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jueves, 24 de diciembre de 2015

SOLAMENTE EN NAVIDAD


SOLAMENTE en Navidad ocurren esas historias extraordinarias que nos estremecen y perduran generación tras generación, contadas de abuelos a nietos. O, por decir mejor, es posible que las historias ocurran en cualquier momento, pero que solo en Navidad nuestro corazón esté lo suficientemente atento para escucharlas y aceptarlas sin dudar.

Como botón de muestra, busquemos un punto cualquiera sobre el mapa. Digamos, París, por ejemplo. Ohlala, Paris. ¿No es cierto que es éste un lugar de ensueño con multitud de rincones donde puede ocultarse esa historia especial que buscamos? Y ahora, seleccionemos un instante en el tiempo adecuado a nuestro objetivo: ¿qué les parece los días anteriores a la Navidad de 1968?, ¿aceptan? Pues bien, hagamos un zoom sobre alguno de los rincones de esta ciudad y tratemos de divisar a cualquiera de sus protagonistas en aquél tiempo.

Al acercarnos se divisa un puente a lo lejos. Veamos, parece que se trata del afamado puente de la Concorde. Fijemos la atención para ver a los parisinos que lo cruzan cargados de la prisa de un día de labor. Son las cinco de la tarde, la oscuridad empieza a adueñarse de la ciudad como un manto que la cubrirá a la velocidad en que se crean las leyendas. Las gentes corren a la salida del trabajo y se dirigen a sus hogares. Portan hoy, sin embargo, no solo los habituales bolsos o maletines, sino también esos paquetes de bellos colores con cintas de fantasía que harán las delicias de pequeños y grandes a los pies del árbol durante la noche más bella del año.

Pero bajemos la cámara a una zona en semioscuridad por debajo del puente donde brilla el crepitar de un fuego. Vemos a un hombre solitario que alimenta ese fuego para guarecerse del frío. Quizá sea el protagonista que andamos buscando. Quedémonos y observémosle en silencio para ver qué ocurre...

* *

François —así se llama el hombre— se arrebuja dentro de una roída manta y se acerca aún más al fuego. La noche empieza a extender sus tentáculos y la humedad del Sena, que durante el día aún es soportable, ahora se mete entre los huesos y anuncia una madrugada de las que asustan al más templado. Mira la botella de vino casi vacía y reza para que su amigo Antoine traiga otra cuando vuelva del recado que lo ha alejado del hogar desde por la mañana.

Un vistazo a su alrededor le convence de que no hay nada que pueda ayudarle a pasar la noche de una manera más cómoda. Los cartones envejecidos por el uso, ya insuficientes cuando diciembre se veía lejos, hacen las veces de colchón y sábanas sobre el duro suelo, y echarlos al fuego empeorará la situación. El carro del hipermercado, aparcado junto a la pared con sus escasas pertenencias, tampoco contiene nada nuevo que pueda servir.

Mira al cielo y hace un guiño de resignación. Hoy ha estado todo el día solo y no ha podido salir a buscar algo mejor. El nido no se puede abandonar así como así, que hay mucho pájaro suelto por la ciudad, si lo sabrá él.

En fin, piensa mientras toma un trago de la botella, esto es lo que toca. ¿Y tengo yo razones para estar triste?, se dice, ¡ni hablar! Vivo como quiero, soy propietario de un exclusivo apartamento debajo del puente de la Concorde y tengo total libertad, ¿se puede pedir algo más?

Por otra parte, reflexiona, la Navidad está cerca y eso le ha puesto siempre de buen humor. Contar los años y seguir vivo le parece un acontecimiento digno de celebrarse, por lo que lanza un brindis a los viandantes que cruzan el puente por encima de su cabeza y vuelve a beber.

En unos días, los fuegos artificiales sobre la torre Eiffel darán el paso al nuevo año y 1969 quedará inaugurado. En ese momento él habrá cumplido los sesenta y cuatro, todo un éxito, ¡vive la vie!

* *

El viejo reloj de François marca las seis cuando observa una figura que se acerca entre la bruma. No le distingue bien, su tenaz miopía y la lejanía del extraño apenas le permiten adivinar el perfil de un hombre de gran tamaño. No parece que sea Antoine, piensa, no es su estilo. La figura anónima anda con paso ágil, mientras que su amigo tiene una cojera que le provoca un balanceo inconfundible.

Saca del abrigo los anteojos que le regalaron les Soeurs de la Charité, hermanas del convento donde suele comer algunos días, y se las coloca aguzando la mirada. Un cierto gusanillo le recorre el estómago, si al menos estuviera aquí su amigo Antoine… Dos contra uno sería una proporción que le ofrecería mayor confianza.

—Buenas tardes, amigo —oye decir al extraño que levanta una mano en son de paz.

—Buenas tardes igualmente —responde con un titubeo.

Cuando el desconocido está a dos metros de él, François puede distinguir los detalles de su figura rechoncha. Tiene ante él a un vejete bien conservado, con barba blanca y vestido de rojo de la cabeza a los pies —sin faltarle el gorro, detalle que no puede faltar—. Este se muestra con una amplia sonrisa que infunde cierta tranquilidad en el mendigo.

Vaya, un Papa Noel, piensa, espero que no sea un compañero de fatigas en busca de un cobijo donde pasar la noche, aquí ya somos demasiados.

El desconocido deja caer un saco que lleva colgado a la espalda y señala una piedra junto al fuego que hace las veces de silla.

—¿Permites a un hombre cansado hacer un alto en el camino?

François duda un instante, pero a continuación le ofrece la piedra con un gesto.

—No hay problema, puedes sentarte. Pero solo por el tiempo que tarde en llegar mi compañero. Debe estar al caer. —Sus palabras suenan a advertencia, por si las intenciones del extraño no son del todo honradas.

—Gracias, no me quedaré mucho tiempo. En realidad tengo faena que hacer en estos días.

—Veo por tu atuendo que trabajas en algún comercio, ¿me equivoco?

—Bueno, a decir verdad trabajo en varios sitios a la vez, esta época del año suele darme bastante trajín, ya te imaginas.

—Pues sí, te entiendo —suspira François—. En mis buenos tiempos también trabajé como Papa Noel en unos grandes almacenes del centro. Alta calidad, no vayas a creer. —El mendigo pone ojos soñadores y continua—: Ah, qué tiempos aquellos. En fin, luego las cosas fueron a mal y perdí demasiado peso. Dejé de ser un Papa Noel creíble y tuve que dejarlo.

—Pero veo que tu fuego se consume, ¿no tienes algo con que alimentarlo? —El hombre de rojo mira a su alrededor—. La noche no pinta bien, va a ser de las más frías de la temporada.

—Pues no, ya ves, hoy no he podido moverme de aquí para buscar leña —François se lamenta—. Pero espero que Antoine llegue pronto con más combustible, y no solo para el fuego. —Sonríe mostrando la botella al extraño.

—Espera, quizá puede ayudarte. —El hombre se vuelve hacia su saco y lo abre con una ágil maniobra. Mete sus manos en él y extrae dos botellas de un vino tinto que ofrece a François con un gesto.

François coge las botellas y se levanta los anteojos para descifrar la etiqueta. No puede sino exclamar tras unos segundos de lectura:

—¡Por todos los diablos! Esto es un Borgoña reserva del sesenta y seis. —Mira al hombre de rojo que sigue con las manos dentro del saco rebuscando algo en su interior—. Te lo agradezco de veras, pero no puedo aceptarlo. Estas botellas deben costar una fortuna.

—¡Pero hombre, no me las irás a despreciar! —responde el extraño sin apenas mirarle—. En realidad yo no bebo desde hace tiempo y sería una pena que se estropearan, ¿no te parece?

François no sale de su asombro y manosea las botellas intentando recordar cuándo fue la última vez que probó un vino tan exquisito. La respuesta se le viene enseguida a la cabeza: nunca. Quizá el hombre tenga razón y deba aceptar el presente que le ofrece, al menos parece que lo hace de buena fe.

Un chisporroteo del fuego vuelve a la realidad al mendigo, y observa como el extraño lo alimenta con un buen puñado de madera que parece haber extraído del saco. De un vistazo calcula los tamaños de la leña y del dichoso saco. No parece que tanta madera pueda caber en él y, por otro lado, éste no se ha vaciado un ápice después de sacarla. Como en un juego de magia, se dice.

—En fin, un poco de buen fuego no puede matar a nadie —cabila el vejete de rojo rascándose la canosa barba—. Aunque echo de menos algo. Humm... creo que ya sé lo que es. —Se vuelve al saco y remueve de nuevo en su interior. En un santiamén tiene en sus manos una bolsa de papel que contiene diferentes tipos de embutido y un gran queso. Una hogaza de pan acompaña al manjar que hace salivar a François.

—¿No irás a regalarme toda esa comida también? —Se adelanta el mendigo al ofrecimiento del rechoncho extraño—, te aseguro que ni aún así dejaré que te quedes.

—Jo, jo, jo... —ríe el gordinflón mientras deja la comida en el suelo y se la empuja hacia François con una bota negra que le llega hasta media espinilla—. No, qué va, ya me gustaría poder hacerlo, pero tengo una cita ineludible. Me temo que no podré acompañaros ni a ti ni a tu amigo esta noche. Pero acepta esto de buen grado y dale recuerdos de mi parte.

—Gracias… No sé qué decir… —En verdad François se ha quedado sin palabras, cosa que no le ocurre a menudo a decir de su amigo Antoine, por lo que no hace ni un gesto cuando ve al hombre de rojo levantarse y echarse el saco a la espalda, tras cerrarlo con una maniobra tan certera como la que hizo al llegar.

—Lo dicho, que paséis buena noche. Espero volver a verte. —El hombre hace un gesto con su mano enguantada y comienza a caminar. En unos instantes desaparece por detrás de la pared del puente que sustenta el hogar de los dos mendigos, dejando a François con la boca entreabierta.

—Adiós… —El susurro de nuestro protagonista queda flotando sobre la niebla que empieza a formarse a su alrededor.

* *
—Buenas noches, compañero.

El saludo de Antoine sorprende a François, aún absorto en los acontecimientos anteriores que le mantienen deslumbrado. No han pasado ni treinta minutos desde que el singular Papa Noel se fuera, y ni un solo segundo desde entonces ha dejado de observar las botellas de vino y el resto de viandas que han quedado a sus pies, sin estar seguro de que no vayan a desvanecerse en cualquier momento, como si de un sueño demasiado hermoso hubieran salido.

—Pero, ¡que veo! —Antoine apunta con un guante al que le faltan tres dedos hacia los regalos del hombre de rojo—. ¿De dónde has sacado esos manjares?

—Pues, en realidad, no estoy muy seguro... —responde su amigo—. Si te lo cuento es posible que no me creas.

Antoine coge una de las botellas y acaricia la etiqueta mientras lee su contenido.

—¡Un reserva del sesenta y seis! —exclama con asombro— O nos ha tocado la lotería o has atracado un supermercado. Vamos, deja de mirarme con esos ojos de lechuza y desembucha...

—Pues... en realidad es un regalo —murmura Françoise—. Resulta que... bueno, un hombre disfrazado de Papa Noel ha aparecido de repente, ha sacado esa comida de su saco y se ha largado sin pestañear después de desearme una feliz noche. Ah, y nos ha abastecido de leña para toda una semana —añade apuntando a la madera acumulada junto al fuego.

—Pues sí, parece bastante increíble —responde Antoine sentándose en su piedra-silla al lado del fuego—. Aunque creo saber de qué Papa Noel me hablas.

—¿Le has visto tú también?

—Tal vez, es posible que sea el mismo con el que me he cruzado hace unos minutos —dice mientras con un gesto pide permiso para abrir una de las botellas—. Había un regordete disfrazado encima del puente. Estaba rodeado de niños que jugaban y reían a su alrededor.

—Sí, seguro que se trate del mismo –responde François—. ¿Tienes abridor o te presto el mío? —Hace mención de meter la mano en uno de los múltiples bolsillos del abrigo, pero se detiene al ver que su amigo ya dispone de un sacacorchos con el que da buena cuenta del tapón de la botella—. ¿Y dices que estaba rodeado de niños?

—Sí, ha montado un puesto ahí arriba, a la salida de los grandes almacenes. Les regala caramelos a los chavales y estos le entregan su carta de Navidad. Era tan simpático que hasta le he entregado la carta de mi Nicolette...

—Tu nietecita... –sonríe François—. Entonces, ¿has podido verla?

—Sí, hoy no ha salido del internado. He estado con ella hasta después de merendar, todo un record. –Una diminuta lágrima asoma a los ojos de Antoine, pero consigue detenerla a tiempo—. ¿Sabes?, estaba muy contenta. Ya sabe escribir, y aunque puedes imaginar que su letra no es de las mejores, a mí me ha parecido la más bonita que he visto en mi vida.

—Me la imagino, amigo mío, y apuesto a que es la más linda del mundo. Pero dices que ha escrito una carta, ¿qué decía en ella?

—Bueno, no puedo decir mucho del asunto —responde Antoine mientras escancia vino en sendos vasos de plástico que ha encontrado en la bolsa de las viandas—, las cartas no deben leerse, ya sabes... Se trata de su carta de Navidad. Me ha pedido que se la entregara a Papa Noel. ¡Estaba tan ilusionada, deberías haberla visto! Es la primera que escribe ella sola y dice estar segura de que este año Papa Noel le traerá todos los regalos que le pide.

François bebe un largo trago y se limpia la boca con la manga del abrigo.

—Ya lo creo —responde—, si el verdadero Papa Noel es tan generoso como el gordinflón que ha estado aquí esta noche, te aseguro que no tendrá problemas para cumplir sus deseos —sonríe como si le hubieran contado un chiste— ¡Tendrías que haber visto como sacaba comida y madera del saco sin que éste pareciera vaciarse!

Antoine corta un pedazo de la hogaza de pan con su navaja y se lo pasa a su amigo. Luego corta un segundo y comienza a comerlo con deleite.

—Humm... —dice poniendo los ojos en blanco—. Es el pan más exquisito que he comido en años. Se diría recién horneado.

—Imagino que si lo han hecho los duendecillos del Polo Norte, debe ser de primera. —François lanza una risotada alegre y su amigo le acompaña, quedando luego ensimismado. Tras unos momentos de silencio, parece pensar en alto:

—El caso es que Nicolette estaba hoy, ¿cómo diría...? Como muy adulta para sus seis años —toma un trozo de queso y lo mira concentrado—. ¿Sabes? Me ha asegurado que ya no es una niña y que este año no ha pedido juguetes en su carta. Dice que solo quiere dos cosas de Papa Noel y que no son materiales.

François saborea una loncha del exquisito embutido y no dice nada.

Materiales..., fíjate, mi pequeña ya sabe decir cosas materiales... Hace tan poco que solo era una bolita que mecía en mis brazos mientras dormía. O que sonreía en mi regazo tirándome de las barbas con sus dos manitas.

François sabe que Antoine ya no está con él. Que acaba de despegar hacia su mundo particular, y que un montón de recuerdos giran en su cabeza trayéndole retazos de su pasado. Un pasado que ocurrió mucho antes de unirse a él en este hogar donde han compartido los tres últimos años.

Sabe que ha viajado hacia atrás, a su vida junto a sus hijos, Angeline y Pierre. Ahora está en la casa en las afueras de París donde se ha mudado al morir su esposa, Madeleine. Sabe también que rememora los años en que nació Nicolette. Los bellos momentos que vivió con su familia, viendo dar los primeros pasos de su nieta, y la primera vez que le llamó abuelo. Era él quien la llevaba al parque todos los días desde que cumplió tres meses, con sol, lluvia o nieve, mientras sus hijos atendían sus quehaceres laborales. El abuelo canguro, solían llamarle las mamás del parque, arrancándole una sonrisa.

Y sabe que a continuación maldecirá el comienzo de su infortunio: el viaje de sus hijos a Sudamérica; la noticia del accidente; las lágrimas derramadas mientras Nicolette le mira sin comprender sentada en el suelo con sus muñecas. Y luego el inicio de su nueva vida: el alquiler que no puede pagar con su escasa jubilación; el desahucio; el tener que dejar a su nieta en un internado —amable manera de llamar al hospicio— de les Soeurs de la Charité, al menos hasta que las cosas se arreglen.

Así lo encontró François, vagando por las calles con su ropa aún sin el desgaste propio de la vida al raso, con la mirada perdida, sin saber dónde pasar las noches y dónde obtener la comida para ir tirando.

—¡Pero no hablemos de penas! —De pronto surge el Antoine optimista al que tanto cariño ha cogido desde el primer día que le conoció—. Tenemos comida, bebida y un montón de leña para el fuego. Vivamos este momento y el futuro ya vendrá, ¡brindo por todos los Papa Noel del mundo que esta noche hacen felices a los niños!

François levanta su vaso y lanza una de sus risotadas felices al tiempo que se acerca a su amigo y le da un fuerte abrazo.

* *

Se despereza la mañana del sábado anterior a Navidad. Faltan cinco días para la Nochebuena. Antoine entra en calor yendo de un lado al otro del puente y dando saltitos para descongelar los pies. Su amigo ha salido a la búsqueda de algo que alimente el fuego y a él le ha tocado turno de guardia. Las madrugadas son cada vez más frías y la leña que les dejara el hombre de rojo se acabó la noche pasada.

El mendigo está feliz porque las monjitas del internado donde vive Nicolette le han asegurado que tanto él como su amigo podrán comer el día de Navidad acompañando a la niña. Las hermanas celebrarán una comida especial de acción de gracias y han invitado a familiares y amigos de las pequeñas, así como personas desfavorecidas que estos días no tienen con quien compartir las fiestas.

Recuerda como François reía al enterarse de la noticia. Hace semanas que no visita el convento y echa de menos a muchas de las novicias que tan bien se han portado con él desde hace tiempo, incluso antes de conocer a Antoine. Cuenta los días que le quedan para sentarse a la mesa y trinchar ese pavo relleno que será el plato principal con toda seguridad. ¡Y esas patatas al horno que saben a gloria!, bromeó François al saber de la invitación.

Antoine está ensimismado en estos pensamientos, cuando algo llama su atención.

—¡Antoine!, ¡Antoine! —la voz de su amigo es inconfundible, aunque suena agitada.

Éste se vuelve y observa a François bajar corriendo desde la cima del puente como alma que lleva el diablo. Muestra en su mano derecha un papel que agita por encima de la cabeza para llamar su atención.

—¿Qué ocurre, hombre?, ¿a qué viene tanto griterío? —Antoine se planta en jarras esperando a que llegue su compañero.

Aquél no para hasta hallarse a su lado y, lo que es normal a su edad, se ha quedado sin resuello, por lo que no es capaz de articular palabra. En lugar de ello, tiende la mano y entrega a su amigo el papel que muestra con tanto afán, resultando ser éste un sobre bastante arrugado por los nervios del portador.

—Me estás asustando, François. ¿no serán malas noticias? —dice sin atreverse a coger la carta.

—Bueno... si... digo no, que va... en realidad... —François se muerde el labio—. En fin, es mejor que lo veas con tus propios ojos.

Antoine toma el sobre y extrae una carta escrita a mano con letra muy cuidada. El encabezado identifica a les Soeurs de la Charité como remitentes del mensaje. Y él es el destinatario. Aprieta los ojos cansados y lee durante unos segundos.

Y entonces, ¡la explosión de alegría! Antoine da un grito de júbilo y se abraza a su amigo. A continuación ambos saltan y bailan sin parar. El cante se une a la danza y estos se prolongan durante interminables minutos. El mundo alrededor no existe, solo ellos dos y la felicidad compartida.

Un momento. Detengamos la historia. Como parece que los dos camaradas no están en condiciones de desvelarnos la causa de tamaña satisfacción, debemos encontrar un modo de descubrir qué es lo que la causa. Veamos, ahí está la carta, sobre una de las piedras que hace de silla al lado del fuego. Enfoquemos la cámara, quizá de esa manera podamos leerla nosotros también. A ver... así, justo, ya la distingo. Permítanme que se la lea:

«Estimado señor Antoine Fortabat: Nos ha llegado una petición para cubrir un puesto de trabajo que esperamos sea de su interés. Se trata de la portería de un edificio de vecinos cercano a nuestro convento, el cual creo que usted ya conoce. El trabajo implica controlar a las visitas y llevar a cabo diferentes faenas, entre ellas la limpieza de escaleras y aledaños. No podemos asegurarle que los honorarios sean muy elevados, pero tiene la gran ventaja de llevar unido el uso de un apartamento situado en la planta baja del edificio. Si está interesado en este trabajo, póngase en contacto con nosotros a la mayor brevedad... », etc., etc.

¡Vaya!, pues sí hay razones para saltar de alegría. Pero, ¡qué diantres!, ¿dónde se han metido nuestros protagonistas?. Ah, mírales, por allí van a la carrera, Antoine con su cojera vacilante y François ligero como una pluma. Parece que han olvidado la guardia del nido. Por lo que se ve, hoy existen asuntos más importantes a los que atender. ¿Dónde irán, nos preguntamos? Aunque, la respuesta podemos aventurarla: apostamos a que se dirigen al convento a dar su respuesta y, apostamos de nuevo, a que ésta no será negativa. Creo que en los próximos días tendremos que abandonar este humilde rincón bajo el puente si queremos conocer el final de esta simpática historia.

* *

Ya solo faltan dos días para la Nochebuena. Antoine sale del convento de Les Soeurs de la Charité con Nicolette de la mano. Se dirigen a su nuevo hogar y centro de trabajo del otrora mendigo. Una minúscula maleta prestada por las hermanas con la ropita de Nico —como suelen llamarla en el internado—, y un atillo con sus cuatro cosas, componen el equipaje de la curiosa pareja. Escaso, pero suficiente, va pensando Antoine.

La niña da saltitos y ríe abiertamente. A partir de hoy volverá a vivir con su abuelo, uno de sus mayores deseos. Ha soñado y rezado, desde que aprendió a hacerlo, para que este día llegara y ahora siente unas ganas tremendas de cantar y bailar. Apenas puede sujetarla Antoine para que no eche a correr, sabe que su nueva casa está a pocas manzanas del convento y está loca por llegar.

Al llegar al edificio, abuelo y nieta cruzan el portal y se plantan delante de la puerta de entrada al apartamento, situada detrás del mostrador que será el puesto de trabajo del nuevo portero. Antoine mete la llave en la cerradura y le da dos vueltas. Cierra los ojos y reza una oración. Antes de que vuelva a abrirlos, Nicolette empuja la puerta y entra a la carrera por el largo pasillo de la vivienda, a pesar de la oscuridad que reina en ella.

—¡Cuidado, Nicolette! —dice con poca convicción, sabiendo que es difícil detener a un potrillo desbocado—. No conoces la casa y puedes tropezar con los muebles.

Nuestro amigo entra por fin en la casa y enciende las luces a su paso. Largo y estrecho pasillo, ¡mon dieu!, piensa de buen humor, será para que guarden cola de a uno las visitas. El pasillo desemboca en un salón comedor que tendrá unos veinte metros cuadrados, calcula a ojo. ¡Vaya no está nada mal!, le invade el optimismo al descubrir la mesa en el centro, cuatro sillas y un sillón de tres plazas, de los que ya le han hablado. Una mesita con una televisión coronada con dos largos cuernos completan el mobiliario, a excepción de un cuadro con escena de caza que da colorido a la pared encima del sillón.

Le han advertido que la casa tiene una única habitación, pero que el sillón puede convertirse en cama. Ha decidido que será él quien duerma en el sillón y que la niña lo hará en el dormitorio. Nicolette se hará mayor tarde o temprano y es mejor que tenga su propia intimidad. Se asoma a la habitación y ve con agrado que la litera es bastante cómoda y que dispone de un armario suficiente para los dos.

De vuelta al saloncito descubre una cocina adosada a éste que se encuentra en el ángulo que hace el salón con el final del pasillo. Ésta dispone de horno de carbón con placa para cocinar y una pareja de armarios colgados en la pared. La vajilla y los cubiertos, propiedad de la comunidad y utilizados hasta ahora por el anterior conserje, están colocados en un mueble bajo la pila de agua corriente.

Por último entra en el baño. ¡Fiuuuu!, silba asombrado. La bañera es de las grandes, como a él le gustan. No ve la hora de darse un baño de varias horas, cosa que no ha podido hacer desde tanto tiempo atrás que ya ha perdido la cuenta.

La casa está caliente, incluso demasiado, se dice. Le han comentado que por debajo de ella se haya la calefacción del edificio, alimentada también por carbón. Calor, se dice, va a ser ésta una sensación agradable después de tanto tiempo de pasar las noches al raso, aunque haya que dormir sin ropa. —Suelta una carcajada de satisfacción.

Antoine se siente maravillado con lo que ve. La niña parece adivinar los pensamientos de su abuelo y corretea riendo por la casa, se acerca a él, le da un tirón de la manga, y echa de nuevo a correr para volver a empezar.

Esquivando a Nicolette lo mejor que puede, nuestro protagonista escudriña con ojo crítico cada rincón del saloncito hasta que descubre lo que busca. Entre el sillón y la televisión hay un espacio excelente, aunque haya que mover la mesa a un lado, donde cabe una colchoneta en la que puede dormir su amigo.

¡El terco de François! Está empeñado en que no quiere que por él pierda esta oportunidad de recuperar su vida y se niega a vivir en su casa. Además, ha dicho el muy cabezota, que él ha nacido para vivir libre. Han discutido largo y tendido y Antoine ha aceptado que pase el día donde le venga en gana, pero le ha conminado para que las noches no las vuelva a pasar en la calle, al menos mientras él tenga un techo. François ha sonreído con ternura y Antoine sabe que al final conseguirá convencerle.

* *

La Nochebuena ha llegado por fin. Ha estado nevando desde el amanecer y en la calle hace un frío de mil demonios. Son casi las siete de la tarde y Antoine espera con ansia a que llegue su amigo. Anoche ya durmió en su casa, y está claro que no volverá a faltar cada noche, aunque tenga que traerlo de una oreja.

La mañana la ha pasado Antoine en su puesto de trabajo y, al mediodía, han comido los tres juntos en el convento de las hermanas de la caridad. Lo han pasado en grande y François se ha dado un atracón de pavo con patatas asadas que le han dejado sonriente y satisfecho. A continuación, éste ha ayudado a Antoine, con la complicidad de las novicias, a esconder los regalos de Nicolette que está noche el abuelo dejará a los pies de un arbolito de plástico que les han regalado los vecinos del edificio.

En estos momentos la escena no puede ser más plácida. Nicolette dibuja sobre la mesa del salón una escena familiar. Antoine mira con un ojo la televisión que chisporrotea y pierde la imagen de vez en cuando, mientras con el otro repasa una revista que el anterior inquilino dejó olvidada dentro del armario. Hace mucho que no ha leído nada ni seguido las noticias. El mundo ha estado muy lejos de él, o al revés, y ahora intenta ganar el tiempo perdido absorbiendo toda la información que encuentra a su alrededor.

Antoine se fija en la escena que dibuja Nicolette con las pinturas multicolores que le han regalado las hermanas. En el centro ha situado a un hombretón vestido de rojo por completo. Está claro que se trata de Papa Noel. Cogida de su mano derecha se halla una niña, que sin duda la representa a ella misma. Dos hombres a la izquierda del gordinflón parecen simbolizar a Antoine y a su amigo.

Lo que le causan una emoción contenida son las dos figuras, un hombre y una mujer cogidos de la mano, que están al lado de su nieta. Imagina saber quiénes son, pero tiene miedo de preguntar. Está claro que Nicolette no les ha olvidado, y una traviesa lombriz recorre el estómago de Antoine, haciendo difícil contener la lágrima que asoma a sus ojos.

—¿Quieres mucho a Papa Noel, verdad? —dice el abuelo, en un intento de desviar la atención de la nieta hacia pensamientos felices.

—Sí, le quiero mucho porque es muy bueno.

—¡Ya lo creo que es bueno! —prosigue Antoine—. Ya sabes que esta noche tienes que irte pronto a la cama para que te traiga los regalos. Si no duermes, pasará de largo y te quedarás sin ellos.

—No creo, abuelo —responde Nicolette—. ¡Si ya me ha traído uno de los regalos que le pedí!

Antoine titubea. La niña se muestra más adulta de lo que aparenta su cuerpecito menudo, y le parece que está jugando con él a las adivinanzas.

—Ah, ¿sí? —dice con cara inocente— ¿Y puede saberse cuál es ese regalo que te ha traído Papa Noel? Yo no he visto ninguno...

—Pero abuelo, ¡que no te enteras...! —la pequeña pone los ojos en blanco— ¿Es que no te acuerdas de la carta que te di para que se la entregaras?

—Pues claro...

—Pues en ella le pedí dos cosas —Nicolette se señala un dedo de la mano.

—¿Y bien?

—La primera era que tú consiguieras una casa para poder vivir contigo.

Un escalofrío recorre a Antoine. A la cabeza le viene el recuerdo del gordinflón al que le entregó la carta de su nieta. El guiño que le hizo al meter la carta en su saco le pareció más que especial. Y, para colmo, la historia de François sobre los regalos que les dejó...

Mira a la niña que sigue con el dedito levantado, a la espera de terminar la cuenta. La pregunta que viene a continuación se le apretuja en la garganta y no consigue hacerla salir. Por fin reúne el valor y consigue lanzarla.

—Y, dime, Nicolette... ¿Cuál fue la segunda cosa que pediste?

—¡Pues que va a ser, abuelo! —la pequeña sonríe pícara— ¡Pues que mamá y papá volvieran de una vez de ese viaje tan largo al que se fueron!

El hombre suelta un gemido y se tapa la cara para que la niña no pueda ver sus ojos acuosos.

De pronto suena el din-dón de la puerta. Antoine se alegra de que haya llegado su amigo. Es la única manera de romper el momento de tensión que se ha generado entre él y su nieta. Hace ademán de levantarse pero la niña es más rápida y ya corre pasillo adelante.

Se levanta tan rápido como puede, pero la algarabía ya se ha formado en la entrada y hasta él llegan las voces que hablan a gritos.

—¡Mamá! ¡Papá! —Oye decir a su nieta. Su corazón empieza a palpitar desenfrenado y la boca se le seca de golpe. Mira hacia el pasillo, pero no puede ver nada desde su posición.

—¡Nicolette!, ¡mi niña! —Las voces de su hija Angeline y de Pierre son inconfundibles y llegan hasta él como venidas desde muy lejos. La emoción le embarga y se deja caer sobre la silla.

—¡Abuelo, abuelo! —grita la pequeña—. ¡Son papá y mamá!, ¡han vuelto! ¡Papa Noel me ha traído los dos regalos!

Entran en la sala los hijos de Antoine con Nicolette en brazos y envuelven al abuelo al unísono, formando un ovillo de tres generaciones. Una familia rota que ha vuelto a reencontrarse después de una interrupción de varios años.

Antoine ya no puede contenerse y las lágrimas le manan a borbotones, mientras su hija le besa y abraza como recuerda que solía hacer.

En medio del galimatías, las voces de la televisión explican de fondo la noticia del momento, y que a nuestro protagonista le ha pasado desapercibida:

«Los pasajeros del avión de Air France que habían sido dados por desaparecidos en las selvas del Amazonas tres años atrás, y que han sido encontrados hace una semana, han llegado esta mañana a París. Se han declarado ansiosos por ver a sus seres queridos y, tras una corta recepción de las autoridades de la ciudad, han partido hacia sus casas para abrazarles y pasar con ellos esta noche especial».

* *

Hagamos un fundido en negro y abandonemos la escena. No debemos invadir ni un minuto más la intimidad de la familia, ¿no creen? Son momentos delicados y podemos molestar.

Y, como imaginan, este es el fin de una de esas historias que suceden solamente en Navidad. Una de las muchas que podríamos encontrar en cualquier rincón del mapa.

Me despido no sin antes rogarles que no cierren su corazón a la magia, ya que ésta se encuentra por todas partes. Me atrevo a afirmarlo porque la historia que acabo de relatarles es real. Sucedió en la Navidad de 1968, aunque yo supe de ella mucho tiempo después. A decir verdad, la conozco de memoria. Nicolette, mi madre, me la ha repetido cada Navidad desde que cumplí los tres años, hace ya algún tiempo de ello.

En fin, espero que sus deseos se cumplan y que Papa Noel no pase de largo por sus chimeneas.

Que tengan una Feliz Noche.



Pozuelo de Alarcón, 24 de Diciembre de 2015



2 comentarios:

  1. Comovedora historia, gracias por compartir esta magia literaria con todos nosotros. Quien no quisiera encontrar alguna vez a ese hombre de rojo en cualquier parte del mundo y en cualquier espacio de tiempo...

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  2. Gracias, tus palabras me ayudan a seguir buscando la magia...

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