió, ahora es suya en buena ley.

Diez minutos más tarde, Doña Rosa se apea y deja al taxista con el vehículo aparcado en la entrada de un hotel. Manolo aprovecha el descanso para quitar el polvo de los asientos. Súbitamente, descubre la dichosa medalla tirada sobre la alfombrilla, como si el objeto hubiera encontrado en ella un hogar donde vivir.

Dita sea, vaya con la medallita, más parece un boomerang. No sé si dará buena suerte, pero a sus dueños les dura menos que un caramelo a un niño. —Observa con la mirada a su alrededor por si aún puede ver a Doña Rosa—. Pues me da no sé qué dejar que la buena mujer se quede sin ella. Con lo que le pasó a aquél tipo de la chistera por perderla, igual a ésta se la traga un socavón...

Gira la cabeza hacia su izquierda y divisa a doña Rosa saliendo de una panadería. Siente que la sangre le vuelve al cuerpo y echa a correr en busca de la mujer. En su camino tropieza con unos mozos que suben muebles mediante un juego de poleas al balcón del sexto piso, justo encima de la panadería. Encaja un par de palabras de enojo de uno de los mozos y, pidiendo disculpas, llega a la acera a tiempo de evitar que doña Rosa desaparezca tragada por un portal.

—Muy agradecido, señor taxista —sonríe la mujer cuando Manolo le entrega la medalla—. Es usted muy amable y se merece una propina…

—En modo alguno, señora, no faltaría más. —Detiene el gesto de la mujer, que dirigía la mano al bolso—. Ha sido un placer, buenos días.

Se siente henchido de satisfacción. Ha hecho una buena obra, y hasta es probable que le haya salvado la vida a la mujer. Silva con satisfacción y, con las manos en los bolsillos, se dirige hacia la parada del hotel donde dejó el taxi para continuar con su jornada de trabajo.

Va tan ensimismado en la buena acción realizada, que no se da cuenta del piano de cola que le cae encima desde el sexto piso. Cuando mira hacia arriba ya es tarde.

¡Joder con la medalla de la suerte!, son sus últimos pensamientos.

   

Pozuelo de Alarcón, 14 de Diciembre de 2015




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