BARRIO

                                                 
            

                                                




     1 —


La noche en que asesinaron al Chiquito fue el colofón a una jornada en que no había parado de llover desde el amanecer. Es por eso que las huellas de barro del asesino decoraban todo el escueto bar regentado por el difunto. Fue un aciago día del mes de mayo de 1978. De la fecha exacta no me acuerdo, pero no importa a esta historia, por lo que lo omito.
Yo andaba liado con los exámenes trimestrales por lo que no me enteré hasta unos días después. Cuando me lo contaron, cosa curiosa, no vi en los ojos de mis colegas ni un átomo de aflicción. Era cierto que el Chiquito era un barman tacaño hasta la médula, de esos que no ponen una buena tapa ni a punta de navaja, pero no me pareció razón suficiente para tanta indiferencia. Finalmente decidí preguntar a Álvaro, alias el Boss, líder de la pandilla del barrio. Este me miró unos segundos con cara de hurón, bebió un trago de su cerveza, y eructó dos veces para darme a entender que al Chiquito le podían dar por el saco. Estaba muerto, ¿no?, pues a otra cosa.
Salí del bar de Luis, bareto cercano al que regentaba el finado, con el rabo entre las piernas. No era cuestión de llevarle la contraria al boss, no era éste sujeto que se tomara a bien una afrenta directa. Miré a ambos lados de Totana antes de cruzar y observé por el rabillo del ojo a dos tipos que olían a pasma a varios kilómetros, por más que sus trajes de paisano intentaran disimularlo. Estaban pidiendo los carnés a Jose Manuel, el Rubio, y a Montse, los dos tortolitos con mayor potencial a largo plazo del barrio. Me subí las solapas de la cazadora y crucé la calle sin mirar atrás.
Dejé a la derecha al Mili, que tocaba sus bongós cantando por los Chichos sentado en la entrada del portal de Álvaro. Aunque debería decir destrozando una canción de los Chichos para ser exacto. Me hizo un guiño y yo le respondí alzando una mano. Al cruzar el buzón de Correos, punto de encuentro de los colegas de la pandilla, me crucé con Ángela, Carmen y Ani, tres de las chicas del grupo, que comían pipas mientras marujeaban en voz baja.  Aposté que hablaban del tema habitual: las parejas nuevas, las rotas y las que se empezaban a barruntarse en el horizonte. Me ofrecieron la bolsa, pero la rechacé con un gracias a media voz y seguí caminando hacia mi casa. Imaginé que me harían un traje por mi aspecto taciturno, poco habitual en mí, por lo que salí a la carrera para cruzar San Luis en un par de saltos.
Estaba baldado. Hacía un frío de narices y llevaba desde las seis de la mañana de aquí para allá. Al entrar en casa me sentí en la gloria, necesitaba tirarme sobre la cama y dejarme ir sin pensar en nada. A decir verdad, no me apetecía un pimiento la compañía, pero comprendí que no estaba solo al escuchar de fondo el estéreo de mi hermano Jesús, mano derecha del boss por derecho propio. En el aparato, Serrat desgranaba una nana para Piel de Manzana, canción que siempre me partía el corazón.
—¡Hey, tío! —Mi hermano se lanzó hacia mí en cuanto me oyó entrar en casa— ¡Adivina lo que he conseguido hoy!
—Ostras, gordo, estoy molido. —Me excusé con ojos de cordero— ¿No puedes esperar a mañana?
—Y una leche, si no te lo cuento ahora reviento.
—Está bien, desembucha. Me voy a meter en la cama sin cenar, así que date prisa.
—Me han llamado de la radio.
—¿De la radio? ¡No jodas! —No tuve que esforzarme por mostrar sorpresa.
—De la radio, tío, y adivina para qué…
—¡El playback del Superstar!
—¡Ajá!, ¿qué te parece lo cojonudo que es tu hermanito?
—Qué cabrón, ¡lo has conseguido, tío! Si te propones una cosa, no dejas de dar por saco hasta que lo consigues. ¿Cuándo nos lo dejan?
—Me tengo que pasar por la emisora el viernes, pero ahora viene lo jodido. —Me apuntó con un dedo—. Necesitamos el local donde hacer el ensayo general y aún no tenemos nada. Eso es cosa tuya, espero que no la cagues.
Joder, ¡el local! La satisfacción que había sentido unos segundos antes se convirtió en desazón. Todo el mundo confiaba en mí para conseguir un espacio donde ensayar en serio, lo que incluía un equipo de sonido en condiciones. Pero no tenía ni puñetera idea de por dónde empezar. Aunque había pensado en el salón de actos de la Universidad, hasta la fecha no había logrado hablar con alguien que me hiciera puñetero caso.
—Tranqui, tío, te juro que de la semana que viene no pasa.
—Vale, tú verás, pero si no lo consigues va a haber mucha gente cabreada.
Le tranquilicé y conseguí colarme en mi cuarto dándole con la puerta en las narices. Necesitaba descansar dos días seguidos. Los exámenes me habían dejado hecho polvo de verdad.
Me quité los zapatos y caí a saco sobre la cama con toda la ropa. La cazadora fue literalmente la siguiente prenda en caer: me la quité a tientas y la arrojé al otro lado de la habitación. Finalmente, ronroneé unos minutos hasta que me quedé profundamente dormido.

***

No pude, sin embargo, mantener el sueño mucho rato. No había pasado una hora cuando desperté sobresaltado por una idea que no dejaba de dar vueltas en mi cabeza. ¡Habían asesinado al Chiquito!
Miré al techo buscando inspiración, pero solo veía un pozo negro del que no salía ni entraba nada. ¿Por qué me importaba tanto aquel tipo? Al fin y al cabo, en los años en que lo conocía no había intercambiado con él más palabras que un ¡Chiquito, otra caña! o un ¡qué pasa con esa tapa, tío!
Y, además, estaban las palabras de Álvaro —a decir verdad, sus gestos, — que decían literalmente: Ese asunto no te importa. El tío está muerto y enterrado, dedícate a la cría de la mariposa y olvídate de él.
Quizá era eso lo que no encajaba en el puzzle que se había formado en mi cerebro. Si había tanta indiferencia y secretismo sobre el asunto, quizá había algo detrás que se intentaba ocultar.
Finalmente me desvelé del todo. Y a falta de sueño, se me ocurrió hacer un pequeño ejercicio que me permitiera relajarme. Solía hacerlo cuando estudiaba y hasta la fecha me había funcionado perfectamente: cuando había un asunto en mi cabeza al que no conseguía darle forma, la solución era sin duda pasarlo al papel.
Tomé un cuaderno de mi mochila, me senté sobre la cama y comencé a escribir:

COSAS QUE SÉ Y QUE NO SÉ SOBRE EL CHIQUITO

1.      ¿Cuál es su nombre real? Está claro que Chiquito es sólo un apodo, y más claro aún que se lo ha puesto él mismo, ya que es el nombre del bar. Quizá lo hizo para evitar que otros le pusieran algún mote con muy mala leche (se me ocurren varios). Nota: Averiguar nombre completo.
2.      ¿De dónde ha salido? El bar lo montó hace poco, calculo que habrá llegado  como mucho hace cuatro o cinco años al barrio. Nota: averiguar su origen.
3.      ¿Estaba casado? ¿Tenía hijos? Nota: averiguar.
4.      Se dice que le tocó la lotería. Si es verdad, ¿por qué siguió con su bar de mala muerte y con el pulpo rancio en lugar de irse a vivir a las Bahamas (o a Honolulú)? Nota: Averiguar si es cierto y a cuanto ascendió el premio.
5.      ….

Dejé el último punto en suspensivos porque seguro que, a medida que fuera descubriendo cosas, más preguntas se sumarían a la lista.
El siguiente movimiento consistía en definir la estrategia para empezar a hacer las preguntas. Sobre todo a quién preguntar. En la pandilla no parecía que fuera a tener mucho éxito, a tenor de la experiencia de la pasada tarde. Aunque, a decir verdad, a las chicas aún no las había tanteado. Quizá debiera empezar por ellas. Apuntado: empezar por Ani, Carmen, Ángela…
Buscaba más nombres cuando de pronto una luz se hizo en mi cerebro: ¡el bigotes! El tipo que respondía a este alias era un habitual del bar de Luis. Lo consideraba un buen colega de la pandilla, aunque era por lo menos diez años mayor que el más viejo de nosotros. Estaba casado con una mujer cañón y tenía un hijo. Y bebía lo suyo, ya te digo. Lo que solo unos pocos sabíamos sobre su biografía era que se sacaba unos durillos extras actuando de vez en cuando como soplón de la pasma. Con toda seguridad, a estas alturas debía estar a la última de los acontecimientos y andaría ojo avizor para ver que pescaba para ir a contárselo a los hombres de gris. Si me lo sabía montar, podría conseguir que también me lo contara a mí. Me iba a costar una pasta, eso sí, al muy cabroncete no le gustaba la cerveza, sino que le tiraban los cubatas.

Continuará.....

Comentarios

Entradas populares de este blog

SOLAMENTE EN NAVIDAD

MENTIRAS Y SAL

BOOMERANG